Vivimos tiempos en los que muchos se sienten con autoridad para sentenciar la vida espiritual de otros, declarando con ligereza quién se salvará y quién se irá al infierno, como si el juicio eterno les hubiese sido delegado. Esta actitud, aunque suele disfrazarse de celo espiritual o defensa de la verdad, revela en el fondo un corazón que ha perdido la compasión de Dios, pues la Escritura es clara al afirmar que el juicio final pertenece únicamente al Señor. Jesús advirtió que no juzgáramos para no ser juzgados, no porque el pecado deba ser ignorado, sino porque el juicio sin amor se convierte en condenación, y la condenación nunca fue la misión de Cristo.
El evangelio nos muestra que Jesús, aun siendo santo, no se deleitó en señalar ni en destruir al pecador, sino que se acercó con misericordia, verdad y gracia. Juan 3:17 declara que el Hijo no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo, lo cual confronta directamente a aquellos que usan la fe como arma para herir. Cuando el corazón se llena de rencor, dureza o superioridad espiritual, el mensaje puede ser correcto, pero el espíritu es completamente contrario al de Cristo. Pablo advierte en Romanos que quien juzga a otro se condena a sí mismo, porque al hacerlo se coloca en el lugar de Dios y olvida que también necesita gracia.
La Biblia nos llama a discernir, exhortar y corregir, pero siempre desde el amor, la humildad y la conciencia de nuestra propia fragilidad. Un creyente maduro no celebra la caída del otro ni disfruta anunciando castigos eternos, sino que llora, intercede y extiende la mano, entendiendo que si no fuera por la gracia de Dios, todos estaríamos perdidos. La verdadera espiritualidad no se mide por cuán duro es nuestro discurso, sino por cuán parecido es nuestro corazón al de Cristo.
Examinemos nuestro corazón y preguntémonos si nuestras palabras reflejan el amor de Dios o si están cargadas de orgullo y resentimiento. ¿Hablamos la verdad para restaurar o para sentirnos superiores? Que nuestro testimonio no sea el de jueces severos, sino el de embajadores de reconciliación.






