martes, 29 de septiembre de 2026

¿ACCIDENTE O DISEÑO?


Una mirada bíblica al origen de la vida

Desde hace siglos, el ser humano se ha preguntado de dónde venimos, cómo apareció la vida y cuál es el propósito de nuestra existencia. En torno a estas preguntas se encuentran dos perspectivas que con frecuencia son presentadas como antagónicas: el creacionismo y el evolucionismo. El creacionismo bíblico sostiene que el universo, la vida y el ser humano tienen su origen en Dios, mientras que la teoría de la evolución explica la diversidad de los seres vivos mediante procesos naturales ocurridos durante largos períodos de tiempo. La diferencia fundamental no está solamente en cómo interpretamos determinados datos científicos, sino también en las respuestas que damos a una pregunta más profunda: ¿existe detrás de nuestra existencia una inteligencia creadora o somos únicamente el resultado de procesos naturales sin propósito?

La Biblia comienza con una afirmación sencilla y contundente: «En el principio Dios creó los cielos y la tierra» (Génesis 1:1). Antes de hablarnos del ser humano, de las estrellas o de los animales, nos presenta a Dios como el origen de todo lo que existe. El relato bíblico no intenta ofrecer un tratado científico moderno, pero sí establece una convicción fundamental de la fe cristiana: el universo no es producto de una existencia independiente de Dios, sino de la acción creadora de un Dios inteligente y soberano. Hebreos 11:3 afirma que «por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios». Para el creyente, por tanto, la existencia de la creación apunta hacia un Creador.

La ciencia, por su parte, ha descubierto una enorme cantidad de información acerca del universo, de la genética, de los organismos vivos y de los procesos mediante los cuales cambian las poblaciones. La evolución biológica es una teoría científica ampliamente aceptada que explica, mediante mecanismos como la selección natural, la herencia y las mutaciones, cómo las poblaciones pueden cambiar a lo largo de generaciones y cómo pueden surgir nuevas especies. Estos mecanismos pueden observarse y estudiarse. Sin embargo, afirmar que existen cambios evolutivos dentro de los seres vivos no equivale automáticamente a demostrar que toda la vida surgió de la materia sin intervención de Dios. Son preguntas relacionadas, pero no idénticas.

Aquí aparece una distinción importante. Una cosa es estudiar cómo cambian los seres vivos una vez que existe la vida y otra muy diferente explicar definitivamente cómo apareció la primera vida. La evolución biológica y el origen de la primera vida son campos de investigación relacionados pero distintos. La ciencia continúa investigando cómo pudieron surgir los primeros sistemas capaces de reproducirse y transmitir información. Existen diversas hipótesis sobre el origen de la vida, pero todavía no existe una explicación científica completa y demostrada de cada paso que llevó desde la materia no viva hasta la primera célula.

Y es precisamente la extraordinaria complejidad de la vida la que lleva a muchos creyentes a considerar razonable la existencia de un Creador. Una célula no es simplemente una pequeña bolsa de sustancias químicas. Contiene sistemas altamente organizados, mecanismos de producción de energía, membranas, proteínas y un sistema de almacenamiento y transmisión de información genética. El ADN contiene información que participa en la construcción y funcionamiento de los organismos. Para el cristiano, esta complejidad y organización son compatibles con la idea de una inteligencia detrás de la creación.

Sin embargo, debemos tener cuidado con un argumento que a veces se formula de manera demasiado sencilla: «Si la ciencia no puede explicar algo, entonces necesariamente fue Dios». Esa conclusión no se desprende automáticamente de nuestra ignorancia. El creyente no necesita colocar a Dios únicamente en los espacios que la ciencia todavía no ha explicado. La afirmación bíblica es mucho más profunda: Dios es el Creador de todo lo que existe. La ciencia puede describir mecanismos naturales sin que eso, por sí mismo, elimine la posibilidad de un Creador. Para un cristiano, incluso las leyes naturales y la capacidad del universo para producir orden forman parte de la realidad creada por Dios.

También debemos reconocer que «evolución» y «casualidad absoluta» no son exactamente sinónimos. La teoría evolutiva moderna no sostiene simplemente que todos los seres vivos aparecieron por una serie de acontecimientos completamente aleatorios. La evolución incluye mecanismos no aleatorios, como la selección natural. Por eso, si queremos presentar una reflexión cristiana intelectualmente seria, debemos evitar caricaturizar la posición científica. La verdadera discusión es más profunda: ¿son suficientes los procesos naturales para explicar la totalidad de la realidad y, especialmente, el origen de la vida, la información biológica, la conciencia humana y nuestra capacidad de comprender racionalmente el universo?

Desde la perspectiva bíblica, el ser humano ocupa además un lugar singular. Génesis 1:27 declara: «Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios». La dignidad humana, desde esta perspectiva, no depende de nuestra capacidad intelectual, de nuestra posición social ni de nuestra utilidad. Tenemos valor porque hemos sido creados a imagen de Dios. El cristianismo no contempla al ser humano simplemente como un organismo biológico extremadamente desarrollado, sino como una criatura con una dimensión espiritual, moral y relacional.

Aquí encontramos otra pregunta que la evolución biológica, por sí sola, no pretende responder: ¿por qué debemos considerar que el bien es realmente bueno y el mal realmente malo? ¿Por qué sentimos que la justicia, el amor, la compasión y la dignidad humana poseen un valor que trasciende nuestros intereses personales? La ciencia puede estudiar el comportamiento moral, sus posibles bases biológicas y su desarrollo cultural, pero explicar cómo funciona una conducta no es necesariamente lo mismo que establecer por qué deberíamos considerarla moralmente correcta.

Lo mismo ocurre con la conciencia. Podemos estudiar el cerebro, sus estructuras y sus procesos, pero todavía existen profundas preguntas filosóficas acerca de la experiencia subjetiva, la identidad personal y la naturaleza de la conciencia. Para el cristiano, estas preguntas encuentran un marco diferente cuando entendemos al ser humano como una criatura hecha a imagen de Dios.

Por eso, la cuestión del origen no debería convertirse en una guerra entre fe y ciencia. Un científico puede estudiar los mecanismos naturales del universo y un creyente puede afirmar que, detrás de esos mecanismos, existe un Dios creador. Lo que sí merece ser cuestionado es la idea filosófica de que, porque podemos describir determinados procesos naturales, ya no necesitamos ninguna referencia a Dios. Esa conclusión no es una consecuencia inevitable de la ciencia; es una interpretación filosófica que va más allá de los datos científicos.

El cristiano puede contemplar un universo gobernado por leyes, una vida extraordinariamente organizada, un código genético capaz de almacenar información y una humanidad capaz de preguntarse por su propio origen, y concluir que la existencia de un Creador resulta coherente con aquello que observa. Pablo expresa una idea semejante en Romanos 1:20 al afirmar que las cualidades invisibles de Dios pueden percibirse mediante las cosas creadas. El salmista también declara: «Los cielos cuentan la gloria de Dios; el firmamento proclama la obra de sus manos» (Salmo 19:1).

Creer en la creación, entonces, no significa rechazar la ciencia. Significa reconocer que la ciencia tiene un campo propio y que las preguntas sobre el propósito último, el significado y la existencia de Dios también pertenecen al ámbito filosófico y teológico. Podemos estudiar el universo con nuestros instrumentos y, al mismo tiempo, preguntarnos quién estableció las condiciones que hicieron posible ese universo.

Tal vez la pregunta más importante no sea solamente «¿cómo llegamos hasta aquí?», sino «¿para qué estamos aquí?». Una explicación científica del mecanismo de un proceso no necesariamente proporciona una respuesta sobre su propósito. El cristianismo afirma que nuestra existencia no es un accidente sin significado. Fuimos creados por Dios, vivimos delante de Dios y nuestra vida encuentra su verdadero sentido cuando reconocemos a nuestro Creador.

La Biblia termina llevando esta verdad hasta su máxima expresión: «Porque de él, por él y para él son todas las cosas» (Romanos 11:36). Desde el primer versículo de Génesis hasta esta declaración de Pablo, la Escritura presenta una visión coherente: detrás de la existencia hay un Dios creador, y la creación no carece de propósito. Por eso, frente al misterio de nuestros orígenes, el creyente puede contemplar la inmensidad del universo y la complejidad de la vida no simplemente con asombro científico, sino también con adoración. La ciencia puede ayudarnos a comprender cada vez mejor cómo funciona la creación; la fe nos recuerda quién es el Creador y por qué nuestra existencia tiene significado.

¿PODRÍA VENIR OTRA PANDEMIA? UNA MIRADA CIENTÍFICA Y BÍBLICA

 


Después de la experiencia del COVID-19, la posibilidad de una nueva pandemia ya no parece algo lejano o propio de las películas. La ciencia reconoce que los brotes de enfermedades infecciosas pueden aparecer nuevamente y que, en algún momento, el mundo tendrá que enfrentar otra pandemia. De hecho, el director general de la Organización Mundial de la Salud afirmó en septiembre de 2026 que la cuestión no es solamente si habrá otra pandemia, sino cuándo ocurrirá. Al mismo tiempo, esto no significa que exista actualmente evidencia de que una nueva pandemia sea inminente. La misma vigilancia científica distingue entre la existencia de amenazas potenciales y el comienzo real de una pandemia. (Organización Mundial de la Salud)

Uno de los ejemplos que recibe especial vigilancia es la influenza aviar H5N1. Este virus ha infectado a animales y ocasionalmente a seres humanos, por lo que los científicos estudian cuidadosamente su comportamiento. Sin embargo, la OMS señala que actualmente no se ha observado una transmisión sostenida de persona a persona. En su evaluación de marzo de 2026, la OMS indicó que el riesgo general para la salud pública de los virus de influenza A conocidos en la interfaz entre animales y seres humanos permanecía bajo. (Organización Mundial de la Salud) Esto nos enseña algo importante: debemos tomar en serio las advertencias científicas, pero no convertirlas en pronósticos alarmistas. La ciencia trabaja con vigilancia, probabilidades, evidencias y escenarios posibles; no puede decirnos con certeza cuándo aparecerá una determinada pandemia ni exactamente qué características tendrá.

