RENACER
Yendo donde hay necesidad
miércoles, 25 de febrero de 2026
martes, 24 de febrero de 2026
BABILONIA LA GRANDE
“Babilonia la Grande, la madre de las rameras” no es solo una figura profética, sino un espejo espiritual que confronta el corazón humano. Representa todo sistema, pensamiento o deseo que seduce con poder, riqueza y apariencia, pero que aleja silenciosamente de Dios. Es la imagen de una humanidad que prefiere el brillo momentáneo antes que la verdad eterna. Al reflexionar en ella, no se trata de señalar al mundo, sino de examinarnos a nosotros mismos: ¿hay algo en nuestra vida que ha ocupado el lugar que solo le pertenece a Dios? Esta advertencia bíblica no busca infundir temor, sino despertar conciencia y llamarnos nuevamente a la fidelidad, a la pureza espiritual y a una fe auténtica.
domingo, 22 de febrero de 2026
CUANDO EL DESALIENTO NO ES EL FINAL
Hay momentos en la vida en que el corazón se cansa. Las fuerzas parecen agotarse y el ánimo se debilita ante tantas contrariedades: una quiebra inesperada, el dolor del desempleo, la herida de un divorcio o el impacto de una enfermedad. Muchos creyentes se preguntan en silencio por qué, si aman a Dios, atraviesan temporadas tan difíciles. Sin embargo, la Escritura nos muestra que la fe no nos exime de los procesos dolorosos; más bien, nos sostiene en medio de ellos.
viernes, 20 de febrero de 2026
PRESIDENTES QUE CAMBIAN, PRINCIPIOS QUE PERMANECEN
Una Reflexión Bíblica sobre el Perú”
En los últimos años, Perú ha vivido una inestabilidad política profunda, marcada por la sucesión constante de presidentes. Esta rotación constante en el poder no solo ha generado incertidumbre política, sino también consecuencias sociales y económicas que afectan a millones de ciudadanos. La desconfianza en las instituciones, la polarización ideológica y los intereses particulares parecen haber debilitado la estabilidad del país. Frente a este panorama, surge una pregunta necesaria: ¿qué nos puede decir la Biblia ante una crisis como esta?
La Escritura enseña que la división debilita a cualquier nación. Jesús afirmó que todo reino dividido contra sí mismo no puede permanecer. Cuando los intereses personales, las ambiciones políticas y las ideologías se colocan por encima del bienestar común, el resultado inevitable es fragmentación. Lo que observamos no es solamente un problema administrativo o partidario; es el reflejo de una fractura más profunda en el tejido moral y espiritual de la sociedad. La crisis política suele ser el síntoma visible de una crisis interior.
La Biblia también declara que “la justicia engrandece a la nación, mas el pecado es afrenta de las naciones”. La estabilidad de un país no descansa únicamente en su constitución o en su sistema democrático, sino en los valores que sostienen a sus líderes y ciudadanos. Cuando la corrupción, la ambición desmedida o la falta de integridad dominan la vida pública, el deterioro institucional es inevitable. Ningún sistema político puede sostenerse si los principios morales se debilitan. La historia bíblica muestra repetidamente que cuando el liderazgo se aparta de la justicia, el pueblo sufre las consecuencias.
Sin embargo, la Biblia va más allá de señalar culpables; apunta al corazón humano. El profeta Jeremías describe el corazón como engañoso y propenso al error. Esto significa que el problema no se limita a un partido o a una corriente ideológica específica. El verdadero conflicto es espiritual. Mientras el corazón del hombre no sea transformado, la rotación de autoridades no resolverá la raíz del problema. Cambiar presidentes no cambia automáticamente la condición moral de una nación.
En medio de esta realidad, el creyente no está llamado a la desesperanza, sino a la responsabilidad espiritual. La Palabra exhorta a orar por las autoridades, a buscar la paz de la ciudad y a vivir con integridad. La crisis nacional también es una oportunidad para que la iglesia sea luz en medio de la incertidumbre. En tiempos de confusión política, el testimonio cristiano debe destacarse por su equilibrio, respeto, oración y compromiso con la verdad.
