martes, 3 de febrero de 2026

LA FAMILIA, DISEÑO ETERNO DE DIOS

 


“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24)

La familia no nació de una idea humana ni de una necesidad social, sino del corazón y la voluntad de Dios. Desde el principio, Dios estableció la familia como el fundamento de la sociedad y el primer espacio donde el ser humano aprendería a amar, obedecer, creer y conocer a su Creador.

Antes de que existieran gobiernos, religiones organizadas o sistemas educativos, ya existía la familia. Dios la diseñó con orden, propósito y bendición. Todo lo que Dios crea tiene un diseño, y todo diseño tiene límites. Salir de esos límites siempre trae consecuencias.

Hoy vivimos tiempos en los que se intenta redefinir la familia, llamando “evolución” a lo que en realidad es distorsión del diseño divino. La Biblia nos advirtió que llegarían días en los que la verdad sería reemplazada por ideas humanas y la voluntad de Dios sería vista como anticuada.

“No os conforméis a este siglo…” (Romanos 12:2)

Cuando una sociedad se aparta de Dios, lo primero que se debilita es la familia. Y cuando la familia se debilita, la fe, los valores y la identidad de las nuevas generaciones se pierden.

Dios ama al ser humano, pero no aprueba la rebelión contra su diseño. La Escritura enseña que rechazar el orden de Dios trae confusión, dolor y vacío espiritual.

“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20)

La iglesia está llamada a permanecer firme, no por odio, sino por obediencia. Defender la familia es defender la voluntad de Dios.

Es bueno preguntarse: 

¿Estoy edificando mi familia conforme a la Palabra de Dios?

¿Estoy enseñando a mis hijos los principios bíblicos o dejando que el mundo los forme?

¿Defiendo la verdad con amor o guardo silencio por temor?

Hoy es tiempo de volver al diseño original y permitir que Dios gobierne nuestro hogar.

sábado, 31 de enero de 2026

LA IGLESIA SIN MUROS PARA TIEMPOS COMO ESTOS

 


Vivimos tiempos distintos. No necesariamente más fáciles, pero sí profundamente distintos.

Las distancias se han acortado por la tecnología, pero muchos corazones siguen lejos del consuelo, de la comunión y de la esperanza.

En medio de este escenario, Dios no ha quedado en silencio. Él sigue llamando, sigue reuniendo y sigue edificando su iglesia… aun cuando no haya un templo de por medio.

La iglesia nunca fue ladrillo ni cemento. Desde el principio fue personas reunidas en el nombre de Cristo, compartiendo la Palabra, perseverando en la oración y cuidándose unos a otros. La iglesia primitiva se reunió en casas, caminos y lugares improvisados, y aun así el evangelio se extendió con poder.

Hoy, esos “lugares” han cambiado. Ahora existen salas virtuales, pantallas, cámaras y conexiones digitales. Y lejos de ser una amenaza, se han convertido en puertas abiertas para muchos que, de otra manera, jamás se acercarían.

La iglesia virtual no reemplaza la fe; la canaliza.

No enfría la comunión; la acerca.

No limita la obra de Dios; la expande más allá de los muros.

Para el cansado, es descanso.

Para el que vive lejos, es oportunidad.

Para el que fue herido, es refugio.

Para el que busca, es un primer paso.

Dios no habita en edificios hechos por manos humanas; Él habita en corazones rendidos. Y cuando esos corazones se conectan con sinceridad, aun a través de una pantalla, el Espíritu Santo sigue obrando con la misma autoridad y gracia.

Quizá algunos vean lo virtual como algo temporal.

Pero Dios lo está usando como respuesta eterna para esta generación.

Porque cuando dos o tres se reúnen en su nombre —sea en una casa, en una cueva o en una reunión virtual— Él prometió estar en medio de ellos.

Que no despreciemos los medios que Dios usa hoy.

Que no limitemos su obra a formas antiguas.

