“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24)
La familia no nació de una idea humana ni de una necesidad social, sino del corazón y la voluntad de Dios. Desde el principio, Dios estableció la familia como el fundamento de la sociedad y el primer espacio donde el ser humano aprendería a amar, obedecer, creer y conocer a su Creador.
Antes de que existieran gobiernos, religiones organizadas o sistemas educativos, ya existía la familia. Dios la diseñó con orden, propósito y bendición. Todo lo que Dios crea tiene un diseño, y todo diseño tiene límites. Salir de esos límites siempre trae consecuencias.
Hoy vivimos tiempos en los que se intenta redefinir la familia, llamando “evolución” a lo que en realidad es distorsión del diseño divino. La Biblia nos advirtió que llegarían días en los que la verdad sería reemplazada por ideas humanas y la voluntad de Dios sería vista como anticuada.
“No os conforméis a este siglo…” (Romanos 12:2)
Cuando una sociedad se aparta de Dios, lo primero que se debilita es la familia. Y cuando la familia se debilita, la fe, los valores y la identidad de las nuevas generaciones se pierden.
Dios ama al ser humano, pero no aprueba la rebelión contra su diseño. La Escritura enseña que rechazar el orden de Dios trae confusión, dolor y vacío espiritual.
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20)
La iglesia está llamada a permanecer firme, no por odio, sino por obediencia. Defender la familia es defender la voluntad de Dios.
Es bueno preguntarse:
¿Estoy edificando mi familia conforme a la Palabra de Dios?
¿Estoy enseñando a mis hijos los principios bíblicos o dejando que el mundo los forme?
¿Defiendo la verdad con amor o guardo silencio por temor?
Hoy es tiempo de volver al diseño original y permitir que Dios gobierne nuestro hogar.




