El chisme es uno de esos males que parecen formar parte de todas las sociedades y que, lamentablemente, tampoco son ajenos a la iglesia. Muchas veces pensamos que es una práctica propia de personas con poca educación o escasa formación, pero la realidad demuestra que también puede encontrarse entre profesionales, intelectuales, líderes y hasta pastores. El conocimiento, los títulos académicos o los años de experiencia ministerial no garantizan que una persona tenga dominio sobre su lengua. La Biblia advierte con claridad acerca de este peligro: «El que es chismoso revela los secretos; el que es confiable guarda la debida reserva» (Proverbios 11:13, NVI). El chismoso disfruta divulgando asuntos ajenos, repitiendo conversaciones privadas o compartiendo información que puede perjudicar la reputación de otros. En ocasiones, incluso presenta sus palabras como una preocupación legítima, una petición de oración o un supuesto interés por la verdad, cuando en realidad está alimentando la curiosidad, la sospecha y la división.
Las consecuencias del chisme pueden ser devastadoras. Una palabra malintencionada puede destruir amistades, dividir familias, enfrentar a hermanos en la fe y debilitar el testimonio de una congregación. Proverbios 16:28 enseña que el perverso provoca contiendas y el chismoso divide a los buenos amigos. Santiago, por su parte, compara la lengua con un fuego capaz de incendiar un bosque entero (Santiago 3:5-6). ¡Qué ilustración tan poderosa! Una conversación que comienza con un comentario aparentemente insignificante puede terminar causando un daño enorme. Lo más preocupante es que, cuando la información llega a una tercera o cuarta persona, frecuentemente ya ha sido exagerada, distorsionada o sacada de contexto. Así se destruye la reputación de alguien sin darle siquiera la oportunidad de explicar su versión de los hechos. Y cuando esto sucede dentro de la iglesia, el daño es todavía más doloroso, porque quienes deberían procurar la edificación mutua terminan convirtiéndose en instrumentos de desconfianza y división.
El problema no consiste únicamente en hablar de otras personas, pues hay situaciones en las que es necesario comunicar información para proteger a alguien, corregir una conducta o buscar una solución. La diferencia está en la intención, la veracidad, la necesidad y la manera en que se comunica. No es lo mismo buscar ayuda responsable para resolver un problema que divulgarlo para entretener a otros; tampoco es lo mismo denunciar una conducta perjudicial ante las personas competentes que difundir acusaciones sin pruebas. Jesús enseñó en Mateo 18:15-17 un proceso para afrontar determinadas faltas dentro de la comunidad, comenzando por hablar directamente con la persona involucrada. Este principio nos invita a evitar los comentarios a espaldas de los demás y a buscar soluciones que promuevan la verdad, la responsabilidad y, cuando sea posible, la restauración.
La iglesia tampoco está exenta de este peligro por el hecho de predicar la Palabra de Dios. Un creyente puede conocer muchos versículos y, sin embargo, utilizarlos para enseñar a otros sin permitir que primero transformen su propia conducta. Un líder puede predicar sobre el amor y, al mismo tiempo, destruir la reputación de un hermano con sus conversaciones. Incluso un pastor puede caer en este pecado si no vigila sus palabras. La posición que alguien ocupa en el ministerio no lo hace inmune a las debilidades humanas ni le concede permiso para hablar irresponsablemente. Efesios 4:29 nos exhorta a no permitir que salga de nuestra boca ninguna palabra dañina, sino solamente la que sea útil para edificar a los demás. Por tanto, la pregunta no es solamente cuánto sabemos de la Biblia, cuántos años llevamos en la iglesia o qué responsabilidad desempeñamos, sino si nuestras palabras reflejan realmente el carácter de Cristo.
También debemos reconocer que el chisme encuentra terreno fértil cuando quienes lo escuchan lo reciben con entusiasmo y lo transmiten a otros. El chismoso necesita oídos dispuestos a escucharlo. Si cada vez que alguien comienza a hablar mal de otra persona le pedimos prudencia, preguntamos si conoce todos los hechos o le sugerimos que converse directamente con el involucrado, estaremos contribuyendo a frenar este mal. No tenemos que participar en todas las conversaciones ni demostrar que estamos enterados de la vida ajena. A veces, la respuesta más sabia es guardar silencio, cambiar de tema o negarnos respetuosamente a difundir información que no nos corresponde compartir. Proverbios 17:9 enseña que quien procura mantener el amor pasa por alto una ofensa, mientras que quien insiste en el asunto separa a los amigos. Esto no significa encubrir abusos, injusticias o conductas peligrosas, sino distinguir entre buscar una solución responsable y alimentar comentarios que solo producen daño.
Finalmente, antes de hablar de los demás, necesitamos examinarnos delante de Dios. ¿Lo que voy a decir es verdadero? ¿Es necesario que esta persona lo sepa? ¿Tengo una intención constructiva? ¿Estoy dispuesto a decirlo con la misma actitud delante de quien es objeto de mis comentarios? Estas preguntas pueden ayudarnos a descubrir motivaciones que preferiríamos no reconocer. El salmista expresó una oración que todos deberíamos hacer nuestra: «Sean, pues, aceptables ante ti mis palabras y mis pensamientos, oh Señor, mi roca y mi redentor» (Salmo 19:14, NVI). La madurez cristiana no se demuestra solamente por lo que sabemos, enseñamos o predicamos, sino también por nuestra capacidad de controlar la lengua, guardar una confidencia y hablar con amor y verdad. Una iglesia no se edifica divulgando las faltas ajenas, sino practicando la verdad, la prudencia y el amor fraternal. Antes de convertirnos en mensajeros de los errores de otros, asegurémonos de que nuestras propias palabras no se hayan convertido en una fuente de tropiezo. Porque una lengua sin dominio puede destruir en minutos lo que muchos tardaron años en construir.