Que aprendamos a reconocer que, en tiempos modernos, la iglesia también renace sin muros.

viernes, 30 de enero de 2026

LOS PROBLEMAS DEL ALMA Y EL VERDADERO REMEDIO

 


“Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.”

— Mateo 15:19

1. El conflicto interior del ser humano

El ser humano vive una lucha constante en su interior. Muchos conflictos que se manifiestan en la conducta —ira, ansiedad, adicciones, inmoralidad, orgullo, amargura— no comienzan afuera, sino en lo profundo del alma.

La Biblia declara que el corazón humano está afectado por el pecado desde la caída: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” — Jeremías 17:9

Este diagnóstico divino nos muestra una verdad incómoda: el problema principal del hombre no es su entorno, sino su condición interna. El pecado ha contaminado la mente, las emociones y la voluntad.

2. El pecado y sus efectos en el alma

El pecado no solo rompe reglas; rompe al ser humano por dentro. La Escritura revela varias consecuencias espirituales y emocionales:

Culpa que oprime el alma (Salmo 38:4)

Pérdida de paz interior (Isaías 57:20–21)

Oscurecimiento del entendimiento (Efesios 4:18)

Esclavitud a deseos desordenados (Juan 8:34)

Separación de Dios (Isaías 59:2)

David expresó esta realidad cuando dijo:

“Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.” — Salmo 32:3

El pecado no confesado enferma el alma, aunque la persona aparente normalidad por fuera.

3. El intento humano de sanar el alma

A lo largo del tiempo, el ser humano ha buscado soluciones para sus conflictos internos mediante:

Filosofías

Terapias

Técnicas de autoayuda

Disciplina moral

Fuerza de voluntad

Aunque estas herramientas pueden ayudar a controlar comportamientos, la Biblia afirma que no pueden erradicar la raíz del pecado.

“¿Mudará el etíope su piel, o el leopardo sus manchas?” — Jeremías 13:23

El problema del alma no se soluciona solo con educación, disciplina o esfuerzo, porque el pecado es una condición espiritual, no solo psicológica o conductual.

4. Reforma externa no es transformación interna

Jesús confrontó duramente a los fariseos porque limpiaban lo exterior, pero ignoraban el interior:

“Limpiais lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.”

— Mateo 23:25

La reforma externa produce personas moralmente aceptables, pero solo la obra de Dios produce corazones transformados.

5. El remedio bíblico: un corazón nuevo

Dios no promete mejorar el viejo corazón, sino dar uno nuevo.

“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.” — Ezequiel 36:26

Jesús llamó a esto nacer de nuevo:

“El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” — Juan 3:3

La transformación del alma ocurre cuando:

El pecado es reconocido

Cristo es recibido como Señor

El Espíritu Santo comienza su obra regeneradora

“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es.”

— 2 Corintios 5:17

6. La victoria sobre el pecado

La Biblia no enseña que el creyente no lucha, sino que no lucha solo.

“Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.” — Gálatas 5:16

El pecado no se vence con determinación humana, sino con dependencia diaria de Dios.

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer.” — Filipenses 2:13

7. Reflexión personal

¿Estoy tratando de cambiar solo mi conducta, sin rendir mi corazón a Dios?

¿Hay áreas del alma que he intentado sanar sin acudir a Cristo?

¿Estoy permitiendo que el Espíritu Santo gobierne mis decisiones?

El pecado no se desarraiga con esfuerzo humano,

pero sí con un corazón rendido a Cristo.

Cuando Dios sana el alma, la conducta comienza a cambiar.

jueves, 29 de enero de 2026

CUANDO DIOS OBRA MÁS ALLÁ DE LA CAPACIDAD HUMANA



“Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte.” — 1 Corintios 1:27

“No es de los ligeros la carrera, ni de los fuertes la batalla… sino que tiempo y ocasión acontecen a todos.” — Eclesiastés 9:11

El mundo nos ha enseñado a medir el valor de las personas por su capacidad, su inteligencia o su habilidad para destacar. Desde temprana edad se nos impulsa a competir, a sobresalir, a demostrar que somos mejores que otros. Bajo esta lógica, pareciera que solo los más preparados están destinados al éxito.

