domingo, 11 de octubre de 2026

¿QUÉ NECESITA UNA IGLESIA PARA HACER MISIONES?

 


La misión de la Iglesia no nació de una estrategia humana ni de una iniciativa de alguna organización cristiana; nació en el corazón de Dios. Desde el Antiguo Testamento vemos su propósito de bendecir a todas las naciones, y en el Nuevo Testamento encontramos el mandato de Jesucristo: «Id, y haced discípulos a todas las naciones» (Mateo 28:19). Por tanto, una iglesia que comprende su identidad y su propósito no puede permanecer indiferente ante la necesidad de que el evangelio sea anunciado a quienes todavía no conocen a Cristo. Pero ¿qué necesita una congregación para involucrarse verdaderamente en las misiones? En primer lugar, necesita comprender el corazón de Dios por los perdidos. Las misiones no deben ser vistas como una actividad secundaria del calendario de la iglesia, sino como parte esencial de su llamado. Cuando comprendemos que hay personas que viven sin esperanza y que necesitan conocer la salvación en Jesucristo, dejamos de considerar la misión como un asunto exclusivo de otras iglesias o de creyentes especialmente llamados.

En segundo lugar, una iglesia necesita convicción espiritual y obediencia a la Palabra de Dios. Jesús no presentó la Gran Comisión como una sugerencia, sino como un mandato. Sin embargo, algunas congregaciones concentran todos sus esfuerzos en mantener sus actividades internas, organizar reuniones, construir edificios o atender las necesidades de sus propios miembros, pero dedican poca atención a quienes están fuera de sus paredes. Todas estas actividades pueden ser legítimas y necesarias, pero pierden su equilibrio cuando la iglesia se ocupa únicamente de sí misma y olvida que también ha sido enviada al mundo. Una congregación puede tener buenos predicadores, abundantes reuniones y una doctrina correcta, pero necesita preguntarse si está cumpliendo el propósito misionero que Cristo le encomendó.

¿Por qué existen iglesias que no hacen misiones? Las razones pueden ser diversas. Algunas carecen de enseñanza y formación misionera; otras consideran que no tienen suficientes recursos económicos, cuando en realidad podrían comenzar orando, evangelizando en su comunidad, apoyando a un misionero o colaborando con otras congregaciones. También puede existir temor a lo desconocido, falta de planificación o una visión demasiado local de la obra de Dios. Pero hay una razón más profunda que debemos examinar con sinceridad: la falta de una carga genuina por las almas perdidas. Cuando el bienestar de la propia congregación se convierte en la única prioridad, las necesidades espirituales de otros pueblos y comunidades dejan de ocupar un lugar importante. No siempre se trata de falta de amor; en ocasiones, se trata de una visión limitada que necesita ser renovada por la Palabra y la obra del Espíritu Santo.

La motivación misionera tampoco debe depender únicamente de campañas, emociones pasajeras o de la insistencia de algún líder. Debe nacer del amor a Dios, de la obediencia a Cristo y de la compasión por quienes todavía no han escuchado el evangelio. Pablo expresó esa urgencia cuando declaró: «¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!» (1 Corintios 9:16). La iglesia primitiva nos ofrece un ejemplo significativo: mientras adoraban al Señor y ayunaban, el Espíritu Santo llamó a Bernabé y a Saulo para una obra misionera, y la iglesia los envió (Hechos 13:1-3). Esto nos enseña que las misiones requieren oración, discernimiento espiritual, disposición para obedecer y una comunidad que respalde a quienes son enviados. No basta con decir que creemos en las misiones; necesitamos convertir esa convicción en acciones concretas.

Una iglesia comprometida con las misiones no necesariamente comienza enviando a muchas personas a otros países. Puede empezar intercediendo regularmente por los pueblos no alcanzados, enseñando a la congregación acerca de la Gran Comisión, formando discípulos con visión evangelizadora, destinando recursos para sostener obreros y buscando oportunidades para anunciar a Cristo en su entorno. Algunas personas serán llamadas a ir; otras tendrán la responsabilidad de enviar, sostener, acompañar y orar. Todas estas formas de participación pueden contribuir al cumplimiento de la misión. Lo importante es que la congregación no utilice sus limitaciones como una excusa permanente, sino que pregunte al Señor qué puede hacer con los recursos y las oportunidades que ya tiene.

Finalmente, cada iglesia necesita examinar su corazón y preguntarse: ¿Nos preocupa solamente el crecimiento de nuestra congregación o también la salvación de quienes todavía no conocen a Cristo? ¿Oramos por las misiones? ¿Estamos dispuestos a invertir tiempo, esfuerzo y recursos en ellas? ¿Formamos creyentes que comprendan que también han sido llamados a dar testimonio de su fe? Una iglesia puede tener un templo lleno y, sin embargo, mantener una visión misionera muy limitada. El verdadero crecimiento no se mide únicamente por el número de asistentes, sino también por la fidelidad con que cumplimos la voluntad de Dios. La iglesia no existe solamente para reunir a los creyentes, sino también para prepararlos y enviarlos a anunciar el evangelio. Que el Señor renueve nuestra visión, encienda en nosotros el amor por los perdidos y nos ayude a comprender que las misiones no son responsabilidad de unos pocos, sino una expresión del compromiso de toda la Iglesia con la Gran Comisión de Jesucristo.

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