La Biblia, por su parte, nos presenta una realidad que muchas veces olvidamos: vivimos en un mundo frágil. Jesús habló de guerras, hambres, terremotos y diversas situaciones difíciles que formarían parte de un mundo marcado por el sufrimiento. En Mateo 24:4-8 encontramos estas palabras: «Mirad que nadie os engañe... oiréis de guerras y rumores de guerras... habrá hambres y terremotos en diferentes lugares». Y Jesús añade algo particularmente importante: «Todo esto será principio de dolores» (NVI). El propósito de estas palabras no parece ser proporcionar a sus discípulos un calendario para identificar cada acontecimiento mundial, sino enseñarles a permanecer despiertos, firmes y preparados.

Por eso debemos tener cuidado con relacionar automáticamente una futura pandemia con una profecía específica. La Biblia no menciona el COVID-19, ni habla explícitamente de una futura pandemia mundial provocada por un virus determinado. Tampoco nos autoriza a afirmar que cada epidemia, desastre natural o crisis internacional constituye necesariamente el cumplimiento directo de una profecía. Hacerlo puede producir temor donde la Escritura llama a tener discernimiento. La profecía bíblica debe estudiarse respetando lo que realmente dice el texto, no utilizando las noticias para forzar interpretaciones.

Pero eso no significa que los acontecimientos mundiales sean irrelevantes para la fe. Una pandemia puede recordarnos algo profundamente bíblico: nuestra vida es limitada y nuestra seguridad terrenal no es absoluta. Santiago 4:14 pregunta: «¿Qué es su vida? Ustedes son como la neblina, que aparece por un momento y luego se desvanece» (NVI). El ser humano puede desarrollar vacunas, hospitales, sistemas de vigilancia y tecnologías extraordinarias, pero continúa siendo una criatura vulnerable. La ciencia puede ayudarnos enormemente a enfrentar las enfermedades, pero no puede eliminar la fragilidad esencial de nuestra existencia.

Aquí aparece un equilibrio que el cristiano necesita conservar. Por un lado, no debemos vivir dominados por el miedo. Por otro, tampoco debemos actuar con irresponsabilidad diciendo que, como confiamos en Dios, no necesitamos escuchar a los científicos, cuidar nuestra salud o tomar medidas preventivas. La prudencia también es un principio bíblico. Proverbios 22:3 dice: «El prudente ve el peligro y lo evita; el inexperto sigue adelante y sufre las consecuencias». Prepararse ante una posible emergencia sanitaria no significa falta de fe. Puede ser precisamente una expresión de responsabilidad hacia nuestra propia vida y hacia nuestro prójimo.

La experiencia del COVID-19 también dejó otra enseñanza: una enfermedad puede comenzar en un lugar determinado y, en un mundo interconectado, alcanzar rápidamente otras regiones. Por esa razón, actualmente existen sistemas internacionales de vigilancia, intercambio de información y preparación ante futuras amenazas. La OMS utiliza herramientas específicas para evaluar virus de influenza con potencial pandémico y estudiar tanto la posibilidad de que desarrollen transmisión sostenida entre seres humanos como el impacto que podrían producir. (Organización Mundial de la Salud) La existencia de estos sistemas no demuestra que una pandemia esté por comenzar; demuestra que el mundo ha aprendido que la preparación es necesaria.

Desde una perspectiva bíblica, quizá la pregunta más importante no sea solamente «¿cuándo llegará otra pandemia?», sino «¿cómo estamos viviendo mientras esperamos el futuro?». Jesús dijo: «Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor» (Mateo 24:42, NVI). La vigilancia cristiana no consiste en vivir obsesionados con las noticias, calcular fechas o interpretar cada enfermedad como una señal definitiva del fin. Consiste en vivir preparados espiritualmente, con una fe auténtica, con una vida coherente y con los ojos puestos en Cristo.

Una nueva pandemia podría llegar algún día. También podrían aparecer nuevas guerras, crisis económicas, desastres naturales u otras situaciones que hoy ni siquiera podemos anticipar. No sabemos cuándo ni de qué manera ocurrirán. Lo que sí sabemos, desde la perspectiva bíblica, es que nuestra esperanza no puede descansar en que el mundo permanezca siempre estable. Nuestra esperanza está en Dios. «Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia» (Salmo 46:1, NVI).

Por eso, frente a la posibilidad de una nueva pandemia, el cristiano no necesita caer ni en el pánico ni en la indiferencia. Puede informarse sin alarmarse, prepararse sin vivir con miedo, utilizar responsablemente los recursos que Dios ha permitido que el ser humano desarrolle y, sobre todo, recordar que nuestra seguridad definitiva no se encuentra en las circunstancias cambiantes de este mundo. La ciencia puede advertirnos de los peligros; la prudencia puede ayudarnos a enfrentarlos; pero la fe nos recuerda dónde está nuestra esperanza.

Quizá una futura pandemia vuelva a mostrarnos, como ocurrió con el COVID-19, que aquello que parecía seguro puede cambiar en cuestión de días. Entonces volveremos a comprender una verdad que la Biblia ha repetido durante siglos: la vida humana es temporal, pero Dios permanece. Por eso, más que intentar adivinar cuándo llegará la próxima gran crisis, debemos preguntarnos si estamos preparados para vivir fielmente hoy. Porque la verdadera preparación cristiana no comienza cuando aparece una emergencia mundial; comienza ahora, viviendo cada día con fe, sabiduría, amor al prójimo y esperanza en Jesucristo.

sábado, 26 de septiembre de 2026

UN AMIGO DE VERDAD

 


La amistad es uno de los regalos más valiosos que una persona puede encontrar en la vida, pero no toda amistad es verdadera. Hay personas que se acercan a nosotros porque realmente nos aprecian, desean nuestro bien y están dispuestas a permanecer a nuestro lado en los momentos buenos y difíciles; pero también existen quienes buscan nuestra amistad porque pueden obtener algún beneficio, una influencia, un favor o una ventaja personal. La Biblia nos ayuda a reconocer esta diferencia y nos muestra que la verdadera amistad no se construye sobre lo que podemos obtener de alguien, sino sobre el amor, la fidelidad y el deseo genuino de procurar su bienestar.

Proverbios 17:17 dice: “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia.” Esta descripción es muy diferente de una relación basada en conveniencia. El verdadero amigo no está presente solamente cuando todo marcha bien, cuando hay algo que recibir o cuando nuestra compañía resulta útil. Permanece también cuando llegan los problemas. La adversidad revela muchas veces quién es realmente nuestro amigo. Mientras algunos desaparecen cuando dejamos de serles útiles, el amigo verdadero permanece.

Proverbios 18:24 también establece una diferencia importante: “El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo; y amigo hay más unido que un hermano.” No se trata solamente de tener muchos contactos o personas conocidas. Podemos estar rodeados de gente y, sin embargo, sentirnos profundamente solos. La verdadera amistad requiere cercanía, confianza, lealtad y reciprocidad. No todo aquel que nos llama “amigo” necesariamente lo es, porque las palabras pueden ser fáciles de pronunciar, mientras que la fidelidad se demuestra con hechos.

La Escritura incluso advierte sobre quienes buscan acercarse a otros por interés. Proverbios 19:4 dice: “Las riquezas traen muchos amigos; mas el pobre es apartado de su amigo.” Y el versículo 6 señala que muchos buscan el favor de los poderosos. Esto revela una realidad que sigue presente: algunas personas no se relacionan con nosotros por quienes somos, sino por lo que tenemos, por nuestra posición, influencia o por aquello que podemos hacer por ellas. Mientras tengamos algo que ofrecer, permanecen cerca; cuando ya no pueden obtener beneficio alguno, desaparecen.

Esto también nos invita a examinarnos a nosotros mismos. Es fácil hablar de los falsos amigos, pero debemos preguntarnos si nosotros estamos siendo amigos verdaderos. ¿Buscamos a las personas porque las amamos o solamente cuando necesitamos algo de ellas? ¿Estamos disponibles únicamente cuando nos conviene? ¿Nos alegramos sinceramente cuando nuestros amigos prosperan o sentimos envidia? ¿Estamos dispuestos a ayudar cuando no recibiremos nada a cambio?

Una de las amistades más hermosas que encontramos en la Biblia es la de David y Jonatán. A pesar de que Jonatán era hijo del rey Saúl y humanamente podía haber considerado a David como un rival para el trono, desarrolló con él una amistad basada en el amor y la lealtad. 1 Samuel 18:1 dice que “el alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo.” Jonatán no utilizó a David para obtener algo. Por el contrario, estuvo dispuesto incluso a protegerlo cuando eso podía perjudicar sus propios intereses. Su amistad nos muestra que el verdadero amor no busca aprovecharse del otro.

También encontramos en Jesús el ejemplo supremo de amor hacia sus amigos. Él dijo a sus discípulos: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Y luego les dijo: “Ya no os llamaré siervos... pero os he llamado amigos” (Juan 15:15). Cristo no se acercó a sus discípulos para aprovecharse de ellos; los amó, los enseñó, los corrigió, los acompañó y finalmente entregó su vida por ellos. Su amistad estuvo marcada por el sacrificio.

Esto nos ayuda a comprender que una amistad sincera no significa aprobar todo lo que hace la otra persona. El verdadero amigo también tiene el valor de decir la verdad cuando es necesario. Proverbios 27:6 declara: “Fieles son las heridas del que ama; pero importunos los besos del que aborrece.” A veces, quien verdaderamente nos ama tendrá que corregirnos, advertirnos o decirnos algo que no queremos escuchar. El amigo interesado solamente busca agradarnos para conservar su beneficio; el amigo sincero busca nuestro bien, aunque ocasionalmente tenga que confrontarnos.

