domingo, 22 de febrero de 2026

CUANDO EL DESALIENTO NO ES EL FINAL

 


Hay momentos en la vida en que el corazón se cansa. Las fuerzas parecen agotarse y el ánimo se debilita ante tantas contrariedades: una quiebra inesperada, el dolor del desempleo, la herida de un divorcio o el impacto de una enfermedad. Muchos creyentes se preguntan en silencio por qué, si aman a Dios, atraviesan temporadas tan difíciles. Sin embargo, la Escritura nos muestra que la fe no nos exime de los procesos dolorosos; más bien, nos sostiene en medio de ellos.

El profeta Elías, después de una de las mayores victorias espirituales de su vida, cayó en un profundo desaliento. Se sintió solo, amenazado y agotado. No fue reprendido por sentirse así; Dios lo fortaleció, lo alimentó y le habló con voz apacible. Esto nos enseña que el Señor comprende nuestras debilidades y se acerca a nosotros cuando nuestras fuerzas se terminan. También Job experimentó pérdidas devastadoras, y aunque no entendía el propósito de su sufrimiento, al final descubrió que Dios estaba obrando en dimensiones que él no podía ver.
El desaliento no significa que Dios se haya alejado. A veces, en medio del silencio y la confusión, Él está formando algo más profundo en nuestro interior. La Palabra nos recuerda en Romanos 8:28 que todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios. No todas las cosas son buenas en sí mismas, pero todas pueden ser usadas por Dios para cumplir un propósito eterno. Lo que hoy parece una pérdida puede convertirse en dirección; lo que hoy duele puede producir madurez; lo que hoy confunde puede mañana revelar el plan perfecto del Señor.
Tal vez el desaliento que hoy sientes no es el final del camino, sino el proceso que te está preparando para algo mayor. Dios no desperdicia ninguna lágrima, ningún proceso ni ninguna oración pronunciada en medio del quebranto. Él sigue siendo soberano cuando no entendemos, fiel cuando dudamos y cercano cuando nos sentimos solos.
Si tu ánimo está debilitado, vuelve tu mirada al Señor. Él no ha terminado contigo. Detrás de cada prueba hay un propósito, y detrás de cada noche oscura siempre amanece la luz de su fidelidad.

viernes, 20 de febrero de 2026

PRESIDENTES QUE CAMBIAN, PRINCIPIOS QUE PERMANECEN

 


Una Reflexión Bíblica sobre el Perú”

En los últimos años, Perú ha vivido una inestabilidad política profunda, marcada por la sucesión constante de presidentes. Esta rotación constante en el poder no solo ha generado incertidumbre política, sino también consecuencias sociales y económicas que afectan a millones de ciudadanos. La desconfianza en las instituciones, la polarización ideológica y los intereses particulares parecen haber debilitado la estabilidad del país. Frente a este panorama, surge una pregunta necesaria: ¿qué nos puede decir la Biblia ante una crisis como esta?

La Escritura enseña que la división debilita a cualquier nación. Jesús afirmó que todo reino dividido contra sí mismo no puede permanecer. Cuando los intereses personales, las ambiciones políticas y las ideologías se colocan por encima del bienestar común, el resultado inevitable es fragmentación. Lo que observamos no es solamente un problema administrativo o partidario; es el reflejo de una fractura más profunda en el tejido moral y espiritual de la sociedad. La crisis política suele ser el síntoma visible de una crisis interior.

La Biblia también declara que “la justicia engrandece a la nación, mas el pecado es afrenta de las naciones”. La estabilidad de un país no descansa únicamente en su constitución o en su sistema democrático, sino en los valores que sostienen a sus líderes y ciudadanos. Cuando la corrupción, la ambición desmedida o la falta de integridad dominan la vida pública, el deterioro institucional es inevitable. Ningún sistema político puede sostenerse si los principios morales se debilitan. La historia bíblica muestra repetidamente que cuando el liderazgo se aparta de la justicia, el pueblo sufre las consecuencias.

Sin embargo, la Biblia va más allá de señalar culpables; apunta al corazón humano. El profeta Jeremías describe el corazón como engañoso y propenso al error. Esto significa que el problema no se limita a un partido o a una corriente ideológica específica. El verdadero conflicto es espiritual. Mientras el corazón del hombre no sea transformado, la rotación de autoridades no resolverá la raíz del problema. Cambiar presidentes no cambia automáticamente la condición moral de una nación.

