miércoles, 18 de febrero de 2026

¿EN EL RAPTO SE VAN TODOS?

 


La Biblia enseña que el arrebatamiento es para todos los que verdaderamente pertenecen a Cristo, no sobre la base de una clasificación entre “creyentes buenos” y “creyentes malos”, sino sobre la base de su relación real con Él. En pasajes como 1 Tesalonicenses 4:16–17 se declara que “los muertos en Cristo resucitarán primero” y luego “nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos”, y en 1 Corintios 15:51–52 Pablo afirma que “todos seremos transformados”, refiriéndose a los que están en Cristo. La Escritura no enseña dos arrebatamientos ni una selección entre creyentes más dignos y menos dignos, sino que el requisito es estar “en Cristo” (Romanos 8:1); sin embargo, también advierte que no todos los que se llaman creyentes lo son verdaderamente (Mateo 7:21), y que la carnalidad es una condición de inmadurez que trae disciplina y pérdida de recompensas, pero no necesariamente la pérdida de la salvación (1 Corintios 3:15). Por lo tanto, el arrebatamiento incluye a todos los redimidos genuinos, tanto los maduros como los inmaduros, porque es un acto de gracia basado en la obra de Cristo y no en el mérito humano, aunque la fidelidad determinará las recompensas y no la participación en ese evento glorioso.

ENTRE LA FE Y EL TEMOR

 


La Paradoja del Creyente ante la Muerte


En el corazón del creyente existe una aparente contradicción: confiesa con seguridad que tiene vida eterna, pero en ciertos momentos piensa en la muerte con inquietud o incluso con temor. ¿Es esto una señal de debilidad espiritual? ¿Revela falta de confianza en las promesas del Señor? ¿O es simplemente una expresión natural de nuestra condición humana?

La Escritura afirma con claridad que el creyente posee vida eterna. En el Evangelio de Juan 11:25, Jesús declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. No es una metáfora poética, es una promesa firme. Más aún, en Juan 5:24 se nos dice que el que cree “ha pasado de muerte a vida”. La vida eterna no comienza después del sepulcro; comienza en el momento de la fe. Desde la perspectiva divina, la muerte física no es el final, sino una transición. El apóstol Pablo lo confirma en 2 Corintios 5:8 al expresar que estar ausentes del cuerpo es estar presentes con el Señor. La doctrina es clara: para el creyente, la muerte no es condenación, sino encuentro.

Sin embargo, la experiencia humana es más compleja que una afirmación doctrinal. La muerte representa separación de los seres amados, la posibilidad del sufrimiento físico, el abandono de lo conocido y la confrontación con lo invisible. No tememos necesariamente el destino eterno, sino el proceso, el momento, la incertidumbre. Y eso no siempre equivale a incredulidad. La Biblia misma reconoce la realidad del temor. En Hebreos 2:14-15 se nos dice que Cristo vino para librar a los que por el temor de la muerte estaban sujetos a servidumbre. El texto no condena la existencia del temor; más bien revela que es una experiencia humana común, de la cual Cristo nos libera progresivamente.

Incluso Jesús, en su humanidad, manifestó profunda angustia antes de la cruz. En el Evangelio de Mateo 26:38 leemos que dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”. Él sabía que resucitaría, sabía que vencería el sepulcro, pero experimentó el peso real del sufrimiento que enfrentaba. Esto nos enseña que sentir angustia ante la muerte no es necesariamente falta de fe; puede ser simplemente la expresión legítima de nuestra humanidad.

El problema no es que exista una emoción de temor momentáneo, sino cuando ese temor se convierte en desconfianza permanente en el carácter de Dios. La madurez espiritual no consiste en la ausencia total de emociones humanas, sino en permitir que la verdad de Dios gobierne sobre ellas. Pablo podía decir en Filipenses 1:21: “Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”, pero también reconocía la tensión entre partir y permanecer por amor a los hermanos. No era una fe fría ni insensible, sino una esperanza que había aprendido a descansar en la soberanía divina.