Por eso debemos valorar a los amigos verdaderos y, al mismo tiempo, pedirle a Dios que nos ayude a ser nosotros mismos amigos dignos de confianza. La amistad no debe convertirse en una relación de intercambio permanente: “yo te ayudo si tú me ayudas”, “estoy contigo mientras puedas servirme” o “te busco mientras tengas algo que ofrecerme”. La amistad cristiana tiene otra lógica: amar, servir, acompañar, perdonar, aconsejar y permanecer.

También debemos aprender a ser prudentes. Ser una persona amorosa no significa permitir que otros nos manipulen o se aprovechen de nosotros. Jesús enseñó a amar, pero también mostró discernimiento y no se entregó ingenuamente a todos (Juan 2:24-25). Podemos tener un corazón dispuesto a amar sin renunciar a la sabiduría. No todas las personas que se acercan a nosotros deben ocupar el mismo nivel de confianza en nuestra vida.

La verdadera amistad es, en definitiva, un reflejo de algo que el mundo necesita profundamente: relaciones que no estén determinadas por el interés personal. En una época donde muchas relaciones se construyen alrededor de lo que alguien puede ofrecer, la amistad sincera sigue siendo un tesoro. Un verdadero amigo no pregunta solamente: “¿Qué puedo obtener de ti?”, sino: “¿Cómo puedo ayudarte? ¿Cómo puedo acompañarte? ¿Cómo puedo procurar tu bien?”

Quizá tengamos pocos amigos verdaderos, pero si los tenemos debemos valorarlos y cuidarlos. Y si algún día descubrimos que alguien se acercó a nosotros solamente por interés, no debemos permitir que esa experiencia nos convierta en personas desconfiadas e incapaces de amar. Sigamos creyendo en la amistad sincera, pero aprendamos a distinguirla de la amistad por conveniencia. Sobre todo, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de ser aquello que esperamos encontrar en los demás: amigos fieles, sinceros, leales y capaces de permanecer no solamente cuando todo va bien, sino también cuando llega el día de la angustia.

viernes, 25 de septiembre de 2026

PARTIR Y ESTAR CON CRISTO

 


Cuando el apóstol Pablo escribió a los filipenses desde una situación de sufrimiento y encarcelamiento, expresó unas palabras que han llamado la atención de muchos creyentes a través de los siglos: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1:21-23). A primera vista, alguien podría pensar que Pablo estaba simplemente cansado de vivir y deseaba morir para escapar de sus problemas. Sin embargo, el contexto presenta una realidad mucho más profunda. Pablo no dice que desea morir porque la vida sea insoportable, sino que desea partir y estar con Cristo. La razón de su deseo no era principalmente la muerte, sino Cristo mismo.

Pablo había experimentado sufrimientos que pocos de nosotros podríamos imaginar. Había sido azotado, encarcelado, perseguido, golpeado, apedreado y expuesto repetidamente al peligro por causa del evangelio. En 2 Corintios 11:23-28 describe una larga lista de padecimientos: cárceles, azotes, naufragios, peligros, hambre, sed, frío y muchas otras aflicciones. Su ministerio no había sido un camino de comodidad. Sin embargo, resulta significativo que, después de hablar de todas esas dificultades, Pablo no diga simplemente: “Estoy cansado de sufrir y quiero terminar con todo”. Su lenguaje es diferente: “deseo partir y estar con Cristo”. El objeto de su anhelo no era dejar de existir, sino estar en la presencia de Aquel a quien amaba.

Esto nos ayuda a comprender la profundidad de su relación con Cristo. Para Pablo, Cristo no era solamente una doctrina que había aceptado, ni un personaje histórico al que admiraba. Cristo era el centro mismo de su existencia. Por eso pudo decir: “para mí el vivir es Cristo”. Su vida encontraba sentido en Él y, por eso mismo, su muerte significaba ganancia. Si permanecía en este mundo, podía seguir sirviendo a Cristo y ayudando a la Iglesia; si partía, estaría con Cristo de una manera plena y definitiva. Desde cualquiera de las dos posibilidades, Cristo seguía siendo el centro.

Hay algo particularmente hermoso en las palabras de Pablo: “estar con Cristo”. El apóstol no describe la muerte simplemente como el final de la existencia humana, sino como el paso a una realidad en la que estaría con su Señor. Esta esperanza aparece también en otras partes de sus escritos. A los corintios les dijo que estar “ausentes del cuerpo” significaba estar “presentes al Señor” (2 Corintios 5:8). Y a los tesalonicenses les enseñó que los creyentes estarían para siempre con el Señor (1 Tesalonicenses 4:17). La esperanza cristiana, por tanto, no consiste simplemente en dejar atrás los sufrimientos de este mundo; consiste en estar con Cristo.

Esto también nos permite distinguir entre el deseo cristiano de estar con Cristo y un deseo de morir provocado por la desesperanza. Pablo no está expresando un rechazo de la vida ni una voluntad de ponerle fin por sus propios medios. De hecho, inmediatamente reconoce que permanecer en la carne era necesario por causa de los creyentes. Dice: “Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe” (Filipenses 1:25). Esto demuestra que Pablo no estaba despreciando la vida. Estaba dispuesto a continuar viviendo y sirviendo mientras Dios tuviera una misión para él.

Lo que encontramos en Pablo, entonces, es una tensión espiritual muy profunda: por un lado, deseaba estar con Cristo porque sabía que eso era muchísimo mejor; por otro, estaba dispuesto a permanecer en este mundo porque todavía tenía una tarea que cumplir. No buscaba decidir por sí mismo cuándo terminaría su vida. Su existencia estaba en las manos de Dios. Mientras Dios quisiera que permaneciera, viviría para servir; cuando llegara el momento de partir, partiría para estar con Cristo.

Quizá aquí encontramos una de las expresiones más elevadas de lo que significa amar verdaderamente al Señor. Pablo había llegado a valorar tanto la presencia de Cristo que estar con Él después de esta vida era para él algo incomparablemente superior a cualquier cosa que pudiera encontrar en este mundo. No sabemos exactamente qué experimentaba Pablo en su comunión personal con Dios, y sería exagerado afirmar que estaba literalmente “embelesado” por alguna experiencia sobrenatural concreta que el texto no describe. Pero sí podemos afirmar que su amor por Cristo era tan profundo que consideraba estar con Él como algo muchísimo mejor que permanecer en esta vida.

Y esto nos confronta. Podemos preguntarnos: ¿qué significa Cristo para nosotros? ¿Es solamente Aquel a quien acudimos cuando tenemos problemas, o es verdaderamente el centro de nuestra vida? Pablo no decía simplemente: “morir es mejor porque dejaré de sufrir”. Decía, en esencia: “partir y estar con Cristo es muchísimo mejor”. Su esperanza estaba dirigida hacia una Persona.

También nosotros podemos atravesar momentos de sufrimiento, enfermedad, soledad, pérdidas o dificultades. Pero la esperanza cristiana no consiste en desear escapar de la vida, sino en aprender a vivir sabiendo que nuestra vida pertenece a Cristo y que nuestra esperanza final está con Él. Mientras estemos aquí, tenemos una misión; cuando llegue el momento que Dios ha determinado, tendremos la bendita esperanza de estar con nuestro Señor.

Pablo podía decir: “para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” porque había aprendido algo que transforma completamente la manera de enfrentar la vida y la muerte: si vivimos, vivimos para Cristo; y si partimos de este mundo, vamos al encuentro de Cristo. Por eso, su anhelo más profundo no era simplemente morir, sino estar con Aquel que había conquistado su corazón. Y quizá esa sea una de las expresiones más hermosas de una fe madura: no amar la muerte, sino amar tanto a Cristo que estar con Él sea considerado, como dijo Pablo, “muchísimo mejor”.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

¿EL CRISTIANISMO ESTÁ CRECIENDO A NIVEL MUNDIAL?



 

La respuesta corta es: sí, pero no de la misma forma ni en el mismo lugar.

A nivel global, el cristianismo sigue siendo la religión más numerosa, y en términos demográficos netos continúa creciendo, impulsado principalmente por el hemisferio sur. Sin embargo, estamos viviendo un desplazamiento geográfico y cultural histórico:

1.    El declive en Occidente (Europa y Norteamérica): En las naciones que históricamente fueron el centro del cristianismo, la fe cristiana se está reduciendo o estancando. Hay un aumento significativo del secularismo, el agnosticismo y las personas sin afiliación religiosa ("nones").

2.    El crecimiento acelerado en el Sur Global (África, Asia y Latinoamérica): África subcontinental es actualmente el motor del crecimiento cristiano mundial. En Asia (en países como China, India, Corea del Sur e Indonesia), el cristianismo crece de forma constante, a menudo bajo presión o persecución. Latinoamérica sigue siendo mayoritariamente cristiana, aunque con un cambio interno muy fuerte del catolicismo tradicional hacia el protestantismo/evangelicalismo.

¿A qué se debe que la Iglesia no funcione igual en todas partes?

Las diferencias entre regiones responden a múltiples factores espirituales, sociales y culturales:

1.    Contexto Socioeconómico y Seguridad: En sociedades con alto nivel de bienestar material, estabilidad económica y secularización (como Europa occidental), las personas suelen sentir menos necesidad de trascendencia o dependencia de Dios, cayendo en la autosuficiencia. En cambio, en zonas de vulnerabilidad, las personas buscan refugio, esperanza y comunidad en la fe.

2.    Persecución vs. Comodidad: Paradójicamente, donde la Iglesia enfrenta oposición o persecución viva, tiende a ser más pura, apasionada y comprometida (crecimiento cualitativo y cuantitativo). Donde la Iglesia goza de comodidad y estatus cultural, suele volverse tibia o complaciente.

3.    Estructura Comunitaria: En el Sur Global y Asia, la fe se vive con un fuerte sentido de comunidad integrada y colectiva. En Occidente, el individualismo extremo fragmenta las congregaciones y la vida eclesial.