En medio de esta realidad, el creyente no está llamado a la desesperanza, sino a la responsabilidad espiritual. La Palabra exhorta a orar por las autoridades, a buscar la paz de la ciudad y a vivir con integridad. La crisis nacional también es una oportunidad para que la iglesia sea luz en medio de la incertidumbre. En tiempos de confusión política, el testimonio cristiano debe destacarse por su equilibrio, respeto, oración y compromiso con la verdad.

Finalmente, la Biblia recuerda que Dios sigue siendo soberano sobre la historia. El libro de Daniel afirma que Él quita y pone reyes. Esto no significa que apruebe la injusticia, sino que su propósito trasciende los acontecimientos temporales. La inestabilidad humana no anula el gobierno eterno de Dios. Cuando las estructuras terrenales tambalean, el creyente encuentra seguridad en la certeza de que el Señor no cambia.

La situación que vive Perú es lamentable y preocupante, pero también invita a una reflexión profunda. Más que una simple crisis política, puede ser un llamado a revisar los fundamentos espirituales de la nación. La verdadera estabilidad no nace solamente de reformas institucionales, sino de corazones transformados, de líderes justos y de un pueblo que vuelva sus ojos a Dios. Allí comienza el cambio que ninguna coyuntura política puede producir por sí sola.

jueves, 19 de febrero de 2026

LA VOZ DEL NECIO ENTRE LOS SABIOS



La frase que dice que “en la reunión de los sabios está la voz del necio” encierra una verdad profundamente humana: la sabiduría colectiva no está exenta de error. A lo largo de la historia, consejos formados por hombres instruidos, preparados y reconocidos han tomado decisiones equivocadas. La Biblia no idealiza a los sabios como seres infalibles; al contrario, presenta un panorama realista donde la sabiduría humana, cuando se desconecta de Dios, puede convertirse en necedad.

En el libro de Proverbios se afirma que “en la multitud de consejeros hay seguridad”, pero esta afirmación no significa que toda multitud tenga razón, sino que el consejo debe estar fundamentado en el temor de Dios. La Escritura establece que el principio de la sabiduría no es el conocimiento académico ni la experiencia acumulada, sino el temor reverente al Señor. Sin esa base, incluso los expertos pueden errar gravemente.

La historia bíblica ofrece ejemplos claros. En tiempos del rey Roboam, hijo de Salomón, los ancianos le aconsejaron actuar con mansedumbre para conservar unido el reino. Sin embargo, el rey prefirió escuchar a los jóvenes inexpertos que le aconsejaron dureza y arrogancia. El resultado fue la división del reino de Israel. Allí vemos que la presencia de consejeros no garantiza decisiones correctas; todo depende del corazón que escucha y del espíritu que guía la decisión. A veces el necio no es el que habla más fuerte, sino el que decide ignorar la prudencia.

También encontramos que grandes asambleas religiosas fallaron gravemente. El concilio que condenó a Jesús estaba compuesto por líderes instruidos en la Ley. Eran hombres conocedores de las Escrituras, pero su conocimiento no se tradujo en discernimiento espiritual. La sabiduría intelectual sin humildad puede volverse ceguera. Como escribió el apóstol Pablo en 1 Corintios, “la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios”. Esto revela que existe una diferencia radical entre la sabiduría humana y la sabiduría divina.

La Biblia enseña que el verdadero problema no es la presencia del necio en la reunión, sino la ausencia de la guía de Dios. El libro de Eclesiastés declara que “hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos”, mostrando la complejidad de la vida bajo el sol. La realidad no siempre responde a la lógica humana, y por eso la prudencia debe ir acompañada de discernimiento espiritual.

Además, la Escritura advierte que el orgullo precede a la caída. Cuando un grupo de sabios confía exclusivamente en su propia capacidad, corre el riesgo de cerrarse a la corrección. El sabio bíblico es, ante todo, humilde y enseñable. Está dispuesto a escuchar, a examinar, a orar. La necedad no siempre se manifiesta en ignorancia; muchas veces se esconde en la autosuficiencia.

Por eso, la enseñanza bíblica no desacredita la sabiduría ni el consejo colectivo, pero sí establece un filtro: toda decisión debe alinearse con la voluntad de Dios. La voz del necio puede infiltrarse en cualquier reunión, incluso en las más eruditas, pero el temor del Señor actúa como guardián del discernimiento. La verdadera seguridad no está en la cantidad de títulos ni en la experiencia acumulada, sino en la dependencia del Espíritu y en un corazón sometido a la verdad divina.

