jueves, 26 de febrero de 2026

CUANDO EL TEMOR LLAMA, LA FE RESPONDE

 


El temor es una de las emociones más antiguas y universales del ser humano. Desde el principio de la historia bíblica vemos cómo el miedo aparece como consecuencia de la separación del hombre con Dios; en Génesis, Adán dice: “Tuve miedo, y me escondí”. Desde entonces, el temor ha acompañado a la humanidad: temor al fracaso, a tomar decisiones importantes, al matrimonio, a tener hijos, a la quiebra económica, a la inseguridad, a la enfermedad, a la vejez y a la muerte. El miedo paraliza, roba oportunidades, debilita la fe y, en muchos casos, gobierna silenciosamente el corazón.

Sin embargo, la Biblia no ignora esta realidad. Por el contrario, la enfrenta con claridad y esperanza. Una de las expresiones más repetidas en la Escritura es: “No temas”. No es un simple consejo motivacional; es un mandato acompañado de una promesa. En Isaías 41:10 leemos: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo”. El antídoto divino contra el temor no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Dios. La seguridad del creyente no está en que no habrá crisis, sino en que Dios camina con él en medio de ellas.

El temor al fracaso muchas veces nace de poner nuestra identidad en los resultados. Pero la Biblia enseña que nuestro valor no depende de nuestros logros, sino de quiénes somos en Dios. El temor a tomar iniciativas puede estar ligado a la inseguridad personal; sin embargo, en 2 Timoteo 1:7 se nos recuerda que “Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”. Esto significa que el miedo no proviene del carácter de Dios, sino que Él nos capacita para avanzar con valentía y equilibrio.

El temor al futuro —casarse, formar una familia, emprender un negocio— suele surgir de la incertidumbre. Pero Jesús enseñó en Mateo 6:34 que no debemos afanarnos por el día de mañana, porque cada día trae su propio afán. La enseñanza es clara: el futuro está en manos de Dios. Cuando confiamos en su soberanía, aprendemos a vivir un día a la vez.

El miedo a la escasez económica también es común. No obstante, la Escritura afirma que Dios es nuestro proveedor. El rey David declaró en Salmos 23:1: “El Señor es mi pastor; nada me faltará”. Esta no es una promesa de riquezas sin límites, sino de provisión suficiente conforme a la voluntad de Dios. La confianza desplaza al temor cuando recordamos quién sostiene nuestra vida.

Quizá uno de los temores más profundos es el miedo a la enfermedad, a la vejez y a la muerte. Pero el mensaje central del evangelio es esperanza eterna. En Juan 11:25, Jesús declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. Para el creyente, la muerte no es el final, sino el paso hacia la vida eterna. Esta verdad transforma la perspectiva del temor más grande del ser humano.

La Biblia también distingue entre el temor que paraliza y el “temor de Dios”, que es reverencia, respeto y reconocimiento de su grandeza. Este temor santo no produce esclavitud, sino sabiduría y vida. Cuando el corazón se llena del temor reverente a Dios, los demás temores pierden su dominio.

En definitiva, la Escritura no niega que el miedo exista, pero enseña que no debe gobernar nuestra vida. El temor humano se combate con fe; no con una fe superficial, sino con una confianza profunda en el carácter, las promesas y la presencia constante de Dios. Cuando el creyente comprende que Dios es soberano, fiel y cercano, descubre que puede avanzar aun con temores, porque sabe que no camina solo. Allí donde el miedo intenta paralizar, la fe levanta la mirada al cielo y escucha la voz divina que susurra al corazón: “No temas, yo estoy contigo".

miércoles, 25 de febrero de 2026

MÁS ALLÁ DE LAS CUATRO PAREDES


 Servir a Dios no se limita a las cuatro paredes de un templo, porque el verdadero evangelio se vive y se demuestra en cada espacio donde hay necesidad. Evangelio según Mateo 5:16 nos recuerda que nuestra luz debe brillar delante de los hombres, y eso ocurre en la calle, en el trabajo, en el mercado y en cada escenario cotidiano. Cuando ayudamos al necesitado, compartimos una palabra de esperanza o actuamos con integridad, estamos honrando a Dios tanto como cuando levantamos nuestras manos en adoración. La fe auténtica trasciende el edificio y se convierte en testimonio vivo, mostrando que servir a Dios es un estilo de vida que impacta al mundo.