Factores de estancamiento en la Iglesia actual

Cuando la Iglesia se estanca o decae en una región, bíblica y sociológicamente suelen identificarse cuatro factores clave:

1. Secularización interna y pérdida de identidad: Cuando la Iglesia adopta los valores, ideologías y dinámicas del mundo para "gustar" al entorno, pierde su mensaje transformador y su razón de ser.

2. Escándalos y falta de testimonio: La crisis de integridad en el liderazgo (financiera, moral o de abuso de poder) destruye la confianza pública e imposibilita un evangelismo eficaz.

3. Falta de discipulado real: Un crecimiento numérico sin discipulado profundo produce comunidades frágiles que se evaporan con las crisis culturales. La Gran Comisión no es "hacer asistentes", sino hacer discípulos.

4. Religiosidad rutinaria vs. Vida en el Espíritu: Cuando la fe se convierte en mera tradición cultural o en un programa dominical sin la presencia del Espíritu Santo, la Iglesia pierde su capacidad de impacto.

Enfoque y pasajes para la Reflexión Bíblica

La Promesa de Cristo: Mateo. 16:18 ("Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella"). La Iglesia global de Cristo jamás se apagará; puede cambiar de geografía o de forma, pero la obra de Dios avanza.

El Diagnóstico de Jesús a las Iglesias (Apocalipsis 2 y 3):

·         Éfeso: Dejó su primer amor.

·         Laodicea: Cayó en la tibieza por su autosuficiencia material.

·         Esmirna y Filadelfia: Iglesias pobres o perseguidas, pero espiritualmente vivas y aprobadas por Dios.

El Principio del Remanente: Dios no mide el éxito solo por la masa, sino por la fidelidad del remanente que guarda su Palabra y da testimonio fiel (Lucas 12:32).

Conclusión: El Desafío de una Iglesia en Transición

Al observar el mapa global del cristianismo, queda claro que la Iglesia no está muriendo, sino reubicándose y purificándose. Mientras el centro de gravedad espiritual se traslada hacia el Sur Global, Occidente enfrenta un tiempo de zarandeo que nos obliga a volver a lo fundamental. El estancamiento en ciertos lugares no es un signo del fracaso del Evangelio, sino de la ineficacia de las estructuras eclesiales que han cambiado la presencia de Dios por el activismo, y el discipulado por el entretenimiento.

Como en el mensaje de Cristo a las siete iglesias de Asia Menor, la evaluación divina no se mide por la arquitectura de nuestros templos ni por la sofisticación de nuestros programas, sino por la fidelidad de nuestro testimonio y la profundidad de nuestro amor.

Frente a esta realidad mundial, la Iglesia contemporánea enfrenta una encrucijada decisiva:

1.    Pasar de la complacencia al envío: Abandonar el modelo de "consumo religioso" y recuperar la pasión misionera y evangelizadora que caracteriza a las comunidades donde la fe hoy crece con fuerza.

2.    Volver al discipulado bíblico: Entender que la salud de una congregación no se mide por cuántas personas atrae los domingos, sino por cuántos discípulos comprometidos forma para transformar su entorno de lunes a domingo.

3.    Guardar la pureza en la persecución y el bienestar: Mantener la integridad ética y la fe viva, tanto en contextos donde ser cristiano cuesta la vida, como en aquellos donde cuesta la reputación.

La promesa de Jesús sigue en pie: "Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella" (Mateo 16:18). Las geografías cambian, los métodos se adaptan y las culturas se transforman, pero la Iglesia verdadera —aquella que camina en el Espíritu, vive en verdad y ama con entrega— continuará siendo la luz inapagable que el mundo desesperadamente necesita.

 

 

 

domingo, 20 de septiembre de 2026

EL CAOS MORAL

 


 Vivimos en una época marcada por una profunda confusión moral. Cada día somos testigos de situaciones que hace algunos años habrían provocado indignación, pero que hoy son presentadas como normales. La violencia, la corrupción, la mentira, la inmoralidad, el desprecio por la autoridad, la falta de respeto, la ruptura de la familia y el rechazo de principios que durante generaciones fueron considerados fundamentales forman parte de una realidad que parece avanzar sin detenerse.

Lo más preocupante no es solamente que exista maldad. La maldad siempre ha estado presente en la historia de la humanidad. Lo verdaderamente preocupante es cuando el mal comienza a ser aceptado, justificado y hasta celebrado, mientras que aquello que la Biblia llama bueno es presentado como anticuado, intolerante o equivocado.

La Escritura ya había advertido que esta situación podía llegar a producirse. El profeta Isaías declaró: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz!” (Isaías 5:20).

Estas palabras describen una inversión de valores. No se trata simplemente de que las personas pequen, sino de que se llegue al punto de cambiar las categorías morales: llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno. Cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer el pecado, también pierde una de las principales barreras que pueden llevarla al arrepentimiento.

EL PECADO NO SIEMPRE SE PRESENTA COMO PECADO

Uno de los grandes peligros de nuestro tiempo es que el pecado ya no siempre aparece como algo que debe evitarse. Muchas veces se presenta como libertad, derecho, realización personal o una simple expresión de la identidad y de los deseos humanos.

La Biblia, sin embargo, nos recuerda que el corazón humano tiene una profunda tendencia a justificar sus propios caminos.

“Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12).

El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos “¿qué dice Dios?” y comenzamos a preguntarnos solamente “¿qué pienso yo?”, “¿qué siento yo?” o “¿qué quiere la sociedad?”

Cuando el ser humano se coloca a sí mismo como máxima autoridad moral, inevitablemente termina construyendo sus propios criterios sobre el bien y el mal. Lo que hoy se considera correcto puede cambiar mañana, porque los valores humanos están sujetos a las modas, las ideologías, las circunstancias y las opiniones. Pero la verdad de Dios no cambia con las tendencias de una época.

“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8).

LA MALDAD PUEDE LLEGAR A ENFRIAR EL AMOR

Jesús habló de esta realidad cuando describió las características de los últimos tiempos: “Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12).

Observemos que Jesús no dijo solamente que habría maldad, sino que dijo que se multiplicaría. Y señaló una consecuencia: el enfriamiento del amor.

Cuando una sociedad se acostumbra a la violencia, se vuelve menos sensible al sufrimiento. Cuando se acostumbra a la mentira, la verdad comienza a perder valor. Cuando la corrupción se vuelve habitual, muchas personas dejan de indignarse. Cuando la inmoralidad se normaliza, la conciencia puede comenzar a endurecerse.

El peligro es que aquello que primero nos escandalizaba termine pareciéndonos cotidiano. Y esto también puede ocurrir dentro de la Iglesia.

Un creyente puede comenzar rechazando determinadas conductas, después acostumbrarse a ellas, luego justificarlas y finalmente practicarlas. Por eso Pablo exhorta: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2).

La palabra “conformarse” expresa precisamente la idea de tomar la forma del ambiente que nos rodea. El cristiano está llamado a vivir en el mundo, pero no a permitir que el mundo determine la forma de su pensamiento.

CUANDO LA CONCIENCIA SE ACOSTUMBRA AL PECADO

La conciencia es un regalo de Dios que nos permite reconocer que determinadas acciones son incorrectas. Pero la conciencia puede ser endurecida cuando una persona insiste repetidamente en aquello que sabe que está mal.

Pablo habló de personas que habían llegado a tener “cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:2). Es una imagen muy fuerte, una conciencia cauterizada pierde sensibilidad.

Algo semejante puede ocurrir en una sociedad. Lo que en una generación provocaba vergüenza puede llegar a ser entretenimiento en otra. Lo que antes se ocultaba puede llegar a exhibirse públicamente. Y cuando el pecado deja de producir vergüenza, la sociedad pierde una importante señal de alarma.

Por eso el deterioro moral no ocurre necesariamente de un día para otro. Muchas veces ocurre gradualmente. Primero se cuestiona un principio. Después se relativiza. Más adelante se ridiculiza. Finalmente se considera intolerante a quien todavía intenta defenderlo.

UNA SOCIEDAD SIN REFERENCIA ABSOLUTA

Una de las grandes preguntas de nuestro tiempo es: ¿quién determina lo que está bien y lo que está mal?

Si la respuesta es simplemente “cada persona”, entonces no existe un criterio moral verdaderamente común. Cada individuo puede construir su propia verdad y considerar que nadie tiene derecho a cuestionarla.

Pero la perspectiva bíblica es diferente. Dios es el Creador y, por tanto, tiene autoridad para establecer los principios por los cuales debemos vivir. La moral cristiana no depende de las preferencias de una generación, sino del carácter de Dios y de su revelación.

Por eso David podía decir: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

La Palabra de Dios funciona como una luz en medio de la oscuridad. No elimina automáticamente la oscuridad del mundo, pero permite al creyente saber por dónde caminar.

LA IGLESIA NO DEBE ADAPTARSE AL CAOS MORAL

Ante el deterioro de la sociedad existe una tentación peligrosa: modificar el mensaje cristiano para hacerlo más aceptable.

Algunas veces podemos sentir que, si presentamos toda la verdad bíblica, perderemos personas. Entonces podemos comenzar suavizando el mensaje sobre el pecado, el arrepentimiento, la santidad y el juicio de Dios.

Pero la Iglesia no recibió el encargo de hacer popular el evangelio. Recibió el encargo de predicarlo fielmente.

Pablo le dijo a Timoteo: “Predica la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo” (2 Timoteo 4:2). Y luego explicó por qué: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina” (2 Timoteo 4:3).

Esto es particularmente importante. La Iglesia debe estar preparada para predicar la verdad incluso cuando la verdad no sea popular. El evangelio no existe para confirmar todo lo que queremos hacer. El evangelio nos confronta, nos llama al arrepentimiento, nos muestra nuestra necesidad de Cristo y transforma nuestra vida.

PERO LA IGLESIA TAMPOCO DEBE RESPONDER CON ODIO

Defender la verdad no significa odiar a las personas que viven alejadas de Dios. Jesús nunca relativizó el pecado, pero tampoco dejó de acercarse al pecador. Él vino a buscar y salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10).