La paradoja del creyente, entonces, no es señal de hipocresía espiritual, sino evidencia de que vivimos entre dos realidades: ya poseemos vida eterna, pero todavía habitamos en un cuerpo frágil. Somos ciudadanos del cielo, pero caminamos en la tierra. Sabemos que la muerte ha sido vencida, pero aún enfrentamos su sombra. El crecimiento cristiano no elimina instantáneamente el temor; lo transforma. La confianza en las promesas del Señor va desplazando poco a poco la ansiedad natural, hasta que la esperanza se vuelve más fuerte que el miedo.

Pensar en la muerte no siempre revela falta de confianza; a veces revela conciencia de nuestra dependencia. Y esa dependencia nos lleva a aferrarnos con mayor fuerza a la promesa de Cristo. El creyente puede sentir temor, pero no está dominado por él. Puede experimentar inquietud, pero no desesperación. Porque su certeza no descansa en su valentía, sino en la fidelidad de Aquel que prometió vida eterna.

martes, 17 de febrero de 2026

SEÑALES DE UNA GENERACIÓN DESVIADA

 


Vivimos tiempos inquietantes. La sociedad avanza tecnológicamente, pero retrocede moral y espiritualmente. Los valores que durante generaciones sirvieron como fundamento para la familia, la justicia y la convivencia hoy son cuestionados, redefinidos o descartados. Lo que antes era considerado verdad ahora se llama intolerancia; lo que era pecado ahora se celebra como progreso. El profeta Isaías lo expresó con claridad cuando dijo que vendrían días en que a lo malo llamarían bueno y a lo bueno malo. Esa inversión moral no es simplemente un fenómeno cultural; es una señal espiritual profunda.

La Escritura nos advirtió que en los postreros tiempos vendría la apostasía. En 1 Timoteo 4:1 se nos dice que algunos apostatarán de la fe, escuchando doctrinas engañosas. La apostasía no es ignorancia, es abandono consciente. No se trata solo de personas que nunca conocieron a Dios, sino de aquellos que, habiendo oído la verdad, deciden apartarse de ella. Es un enfriamiento progresivo del corazón, una sustitución de la verdad eterna por ideas pasajeras.

Hoy vemos cómo en distintas naciones templos se cierran por falta de congregantes. Iglesias que en otro tiempo estuvieron llenas ahora permanecen vacías. Pero más preocupante que los edificios cerrados son los corazones cerrados. Jesús advirtió en Mateo 24:12 que por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriaría. Ese enfriamiento espiritual es evidente: la fe se vuelve superficial, el compromiso se debilita y la prioridad ya no es buscar a Dios sino satisfacer deseos personales.

Las ideologías de turno prometen libertad, identidad y realización, pero excluyen deliberadamente a Dios. Se presenta una espiritualidad sin arrepentimiento, una moral sin absolutos y una verdad moldeable según la conveniencia. El apóstol Pablo fue claro al afirmar en 2 Tesalonicenses 2:3 que antes del día del Señor vendría la apostasía. No estamos viendo algo inesperado; estamos presenciando el cumplimiento progresivo de lo que ya fue anunciado.

Al mismo tiempo, la presión cultural intenta silenciar la voz bíblica. Defender principios cristianos ahora puede ser motivo de rechazo o burla. Sin embargo, estas circunstancias no deben producir temor en el creyente, sino firmeza. La profecía no fue dada para asustarnos, sino para prepararnos. Cuando vemos el deterioro moral y la confusión espiritual, debemos recordar que la Palabra de Dios permanece firme.

Los días actuales se parecen a los días de Noé, como también lo señaló Jesús en Mateo 24:37: una generación distraída, ocupada en sus propios asuntos, indiferente a la advertencia divina. La sociedad puede ignorar las señales, pero la Iglesia no debe hacerlo. Más que nunca, se requiere una fe genuina, una convicción profunda y una vida coherente con el evangelio.

La falta de valores no es simplemente una crisis social; es una manifestación del alejamiento del corazón humano respecto a Dios. Pero en medio de la apostasía, siempre habrá un remanente fiel. Siempre habrá hombres y mujeres que decidan mantenerse firmes, que no negocien la verdad y que perseveren hasta el fin. La oscuridad puede aumentar, pero también es oportunidad para que la luz brille con mayor intensidad.