Sin embargo, la Palabra de Dios nos confronta con una verdad que rompe ese pensamiento: el resultado final no depende únicamente de la capacidad humana. La Biblia muestra que muchas veces quienes parecen tener todo a su favor no alcanzan el propósito de Dios, mientras que otros —que no figuraban en las expectativas humanas— son levantados y prosperados por Él.

Dios no actúa así por casualidad. Él lo hace para revelar que Su poder no se sostiene en la fuerza, ni Su sabiduría en el intelecto humano. Cuando una persona limitada, sencilla o poco reconocida es usada por Dios, la gloria no puede atribuirse al talento, sino a la gracia divina.

David no fue escogido por su apariencia ni por su experiencia militar; Gedeón no fue llamado por su valentía; Pedro no fue elegido por su educación. Todos ellos tenían algo en común: un corazón dispuesto a obedecer. Dios no busca impresionarse con lo que sabemos, sino con lo que estamos dispuestos a rendir.

La inteligencia, cuando no está sometida a Dios, puede convertirse en orgullo; la habilidad, en autosuficiencia; y el éxito, en olvido del Señor. Por eso Dios permite que el débil sea fuerte y que el pequeño sea grande, para que nadie confíe en sí mismo más que en Él.

Recuerda que Dios no te llama por lo que aparentas, sino por lo que Él ha decidido hacer en ti. 

No te desanimes si otros parecen más capaces: Dios abre puertas que la habilidad no puede abrir.

Si has tenido logros, mantén tu corazón humilde y agradecido.

Camina hoy confiando más en Dios que en tus propias fuerzas.

Dios no siempre escoge a los más inteligentes, pero siempre respalda a los que dependen de Él.

Cuando Él te levanta, no importa cuán pequeño te hayas sentido: Su propósito siempre será mayor.

miércoles, 28 de enero de 2026

TIPOS Y SOMBRAS DEL ARREBATAMIENTO EN LA BIBLIA


 

ESTOY ROBÁNDOLE LA GLORIA A DIOS?

 


“Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria.” (Isaías 42:8)

Dios no comparte su gloria con nadie. No porque sea egoísta, sino porque solo Él es digno. Todo lo que somos, hacemos y logramos proviene de su gracia.

Sin embargo, el corazón humano es engañoso. Aun en el servicio a Dios, existe la tentación de buscar reconocimiento, aplausos y admiración. A veces no se dice con palabras, pero se manifiesta en actitudes: cuando nos molesta no ser reconocidos, cuando disfrutamos más el elogio que la presencia de Dios, o cuando comenzamos a creer que sin nosotros la obra no avanzaría.

El púlpito, el ministerio y el servicio cristiano no son plataformas para la exaltación personal. Son lugares sagrados donde Cristo debe ser el centro.

Juan el Bautista entendió una verdad que todo creyente necesita recordar: “Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe.” (Juan 3:30)

Cuando el “yo” crece, la gloria de Dios se reduce en nuestra vida. Pero cuando Cristo ocupa el primer lugar, todo fluye conforme a su voluntad.

La Biblia nos muestra que Dios toma muy en serio su gloria. Herodes aceptó la adoración del pueblo y no corrigió el error. El resultado fue juicio inmediato (Hechos 12:22-23).

Esto nos recuerda que aceptar la gloria que le pertenece a Dios trae consecuencias espirituales.

Dios honra a los humildes, pero resiste a los soberbios.

Preguntémonos hoy, con sinceridad delante del Señor:

¿A quién quiero agradar: a Dios o a las personas?

¿Cómo reacciono cuando no recibo reconocimiento?

¿Se recuerda más mi nombre o el nombre de Cristo cuando sirvo?

Servir a Dios con un corazón humilde protege nuestra relación con Él y mantiene viva Su presencia en nuestra vida.

Cuando Dios recibe la gloria, el siervo recibe la paz.

LA FAMILIA, DISEÑO ETERNO DE DIOS

  “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24) La familia no nació d...