La Iglesia debe mantener juntas dos verdades que no pueden separarse: la verdad y el amor. Decir que algo es pecado no significa despreciar a la persona que está atrapada en ese pecado. Al contrario, precisamente porque amamos a las personas debemos anunciarles la verdad que puede conducirlas al arrepentimiento y a la vida nueva en Cristo.

El problema aparece cuando confundimos amor con aprobación. El amor bíblico no consiste en decirle a alguien que todo lo que hace está bien. El verdadero amor busca el bien eterno de la persona.

¿QUÉ DEBE HACER EL CREYENTE EN MEDIO DE ESTA REALIDAD?

La pregunta no debe ser solamente: “¿Qué está pasando con nuestra sociedad?” También debemos preguntarnos: “¿Qué está pasando conmigo?” Porque es muy fácil señalar el deterioro moral del mundo y no examinar nuestro propio corazón.

Jesús dijo: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Mateo 7:3).

La Iglesia necesita recuperar la santidad, la oración, el conocimiento de las Escrituras y una vida auténtica delante de Dios. No podemos pretender transformar una sociedad si nosotros mismos hemos permitido que los valores de esa sociedad entren en nuestra vida.

DEBEMOS SER LUZ EN MEDIO DE LAS TINIEBLAS

Jesús dijo: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14).

La luz tiene sentido precisamente cuando existe oscuridad. Por eso, cuanto mayor sea la confusión moral, mayor debe ser nuestro compromiso con la verdad. Cuanto más se normalice la mentira, más debemos vivir en integridad. Cuanto más se enfríe el amor, más debemos manifestar el amor de Cristo. Cuanto más se desprecie la santidad, más debemos procurar vivir en santidad.

Filipenses 2:15 nos llama a resplandecer “como luminares en el mundo”. No fuimos llamados a desaparecer de la sociedad, sino a vivir dentro de ella sin perder nuestra identidad espiritual.

NO DEBEMOS PERDER LA ESPERANZA

Al observar el deterioro moral de nuestro mundo podemos sentir preocupación, pero el creyente no debe caer en desesperación. La Biblia nunca presenta el mal como el vencedor definitivo. Cristo sigue siendo Señor.

La oscuridad puede parecer grande, pero no tiene la última palabra. La Iglesia no sabe exactamente cuánto durará este proceso de deterioro moral ni puede determinar por sí misma todos los acontecimientos futuros, pero sí sabe cuál debe ser su respuesta: permanecer fiel a Cristo.

Pablo escribió: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre” (1 Corintios 15:58). Nuestro llamado no es salvar una sociedad mediante nuestros propios esfuerzos, sino anunciar el evangelio y vivir de acuerdo con él.

EL VERDADERO PELIGRO

Quizá el mayor peligro no sea simplemente vivir en una sociedad moralmente deteriorada. El verdadero peligro es terminar acostumbrándonos al deterioro.

Que dejemos de llorar por el pecado. Que dejemos de defender la verdad. Que dejemos de enseñar a nuestros hijos los principios de la Palabra de Dios. Que comencemos a pensar como piensa el mundo. Que terminemos llamando libertad a lo que Dios llama esclavitud. Que llamemos tolerancia a lo que en realidad es indiferencia frente al pecado. Y que, poco a poco, la Iglesia deje de ser luz porque ya no puede distinguirse de las tinieblas.

Por eso necesitamos volver a la Palabra, volver a la oración, volver a la santidad y volver a poner a Cristo en el centro.

El mundo puede cambiar sus valores, pero Dios no cambia. La sociedad puede redefinir el bien y el mal, pero la verdad de Dios permanece. Y mientras la maldad aumenta, nuestra responsabilidad sigue siendo la misma: permanecer fieles a Cristo, vivir en santidad y anunciar el evangelio.

No sabemos cuánto empeorará la sociedad, pero sí sabemos cómo debemos vivir mientras estamos aquí: con los ojos puestos en Cristo, el corazón afirmado en su Palabra y nuestra vida brillando como luz en medio de un mundo que necesita desesperadamente conocer la verdad.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

¿APÓSTOLES Y PROFETAS HOY: LLAMAMIENTO BÍBLICO O MODA RELIGIOSA?

 


“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios.” — 1 Juan 4:1

En los últimos años ha surgido con mucha fuerza dentro del mundo cristiano una tendencia que merece nuestra atención: cada vez encontramos más personas que se presentan públicamente como apóstoles y profetas. Algunos colocan estos títulos delante o después de sus nombres, los utilizan en sus redes sociales, en conferencias, iglesias y ministerios, y en determinados casos se les atribuye una autoridad espiritual extraordinaria. Ante esta realidad surge una pregunta que la iglesia no debería tener temor de formular: ¿tiene esta práctica un fundamento claro en las Escrituras o estamos ante una tendencia religiosa que ha adquirido popularidad en nuestros días?

Esta pregunta no debe responderse desde la tradición, desde la simpatía personal ni desde lo que está de moda dentro del cristianismo contemporáneo. Tampoco debemos responderla simplemente observando cuántas personas utilizan estos títulos o cuántos seguidores tiene determinado ministerio. El criterio debe ser mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más exigente: ¿qué enseña la Palabra de Dios?

Antes de entrar en cualquier cuestionamiento, debemos reconocer algo que no podemos negar: la Biblia sí habla de apóstoles y profetas. Pablo escribe en Efesios 4:11: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. Asimismo, en 1 Corintios 12:28 dice: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros”. Por lo tanto, sería incorrecto afirmar que los conceptos de apóstol y profeta son invenciones modernas. Están claramente presentes en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, reconocer que la Biblia menciona apóstoles y profetas no significa automáticamente que cualquier persona que adopte estos títulos en la actualidad tenga la misma autoridad, función o llamamiento que aquellos hombres que aparecen en las Escrituras. Aquí es donde necesitamos hacer una distinción que muchas veces se pierde.

La palabra apóstol está relacionada con la idea de alguien enviado. En el Nuevo Testamento encontramos de manera especial a los doce apóstoles escogidos por Jesucristo. Lucas 6:13 dice: “Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles”. Después de la muerte de Judas, cuando fue necesario ocupar su lugar, Pedro explicó que debía tratarse de alguien que hubiera acompañado a los discípulos y que pudiera ser testigo de la resurrección de Cristo. Hechos 1:21-22 dice: “Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros… sea hecho testigo con nosotros de su resurrección”.

Pablo constituye un caso particular y extraordinario. Él no pertenecía originalmente a los Doce, pero fue llamado directamente por Jesucristo y recibió el encargo de anunciar el evangelio. Por eso podía escribir: “Pablo, apóstol, no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre” (Gálatas 1:1). Su apostolado estuvo relacionado con un llamamiento extraordinario y con el encuentro con Cristo resucitado. Incluso Pablo habla de “las señales de apóstol” en 2 Corintios 12:12.

Esto nos lleva a una pregunta inevitable: ¿podemos simplemente colocarnos hoy el título de apóstol porque sentimos que Dios nos ha llamado a un ministerio? La respuesta no puede darse de manera superficial. El Nuevo Testamento presenta el apostolado de una manera mucho más seria que simplemente como un título de reconocimiento ministerial.

Uno de los textos más importantes para comprender esto es Efesios 2:20, donde Pablo dice que la iglesia está “edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. La palabra “fundamento” merece especial atención. Un fundamento se coloca para establecer una construcción. En este sentido, los apóstoles y profetas desempeñaron una función fundamental en el establecimiento y transmisión del mensaje sobre el cual fue edificada la iglesia.

Esto no significa que hoy no existan personas llamadas por Dios para predicar, plantar iglesias, evangelizar, enseñar, discipular o realizar labores misioneras. Por supuesto que las hay. Pero debemos tener cuidado de no confundir el hecho de ser un enviado o un obrero del evangelio con la pretensión de poseer la misma autoridad apostólica de aquellos que tuvieron una función fundacional en la iglesia primitiva.

Algo semejante ocurre cuando hablamos de los profetas. El Nuevo Testamento sí presenta personas ejerciendo el ministerio profético. Hechos 13:1 dice: “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros”. También encontramos a Agabo, a quien Hechos 21:10 identifica como profeta. Por lo tanto, tampoco sería correcto decir que el Nuevo Testamento desconoce el ministerio profético.

Pero aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué autoridad tiene hoy una persona que afirma “Dios me dijo”? ¿Debe el creyente aceptar automáticamente todo aquello que alguien presenta como una revelación divina?

La respuesta bíblica es clara: no.

La Escritura nunca enseña al creyente a aceptar ciegamente todo mensaje espiritual. Por el contrario, nos ordena discernir. Juan escribe: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (1 Juan 4:1). Pablo dice: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).

Incluso cuando Pablo habla de la profecía dentro de la iglesia, establece un principio sorprendente: “Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen” (1 Corintios 14:29). Esto significa que una palabra presentada como profética no quedaba automáticamente fuera de todo examen. Había que juzgarla.

Este principio resulta especialmente importante en nuestros días, porque existe una tendencia peligrosa a utilizar expresiones como “Dios me dijo”, “Dios me reveló”, “el Señor me mostró” o “como profeta declaro” para cerrar cualquier posibilidad de cuestionamiento. Pero ningún ser humano puede colocar sus palabras por encima de la autoridad de la Escritura.

Si alguien afirma que Dios le ha revelado algo, esa afirmación debe ser examinada. La experiencia debe someterse a la Palabra y no la Palabra a la experiencia. Isaías 8:20 establece un principio que continúa siendo fundamental: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido”.

Los creyentes de Berea nos ofrecen un ejemplo extraordinario. Hechos 17:11 dice que ellos recibieron el mensaje con solicitud, “escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así”. Y hay algo particularmente interesante: quienes predicaban eran Pablo y Silas. Aun así, los bereanos examinaban las Escrituras para comprobar lo que estaban escuchando.

Si los creyentes examinaron incluso la predicación apostólica a la luz de las Escrituras, ningún ministro contemporáneo debería considerar ofensivo que sus enseñanzas sean examinadas bíblicamente.