Estos tiempos confirman que la historia avanza hacia el cumplimiento final del propósito divino. No estamos llamados a la desesperanza, sino a la vigilancia y a la perseverancia. La apostasía puede crecer, pero la fidelidad también puede fortalecerse. Y mientras el mundo redefine sus valores, la Iglesia está llamada a sostener la verdad eterna, recordando que Dios sigue siendo soberano y que su Palabra jamás dejará de cumplirse.

domingo, 15 de febrero de 2026

LOS “PROGRESS” Y EL DESAFÍO A LA VERDAD BÍBLICA



Una reflexión apologética en tiempos de cambio cultural

Vivimos en una época donde las estructuras que por siglos sostuvieron la sociedad están siendo cuestionadas. En medio de esta transformación surge lo que muchos llaman el movimiento “progress”, una corriente cultural que promueve la redefinición de valores tradicionales, normas morales y conceptos fundamentales como familia, identidad y autoridad.

No estamos simplemente ante un cambio político; estamos ante una transformación moral y espiritual.

UN CAMBIO DE PARADIGMA MORAL

El pensamiento progresista contemporáneo suele partir de una premisa clara: la moral es dinámica y debe adaptarse a las nuevas sensibilidades sociales. Bajo esta visión, lo que ayer era considerado verdad objetiva hoy puede redefinirse según la experiencia individual.

Sin embargo, la fe cristiana sostiene que la verdad no es producto del consenso humano, sino revelación divina. La Biblia declara que la Palabra de Dios permanece para siempre (Isaías 40:8). Si la verdad cambia con cada generación, entonces deja de ser verdad y se convierte en opinión.

El choque es evidente: relativismo moral versus verdad absoluta.


LA REDEFINICIÓN DE LA FAMILIA Y LA IDENTIDAD

Uno de los campos donde más se percibe este conflicto es en la redefinición de la familia y de la identidad humana. Mientras la cultura actual promueve múltiples modelos y la autodeterminación absoluta del individuo, la Escritura presenta un diseño específico para la familia y la identidad, establecidos desde la creación (Génesis 1–2).

Desde una perspectiva apologética, la pregunta no es si debemos amar a las personas —eso es incuestionable—, sino si el amor implica aprobar toda redefinición moral. El cristianismo histórico ha enseñado que el verdadero amor no contradice la verdad.


LIBERTAD SIN LÍMITES O LIBERTAD CON PROPÓSITO

El movimiento progresista exalta la autonomía personal como el valor supremo. Pero cuando la libertad se desconecta de la responsabilidad moral, termina produciendo confusión social y vacío espiritual.

La Escritura enseña que la verdadera libertad no es hacer todo lo que se desea, sino vivir conforme al propósito de Dios. Jesús declaró: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). La libertad bíblica está anclada en la verdad, no en el deseo.


LA RAÍZ ESPIRITUAL DEL CONFLICTO

Más allá de lo sociológico, este fenómeno es espiritual. El apóstol Pablo advirtió que vendrían tiempos donde las personas no soportarían la sana doctrina y buscarían maestros conforme a sus propios deseos (2 Timoteo 4:3).

No se trata simplemente de una lucha ideológica; es una batalla por la autoridad final:

¿La cultura define la moral, o Dios la revela?


¿CÓMO DEBE RESPONDER EL CREYENTE?

Una postura apologética bíblica no es agresiva, pero sí firme. El cristiano está llamado a:

Defender la verdad con mansedumbre.

Amar sin comprometer principios.

Ser luz en medio de la confusión moral.

Proclamar el evangelio como la verdadera esperanza.

No respondemos con odio, sino con convicción. No reaccionamos con miedo, sino con fe. La iglesia no está llamada a adaptarse al espíritu de la época, sino a permanecer fiel al Señor.

Permanecer firmes en tiempos de presión cultural

Los “progress” representan una de las expresiones más visibles del cambio cultural actual. Sin embargo, la historia demuestra que las corrientes ideológicas son temporales, mientras que la verdad revelada permanece.