martes, 24 de febrero de 2026

BABILONIA LA GRANDE


 “Babilonia la Grande, la madre de las rameras” no es solo una figura profética, sino un espejo espiritual que confronta el corazón humano. Representa todo sistema, pensamiento o deseo que seduce con poder, riqueza y apariencia, pero que aleja silenciosamente de Dios. Es la imagen de una humanidad que prefiere el brillo momentáneo antes que la verdad eterna. Al reflexionar en ella, no se trata de señalar al mundo, sino de examinarnos a nosotros mismos: ¿hay algo en nuestra vida que ha ocupado el lugar que solo le pertenece a Dios? Esta advertencia bíblica no busca infundir temor, sino despertar conciencia y llamarnos nuevamente a la fidelidad, a la pureza espiritual y a una fe auténtica.

domingo, 22 de febrero de 2026

CUANDO EL DESALIENTO NO ES EL FINAL

 


Hay momentos en la vida en que el corazón se cansa. Las fuerzas parecen agotarse y el ánimo se debilita ante tantas contrariedades: una quiebra inesperada, el dolor del desempleo, la herida de un divorcio o el impacto de una enfermedad. Muchos creyentes se preguntan en silencio por qué, si aman a Dios, atraviesan temporadas tan difíciles. Sin embargo, la Escritura nos muestra que la fe no nos exime de los procesos dolorosos; más bien, nos sostiene en medio de ellos.

El profeta Elías, después de una de las mayores victorias espirituales de su vida, cayó en un profundo desaliento. Se sintió solo, amenazado y agotado. No fue reprendido por sentirse así; Dios lo fortaleció, lo alimentó y le habló con voz apacible. Esto nos enseña que el Señor comprende nuestras debilidades y se acerca a nosotros cuando nuestras fuerzas se terminan. También Job experimentó pérdidas devastadoras, y aunque no entendía el propósito de su sufrimiento, al final descubrió que Dios estaba obrando en dimensiones que él no podía ver.
El desaliento no significa que Dios se haya alejado. A veces, en medio del silencio y la confusión, Él está formando algo más profundo en nuestro interior. La Palabra nos recuerda en Romanos 8:28 que todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios. No todas las cosas son buenas en sí mismas, pero todas pueden ser usadas por Dios para cumplir un propósito eterno. Lo que hoy parece una pérdida puede convertirse en dirección; lo que hoy duele puede producir madurez; lo que hoy confunde puede mañana revelar el plan perfecto del Señor.
Tal vez el desaliento que hoy sientes no es el final del camino, sino el proceso que te está preparando para algo mayor. Dios no desperdicia ninguna lágrima, ningún proceso ni ninguna oración pronunciada en medio del quebranto. Él sigue siendo soberano cuando no entendemos, fiel cuando dudamos y cercano cuando nos sentimos solos.
Si tu ánimo está debilitado, vuelve tu mirada al Señor. Él no ha terminado contigo. Detrás de cada prueba hay un propósito, y detrás de cada noche oscura siempre amanece la luz de su fidelidad.

viernes, 20 de febrero de 2026

PRESIDENTES QUE CAMBIAN, PRINCIPIOS QUE PERMANECEN

 


Una Reflexión Bíblica sobre el Perú”

En los últimos años, Perú ha vivido una inestabilidad política profunda, marcada por la sucesión constante de presidentes. Esta rotación constante en el poder no solo ha generado incertidumbre política, sino también consecuencias sociales y económicas que afectan a millones de ciudadanos. La desconfianza en las instituciones, la polarización ideológica y los intereses particulares parecen haber debilitado la estabilidad del país. Frente a este panorama, surge una pregunta necesaria: ¿qué nos puede decir la Biblia ante una crisis como esta?