El problema comienza cuando el título se convierte en una fuente de autoridad personal. Una cosa es decir: “Soy un siervo de Dios llamado a predicar el evangelio”, y otra muy diferente es afirmar: “Soy un apóstol y, por tanto, nadie puede cuestionar lo que digo”. Una cosa es compartir una convicción espiritual y otra es convertir una supuesta revelación personal en una orden que los demás deben obedecer.

Jesús enseñó que el liderazgo espiritual no debía reproducir los modelos de poder del mundo. En Mateo 20:26 dijo: “Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor”. El verdadero liderazgo cristiano no consiste en construir una clase espiritual superior, sino en servir al cuerpo de Cristo.

Cristo es la cabeza de la iglesia. Colosenses 1:18 declara: “Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia”. Por tanto, ningún ministro, por importante que sea, puede ocupar el lugar que corresponde exclusivamente a Jesucristo.

También debemos recordar que un título no garantiza el llamamiento ni la fidelidad de una persona. Jesús mismo advirtió acerca de quienes realizarían determinadas obras religiosas y, sin embargo, no serían aprobados por Él. En Mateo 7:22 encontramos estas palabras: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?”. Observemos que Jesús habla de personas que afirmaban haber profetizado en su nombre. La existencia de una manifestación espiritual o de una actividad ministerial no constituye por sí misma una garantía de autenticidad.

Por eso Jesús también dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). El ministerio cristiano debe ser examinado no solamente por lo que dice, sino también por su doctrina, su carácter, su conducta y sus frutos.

Otro aspecto fundamental es determinar hacia quién dirige la atención el ministerio. Pablo escribió en 2 Corintios 4:5: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor”. Esta debería ser una de las características fundamentales de todo ministerio cristiano auténtico.

El centro no debe ser el ministro.

El centro no debe ser su título.

El centro no debe ser su plataforma.

El centro no debe ser su número de seguidores.

El centro debe ser Jesucristo.

Juan el Bautista expresó este principio de una manera extraordinaria cuando dijo acerca de Cristo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). Esa frase debería permanecer delante de todo aquel que sirve a Dios.

Ahora bien, ¿podemos decir que toda persona que actualmente utiliza el título de apóstol o profeta lo hace simplemente por moda? No deberíamos hacer una afirmación semejante. No podemos conocer las motivaciones del corazón de cada persona. Existen diferentes posiciones cristianas acerca de la continuidad de los dones y ministerios mencionados en el Nuevo Testamento. Algunos consideran que los ministerios de apóstol y profeta continúan de determinadas maneras; otros consideran que aquellos ministerios relacionados con el fundamento de la iglesia tuvieron una función particular e irrepetible; y también existen posiciones intermedias.

Por eso, más que entrar en una guerra de títulos, necesitamos volver a los principios bíblicos.

La pregunta no debería ser solamente: “¿Esta persona se llama apóstol?” o “¿Esta persona se llama profeta?”. La pregunta debería ser: ¿qué enseña?, ¿qué evangelio predica?, ¿qué autoridad reclama?, ¿su enseñanza está de acuerdo con la Escritura?, ¿su vida refleja el carácter de Cristo?, ¿acepta que su enseñanza sea examinada?, ¿conduce a las personas hacia Jesucristo o hacia sí misma?

Pablo fue categórico cuando escribió en Gálatas 1:8: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”. El criterio no era la fama del predicador, su posición ni sus manifestaciones. El criterio era la fidelidad al evangelio.

Esto es especialmente importante en una época dominada por las redes sociales. Hoy una persona puede crear una plataforma, conseguir miles de seguidores, realizar transmisiones, publicar profecías, organizar congresos y adquirir reconocimiento ministerial en poco tiempo. Pero la popularidad no constituye una prueba bíblica de autoridad espiritual.

No debemos confundir popularidad con aprobación divina, cantidad de seguidores con autoridad espiritual, manifestaciones con verdad, títulos con llamamiento, emociones con revelación ni éxito ministerial con fidelidad bíblica.

La Biblia incluso nos advierte que pueden existir señales y manifestaciones asociadas con el engaño espiritual. Jesús dijo en Mateo 24:24: “Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios”. Por eso, una manifestación sobrenatural, por impresionante que parezca, nunca debe sustituir el discernimiento doctrinal.

La iglesia necesita discernimiento.

Necesita volver a las Escrituras.

Necesita conocer profundamente el evangelio.

Necesita enseñar a los creyentes a pensar bíblicamente.

Necesita recordar que ninguna experiencia personal puede convertirse en una nueva autoridad doctrinal por encima de la Palabra de Dios.

Por eso, quizá la pregunta más importante no sea simplemente si existen apóstoles y profetas en nuestros días. La pregunta más importante es si estamos dispuestos a someter cualquier ministerio, cualquier predicación, cualquier profecía y cualquier experiencia espiritual al examen de la Palabra de Dios.

Porque si algo procede verdaderamente de Dios, no necesita esconderse del examen bíblico.

Y si algo contradice la Escritura, ningún título puede convertirlo en verdad.

La iglesia no necesita nuevas Escrituras. Necesita obedecer las Escrituras que Dios ya nos ha dado. Necesita hombres y mujeres que enseñen fielmente la Palabra, que anuncien el evangelio, que hagan discípulos, que sirvan con humildad, que vivan en santidad y que conduzcan a las personas hacia Jesucristo.

El verdadero ministerio no se demuestra principalmente por un título, una plataforma, una multitud o una manifestación extraordinaria. Se demuestra por la fidelidad a Cristo, por la fidelidad al evangelio, por el sometimiento a las Escrituras, por el carácter y por el fruto.

Por eso, frente a la creciente presencia de quienes se presentan como apóstoles y profetas, la respuesta de la iglesia no debería ser ni aceptación ciega ni rechazo superficial. Debe ser discernimiento bíblico.

No debemos dejarnos impresionar simplemente por el título.

No debemos rechazar automáticamente a una persona solamente por el título.

Debemos examinar su enseñanza.

Debemos examinar su doctrina.

Debemos examinar su fruto.

Debemos comparar todo con las Escrituras.

Y debemos mantener nuestros ojos puestos en Cristo.

Porque los títulos pueden impresionar a los hombres, las plataformas pueden atraer multitudes y las manifestaciones pueden despertar emociones; pero al final de todo, permanece la Palabra de Dios.

“Examinadlo todo; retened lo bueno.”

1 Tesalonicenses 5:21

Y esa sigue siendo una de las mejores actitudes que la iglesia puede adoptar frente a cualquier nueva tendencia espiritual: examinarlo todo a la luz de la Palabra y retener solamente aquello que permanece fiel a la verdad de Dios.

martes, 15 de septiembre de 2026

¿REALMENTE ESTAMOS EN COMUNIÓN CON DIOS?

 


Hay personas que buscan a Dios solamente cuando tienen una necesidad. Cuando llega la enfermedad, oran; cuando enfrentan una dificultad, buscan a Dios; cuando necesitan una respuesta, abren la Biblia; cuando atraviesan una crisis, claman al Señor. Y ciertamente, la Biblia nos invita a acudir a Dios en nuestros momentos de angustia. Él es nuestro refugio y nuestro pronto auxilio. El problema no está en buscar a Dios cuando necesitamos su ayuda, sino en pretender tener una relación con Él solamente cuando necesitamos algo de sus manos, mientras nuestra vida cotidiana permanece distante de su presencia, de su Palabra y de su voluntad.

Dios no desea ser solamente nuestro recurso para solucionar problemas; Él quiere ser nuestro Señor. La verdadera comunión con Dios no puede limitarse a momentos de emergencia. Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). El amor a Dios se manifiesta también en la obediencia. Por eso, no es coherente decir que amamos a Dios mientras deliberadamente alimentamos aquello que sabemos que Él desaprueba. Podemos engañar a otras personas con nuestras palabras, pero Dios mira el corazón.

El salmista preguntó: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?”. Y responde: “El limpio de manos y puro de corazón” (Salmo 24:3-4). Esto no significa que solamente las personas perfectas pueden acercarse a Dios. Si así fuera, nadie podría hacerlo. Todos necesitamos su gracia y su misericordia. La santidad tampoco es el precio que pagamos para conseguir la salvación. Somos salvos por gracia mediante la fe en Jesucristo. Sin embargo, la gracia que nos salva también produce en nosotros un deseo de abandonar el pecado y caminar con Dios.

Por eso existe una diferencia entre el creyente que cae y se arrepiente, y aquel que pretende vivir permanentemente en pecado mientras utiliza a Dios solamente como una especie de seguro para sus momentos difíciles. El primero reconoce su pecado, vuelve al Señor y desea cambiar. El segundo quiere las bendiciones de Dios sin someterse al Dios que bendice.

La Escritura es muy seria al respecto. Isaías declaró: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios” (Isaías 59:2). Y Santiago dice: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8), pero inmediatamente añade: “Limpiad las manos, pecadores; y purificad vuestros corazones”. Es decir, acercarnos a Dios implica también permitir que Él transforme nuestra vida.

Incluso podemos caer en una religiosidad engañosa: asistir a la iglesia, cantar, escuchar predicaciones, levantar nuestras manos, decir “Dios mío” y hablar de fe, pero mantener una vida secreta completamente alejada de Dios. Podemos acostumbrarnos a buscar la presencia de Dios públicamente mientras evitamos su presencia en nuestra vida privada. Pero Dios no solamente mira lo que hacemos delante de los demás; Él conoce nuestras intenciones, nuestros pensamientos y aquello que nadie más conoce.

Jesús también advirtió acerca de aquellos que dirían: “Señor, Señor”, pero cuya vida no correspondía con esa confesión. En Mateo 7:21 dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre”. Esto debería llevarnos a examinarnos. No se trata simplemente de cuánto hablamos de Dios, sino de si realmente pertenecemos a Él y estamos caminando con Él.

