En los últimos tiempos han surgido diversas expresiones de identidad que llaman profundamente la atención, entre ellas aquellas personas que se identifican como animales, conocidas comúnmente como “therians”. Este fenómeno no siempre debe entenderse como una forma de protesta consciente o ideológica, sino más bien como un reflejo de una necesidad más profunda del ser humano: la búsqueda de identidad. En una sociedad donde los valores cambian constantemente y donde las verdades absolutas son cuestionadas, muchas personas, especialmente jóvenes, se encuentran confundidas acerca de quiénes son realmente. Esta confusión puede llevarlos a adoptar identidades que se alejan del diseño original establecido por Dios.
La Biblia
enseña claramente que el ser humano no es un accidente ni una criatura más
dentro del conjunto de la creación. En Génesis se declara que el hombre fue
creado a imagen y semejanza de Dios, lo cual le otorga un valor, propósito y
dignidad únicos. A diferencia de los animales, el ser humano posee una
dimensión espiritual que le permite tener comunión con su Creador. Esta verdad
establece una base firme sobre la identidad humana: no somos definidos por
sentimientos cambiantes ni por percepciones subjetivas, sino por el propósito
eterno de Dios. Cuando una persona comienza a identificarse como algo distinto
a lo que Dios ha declarado, no está elevando su identidad, sino alejándose de
ella.
El apóstol
Pablo describe una realidad similar en Romanos, donde explica que al rechazar
el conocimiento de Dios, el ser humano cae en un proceso de confusión,
cambiando la verdad por la mentira. Este intercambio no solo afecta la moral,
sino también la percepción de uno mismo. La pérdida de identidad espiritual
conduce inevitablemente a una distorsión de la identidad personal. En este
contexto, fenómenos como el de los therians pueden entenderse como señales de
una sociedad que ha perdido su ancla en la verdad divina y que busca
redefinirse sin referencia a su Creador.
Sin embargo,
la respuesta bíblica ante estas realidades no debe ser de burla, rechazo o
condena fría. La Escritura enseña en Efesios que la verdad debe ser hablada con
amor. Detrás de cada persona hay una historia, una necesidad emocional, un
vacío o una herida que muchas veces intenta ser llenada mediante nuevas
identidades. Por ello, el llamado del creyente es a comprender sin justificar
el error, y a guiar con compasión hacia la verdad. No se trata simplemente de
corregir una idea, sino de restaurar una identidad.
El salmista
también recuerda en Salmos que el ser humano fue coronado de gloria y honra, y
puesto sobre las obras de Dios. Esta declaración reafirma que nuestra identidad
no es inferior ni intercambiable con la de otras criaturas. Al contrario,
fuimos diseñados con un propósito elevado que solo se comprende plenamente
cuando volvemos a Dios. Cuando el hombre olvida quién es, comienza a buscar
respuestas en lugares equivocados; pero cuando vuelve a su Creador, encuentra
no solo su identidad, sino también su valor, dirección y propósito.
En
definitiva, más que una simple tendencia cultural o una forma de protesta, este
tipo de manifestaciones refleja una crisis más profunda: la pérdida de
identidad espiritual. Y la única solución verdadera no está en redefinir al ser
humano según sus emociones, sino en redescubrir lo que Dios ya ha dicho acerca
de él. Solo en esa verdad el hombre puede encontrar estabilidad, paz y sentido
real para su vida.