Finalmente, la Biblia recuerda que Dios sigue siendo soberano sobre la historia. El libro de Daniel afirma que Él quita y pone reyes. Esto no significa que apruebe la injusticia, sino que su propósito trasciende los acontecimientos temporales. La inestabilidad humana no anula el gobierno eterno de Dios. Cuando las estructuras terrenales tambalean, el creyente encuentra seguridad en la certeza de que el Señor no cambia.
La situación que vive Perú es lamentable y preocupante, pero también invita a una reflexión profunda. Más que una simple crisis política, puede ser un llamado a revisar los fundamentos espirituales de la nación. La verdadera estabilidad no nace solamente de reformas institucionales, sino de corazones transformados, de líderes justos y de un pueblo que vuelva sus ojos a Dios. Allí comienza el cambio que ninguna coyuntura política puede producir por sí sola.
jueves, 19 de febrero de 2026
LA VOZ DEL NECIO ENTRE LOS SABIOS
La frase que dice que “en la reunión de los sabios está la voz del necio” encierra una verdad profundamente humana: la sabiduría colectiva no está exenta de error. A lo largo de la historia, consejos formados por hombres instruidos, preparados y reconocidos han tomado decisiones equivocadas. La Biblia no idealiza a los sabios como seres infalibles; al contrario, presenta un panorama realista donde la sabiduría humana, cuando se desconecta de Dios, puede convertirse en necedad.
En el libro de Proverbios se afirma que “en la multitud de consejeros hay seguridad”, pero esta afirmación no significa que toda multitud tenga razón, sino que el consejo debe estar fundamentado en el temor de Dios. La Escritura establece que el principio de la sabiduría no es el conocimiento académico ni la experiencia acumulada, sino el temor reverente al Señor. Sin esa base, incluso los expertos pueden errar gravemente.
La historia bíblica ofrece ejemplos claros. En tiempos del rey Roboam, hijo de Salomón, los ancianos le aconsejaron actuar con mansedumbre para conservar unido el reino. Sin embargo, el rey prefirió escuchar a los jóvenes inexpertos que le aconsejaron dureza y arrogancia. El resultado fue la división del reino de Israel. Allí vemos que la presencia de consejeros no garantiza decisiones correctas; todo depende del corazón que escucha y del espíritu que guía la decisión. A veces el necio no es el que habla más fuerte, sino el que decide ignorar la prudencia.
También encontramos que grandes asambleas religiosas fallaron gravemente. El concilio que condenó a Jesús estaba compuesto por líderes instruidos en la Ley. Eran hombres conocedores de las Escrituras, pero su conocimiento no se tradujo en discernimiento espiritual. La sabiduría intelectual sin humildad puede volverse ceguera. Como escribió el apóstol Pablo en 1 Corintios, “la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios”. Esto revela que existe una diferencia radical entre la sabiduría humana y la sabiduría divina.
La Biblia enseña que el verdadero problema no es la presencia del necio en la reunión, sino la ausencia de la guía de Dios. El libro de Eclesiastés declara que “hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos”, mostrando la complejidad de la vida bajo el sol. La realidad no siempre responde a la lógica humana, y por eso la prudencia debe ir acompañada de discernimiento espiritual.
Además, la Escritura advierte que el orgullo precede a la caída. Cuando un grupo de sabios confía exclusivamente en su propia capacidad, corre el riesgo de cerrarse a la corrección. El sabio bíblico es, ante todo, humilde y enseñable. Está dispuesto a escuchar, a examinar, a orar. La necedad no siempre se manifiesta en ignorancia; muchas veces se esconde en la autosuficiencia.
Por eso, la enseñanza bíblica no desacredita la sabiduría ni el consejo colectivo, pero sí establece un filtro: toda decisión debe alinearse con la voluntad de Dios. La voz del necio puede infiltrarse en cualquier reunión, incluso en las más eruditas, pero el temor del Señor actúa como guardián del discernimiento. La verdadera seguridad no está en la cantidad de títulos ni en la experiencia acumulada, sino en la dependencia del Espíritu y en un corazón sometido a la verdad divina.