La verdadera comunión con Dios produce cambios. No significa perfección absoluta, porque mientras estemos en este cuerpo seguimos luchando contra el pecado. Pero sí significa que ya no queremos vivir gobernados por aquello que antes nos dominaba. Hay arrepentimiento cuando caemos, deseo de obedecer cuando conocemos su voluntad, hambre por su Palabra, necesidad de oración y un anhelo creciente de agradarle.

Por eso, la pregunta no debería ser solamente: “¿Busco a Dios cuando tengo problemas?”. La pregunta más profunda es: “¿Busco a Dios cuando no necesito nada de Él?” ¿Oramos solamente cuando necesitamos una respuesta o también porque deseamos hablar con nuestro Padre? ¿Abrimos la Biblia solamente cuando necesitamos dirección o porque queremos conocer su voluntad? ¿Buscamos a Dios solamente por sus bendiciones o porque hemos aprendido a amar su presencia?

Dios no quiere ser una visita ocasional en nuestra vida. Quiere que caminemos con Él. No quiere solamente nuestras palabras en momentos de necesidad; quiere nuestro corazón. No quiere solamente que acudamos a sus manos para recibir, sino que acudamos a su presencia para conocerlo, amarlo y obedecerlo.

Quizá hoy necesitamos preguntarnos con toda sinceridad: ¿Estoy viviendo en comunión con Dios o solamente recurriendo a Dios cuando necesito que resuelva algo? Porque una verdadera relación con Él no consiste únicamente en buscarlo cuando tenemos problemas, sino en caminar con Él aun cuando no tenemos ninguna petición que hacer. La verdadera bendición no es solamente recibir algo de Dios; es poder decir como el salmista: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?” (Salmo 73:25).

La invitación de Dios sigue siendo la misma: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8). Acerquémonos, entonces, no solamente para pedir, sino para permanecer; no solamente para recibir, sino para obedecer; no solamente para buscar sus manos, sino para buscar su rostro.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

EL PELIGRO DEL PODER DENTRO DE LA IGLESIA

 



Las instituciones religiosas están formadas y dirigidas por seres humanos, y por eso no están exentas de errores, intereses personales, favoritismos o malos manejos. Decir esto no significa acusar a una denominación determinada ni señalar a sus dirigentes. Significa reconocer una realidad que la propia Biblia presenta con absoluta honestidad: aun dentro del pueblo de Dios, personas que reciben autoridad pueden dejarse dominar por sus ambiciones, sus intereses o sus propios deseos. La autoridad espiritual es un privilegio, pero también una enorme responsabilidad delante del Señor.

La Biblia nos muestra, por ejemplo, el caso de los hijos de Elí, Ofni y Finees. Ellos ejercían funciones sacerdotales, pero utilizaron su posición para satisfacer sus propios deseos y abusaron de aquello que Dios había puesto en sus manos (1 Samuel 2:12-17, 22-25). Su posición religiosa no impidió que actuaran corruptamente. También encontramos a Saúl, quien comenzó su reinado con humildad, pero posteriormente permitió que el orgullo y su deseo de conservar el poder influyeran en sus decisiones. Llegó incluso a desobedecer expresamente la orden de Dios para mantener el favor del pueblo (1 Samuel 15:22-24). Estos relatos nos recuerdan que ocupar una posición de autoridad no garantiza que el corazón permanezca fiel.

Otro ejemplo es Diótrefes, mencionado por el apóstol Juan. Era un hombre dentro de la iglesia que «ama tener el primer lugar» y llegó a rechazar la autoridad apostólica, hablar mal de otros y expulsar de la congregación a quienes no aceptaban su conducta (3 Juan 9-10). Es un caso particularmente serio porque demuestra que la lucha por el poder y el reconocimiento también puede aparecer dentro de una comunidad cristiana. Diótrefes no estaba fuera del ámbito religioso; estaba dentro de la iglesia, pero había permitido que el deseo de ocupar el primer lugar gobernara su corazón.

También los discípulos tuvieron que ser confrontados por Jesús cuando discutían acerca de quién de ellos era el más importante. El Señor no les enseñó a buscar posiciones de superioridad, sino a comprender que en su reino la grandeza está relacionada con el servicio: «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:26). Esto cambia completamente la manera de entender el liderazgo. En el mundo, el poder puede utilizarse para dominar; en el reino de Dios, la autoridad debe utilizarse para servir.

Por eso Pedro exhortó a los pastores a cuidar el rebaño «no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancias deshonestas, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos» (1 Pedro 5:2-3). La advertencia es muy clara: el liderazgo espiritual nunca debe convertirse en un instrumento para obtener beneficios personales, ejercer control sobre otros o satisfacer ambiciones.

La Escritura también condena el favoritismo. Santiago enseña que no debemos tratar mejor a una persona por su posición, riqueza o apariencia mientras menospreciamos a otra (Santiago 2:1-9). Este principio también debe aplicarse al liderazgo y a las estructuras religiosas. Cuando las preferencias personales, las amistades, los intereses económicos o las relaciones de poder comienzan a determinar quién recibe oportunidades, quién es escuchado y quién es marginado, la justicia bíblica queda comprometida.

Pero este mensaje no debe llevarnos a pensar que todas las instituciones religiosas son corruptas o que todo liderazgo está contaminado. Sería igualmente injusto caer en esa generalización. Existen muchos hombres y mujeres que sirven al Señor con sinceridad, humildad, sacrificio e integridad. Precisamente por eso debemos dejar que la Palabra de Dios sea nuestro criterio y no nuestras sospechas, experiencias personales o prejuicios.

La enseñanza bíblica, entonces, no es «desconfiemos de todas las instituciones», sino examinemos todo a la luz de la Palabra de Dios. Una estructura puede ser legítima y necesaria, pero ninguna estructura humana debe ocupar el lugar que pertenece a Cristo. Una denominación puede organizar el trabajo, capacitar ministros y establecer normas, pero sus dirigentes siguen siendo seres humanos que deben rendir cuentas delante de Dios. Jesús sigue siendo la cabeza de la Iglesia (Efesios 5:23), y toda autoridad cristiana debe estar sometida a Él.

Por eso, esta reflexión no pretende acusar a ninguna institución ni señalar nombres. Es, ante todo, un llamado al examen personal y espiritual. Quienes tenemos alguna responsabilidad dentro de la obra de Dios debemos preguntarnos sinceramente: ¿estoy utilizando la autoridad que Dios me ha permitido tener para servir, o para sentirme superior? ¿Estoy buscando la gloria de Cristo o mi propio reconocimiento? ¿Estoy tomando decisiones por principios bíblicos o por intereses personales? ¿Estoy tratando a las personas con justicia o favoreciendo a quienes me convienen?

El poder puede embriagar al corazón humano cuando deja de estar sometido a Dios. Por eso, cuanto mayor sea nuestra responsabilidad, mayor debe ser nuestra humildad. La verdadera autoridad espiritual no consiste en controlar a otros, sino en servirlos; no consiste en buscar los primeros lugares, sino en estar dispuestos a ocupar el lugar del siervo. Que el Señor nos ayude a examinar nuestro corazón y a recordar siempre que la Iglesia le pertenece a Cristo, el rebaño le pertenece a Cristo y todo ministerio debe tener como propósito darle gloria a Cristo.

martes, 8 de septiembre de 2026

¿QUIÉN ME LLAMÓ?



El verdadero llamado al servicio no nace de una institución religiosa, de una denominación ni del reconocimiento de los hombres; nace de Dios. Las instituciones pueden capacitar, acompañar, ordenar y reconocer públicamente a quienes sirven, pero ninguna institución puede fabricar un llamado que Dios no ha puesto en el corazón. En las Escrituras vemos que Dios llamó a personas muy diferentes y en circunstancias diversas: llamó a Abraham para salir de su tierra, a Moisés para liberar a Israel, a Samuel desde su juventud, a los profetas para anunciar su Palabra y a los apóstoles para seguir a Cristo. El llamado siempre tuvo su origen en Dios.

Por eso, cuando Dios llama, nuestra respuesta debe ser de obediencia y no de conveniencia. No servimos al Señor solamente cuando recibimos un cargo, un título, una posición o el reconocimiento de una organización; le servimos porque hemos entendido que Él nos ha llamado. Puede haber momentos en los que nadie reconozca nuestro trabajo, pero eso no significa que Dios no lo vea. «No nos cansemos, pues, de hacer bien» (Gálatas 6:9). El verdadero servidor no necesita vivir buscando la aprobación de los hombres, porque sabe para quién está trabajando.

También debemos entender que el llamado de Dios viene acompañado de una convicción que va creciendo en nuestro corazón. Esto no significa que nunca tendremos dudas, temores o dificultades, pero sí que Dios puede darnos la seguridad necesaria para caminar en aquello que Él nos ha encomendado. Cuando tenemos la certeza de que Dios nos está guiando, podemos avanzar en paz, sin necesidad de forzar puertas ni buscar desesperadamente la aprobación de otros. «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tesalonicenses 5:24). Si Dios llama, también es capaz de sostener, preparar, abrir caminos y proveer lo necesario para cumplir aquello que ha puesto en nuestras manos.

Por eso, no debemos confundir el llamado con el cargo, ni la posición con el propósito, ni el reconocimiento humano con la aprobación de Dios. Una denominación puede abrir una puerta, pero Dios es quien llama; una institución puede otorgar un título, pero Dios es quien da una misión; los hombres pueden reconocer nuestro servicio, pero es Dios quien finalmente conoce nuestro corazón. Si Él nos ha llamado, caminemos con humildad, obediencia y paz, confiando en que Aquel que comenzó la obra también será fiel para llevarla adelante.

domingo, 6 de septiembre de 2026

NO MIRES LA SEÑAL, MIRA A CRISTO

 


Cuando leemos el libro de los Hechos encontramos una expresión que aparece varias veces y que describe una característica importante del ministerio de los primeros discípulos: “señales y prodigios”. Hechos 2:43 dice: “Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles”. Más adelante, Hechos 5:12 declara: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo”. Estas expresiones nos muestran que la expansión de la iglesia primitiva estuvo acompañada por manifestaciones extraordinarias del poder de Dios. Los apóstoles no solamente anunciaban el evangelio con palabras; Dios también confirmaba su mensaje mediante obras sobrenaturales.

