Vivimos en una época donde la defensa de la vida se ha convertido en uno de los campos de batalla más intensos de la cultura contemporánea. Diversas entidades seculares, organizaciones no gubernamentales y movimientos ideológicos promueven activamente legislaciones y discursos que buscan legitimar el aborto como un derecho incuestionable. Al mismo tiempo, la Iglesia que sostiene la santidad de la vida desde la concepción es presentada con frecuencia como retrógrada, intolerante o enemiga del progreso.
Sin embargo, esta confrontación no es nueva. La historia bíblica y la historia de la humanidad demuestran que el conflicto entre la verdad revelada por Dios y las corrientes culturales dominantes ha sido constante.
1. Un conflicto antiguo con rostro moderno
En el libro de Éxodo vemos cómo Faraón ordenó la muerte de los niños hebreos para controlar el crecimiento del pueblo de Dios (Éxodo 1:15-22). La vida inocente fue considerada un obstáculo para un proyecto político.
Siglos después, en el contexto del Imperio Romano, el infanticidio y el abandono de recién nacidos eran prácticas socialmente aceptadas. Fue precisamente la comunidad cristiana primitiva la que se destacó por rescatar y cuidar a los niños desechados.
El profeta declara: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20)
El conflicto actual no es meramente político; es profundamente espiritual y moral. Es una confrontación entre cosmovisiones.
2. La cosmovisión bíblica sobre la vida
La Escritura establece principios claros e inmutables:
En Génesis 1:27 leemos que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. La dignidad humana no depende de su tamaño, etapa de desarrollo, capacidades cognitivas o reconocimiento legal. Su valor proviene de su Creador.
El salmista afirma en Salmos 139:13-16 que Dios forma al ser humano en el vientre materno y que sus ojos ven el embrión antes de que haya nacido.
El llamado profético de Jeremías 1:5 refuerza esta verdad: “Antes que te formase en el vientre te conocí.”
Desde la perspectiva bíblica, la vida no es producto del Estado, ni concesión cultural, ni simple material biológico. Es obra directa de Dios.
La Iglesia, por tanto, no defiende una ideología política; defiende un principio divino.
3. Una batalla de cosmovisiones
Muchas organizaciones internacionales y movimientos contemporáneos promueven el aborto bajo argumentos de autonomía, libertad reproductiva y derechos individuales. Su marco filosófico suele basarse en el humanismo secular, donde el ser humano es la autoridad suprema y la verdad es relativa.
En contraste, la fe cristiana afirma que Dios es soberano, que la vida es sagrada y que la moral no es moldeable según conveniencia cultural.
Aquí no estamos ante una simple diferencia de opiniones, sino ante dos visiones opuestas acerca de:
El origen de la vida
La naturaleza humana
La autoridad moral
El propósito de la existencia
Cuando una sociedad redefine quién califica como “persona” o qué vidas merecen protección, entra en un terreno peligroso. La historia demuestra que toda deshumanización comienza redefiniendo el valor de ciertos grupos.
El capítulo 1 de Romanos describe cómo el alejamiento progresivo de Dios conduce a una distorsión moral creciente. No es un ataque contra individuos, sino un diagnóstico espiritual sobre culturas que sustituyen la verdad por construcciones humanas.
4. La Iglesia bajo presión
En muchas naciones, la Iglesia enfrenta críticas, restricciones legales o campañas de desprestigio por sostener su postura pro-vida. Sin embargo, la fidelidad a la verdad nunca ha dependido de la aprobación social.
En Hechos 5:29 los apóstoles declararon: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”
La Iglesia está llamada a ser luz en medio de la oscuridad y sal en medio de la corrupción moral. Esto implica firmeza doctrinal, pero también carácter cristiano.
Defender la vida no debe convertirse en una excusa para el odio, la arrogancia o la insensibilidad. Cristo vino lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14). Ambas dimensiones deben caminar juntas.
5. Defensa de la vida con compasión
Un error frecuente es reducir el debate a consignas. La defensa bíblica de la vida debe incluir también:
Apoyo real a mujeres en situación vulnerable.
Acompañamiento pastoral y consejería.
Promoción de adopción responsable.
Ayuda material y emocional.
Restauración para quienes han pasado por decisiones dolorosas.
La Iglesia no solo proclama principios; extiende misericordia.
No se trata únicamente de ganar argumentos, sino de reflejar el corazón de Dios.
6. Un llamado profético para este tiempo
El aumento de la confrontación cultural no debe sorprendernos. Jesús mismo advirtió que sus seguidores enfrentarían oposición. Pero la oposición no debe silenciar la verdad ni apagar el amor.
En tiempos donde la vida es relativizada, la Iglesia está llamada a:
Proclamar la dignidad humana desde la concepción.
Rechazar toda forma de deshumanización.
Defender la verdad con mansedumbre.
Permanecer firme sin perder la compasión.
La historia demuestra que las corrientes culturales cambian, pero la Palabra de Dios permanece para siempre.
La defensa de la vida no es una moda ni una reacción política. Es un compromiso con el Creador, quien es autor de toda existencia.
Y mientras la cultura redefine valores, la Iglesia continúa proclamando una verdad eterna:
La vida es sagrada porque pertenece a Dios.






