En algunas congregaciones se ha establecido la idea de que todo líder, servidor o ministro debe diezmar regularmente y que, si deja de hacerlo, no debería continuar ejerciendo su función. En algunos casos incluso se llega a retirar del ministerio a una persona por no cumplir con este requisito. Pero debemos preguntarnos con honestidad: ¿es este un criterio establecido por la Biblia o una norma creada por las instituciones religiosas?
La Biblia ciertamente habla del diezmo. En el Antiguo Testamento, Dios estableció el diezmo dentro del sistema religioso de Israel. Levítico 27:30 declara: “Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es”. También encontramos en Malaquías 3:10 el conocido llamado: “Traed todos los diezmos al alfolí”. Por tanto, sería incorrecto afirmar que la Biblia no enseña nada acerca del diezmo.
Sin embargo, debemos tener cuidado de no sacar un texto de su contexto. Israel vivía bajo el pacto mosaico, con un sistema sacerdotal, levítico, sacrificial y nacional que regulaba diferentes aspectos de la vida del pueblo. La pregunta que debemos hacernos es: ¿cómo presenta el Nuevo Testamento la responsabilidad económica de los creyentes después de la obra de Cristo?
Cuando llegamos a las enseñanzas apostólicas encontramos un énfasis muy significativo: la generosidad, la disposición del corazón y la libertad cristiana. Pablo dice en 2 Corintios 9:7: “Cada uno dé como propuso en su corazón; no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”.
Observemos las palabras: “como propuso en su corazón”, “no con tristeza” y “ni por necesidad”. El principio no es simplemente cuánto dinero entrega una persona, sino con qué corazón lo entrega.
Incluso cuando Jesús habló del diezmo, no presentó el dinero como la esencia de la espiritualidad. En Mateo 23:23 reprendió a los religiosos de su época porque eran cuidadosos en diezmar, pero descuidaban “lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe”. Es una advertencia muy seria: podemos ser extremadamente rigurosos con una práctica religiosa y, al mismo tiempo, estar descuidando lo que Dios considera más importante.
Por eso debemos preguntarnos: ¿qué ocurre cuando una iglesia comienza a medir la fidelidad de sus servidores principalmente por sus aportes económicos?
¿DIEZMAR ES UN REQUISITO PARA SERVIR?
Aquí encontramos un punto especialmente importante. Cuando Pablo establece los requisitos para quienes ejercen liderazgo en la iglesia, en 1 Timoteo 3 y Tito 1 menciona cualidades como tener buen testimonio, ser irreprensible, prudente, sobrio, hospedador, apto para enseñar, no ser amante del dinero, gobernar bien su casa y tener buena reputación.
Pero hay algo que llama poderosamente la atención: no encontramos el diezmo entre los requisitos establecidos para obispos, ancianos o diáconos.
Esto no significa que un líder pueda ser irresponsable con sus recursos, avaro o indiferente ante las necesidades de la obra de Dios. Al contrario, la Biblia condena el amor al dinero y llama a los creyentes a ser generosos.
Pero una cosa es enseñar la fidelidad financiera y otra convertir el diezmo en una condición indispensable para tener un ministerio.
Si una persona deja de diezmar, podríamos preguntarle por qué. Tal vez está atravesando dificultades económicas. Tal vez tiene deudas. Tal vez está desempleada. Tal vez está sosteniendo a familiares. Tal vez simplemente tiene dudas sobre la enseñanza del diezmo y necesita estudiar la Biblia.
¿Deberíamos quitarle automáticamente la posibilidad de servir? La Biblia no establece semejante procedimiento.
EL PELIGRO DE CONFUNDIR DINERO CON ESPIRITUALIDAD
Existe además un peligro mucho mayor: que una congregación termine transmitiendo, consciente o inconscientemente, la idea de que el que más da es más espiritual y el que da menos es menos fiel.
Pero Jesús mostró algo diferente.
En Marcos 12:41-44 encontramos a una viuda pobre que echó en el templo dos pequeñas monedas. Desde una perspectiva económica, su aporte era insignificante. Sin embargo, Jesús declaró que aquella mujer había dado más que todos los demás, porque los otros daban de lo que les sobraba, mientras ella daba desde su pobreza.
Esto nos enseña algo fundamental: Dios no mide nuestras ofrendas solamente por la cantidad; mira el corazón.
Por eso, una persona con abundantes recursos puede dar grandes cantidades y no necesariamente ser más espiritual que otra que, con mucho sacrificio, entrega una pequeña cantidad.
El problema aparece cuando los hombres comienzan a hacer mediciones que solamente Dios puede hacer.
¿Y QUÉ PASA CON EL SOSTENIMIENTO DE LA OBRA?
Alguien podría preguntar: “Si no exigimos el diezmo, ¿cómo se sostiene la iglesia?”
La respuesta bíblica no es eliminar la generosidad. Todo lo contrario: la iglesia debe enseñar a sus miembros a dar.
