martes, 10 de febrero de 2026

LA EMPATÍA: EL ARTE DE PONERSE EN EL LUGAR DEL OTRO

 


Vivimos en un mundo donde todos cargan batallas invisibles. Sonrisas que esconden cansancio, silencios que gritan dolor, palabras que no siempre dicen lo que el corazón siente. En medio de todo eso, la empatía se vuelve un acto profundamente humano y transformador.

Ser empático no es solo escuchar; es escuchar con el corazón. No es dar consejos rápidos, sino ofrecer presencia sincera. Es detenerse un momento y decir: “Quizás no siento lo mismo que tú, pero quiero entenderte”. La empatía rompe muros, acerca distancias y sana heridas que ni el tiempo ha podido cerrar.

Cuando somos empáticos, dejamos de juzgar tan rápido. Comprendemos que cada persona actúa desde su historia, desde lo que ha vivido y aprendido. La empatía nos enseña que nadie es duro sin motivo, ni frío sin razón. Detrás de muchas actitudes difíciles, suele haber dolor no resuelto.

Además, la empatía tiene un poder silencioso: transforma relaciones. Un gesto amable, una palabra oportuna o un simple “estoy contigo” pueden cambiar el rumbo de un día, incluso de una vida. A veces no podemos solucionar los problemas de otros, pero sí podemos acompañarlos mientras los enfrentan.

Ser empático también nos hace mejores personas. Nos vuelve más pacientes, más sensibles y más conscientes de que no estamos solos en este camino. En un mundo que muchas veces empuja al egoísmo, la empatía es una forma de resistencia llena de amor.

Practicar la empatía es elegir comprender antes que criticar, abrazar antes que señalar, amar antes que indiferenciar. Y aunque no siempre sea fácil, siempre vale la pena. Porque cuando somos empáticos, no solo ayudamos a otros… también crecemos nosotros.

lunes, 9 de febrero de 2026

CUANDO LA PERFECCIÓN SE CONVIERTE EN TROPIEZO

 


1 Juan 1:8 “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.”

Existe un peligro silencioso dentro de la iglesia: creer que ya hemos llegado, que ya no fallamos, que somos “espiritualmente superiores”. Este pensamiento no nos acerca a Dios; al contrario, nos aleja de la verdad.

La Biblia no presenta a los creyentes como personas perfectas, sino como personas en proceso, sostenidas cada día por la gracia. Cuando alguien se cree sin errores, deja de mirarse a sí mismo y comienza a señalar con dureza a los demás, especialmente a los más débiles.

Jesús fue claro al advertirnos sobre este espíritu:

“¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu propio ojo?” — Mateo 7:3

El problema no es amar la santidad, sino olvidar la misericordia. Cuando la santidad se predica sin amor, se convierte en carga; cuando la verdad se proclama sin gracia, hiere en lugar de sanar.

El apóstol Pablo nos recuerda el camino correcto:

“Restauradle con espíritu de mansedumbre; considerándote a ti mismo.” — Gálatas 6:1

El creyente maduro no aplasta al que cae; lo levanta. No grita desde un pedestal, sino que se inclina desde la humildad, recordando que también depende cada día del perdón de Dios.

Es bueno preguntarse:

¿Estoy corrigiendo con amor o juzgando con orgullo?

¿Uso la Palabra para restaurar o para condenar?

¿He olvidado de dónde me sacó el Señor?

La cruz nos recuerda que nadie llega por méritos propios. Todos necesitamos gracia, todos necesitamos perdón, todos necesitamos a Cristo.

La verdadera espiritualidad no se demuestra señalando errores, sino reflejando el carácter de Cristo.

viernes, 6 de febrero de 2026

CUANDO EL SILENCIO ROMPE EL HOGAR

 


“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.” (Santiago 1:19)

Uno de los problemas más comunes en el hogar no son los gritos, sino los silencios. Silencios cargados de heridas, palabras no dichas, emociones guardadas y corazones cerrados. Muchas veces convivimos bajo el mismo techo, pero vivimos lejos unos de otros.

En la pareja, la falta de comunicación apaga el afecto. Entre padres e hijos, crea muros invisibles que con el tiempo se vuelven difíciles de derribar. Dios no diseñó el hogar para que sea un lugar de distancia, sino de cercanía, comprensión y amor.

La Biblia nos recuerda que escuchar es tan importante como hablar. Cuando dejamos de escuchar, dejamos de comprender. Y cuando dejamos de comprender, comenzamos a juzgar, a herir o a alejarnos.