El desafío no es cultural únicamente, es espiritual. Y en medio de la transformación social, el llamado sigue siendo el mismo: “Estad firmes en la fe” (1 Corintios 16:13).

La iglesia no debe temer al debate cultural, sino enfrentarlo con una fe bien fundamentada, una mente renovada y un corazón lleno de gracia.

viernes, 13 de febrero de 2026

LA IGLESIA Y LA DEFENSA DE LA VIDA EN TIEMPOS DE CONFRONTACIÓN CULTURAL

 


Vivimos en una época donde la defensa de la vida se ha convertido en uno de los campos de batalla más intensos de la cultura contemporánea. Diversas entidades seculares, organizaciones no gubernamentales y movimientos ideológicos promueven activamente legislaciones y discursos que buscan legitimar el aborto como un derecho incuestionable. Al mismo tiempo, la Iglesia que sostiene la santidad de la vida desde la concepción es presentada con frecuencia como retrógrada, intolerante o enemiga del progreso.

Sin embargo, esta confrontación no es nueva. La historia bíblica y la historia de la humanidad demuestran que el conflicto entre la verdad revelada por Dios y las corrientes culturales dominantes ha sido constante.

1. Un conflicto antiguo con rostro moderno

En el libro de Éxodo vemos cómo Faraón ordenó la muerte de los niños hebreos para controlar el crecimiento del pueblo de Dios (Éxodo 1:15-22). La vida inocente fue considerada un obstáculo para un proyecto político.

Siglos después, en el contexto del Imperio Romano, el infanticidio y el abandono de recién nacidos eran prácticas socialmente aceptadas. Fue precisamente la comunidad cristiana primitiva la que se destacó por rescatar y cuidar a los niños desechados.

El profeta declara: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20)

El conflicto actual no es meramente político; es profundamente espiritual y moral. Es una confrontación entre cosmovisiones.

2. La cosmovisión bíblica sobre la vida

La Escritura establece principios claros e inmutables:

En Génesis 1:27 leemos que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. La dignidad humana no depende de su tamaño, etapa de desarrollo, capacidades cognitivas o reconocimiento legal. Su valor proviene de su Creador.

El salmista afirma en Salmos 139:13-16 que Dios forma al ser humano en el vientre materno y que sus ojos ven el embrión antes de que haya nacido.

El llamado profético de Jeremías 1:5 refuerza esta verdad: “Antes que te formase en el vientre te conocí.”

Desde la perspectiva bíblica, la vida no es producto del Estado, ni concesión cultural, ni simple material biológico. Es obra directa de Dios.

La Iglesia, por tanto, no defiende una ideología política; defiende un principio divino.

3. Una batalla de cosmovisiones

Muchas organizaciones internacionales y movimientos contemporáneos promueven el aborto bajo argumentos de autonomía, libertad reproductiva y derechos individuales. Su marco filosófico suele basarse en el humanismo secular, donde el ser humano es la autoridad suprema y la verdad es relativa.

En contraste, la fe cristiana afirma que Dios es soberano, que la vida es sagrada y que la moral no es moldeable según conveniencia cultural.

Aquí no estamos ante una simple diferencia de opiniones, sino ante dos visiones opuestas acerca de:

El origen de la vida

La naturaleza humana

La autoridad moral

El propósito de la existencia

Cuando una sociedad redefine quién califica como “persona” o qué vidas merecen protección, entra en un terreno peligroso. La historia demuestra que toda deshumanización comienza redefiniendo el valor de ciertos grupos.

El capítulo 1 de Romanos describe cómo el alejamiento progresivo de Dios conduce a una distorsión moral creciente. No es un ataque contra individuos, sino un diagnóstico espiritual sobre culturas que sustituyen la verdad por construcciones humanas.

4. La Iglesia bajo presión

En muchas naciones, la Iglesia enfrenta críticas, restricciones legales o campañas de desprestigio por sostener su postura pro-vida. Sin embargo, la fidelidad a la verdad nunca ha dependido de la aprobación social.

En Hechos 5:29 los apóstoles declararon: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”

La Iglesia está llamada a ser luz en medio de la oscuridad y sal en medio de la corrupción moral. Esto implica firmeza doctrinal, pero también carácter cristiano.