Así, la reflexión final es clara: la Biblia no confía ciegamente en los hombres sabios, sino en Dios como fuente de toda sabiduría. Donde Él no es consultado, hasta los doctos pueden errar; pero donde Él es honrado, aun el sencillo puede hablar con entendimiento.



miércoles, 18 de febrero de 2026

¿EN EL RAPTO SE VAN TODOS?

 


La Biblia enseña que el arrebatamiento es para todos los que verdaderamente pertenecen a Cristo, no sobre la base de una clasificación entre “creyentes buenos” y “creyentes malos”, sino sobre la base de su relación real con Él. En pasajes como 1 Tesalonicenses 4:16–17 se declara que “los muertos en Cristo resucitarán primero” y luego “nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos”, y en 1 Corintios 15:51–52 Pablo afirma que “todos seremos transformados”, refiriéndose a los que están en Cristo. La Escritura no enseña dos arrebatamientos ni una selección entre creyentes más dignos y menos dignos, sino que el requisito es estar “en Cristo” (Romanos 8:1); sin embargo, también advierte que no todos los que se llaman creyentes lo son verdaderamente (Mateo 7:21), y que la carnalidad es una condición de inmadurez que trae disciplina y pérdida de recompensas, pero no necesariamente la pérdida de la salvación (1 Corintios 3:15). Por lo tanto, el arrebatamiento incluye a todos los redimidos genuinos, tanto los maduros como los inmaduros, porque es un acto de gracia basado en la obra de Cristo y no en el mérito humano, aunque la fidelidad determinará las recompensas y no la participación en ese evento glorioso.

ENTRE LA FE Y EL TEMOR

 


La Paradoja del Creyente ante la Muerte


En el corazón del creyente existe una aparente contradicción: confiesa con seguridad que tiene vida eterna, pero en ciertos momentos piensa en la muerte con inquietud o incluso con temor. ¿Es esto una señal de debilidad espiritual? ¿Revela falta de confianza en las promesas del Señor? ¿O es simplemente una expresión natural de nuestra condición humana?

La Escritura afirma con claridad que el creyente posee vida eterna. En el Evangelio de Juan 11:25, Jesús declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. No es una metáfora poética, es una promesa firme. Más aún, en Juan 5:24 se nos dice que el que cree “ha pasado de muerte a vida”. La vida eterna no comienza después del sepulcro; comienza en el momento de la fe. Desde la perspectiva divina, la muerte física no es el final, sino una transición. El apóstol Pablo lo confirma en 2 Corintios 5:8 al expresar que estar ausentes del cuerpo es estar presentes con el Señor. La doctrina es clara: para el creyente, la muerte no es condenación, sino encuentro.

Sin embargo, la experiencia humana es más compleja que una afirmación doctrinal. La muerte representa separación de los seres amados, la posibilidad del sufrimiento físico, el abandono de lo conocido y la confrontación con lo invisible. No tememos necesariamente el destino eterno, sino el proceso, el momento, la incertidumbre. Y eso no siempre equivale a incredulidad. La Biblia misma reconoce la realidad del temor. En Hebreos 2:14-15 se nos dice que Cristo vino para librar a los que por el temor de la muerte estaban sujetos a servidumbre. El texto no condena la existencia del temor; más bien revela que es una experiencia humana común, de la cual Cristo nos libera progresivamente.

Incluso Jesús, en su humanidad, manifestó profunda angustia antes de la cruz. En el Evangelio de Mateo 26:38 leemos que dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”. Él sabía que resucitaría, sabía que vencería el sepulcro, pero experimentó el peso real del sufrimiento que enfrentaba. Esto nos enseña que sentir angustia ante la muerte no es necesariamente falta de fe; puede ser simplemente la expresión legítima de nuestra humanidad.

El problema no es que exista una emoción de temor momentáneo, sino cuando ese temor se convierte en desconfianza permanente en el carácter de Dios. La madurez espiritual no consiste en la ausencia total de emociones humanas, sino en permitir que la verdad de Dios gobierne sobre ellas. Pablo podía decir en Filipenses 1:21: “Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”, pero también reconocía la tensión entre partir y permanecer por amor a los hermanos. No era una fe fría ni insensible, sino una esperanza que había aprendido a descansar en la soberanía divina.