“La blanda respuesta quita la ira…” (Proverbios 15:1)

Cuántos conflictos se habrían evitado con una palabra dicha a tiempo, con una conversación sincera, con una actitud humilde. El silencio prolongado no sana; al contrario, profundiza las heridas.

Dios es un Dios que se comunica. Él habla, pero también escucha. Nos llama a imitar Su carácter en nuestros hogares: hablar con amor, corregir con sabiduría y escuchar con paciencia.

“Si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer.” (Marcos 3:25)

Un hogar sin comunicación se debilita espiritualmente. Pero cuando Cristo gobierna nuestras palabras, la unidad se restaura y la paz vuelve a reinar.

Es bueno preguntarnos: 

¿Estoy escuchando verdaderamente a mi cónyuge o a mis hijos?

¿He permitido que el orgullo o el enojo me lleven al silencio?

¿Qué conversación necesito tener hoy con amor y humildad?

Hoy es un buen día para abrir el corazón y cerrar la puerta al distanciamiento.

jueves, 5 de febrero de 2026

PADRES SIN DIOS, HIJOS SIN RUMBO



 La Biblia enseña que la formación espiritual comienza en el hogar. Cuando Dios no ocupa el centro de la vida de los padres, esa ausencia inevitablemente se refleja en los hijos. No siempre de manera inmediata, pero sí progresiva y profunda.

“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” (Proverbios 22:6)

Este versículo no habla solo de educación académica o disciplina externa, sino de instrucción en el camino de Dios. Cuando los padres ignoran a Dios, los hijos crecen sin una brújula moral sólida, sin temor de Dios, y con valores moldeados más por el mundo que por la Palabra.

La Escritura también advierte que el temor de Dios es el fundamento de toda sabiduría:

“El temor de Jehová es el principio de la sabiduría.”

(Proverbios 9:10)

Si no hay temor de Dios, no hay verdadero discernimiento entre el bien y el mal. Así, muchos jóvenes terminan siendo fácilmente influenciables, vulnerables a malas compañías, vicios, violencia y hasta la delincuencia.

La Biblia muestra ejemplos claros de esto. El sacerdote Elí amó a Dios, pero no corrigió a sus hijos, y ellos terminaron viviendo en pecado y trayendo ruina sobre su familia (1 Samuel 2–3). Esto nos enseña que no basta con conocer a Dios, hay que transmitirlo y vivirlo delante de los hijos.

Por otro lado, Dios manda directamente a los padres: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos…” (Deuteronomio 6:6–7)

Cuando los padres no tienen a Dios en su corazón, no pueden sembrarlo en el corazón de sus hijos. El resultado son generaciones con conocimiento, pero sin valores; con libertad, pero sin límites; con derechos, pero sin responsabilidad.

La Biblia es clara: una sociedad se corrompe cuando la familia se aleja de Dios. Y aunque no todos los hijos de padres sin Dios terminan en delincuencia, sí quedan más expuestos al vacío espiritual que los empuja a buscar identidad y propósito en caminos equivocados.

La solución bíblica no es solo disciplina, leyes o castigos, sino volver el corazón de los padres a Dios, para que el corazón de los hijos también sea alcanzado.

“Y él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres.”

(Malaquías 4:6)

Un hogar con Dios no es perfecto, pero es un hogar con dirección, límites, perdón y esperanza. Donde Dios gobierna, los valores florecen y el mal pierde terreno.

miércoles, 4 de febrero de 2026

CUANDO LOS HIJOS SE REBELAN

 


“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” (Proverbios 22:6)

Uno de los dolores más profundos para un padre es ver a un hijo caminar en rebeldía. Padres que han sembrado valores, amor, corrección y fe se preguntan: ¿qué hice mal? Sin embargo, la Biblia nos muestra que no siempre la rebeldía es resultado de una mala crianza.

Jesús habló del hijo pródigo, un joven que tuvo un padre bueno, proveedor y presente. Aun así, decidió irse, rechazar la autoridad y vivir conforme a su propio criterio. La rebeldía nació en su corazón, no en la falta del padre.

La Palabra nos recuerda que cada persona debe responder delante de Dios por sus propias decisiones: “El hijo no llevará el pecado del padre” (Ezequiel 18:20)

La rebeldía es, en esencia, una lucha contra la autoridad establecida por Dios. Por eso la Escritura afirma: “La insensatez está ligada al corazón del muchacho” (Proverbios 22:15)

Aun así, Dios no abandona al hijo rebelde ni deja solo al padre que llora. El mismo Dios que permitió que el hijo se fuera, fue quien preparó el camino para su regreso. La semilla sembrada en casa no murió; estaba dormida, esperando el tiempo de Dios.

