Las instituciones religiosas están formadas y dirigidas por seres humanos, y por eso no están exentas de errores, intereses personales, favoritismos o malos manejos. Decir esto no significa acusar a una denominación determinada ni señalar a sus dirigentes. Significa reconocer una realidad que la propia Biblia presenta con absoluta honestidad: aun dentro del pueblo de Dios, personas que reciben autoridad pueden dejarse dominar por sus ambiciones, sus intereses o sus propios deseos. La autoridad espiritual es un privilegio, pero también una enorme responsabilidad delante del Señor.
La Biblia nos muestra, por ejemplo, el caso de los hijos de Elí, Ofni y Finees. Ellos ejercían funciones sacerdotales, pero utilizaron su posición para satisfacer sus propios deseos y abusaron de aquello que Dios había puesto en sus manos (1 Samuel 2:12-17, 22-25). Su posición religiosa no impidió que actuaran corruptamente. También encontramos a Saúl, quien comenzó su reinado con humildad, pero posteriormente permitió que el orgullo y su deseo de conservar el poder influyeran en sus decisiones. Llegó incluso a desobedecer expresamente la orden de Dios para mantener el favor del pueblo (1 Samuel 15:22-24). Estos relatos nos recuerdan que ocupar una posición de autoridad no garantiza que el corazón permanezca fiel.
Otro ejemplo es Diótrefes, mencionado por el apóstol Juan. Era un hombre dentro de la iglesia que «ama tener el primer lugar» y llegó a rechazar la autoridad apostólica, hablar mal de otros y expulsar de la congregación a quienes no aceptaban su conducta (3 Juan 9-10). Es un caso particularmente serio porque demuestra que la lucha por el poder y el reconocimiento también puede aparecer dentro de una comunidad cristiana. Diótrefes no estaba fuera del ámbito religioso; estaba dentro de la iglesia, pero había permitido que el deseo de ocupar el primer lugar gobernara su corazón.
También los discípulos tuvieron que ser confrontados por Jesús cuando discutían acerca de quién de ellos era el más importante. El Señor no les enseñó a buscar posiciones de superioridad, sino a comprender que en su reino la grandeza está relacionada con el servicio: «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:26). Esto cambia completamente la manera de entender el liderazgo. En el mundo, el poder puede utilizarse para dominar; en el reino de Dios, la autoridad debe utilizarse para servir.
Por eso Pedro exhortó a los pastores a cuidar el rebaño «no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancias deshonestas, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos» (1 Pedro 5:2-3). La advertencia es muy clara: el liderazgo espiritual nunca debe convertirse en un instrumento para obtener beneficios personales, ejercer control sobre otros o satisfacer ambiciones.
La Escritura también condena el favoritismo. Santiago enseña que no debemos tratar mejor a una persona por su posición, riqueza o apariencia mientras menospreciamos a otra (Santiago 2:1-9). Este principio también debe aplicarse al liderazgo y a las estructuras religiosas. Cuando las preferencias personales, las amistades, los intereses económicos o las relaciones de poder comienzan a determinar quién recibe oportunidades, quién es escuchado y quién es marginado, la justicia bíblica queda comprometida.
Pero este mensaje no debe llevarnos a pensar que todas las instituciones religiosas son corruptas o que todo liderazgo está contaminado. Sería igualmente injusto caer en esa generalización. Existen muchos hombres y mujeres que sirven al Señor con sinceridad, humildad, sacrificio e integridad. Precisamente por eso debemos dejar que la Palabra de Dios sea nuestro criterio y no nuestras sospechas, experiencias personales o prejuicios.
La enseñanza bíblica, entonces, no es «desconfiemos de todas las instituciones», sino examinemos todo a la luz de la Palabra de Dios. Una estructura puede ser legítima y necesaria, pero ninguna estructura humana debe ocupar el lugar que pertenece a Cristo. Una denominación puede organizar el trabajo, capacitar ministros y establecer normas, pero sus dirigentes siguen siendo seres humanos que deben rendir cuentas delante de Dios. Jesús sigue siendo la cabeza de la Iglesia (Efesios 5:23), y toda autoridad cristiana debe estar sometida a Él.
Por eso, esta reflexión no pretende acusar a ninguna institución ni señalar nombres. Es, ante todo, un llamado al examen personal y espiritual. Quienes tenemos alguna responsabilidad dentro de la obra de Dios debemos preguntarnos sinceramente: ¿estoy utilizando la autoridad que Dios me ha permitido tener para servir, o para sentirme superior? ¿Estoy buscando la gloria de Cristo o mi propio reconocimiento? ¿Estoy tomando decisiones por principios bíblicos o por intereses personales? ¿Estoy tratando a las personas con justicia o favoreciendo a quienes me convienen?
El poder puede embriagar al corazón humano cuando deja de estar sometido a Dios. Por eso, cuanto mayor sea nuestra responsabilidad, mayor debe ser nuestra humildad. La verdadera autoridad espiritual no consiste en controlar a otros, sino en servirlos; no consiste en buscar los primeros lugares, sino en estar dispuestos a ocupar el lugar del siervo. Que el Señor nos ayude a examinar nuestro corazón y a recordar siempre que la Iglesia le pertenece a Cristo, el rebaño le pertenece a Cristo y todo ministerio debe tener como propósito darle gloria a Cristo.