La Escritura enseña que la división debilita a cualquier nación. Jesús afirmó que todo reino dividido contra sí mismo no puede permanecer. Cuando los intereses personales, las ambiciones políticas y las ideologías se colocan por encima del bienestar común, el resultado inevitable es fragmentación. Lo que observamos no es solamente un problema administrativo o partidario; es el reflejo de una fractura más profunda en el tejido moral y espiritual de la sociedad. La crisis política suele ser el síntoma visible de una crisis interior.

La Biblia también declara que “la justicia engrandece a la nación, mas el pecado es afrenta de las naciones”. La estabilidad de un país no descansa únicamente en su constitución o en su sistema democrático, sino en los valores que sostienen a sus líderes y ciudadanos. Cuando la corrupción, la ambición desmedida o la falta de integridad dominan la vida pública, el deterioro institucional es inevitable. Ningún sistema político puede sostenerse si los principios morales se debilitan. La historia bíblica muestra repetidamente que cuando el liderazgo se aparta de la justicia, el pueblo sufre las consecuencias.

Sin embargo, la Biblia va más allá de señalar culpables; apunta al corazón humano. El profeta Jeremías describe el corazón como engañoso y propenso al error. Esto significa que el problema no se limita a un partido o a una corriente ideológica específica. El verdadero conflicto es espiritual. Mientras el corazón del hombre no sea transformado, la rotación de autoridades no resolverá la raíz del problema. Cambiar presidentes no cambia automáticamente la condición moral de una nación.

En medio de esta realidad, el creyente no está llamado a la desesperanza, sino a la responsabilidad espiritual. La Palabra exhorta a orar por las autoridades, a buscar la paz de la ciudad y a vivir con integridad. La crisis nacional también es una oportunidad para que la iglesia sea luz en medio de la incertidumbre. En tiempos de confusión política, el testimonio cristiano debe destacarse por su equilibrio, respeto, oración y compromiso con la verdad.

Finalmente, la Biblia recuerda que Dios sigue siendo soberano sobre la historia. El libro de Daniel afirma que Él quita y pone reyes. Esto no significa que apruebe la injusticia, sino que su propósito trasciende los acontecimientos temporales. La inestabilidad humana no anula el gobierno eterno de Dios. Cuando las estructuras terrenales tambalean, el creyente encuentra seguridad en la certeza de que el Señor no cambia.

La situación que vive Perú es lamentable y preocupante, pero también invita a una reflexión profunda. Más que una simple crisis política, puede ser un llamado a revisar los fundamentos espirituales de la nación. La verdadera estabilidad no nace solamente de reformas institucionales, sino de corazones transformados, de líderes justos y de un pueblo que vuelva sus ojos a Dios. Allí comienza el cambio que ninguna coyuntura política puede producir por sí sola.

jueves, 19 de febrero de 2026

LA VOZ DEL NECIO ENTRE LOS SABIOS



La frase que dice que “en la reunión de los sabios está la voz del necio” encierra una verdad profundamente humana: la sabiduría colectiva no está exenta de error. A lo largo de la historia, consejos formados por hombres instruidos, preparados y reconocidos han tomado decisiones equivocadas. La Biblia no idealiza a los sabios como seres infalibles; al contrario, presenta un panorama realista donde la sabiduría humana, cuando se desconecta de Dios, puede convertirse en necedad.

En el libro de Proverbios se afirma que “en la multitud de consejeros hay seguridad”, pero esta afirmación no significa que toda multitud tenga razón, sino que el consejo debe estar fundamentado en el temor de Dios. La Escritura establece que el principio de la sabiduría no es el conocimiento académico ni la experiencia acumulada, sino el temor reverente al Señor. Sin esa base, incluso los expertos pueden errar gravemente.