Así, la reflexión final es clara: la Biblia no confía ciegamente en los hombres sabios, sino en Dios como fuente de toda sabiduría. Donde Él no es consultado, hasta los doctos pueden errar; pero donde Él es honrado, aun el sencillo puede hablar con entendimiento.
miércoles, 18 de febrero de 2026
¿EN EL RAPTO SE VAN TODOS?
ENTRE LA FE Y EL TEMOR
La Paradoja del Creyente ante la Muerte
En el corazón del creyente existe una aparente contradicción: confiesa con seguridad que tiene vida eterna, pero en ciertos momentos piensa en la muerte con inquietud o incluso con temor. ¿Es esto una señal de debilidad espiritual? ¿Revela falta de confianza en las promesas del Señor? ¿O es simplemente una expresión natural de nuestra condición humana?
La Escritura afirma con claridad que el creyente posee vida eterna. En el Evangelio de Juan 11:25, Jesús declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. No es una metáfora poética, es una promesa firme. Más aún, en Juan 5:24 se nos dice que el que cree “ha pasado de muerte a vida”. La vida eterna no comienza después del sepulcro; comienza en el momento de la fe. Desde la perspectiva divina, la muerte física no es el final, sino una transición. El apóstol Pablo lo confirma en 2 Corintios 5:8 al expresar que estar ausentes del cuerpo es estar presentes con el Señor. La doctrina es clara: para el creyente, la muerte no es condenación, sino encuentro.
Sin embargo, la experiencia humana es más compleja que una afirmación doctrinal. La muerte representa separación de los seres amados, la posibilidad del sufrimiento físico, el abandono de lo conocido y la confrontación con lo invisible. No tememos necesariamente el destino eterno, sino el proceso, el momento, la incertidumbre. Y eso no siempre equivale a incredulidad. La Biblia misma reconoce la realidad del temor. En Hebreos 2:14-15 se nos dice que Cristo vino para librar a los que por el temor de la muerte estaban sujetos a servidumbre. El texto no condena la existencia del temor; más bien revela que es una experiencia humana común, de la cual Cristo nos libera progresivamente.
Incluso Jesús, en su humanidad, manifestó profunda angustia antes de la cruz. En el Evangelio de Mateo 26:38 leemos que dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”. Él sabía que resucitaría, sabía que vencería el sepulcro, pero experimentó el peso real del sufrimiento que enfrentaba. Esto nos enseña que sentir angustia ante la muerte no es necesariamente falta de fe; puede ser simplemente la expresión legítima de nuestra humanidad.
El problema no es que exista una emoción de temor momentáneo, sino cuando ese temor se convierte en desconfianza permanente en el carácter de Dios. La madurez espiritual no consiste en la ausencia total de emociones humanas, sino en permitir que la verdad de Dios gobierne sobre ellas. Pablo podía decir en Filipenses 1:21: “Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”, pero también reconocía la tensión entre partir y permanecer por amor a los hermanos. No era una fe fría ni insensible, sino una esperanza que había aprendido a descansar en la soberanía divina.
La paradoja del creyente, entonces, no es señal de hipocresía espiritual, sino evidencia de que vivimos entre dos realidades: ya poseemos vida eterna, pero todavía habitamos en un cuerpo frágil. Somos ciudadanos del cielo, pero caminamos en la tierra. Sabemos que la muerte ha sido vencida, pero aún enfrentamos su sombra. El crecimiento cristiano no elimina instantáneamente el temor; lo transforma. La confianza en las promesas del Señor va desplazando poco a poco la ansiedad natural, hasta que la esperanza se vuelve más fuerte que el miedo.
Pensar en la muerte no siempre revela falta de confianza; a veces revela conciencia de nuestra dependencia. Y esa dependencia nos lleva a aferrarnos con mayor fuerza a la promesa de Cristo. El creyente puede sentir temor, pero no está dominado por él. Puede experimentar inquietud, pero no desesperación. Porque su certeza no descansa en su valentía, sino en la fidelidad de Aquel que prometió vida eterna.
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