Defender la vida no debe convertirse en una excusa para el odio, la arrogancia o la insensibilidad. Cristo vino lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14). Ambas dimensiones deben caminar juntas.

5. Defensa de la vida con compasión

Un error frecuente es reducir el debate a consignas. La defensa bíblica de la vida debe incluir también:

Apoyo real a mujeres en situación vulnerable.

Acompañamiento pastoral y consejería.

Promoción de adopción responsable.

Ayuda material y emocional.

Restauración para quienes han pasado por decisiones dolorosas.

La Iglesia no solo proclama principios; extiende misericordia.

No se trata únicamente de ganar argumentos, sino de reflejar el corazón de Dios.

6. Un llamado profético para este tiempo

El aumento de la confrontación cultural no debe sorprendernos. Jesús mismo advirtió que sus seguidores enfrentarían oposición. Pero la oposición no debe silenciar la verdad ni apagar el amor.

En tiempos donde la vida es relativizada, la Iglesia está llamada a:

Proclamar la dignidad humana desde la concepción.

Rechazar toda forma de deshumanización.

Defender la verdad con mansedumbre.

Permanecer firme sin perder la compasión.

La historia demuestra que las corrientes culturales cambian, pero la Palabra de Dios permanece para siempre.

La defensa de la vida no es una moda ni una reacción política. Es un compromiso con el Creador, quien es autor de toda existencia.

Y mientras la cultura redefine valores, la Iglesia continúa proclamando una verdad eterna:

La vida es sagrada porque pertenece a Dios.

jueves, 12 de febrero de 2026

CUANDO LA FE ES RIDICULIZADA: EL CRISTIANISMO FRENTE AL SECULARISMO MODERNO

 


En los últimos años se ha vuelto cada vez más evidente una tensión creciente entre la fe cristiana y el pensamiento secular contemporáneo. Pastores, maestros, líderes y creyentes que explican la vida desde una cosmovisión bíblica son con frecuencia etiquetados como “fanáticos”, “retrógrados” o “intolerantes”. Especialmente en temas sensibles como la defensa de la vida, muchos cristianos que ocupan espacios públicos son objeto de crítica y ridiculización por sostener convicciones basadas en su fe.

Ante este escenario, surge una pregunta necesaria: ¿Qué nos dice la Biblia cuando la fe es cuestionada o ridiculizada?

1. La burla hacia Dios no es algo nuevo

La Escritura nos enseña que el rechazo hacia Dios y sus principios ha estado presente a lo largo de la historia humana.

El Salmo 2 declara: “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra… contra Jehová y contra su Ungido.”

Asimismo, 2 Pedro 3:3 advierte: “En los postreros días vendrán burladores…”

La burla no es un fenómeno moderno. Desde tiempos antiguos, cuando el hombre decide vivir sin referencia a Dios, tiende a cuestionar, minimizar o ridiculizar lo sagrado. Esto no debe sorprender al creyente.

2. Jesús advirtió el rechazo hacia sus seguidores

Cristo fue claro respecto a lo que experimentarían quienes decidieran seguirle: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros” (Juan 15:18).

La oposición no es necesariamente señal de error. Muchas veces es consecuencia de vivir conforme a principios que contrastan con la cultura dominante.

Jesús incluso llamó bienaventurados a quienes fueran vituperados por causa de Él (Mateo 5:11). Esto no significa buscar conflicto, sino entender que la fidelidad puede tener un costo.

3. El valor de la vida desde la perspectiva bíblica

Uno de los temas más debatidos actualmente es la defensa de la vida. Desde la cosmovisión bíblica, la vida humana posee un valor intrínseco porque proviene de Dios.

El salmista declara: “Tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre” (Salmo 139:13).

Jeremías escuchó de Dios: “Antes que te formase en el vientre te conocí” (Jeremías 1:5).

Para el creyente, la vida no es simplemente un proceso biológico, sino una obra divina. Por ello, muchos cristianos consideran que defender la vida, especialmente la más vulnerable, es una expresión de obediencia a principios bíblicos.

Proverbios 31:8-9 exhorta: “Abre tu boca por el mudo… defiende al pobre y al necesitado.”