Pero ¿qué debemos entender realmente por “señales y prodigios”? Una señal es algo que apunta hacia otra realidad. Cuando vemos una señal de tránsito que indica una dirección, nuestra atención no debe quedarse en la señal misma, sino dirigirse hacia aquello que ella indica. De manera semejante, los milagros realizados en el ministerio apostólico no tenían como finalidad principal llamar la atención sobre los apóstoles, sino señalar hacia Jesucristo. El milagro era una evidencia visible de una realidad espiritual mucho más grande: Cristo había resucitado, era Señor y continuaba obrando por medio de su Espíritu Santo.

Los prodigios, por otro lado, eran acontecimientos extraordinarios que causaban asombro en quienes los presenciaban. Una persona enferma que era sanada, alguien que había nacido con una discapacidad y comenzaba a caminar, una liberación sobrenatural o una intervención extraordinaria de Dios provocaban admiración y temor reverente. Sin embargo, el propósito de ese asombro no era producir solamente una reacción emocional. Dios utilizaba esas manifestaciones para abrir el corazón de las personas al mensaje del evangelio. El milagro podía llamar la atención, pero la atención debía conducir a la verdad; la maravilla podía producir asombro, pero el asombro debía conducir a la fe.

Un ejemplo muy claro lo encontramos en Hechos capítulo 3. Pedro y Juan encontraron a un hombre que había sido cojo desde su nacimiento y que era llevado diariamente a la puerta del templo para pedir limosna. Cuando aquel hombre pidió dinero, Pedro le respondió: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. El hombre fue sanado inmediatamente. Sus pies y tobillos recibieron fuerza, comenzó a caminar, saltar y alabar a Dios. La gente quedó maravillada y corrió hacia Pedro y Juan. Podría parecer que aquel era el momento perfecto para que Pedro recibiera reconocimiento y admiración. Sin embargo, Pedro hizo exactamente lo contrario. Preguntó: “¿Por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?”. Pedro rechazó cualquier atribución de gloria personal y dirigió la mirada de la multitud hacia Jesús.

Aquí encontramos una enseñanza fundamental. El verdadero milagro bíblico no termina en el milagro; el milagro debe conducir a Cristo. Pedro aprovechó aquella oportunidad para predicar a Jesús, hablar de su muerte, de su resurrección y del poder de su nombre. La sanidad del hombre fue extraordinaria, pero el propósito final era mucho más profundo: que las personas reconocieran quién era Jesús y se arrepintieran de sus pecados.

Esto nos ayuda también a comprender por qué la Biblia utiliza la palabra “señal”. Una señal tiene valor precisamente porque dirige nuestra atención hacia algo más importante que ella misma. Si una persona se queda contemplando una señal y nunca sigue la dirección que indica, ha entendido mal su propósito. De la misma manera, cuando las manifestaciones sobrenaturales se convierten en el centro de nuestra atención y dejamos de mirar a Cristo, hemos perdido el sentido bíblico de las señales.

La iglesia primitiva experimentó el poder de Dios de una manera extraordinaria. Hechos 4:33 dice que “con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús”. Observemos la relación: había poder, pero ese poder estaba al servicio del testimonio de Cristo. Las señales no sustituían la predicación; acompañaban la predicación. Los milagros no reemplazaban la Palabra; confirmaban el mensaje que los apóstoles anunciaban. El centro seguía siendo Jesucristo.

Esto también nos lleva a una reflexión necesaria para la iglesia contemporánea. Vivimos en una época en la que muchas personas sienten una gran fascinación por lo espectacular. Las redes sociales han aumentado todavía más esa tendencia. Lo llamativo obtiene atención, lo extraordinario genera visualizaciones y aquello que provoca emociones fuertes suele difundirse rápidamente. Incluso dentro del ámbito cristiano existe el peligro de valorar más la manifestación que el mensaje, más el espectáculo que la verdad, más al instrumento que al Dios que utiliza al instrumento.

La Biblia, sin embargo, nos enseña a mantener el orden correcto. El centro no debe ser el hombre, sino Cristo. No debemos buscar señales para alimentar nuestro ego, aumentar nuestra popularidad o demostrar que somos superiores espiritualmente. El poder de Dios jamás fue entregado para convertir a sus siervos en celebridades religiosas. Cuando Dios utiliza a una persona, esa persona debe disminuir para que Cristo sea exaltado.

Juan el Bautista expresó este principio de manera extraordinaria cuando dijo acerca de Jesús: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). Ese debería ser también el espíritu de todo ministerio cristiano. Si Dios nos usa para predicar, debemos procurar que las personas recuerden a Cristo y no a nosotros. Si Dios utiliza nuestras palabras para consolar, debemos llevar a las personas hacia Cristo. Si Dios responde una oración, debemos darle la gloria a Él. Y si Dios realiza un milagro, debemos reconocer que nosotros somos instrumentos y que la gloria pertenece exclusivamente al Señor.

También debemos recordar que los apóstoles no realizaban señales y prodigios por iniciativa propia ni porque poseyeran un poder independiente de Dios. El poder estaba en Cristo. Pedro no dijo al hombre: “Por mi autoridad personal, levántate”. Dijo: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. El nombre representa la autoridad y la persona de Cristo. Los apóstoles eran instrumentos; Jesucristo era el verdadero Señor de la obra.

Por eso, cuando hablamos de señales y prodigios, debemos evitar dos extremos. El primero es negar que Dios pueda actuar sobrenaturalmente. El Dios que encontramos en las Escrituras es un Dios poderoso, capaz de intervenir en la vida humana y realizar obras que están más allá de nuestras posibilidades. El segundo extremo es convertir la búsqueda de milagros en el centro de la vida cristiana. Nuestra fe no debe depender de estar viendo constantemente manifestaciones extraordinarias. Nuestra confianza está en Dios y en su Palabra, tanto cuando vemos un milagro como cuando atravesamos una circunstancia en la que el milagro que esperábamos no ocurre.

Los apóstoles entendieron que el mayor milagro no era simplemente que un enfermo recuperara la salud física, sino que un pecador fuera reconciliado con Dios por medio de Jesucristo. Una persona puede recibir sanidad física y algún día volver a enfermar y morir; pero quien recibe la salvación en Cristo recibe una esperanza eterna. Por eso, aunque las señales eran importantes en el ministerio apostólico, el mensaje central siempre fue Cristo crucificado y resucitado.

Cuando vemos entonces que “por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios”, debemos maravillarnos, pero también debemos preguntarnos: ¿hacia quién apuntaban esas señales? Apuntaban hacia Jesús. ¿Quién recibía la gloria? Dios. ¿Cuál era el propósito? Confirmar el testimonio apostólico, llamar la atención de las personas y conducirlas hacia el evangelio.

La verdadera pregunta para nosotros hoy no debería ser solamente: “¿Dónde están las señales y los prodigios?”, sino también: “Cuando Dios manifiesta su poder, ¿hacia quién estamos dirigiendo la mirada de las personas?” Porque una iglesia puede hablar mucho de milagros y, sin embargo, colocar al hombre en el centro. Puede hablar mucho de poder y poco de arrepentimiento. Puede exaltar las experiencias y dejar en segundo plano la Palabra. Pero el modelo de Hechos es diferente: el poder de Dios acompañaba la proclamación del evangelio y las señales conducían a Cristo.

Las señales son importantes, pero Cristo es infinitamente más importante que las señales. Los prodigios pueden causar asombro, pero Jesús debe producir transformación. Un milagro puede hacer que una persona levante sus ojos al cielo por un momento, pero el evangelio busca que esa persona entregue toda su vida al Señor. Por eso, cuando Dios nos permita ver su poder, no nos quedemos contemplando solamente la obra; levantemos nuestros ojos hacia el Obrador. No adoremos la señal; adoremos al Dios que está detrás de ella. No exaltemos al instrumento; glorifiquemos al Señor. Y sobre todo, recordemos que las verdaderas señales de Dios siempre deben llevarnos a Cristo, porque Él es el centro, el mensaje y la razón de nuestra fe.

viernes, 4 de septiembre de 2026

¿PARA QUIÉN ESTOY HACIENDO CONTENIDO?

 



Vivimos en una época en la que los números pueden convertirse fácilmente en una medida de nuestro valor: seguidores, reproducciones, comentarios y, sobre todo, likes. Podemos comenzar haciendo contenido para comunicar algo útil, enseñar, evangelizar o edificar a otros, pero poco a poco podemos quedar atrapados mirando cuántas personas reaccionaron. Cuando los números suben, nos sentimos importantes; cuando bajan, nos frustramos. Y sin darnos cuenta, lo que comenzó como una herramienta para servir puede terminar convirtiéndose en una fuente de vanidad y alimento para el ego.

La Biblia nos advierte acerca de buscar la aprobación de los hombres. Jesús dijo: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos” (Mateo 6:1). Pablo también pregunta: “¿Busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?” (Gálatas 1:10). El problema no está en que nuestro contenido tenga muchas vistas; si un mensaje llega a miles de personas y las edifica, ¡gloria a Dios! El problema comienza cuando necesitamos que miles nos miren para sentir que nuestro trabajo tiene valor. Podemos tener diez mil seguidores y estar alimentando nuestro ego, o tener cien seguidores y estar siendo tremendamente útiles en las manos de Dios.

Hay una pregunta que cada creador de contenido cristiano debería hacerse: “Si nadie me diera un like, ¿seguiría haciendo esto para la gloria de Dios?”

Porque Dios no mide nuestra fidelidad con el contador de reproducciones. “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23). Nuestro desafío, entonces, no es abandonar las redes sociales, sino entrar en ellas sin permitir que ellas entren en nuestro corazón. Podemos usar las redes para alcanzar multitudes, pero debemos cuidar que la multitud no se convierta en nuestro ídolo.