La paradoja del creyente, entonces, no es señal de hipocresía espiritual, sino evidencia de que vivimos entre dos realidades: ya poseemos vida eterna, pero todavía habitamos en un cuerpo frágil. Somos ciudadanos del cielo, pero caminamos en la tierra. Sabemos que la muerte ha sido vencida, pero aún enfrentamos su sombra. El crecimiento cristiano no elimina instantáneamente el temor; lo transforma. La confianza en las promesas del Señor va desplazando poco a poco la ansiedad natural, hasta que la esperanza se vuelve más fuerte que el miedo.

Pensar en la muerte no siempre revela falta de confianza; a veces revela conciencia de nuestra dependencia. Y esa dependencia nos lleva a aferrarnos con mayor fuerza a la promesa de Cristo. El creyente puede sentir temor, pero no está dominado por él. Puede experimentar inquietud, pero no desesperación. Porque su certeza no descansa en su valentía, sino en la fidelidad de Aquel que prometió vida eterna.

martes, 17 de febrero de 2026

SEÑALES DE UNA GENERACIÓN DESVIADA

 


Vivimos tiempos inquietantes. La sociedad avanza tecnológicamente, pero retrocede moral y espiritualmente. Los valores que durante generaciones sirvieron como fundamento para la familia, la justicia y la convivencia hoy son cuestionados, redefinidos o descartados. Lo que antes era considerado verdad ahora se llama intolerancia; lo que era pecado ahora se celebra como progreso. El profeta Isaías lo expresó con claridad cuando dijo que vendrían días en que a lo malo llamarían bueno y a lo bueno malo. Esa inversión moral no es simplemente un fenómeno cultural; es una señal espiritual profunda.

La Escritura nos advirtió que en los postreros tiempos vendría la apostasía. En 1 Timoteo 4:1 se nos dice que algunos apostatarán de la fe, escuchando doctrinas engañosas. La apostasía no es ignorancia, es abandono consciente. No se trata solo de personas que nunca conocieron a Dios, sino de aquellos que, habiendo oído la verdad, deciden apartarse de ella. Es un enfriamiento progresivo del corazón, una sustitución de la verdad eterna por ideas pasajeras.

Hoy vemos cómo en distintas naciones templos se cierran por falta de congregantes. Iglesias que en otro tiempo estuvieron llenas ahora permanecen vacías. Pero más preocupante que los edificios cerrados son los corazones cerrados. Jesús advirtió en Mateo 24:12 que por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriaría. Ese enfriamiento espiritual es evidente: la fe se vuelve superficial, el compromiso se debilita y la prioridad ya no es buscar a Dios sino satisfacer deseos personales.

Las ideologías de turno prometen libertad, identidad y realización, pero excluyen deliberadamente a Dios. Se presenta una espiritualidad sin arrepentimiento, una moral sin absolutos y una verdad moldeable según la conveniencia. El apóstol Pablo fue claro al afirmar en 2 Tesalonicenses 2:3 que antes del día del Señor vendría la apostasía. No estamos viendo algo inesperado; estamos presenciando el cumplimiento progresivo de lo que ya fue anunciado.

Al mismo tiempo, la presión cultural intenta silenciar la voz bíblica. Defender principios cristianos ahora puede ser motivo de rechazo o burla. Sin embargo, estas circunstancias no deben producir temor en el creyente, sino firmeza. La profecía no fue dada para asustarnos, sino para prepararnos. Cuando vemos el deterioro moral y la confusión espiritual, debemos recordar que la Palabra de Dios permanece firme.

Los días actuales se parecen a los días de Noé, como también lo señaló Jesús en Mateo 24:37: una generación distraída, ocupada en sus propios asuntos, indiferente a la advertencia divina. La sociedad puede ignorar las señales, pero la Iglesia no debe hacerlo. Más que nunca, se requiere una fe genuina, una convicción profunda y una vida coherente con el evangelio.

La falta de valores no es simplemente una crisis social; es una manifestación del alejamiento del corazón humano respecto a Dios. Pero en medio de la apostasía, siempre habrá un remanente fiel. Siempre habrá hombres y mujeres que decidan mantenerse firmes, que no negocien la verdad y que perseveren hasta el fin. La oscuridad puede aumentar, pero también es oportunidad para que la luz brille con mayor intensidad.