Pablo enseñó a los creyentes a participar económicamente en la obra de Dios. En 1 Corintios 16:2 habló de apartar una cantidad “según haya prosperado”. En 2 Corintios 8 y 9 encontramos una amplia enseñanza sobre la generosidad cristiana.
También encontramos el principio de que quienes trabajan en la obra pueden recibir apoyo de la iglesia (1 Corintios 9:13-14; 1 Timoteo 5:17-18).
Por tanto, el problema no es hablar de dinero. El problema aparece cuando el dinero deja de ser una expresión de gratitud y se convierte en una herramienta de presión, control o exclusión.
Una iglesia puede enseñar a diezmar. Puede animar a sus miembros a ser generosos. Puede explicar Malaquías, Mateo, Hebreos y las enseñanzas apostólicas. Puede tener su propia posición doctrinal respecto al diezmo.
Pero debemos tener mucho cuidado antes de afirmar que “si no diezmas, no puedes servir a Dios”, porque esa afirmación requiere un fundamento bíblico que no encontramos expresamente establecido como requisito ministerial.
SERVIMOS POR GRACIA, NO PORQUE HEMOS PAGADO
Hay algo todavía más profundo. El servicio cristiano nace de la gracia de Dios. Pedro dice:
“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.” — 1 Pedro 4:10
El ministerio es una administración de la gracia y de los dones que Dios ha dado. Nadie compra con dinero el derecho a servir a Dios.
Tampoco podemos pensar que porque alguien diezma puntualmente ya está automáticamente capacitado para dirigir, enseñar, pastorear o ejercer autoridad espiritual.
Una persona puede diezmar y carecer de carácter cristiano. Puede dar mucho dinero y vivir en pecado. Puede sostener económicamente una congregación y, sin embargo, no reunir las condiciones espirituales para ejercer liderazgo.
Y también puede suceder lo contrario: un creyente puede estar pasando por una situación económica difícil y, sin embargo, poseer un corazón sincero, un buen testimonio, amor por Dios y capacidades que pueden ser utilizadas para servir. El dinero no sustituye el carácter.
LA IGLESIA DEBE CORREGIR, PERO CON CRITERIO BÍBLICO
Ahora bien, tampoco debemos caer en el extremo contrario.
Si un líder utiliza deliberadamente los recursos de la iglesia para beneficio personal, es deshonesto, ama el dinero, manipula las ofrendas o se niega irresponsablemente a contribuir mientras exige que los demás den, estamos ante un problema serio de carácter.
Pero incluso en ese caso, el problema no sería simplemente “no diezma”, sino la avaricia, la falta de integridad, la hipocresía o el mal testimonio.
Eso sí tiene una importancia directa en los requisitos bíblicos para el liderazgo. Por eso, antes de retirar a alguien de un ministerio, deberíamos preguntarnos:
¿Qué principio bíblico está violando realmente?
¿Es falta de generosidad?
¿Es avaricia?
¿Es deshonestidad?
¿Es mal testimonio?
¿Es rebeldía?
¿Es inmoralidad?
¿Es incapacidad para ejercer el cargo?
¿O simplemente no está cumpliendo una norma financiera establecida por la institución?
No son necesariamente lo mismo.
UNA IGLESIA QUE ENSEÑA A DAR, PERO NO OBLIGA A DAR
La madurez cristiana no consiste en que alguien dé porque teme perder su ministerio. La verdadera madurez consiste en que el creyente pueda decir:
“Señor, todo lo que tengo procede de ti. Quiero honrarte con mis bienes y ayudar a tu obra y a quienes tienen necesidad, no porque alguien me está vigilando, sino porque te amo.”
La generosidad que nace del temor puede producir dinero. Pero la generosidad que nace del amor produce adoración.
Por eso Pablo no dice: “Cada uno dé para conservar su cargo”.
Dice: “Cada uno dé como propuso en su corazón... porque Dios ama al dador alegre.”
CONCLUSIÓN
El diezmo es un tema que merece ser estudiado seriamente en toda la Biblia. No debemos despreciarlo ni convertirlo en un asunto irrelevante. Pero tampoco debemos utilizarlo como una medida absoluta de espiritualidad ni como una condición que la Biblia no establece para que una persona pueda servir.
La iglesia está llamada a enseñar fidelidad, generosidad, responsabilidad y mayordomía. Los líderes deben dar ejemplo y administrar correctamente los recursos. Pero el valor de un servidor no se determina por cuánto dinero entrega, sino por su carácter, su fidelidad a Cristo, su testimonio y la manera en que utiliza los dones que Dios le ha dado.
Porque al final, Dios no necesita nuestro dinero para ser Dios; nosotros necesitamos aprender a administrar lo que Él puso en nuestras manos.
Y quizá la pregunta más importante no sea:
“¿Cuánto estás dando?” Sino: “¿Qué lugar ocupa Dios en tu corazón?”
Porque donde está nuestro tesoro, allí también estará nuestro corazón. — Mateo 6:21