Esta convicción no nace del odio ni de la imposición, sino de la comprensión de que toda vida tiene dignidad porque refleja la imagen de Dios.

4. Cómo debe responder el cristiano

La Biblia no autoriza una respuesta agresiva ni despectiva hacia quienes piensan distinto.

1 Pedro 3:15 enseña: “Estad siempre preparados para presentar defensa… pero con mansedumbre y reverencia.”

Aquí encontramos el equilibrio: firmeza sin violencia, convicción sin arrogancia, verdad sin odio.

El cristiano está llamado a hablar, pero también a amar. A defender sus principios, pero sin perder el carácter de Cristo.

Efesios 4:15 resume este espíritu: “Siguiendo la verdad en amor…”

5. Un llamado a la madurez espiritual

En tiempos donde las opiniones se polarizan con facilidad, el creyente debe evitar dos extremos:

Callar por temor.

Responder con ira o desprecio.

La madurez cristiana consiste en permanecer firmes en la Palabra, pero mostrando el fruto del Espíritu: amor, paciencia, dominio propio y bondad (Gálatas 5:22-23).

No todo desacuerdo es persecución, pero tampoco toda burla debe desanimarnos. La iglesia primitiva enfrentó oposición, y aun así avanzó con integridad y esperanza.

El secularismo puede intentar excluir a Dios del debate público, pero no puede borrar la convicción profunda de quienes han decidido vivir bajo su autoridad.

La fe cristiana no se sostiene por aprobación cultural, sino por verdad eterna. Y aunque haya momentos de crítica o ridiculización, el llamado bíblico sigue siendo el mismo:

Permanecer firmes.

Hablar con sabiduría.

Amar incluso en el desacuerdo.

Y confiar en que Dios sigue siendo soberano.

Porque al final, la historia no la escribe la cultura del momento, sino el Dios eterno.

martes, 10 de febrero de 2026

CUANDO EL JUICIO REEMPLAZA A LA COMPASIÓN

 


Vivimos tiempos en los que muchos se sienten con autoridad para sentenciar la vida espiritual de otros, declarando con ligereza quién se salvará y quién se irá al infierno, como si el juicio eterno les hubiese sido delegado. Esta actitud, aunque suele disfrazarse de celo espiritual o defensa de la verdad, revela en el fondo un corazón que ha perdido la compasión de Dios, pues la Escritura es clara al afirmar que el juicio final pertenece únicamente al Señor. Jesús advirtió que no juzgáramos para no ser juzgados, no porque el pecado deba ser ignorado, sino porque el juicio sin amor se convierte en condenación, y la condenación nunca fue la misión de Cristo.

El evangelio nos muestra que Jesús, aun siendo santo, no se deleitó en señalar ni en destruir al pecador, sino que se acercó con misericordia, verdad y gracia. Juan 3:17 declara que el Hijo no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo, lo cual confronta directamente a aquellos que usan la fe como arma para herir. Cuando el corazón se llena de rencor, dureza o superioridad espiritual, el mensaje puede ser correcto, pero el espíritu es completamente contrario al de Cristo. Pablo advierte en Romanos que quien juzga a otro se condena a sí mismo, porque al hacerlo se coloca en el lugar de Dios y olvida que también necesita gracia.

La Biblia nos llama a discernir, exhortar y corregir, pero siempre desde el amor, la humildad y la conciencia de nuestra propia fragilidad. Un creyente maduro no celebra la caída del otro ni disfruta anunciando castigos eternos, sino que llora, intercede y extiende la mano, entendiendo que si no fuera por la gracia de Dios, todos estaríamos perdidos. La verdadera espiritualidad no se mide por cuán duro es nuestro discurso, sino por cuán parecido es nuestro corazón al de Cristo.

Examinemos nuestro corazón y preguntémonos si nuestras palabras reflejan el amor de Dios o si están cargadas de orgullo y resentimiento. ¿Hablamos la verdad para restaurar o para sentirnos superiores? Que nuestro testimonio no sea el de jueces severos, sino el de embajadores de reconciliación.

¿EN EL RAPTO SE VAN TODOS?

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