Hay personas que buscan a Dios solamente cuando tienen una necesidad. Cuando llega la enfermedad, oran; cuando enfrentan una dificultad, buscan a Dios; cuando necesitan una respuesta, abren la Biblia; cuando atraviesan una crisis, claman al Señor. Y ciertamente, la Biblia nos invita a acudir a Dios en nuestros momentos de angustia. Él es nuestro refugio y nuestro pronto auxilio. El problema no está en buscar a Dios cuando necesitamos su ayuda, sino en pretender tener una relación con Él solamente cuando necesitamos algo de sus manos, mientras nuestra vida cotidiana permanece distante de su presencia, de su Palabra y de su voluntad.
Dios no desea ser solamente nuestro recurso para solucionar problemas; Él quiere ser nuestro Señor. La verdadera comunión con Dios no puede limitarse a momentos de emergencia. Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). El amor a Dios se manifiesta también en la obediencia. Por eso, no es coherente decir que amamos a Dios mientras deliberadamente alimentamos aquello que sabemos que Él desaprueba. Podemos engañar a otras personas con nuestras palabras, pero Dios mira el corazón.
El salmista preguntó: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?”. Y responde: “El limpio de manos y puro de corazón” (Salmo 24:3-4). Esto no significa que solamente las personas perfectas pueden acercarse a Dios. Si así fuera, nadie podría hacerlo. Todos necesitamos su gracia y su misericordia. La santidad tampoco es el precio que pagamos para conseguir la salvación. Somos salvos por gracia mediante la fe en Jesucristo. Sin embargo, la gracia que nos salva también produce en nosotros un deseo de abandonar el pecado y caminar con Dios.
Por eso existe una diferencia entre el creyente que cae y se arrepiente, y aquel que pretende vivir permanentemente en pecado mientras utiliza a Dios solamente como una especie de seguro para sus momentos difíciles. El primero reconoce su pecado, vuelve al Señor y desea cambiar. El segundo quiere las bendiciones de Dios sin someterse al Dios que bendice.
La Escritura es muy seria al respecto. Isaías declaró: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios” (Isaías 59:2). Y Santiago dice: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8), pero inmediatamente añade: “Limpiad las manos, pecadores; y purificad vuestros corazones”. Es decir, acercarnos a Dios implica también permitir que Él transforme nuestra vida.
Incluso podemos caer en una religiosidad engañosa: asistir a la iglesia, cantar, escuchar predicaciones, levantar nuestras manos, decir “Dios mío” y hablar de fe, pero mantener una vida secreta completamente alejada de Dios. Podemos acostumbrarnos a buscar la presencia de Dios públicamente mientras evitamos su presencia en nuestra vida privada. Pero Dios no solamente mira lo que hacemos delante de los demás; Él conoce nuestras intenciones, nuestros pensamientos y aquello que nadie más conoce.
Jesús también advirtió acerca de aquellos que dirían: “Señor, Señor”, pero cuya vida no correspondía con esa confesión. En Mateo 7:21 dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre”. Esto debería llevarnos a examinarnos. No se trata simplemente de cuánto hablamos de Dios, sino de si realmente pertenecemos a Él y estamos caminando con Él.
La verdadera comunión con Dios produce cambios. No significa perfección absoluta, porque mientras estemos en este cuerpo seguimos luchando contra el pecado. Pero sí significa que ya no queremos vivir gobernados por aquello que antes nos dominaba. Hay arrepentimiento cuando caemos, deseo de obedecer cuando conocemos su voluntad, hambre por su Palabra, necesidad de oración y un anhelo creciente de agradarle.
Por eso, la pregunta no debería ser solamente: “¿Busco a Dios cuando tengo problemas?”. La pregunta más profunda es: “¿Busco a Dios cuando no necesito nada de Él?” ¿Oramos solamente cuando necesitamos una respuesta o también porque deseamos hablar con nuestro Padre? ¿Abrimos la Biblia solamente cuando necesitamos dirección o porque queremos conocer su voluntad? ¿Buscamos a Dios solamente por sus bendiciones o porque hemos aprendido a amar su presencia?
Dios no quiere ser una visita ocasional en nuestra vida. Quiere que caminemos con Él. No quiere solamente nuestras palabras en momentos de necesidad; quiere nuestro corazón. No quiere solamente que acudamos a sus manos para recibir, sino que acudamos a su presencia para conocerlo, amarlo y obedecerlo.
Quizá hoy necesitamos preguntarnos con toda sinceridad: ¿Estoy viviendo en comunión con Dios o solamente recurriendo a Dios cuando necesito que resuelva algo? Porque una verdadera relación con Él no consiste únicamente en buscarlo cuando tenemos problemas, sino en caminar con Él aun cuando no tenemos ninguna petición que hacer. La verdadera bendición no es solamente recibir algo de Dios; es poder decir como el salmista: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?” (Salmo 73:25).
La invitación de Dios sigue siendo la misma: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8). Acerquémonos, entonces, no solamente para pedir, sino para permanecer; no solamente para recibir, sino para obedecer; no solamente para buscar sus manos, sino para buscar su rostro.