Así que: 

Padres: no carguen una culpa que no les corresponde. Sean firmes, amorosos y perseverantes en oración.

Hijos: la rebeldía trae dolor y pérdida, pero el arrepentimiento abre la puerta a la restauración.

Todos: Dios sigue siendo Padre, incluso cuando el hijo se aleja.

La rebeldía puede alejar al hijo del hogar, pero nunca lo saca del alcance de la gracia de Dios.

martes, 3 de febrero de 2026

LA FAMILIA, DISEÑO ETERNO DE DIOS

 


“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24)

La familia no nació de una idea humana ni de una necesidad social, sino del corazón y la voluntad de Dios. Desde el principio, Dios estableció la familia como el fundamento de la sociedad y el primer espacio donde el ser humano aprendería a amar, obedecer, creer y conocer a su Creador.

Antes de que existieran gobiernos, religiones organizadas o sistemas educativos, ya existía la familia. Dios la diseñó con orden, propósito y bendición. Todo lo que Dios crea tiene un diseño, y todo diseño tiene límites. Salir de esos límites siempre trae consecuencias.

Hoy vivimos tiempos en los que se intenta redefinir la familia, llamando “evolución” a lo que en realidad es distorsión del diseño divino. La Biblia nos advirtió que llegarían días en los que la verdad sería reemplazada por ideas humanas y la voluntad de Dios sería vista como anticuada.

“No os conforméis a este siglo…” (Romanos 12:2)

Cuando una sociedad se aparta de Dios, lo primero que se debilita es la familia. Y cuando la familia se debilita, la fe, los valores y la identidad de las nuevas generaciones se pierden.

Dios ama al ser humano, pero no aprueba la rebelión contra su diseño. La Escritura enseña que rechazar el orden de Dios trae confusión, dolor y vacío espiritual.

“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20)

La iglesia está llamada a permanecer firme, no por odio, sino por obediencia. Defender la familia es defender la voluntad de Dios.

Es bueno preguntarse: 

¿Estoy edificando mi familia conforme a la Palabra de Dios?

¿Estoy enseñando a mis hijos los principios bíblicos o dejando que el mundo los forme?

¿Defiendo la verdad con amor o guardo silencio por temor?

Hoy es tiempo de volver al diseño original y permitir que Dios gobierne nuestro hogar.

sábado, 31 de enero de 2026

LA IGLESIA SIN MUROS PARA TIEMPOS COMO ESTOS

 


Vivimos tiempos distintos. No necesariamente más fáciles, pero sí profundamente distintos.

Las distancias se han acortado por la tecnología, pero muchos corazones siguen lejos del consuelo, de la comunión y de la esperanza.

En medio de este escenario, Dios no ha quedado en silencio. Él sigue llamando, sigue reuniendo y sigue edificando su iglesia… aun cuando no haya un templo de por medio.

La iglesia nunca fue ladrillo ni cemento. Desde el principio fue personas reunidas en el nombre de Cristo, compartiendo la Palabra, perseverando en la oración y cuidándose unos a otros. La iglesia primitiva se reunió en casas, caminos y lugares improvisados, y aun así el evangelio se extendió con poder.

Hoy, esos “lugares” han cambiado. Ahora existen salas virtuales, pantallas, cámaras y conexiones digitales. Y lejos de ser una amenaza, se han convertido en puertas abiertas para muchos que, de otra manera, jamás se acercarían.

La iglesia virtual no reemplaza la fe; la canaliza.

No enfría la comunión; la acerca.

No limita la obra de Dios; la expande más allá de los muros.

Para el cansado, es descanso.

Para el que vive lejos, es oportunidad.

Para el que fue herido, es refugio.

Para el que busca, es un primer paso.

Dios no habita en edificios hechos por manos humanas; Él habita en corazones rendidos. Y cuando esos corazones se conectan con sinceridad, aun a través de una pantalla, el Espíritu Santo sigue obrando con la misma autoridad y gracia.

Quizá algunos vean lo virtual como algo temporal.

Pero Dios lo está usando como respuesta eterna para esta generación.

Porque cuando dos o tres se reúnen en su nombre —sea en una casa, en una cueva o en una reunión virtual— Él prometió estar en medio de ellos.

Que no despreciemos los medios que Dios usa hoy.

Que no limitemos su obra a formas antiguas.

Que aprendamos a reconocer que, en tiempos modernos, la iglesia también renace sin muros.

LA EMPATÍA: EL ARTE DE PONERSE EN EL LUGAR DEL OTRO

  Vivimos en un mundo donde todos cargan batallas invisibles. Sonrisas que esconden cansancio, silencios que gritan dolor, palabras que no s...