La historia bíblica ofrece ejemplos claros. En tiempos del rey Roboam, hijo de Salomón, los ancianos le aconsejaron actuar con mansedumbre para conservar unido el reino. Sin embargo, el rey prefirió escuchar a los jóvenes inexpertos que le aconsejaron dureza y arrogancia. El resultado fue la división del reino de Israel. Allí vemos que la presencia de consejeros no garantiza decisiones correctas; todo depende del corazón que escucha y del espíritu que guía la decisión. A veces el necio no es el que habla más fuerte, sino el que decide ignorar la prudencia.

También encontramos que grandes asambleas religiosas fallaron gravemente. El concilio que condenó a Jesús estaba compuesto por líderes instruidos en la Ley. Eran hombres conocedores de las Escrituras, pero su conocimiento no se tradujo en discernimiento espiritual. La sabiduría intelectual sin humildad puede volverse ceguera. Como escribió el apóstol Pablo en 1 Corintios, “la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios”. Esto revela que existe una diferencia radical entre la sabiduría humana y la sabiduría divina.

La Biblia enseña que el verdadero problema no es la presencia del necio en la reunión, sino la ausencia de la guía de Dios. El libro de Eclesiastés declara que “hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos”, mostrando la complejidad de la vida bajo el sol. La realidad no siempre responde a la lógica humana, y por eso la prudencia debe ir acompañada de discernimiento espiritual.

Además, la Escritura advierte que el orgullo precede a la caída. Cuando un grupo de sabios confía exclusivamente en su propia capacidad, corre el riesgo de cerrarse a la corrección. El sabio bíblico es, ante todo, humilde y enseñable. Está dispuesto a escuchar, a examinar, a orar. La necedad no siempre se manifiesta en ignorancia; muchas veces se esconde en la autosuficiencia.

Por eso, la enseñanza bíblica no desacredita la sabiduría ni el consejo colectivo, pero sí establece un filtro: toda decisión debe alinearse con la voluntad de Dios. La voz del necio puede infiltrarse en cualquier reunión, incluso en las más eruditas, pero el temor del Señor actúa como guardián del discernimiento. La verdadera seguridad no está en la cantidad de títulos ni en la experiencia acumulada, sino en la dependencia del Espíritu y en un corazón sometido a la verdad divina.

Así, la reflexión final es clara: la Biblia no confía ciegamente en los hombres sabios, sino en Dios como fuente de toda sabiduría. Donde Él no es consultado, hasta los doctos pueden errar; pero donde Él es honrado, aun el sencillo puede hablar con entendimiento.



miércoles, 18 de febrero de 2026

¿EN EL RAPTO SE VAN TODOS?

 


La Biblia enseña que el arrebatamiento es para todos los que verdaderamente pertenecen a Cristo, no sobre la base de una clasificación entre “creyentes buenos” y “creyentes malos”, sino sobre la base de su relación real con Él. En pasajes como 1 Tesalonicenses 4:16–17 se declara que “los muertos en Cristo resucitarán primero” y luego “nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos”, y en 1 Corintios 15:51–52 Pablo afirma que “todos seremos transformados”, refiriéndose a los que están en Cristo. La Escritura no enseña dos arrebatamientos ni una selección entre creyentes más dignos y menos dignos, sino que el requisito es estar “en Cristo” (Romanos 8:1); sin embargo, también advierte que no todos los que se llaman creyentes lo son verdaderamente (Mateo 7:21), y que la carnalidad es una condición de inmadurez que trae disciplina y pérdida de recompensas, pero no necesariamente la pérdida de la salvación (1 Corintios 3:15). Por lo tanto, el arrebatamiento incluye a todos los redimidos genuinos, tanto los maduros como los inmaduros, porque es un acto de gracia basado en la obra de Cristo y no en el mérito humano, aunque la fidelidad determinará las recompensas y no la participación en ese evento glorioso.

CUANDO EL TEMOR LLAMA, LA FE RESPONDE

  El temor es una de las emociones más antiguas y universales del ser humano. Desde el principio de la historia bíblica vemos cómo el miedo ...