Estos tiempos confirman que la historia avanza hacia el cumplimiento final del propósito divino. No estamos llamados a la desesperanza, sino a la vigilancia y a la perseverancia. La apostasía puede crecer, pero la fidelidad también puede fortalecerse. Y mientras el mundo redefine sus valores, la Iglesia está llamada a sostener la verdad eterna, recordando que Dios sigue siendo soberano y que su Palabra jamás dejará de cumplirse.

domingo, 15 de febrero de 2026

LOS “PROGRESS” Y EL DESAFÍO A LA VERDAD BÍBLICA



Una reflexión apologética en tiempos de cambio cultural

Vivimos en una época donde las estructuras que por siglos sostuvieron la sociedad están siendo cuestionadas. En medio de esta transformación surge lo que muchos llaman el movimiento “progress”, una corriente cultural que promueve la redefinición de valores tradicionales, normas morales y conceptos fundamentales como familia, identidad y autoridad.

No estamos simplemente ante un cambio político; estamos ante una transformación moral y espiritual.

UN CAMBIO DE PARADIGMA MORAL

El pensamiento progresista contemporáneo suele partir de una premisa clara: la moral es dinámica y debe adaptarse a las nuevas sensibilidades sociales. Bajo esta visión, lo que ayer era considerado verdad objetiva hoy puede redefinirse según la experiencia individual.

Sin embargo, la fe cristiana sostiene que la verdad no es producto del consenso humano, sino revelación divina. La Biblia declara que la Palabra de Dios permanece para siempre (Isaías 40:8). Si la verdad cambia con cada generación, entonces deja de ser verdad y se convierte en opinión.

El choque es evidente: relativismo moral versus verdad absoluta.


LA REDEFINICIÓN DE LA FAMILIA Y LA IDENTIDAD

Uno de los campos donde más se percibe este conflicto es en la redefinición de la familia y de la identidad humana. Mientras la cultura actual promueve múltiples modelos y la autodeterminación absoluta del individuo, la Escritura presenta un diseño específico para la familia y la identidad, establecidos desde la creación (Génesis 1–2).

Desde una perspectiva apologética, la pregunta no es si debemos amar a las personas —eso es incuestionable—, sino si el amor implica aprobar toda redefinición moral. El cristianismo histórico ha enseñado que el verdadero amor no contradice la verdad.


LIBERTAD SIN LÍMITES O LIBERTAD CON PROPÓSITO

El movimiento progresista exalta la autonomía personal como el valor supremo. Pero cuando la libertad se desconecta de la responsabilidad moral, termina produciendo confusión social y vacío espiritual.

La Escritura enseña que la verdadera libertad no es hacer todo lo que se desea, sino vivir conforme al propósito de Dios. Jesús declaró: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). La libertad bíblica está anclada en la verdad, no en el deseo.


LA RAÍZ ESPIRITUAL DEL CONFLICTO

Más allá de lo sociológico, este fenómeno es espiritual. El apóstol Pablo advirtió que vendrían tiempos donde las personas no soportarían la sana doctrina y buscarían maestros conforme a sus propios deseos (2 Timoteo 4:3).

No se trata simplemente de una lucha ideológica; es una batalla por la autoridad final:

¿La cultura define la moral, o Dios la revela?


¿CÓMO DEBE RESPONDER EL CREYENTE?

Una postura apologética bíblica no es agresiva, pero sí firme. El cristiano está llamado a:

Defender la verdad con mansedumbre.

Amar sin comprometer principios.

Ser luz en medio de la confusión moral.

Proclamar el evangelio como la verdadera esperanza.

No respondemos con odio, sino con convicción. No reaccionamos con miedo, sino con fe. La iglesia no está llamada a adaptarse al espíritu de la época, sino a permanecer fiel al Señor.

Permanecer firmes en tiempos de presión cultural

Los “progress” representan una de las expresiones más visibles del cambio cultural actual. Sin embargo, la historia demuestra que las corrientes ideológicas son temporales, mientras que la verdad revelada permanece.

El desafío no es cultural únicamente, es espiritual. Y en medio de la transformación social, el llamado sigue siendo el mismo: “Estad firmes en la fe” (1 Corintios 16:13).

La iglesia no debe temer al debate cultural, sino enfrentarlo con una fe bien fundamentada, una mente renovada y un corazón lleno de gracia.

CUANDO EL DESALIENTO NO ES EL FINAL

  Hay momentos en la vida en que el corazón se cansa. Las fuerzas parecen agotarse y el ánimo se debilita ante tantas contrariedades: una qu...