martes, 1 de septiembre de 2026

¿Debo pedir permiso para pensar?

 


La Biblia enseña que debemos respetar a quienes ejercen autoridad espiritual, pero nunca presenta al liderazgo como infalible ni exige una obediencia ciega. Los mismos apóstoles enseñaron que debemos “examinarlo todo” (1 Tesalonicenses 5:21) y los bereanos fueron reconocidos porque examinaban diariamente las Escrituras para comprobar si lo que Pablo enseñaba era verdad (Hechos 17:11). Pablo incluso confrontó públicamente a Pedro cuando consideró que su conducta no era conforme al evangelio (Gálatas 2:11-14). Esto demuestra que reconocer autoridad no significa renunciar a la conciencia, al discernimiento ni a la capacidad de preguntar. Jesús mismo enseñó: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Por eso resulta contradictorio hablar de libertad en Cristo y, al mismo tiempo, construir estructuras donde un pastor o líder tiene miedo de expresar una opinión, señalar una falla o cuestionar respetuosamente una decisión por temor a perder su posición o su sustento. La autoridad cristiana debe servir a la verdad, no protegerse de ella y por otro lado ella no debería producir hombres que tengan miedo de hablar, sino hombres que tengan la libertad de decir la verdad con amor.

Es importante destacar también que la libertad de expresión no significa libertad para difamar, dividir, insultar o promover falsas doctrinas. El cristiano está llamado a hablar “la verdad en amor” (Efesios 4:15). Ya que una cosa es establecer límites bíblicos sobre lo que se puede enseñar o publicar, y otra muy diferente es crear una cultura donde cualquier cuestionamiento al liderazgo sea considerado deslealtad o rebelión.

Pedro exhorta a los líderes a no enseñorearse de quienes están bajo su cuidado, sino a ser ejemplos del rebaño (1 Pedro 5:2-3). Una iglesia saludable no debería temer las preguntas sinceras; debería temer más bien una cultura donde nadie se atreve a preguntar. El respeto al liderazgo es bíblico, pero el silencio impuesto no lo es. La unidad cristiana tampoco significa pensar todos exactamente igual; significa permanecer unidos en Cristo aun cuando existan diferencias legítimas. Cuando la dependencia económica convierte la conciencia del siervo en rehén de la institución, debemos preguntarnos si todavía estamos sirviendo a Cristo con libertad o si, poco a poco, estamos aprendiendo a callar para conservar nuestro lugar. Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2 Corintios 3:17). Y esa libertad no es licencia para rebelarnos, sino el valor para caminar en la verdad, hablar con amor y mantener una conciencia limpia delante de Dios..

lunes, 31 de agosto de 2026

EL DIEZMO: ¿FIDELIDAD A DIOS O REQUISITO PARA SERVIR?

 


En algunas congregaciones se ha establecido la idea de que todo líder, servidor o ministro debe diezmar regularmente y que, si deja de hacerlo, no debería continuar ejerciendo su función. En algunos casos incluso se llega a retirar del ministerio a una persona por no cumplir con este requisito. Pero debemos preguntarnos con honestidad: ¿es este un criterio establecido por la Biblia o una norma creada por las instituciones religiosas?

La Biblia ciertamente habla del diezmo. En el Antiguo Testamento, Dios estableció el diezmo dentro del sistema religioso de Israel. Levítico 27:30 declara: “Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es”. También encontramos en Malaquías 3:10 el conocido llamado: “Traed todos los diezmos al alfolí”. Por tanto, sería incorrecto afirmar que la Biblia no enseña nada acerca del diezmo.

Sin embargo, debemos tener cuidado de no sacar un texto de su contexto. Israel vivía bajo el pacto mosaico, con un sistema sacerdotal, levítico, sacrificial y nacional que regulaba diferentes aspectos de la vida del pueblo. La pregunta que debemos hacernos es: ¿cómo presenta el Nuevo Testamento la responsabilidad económica de los creyentes después de la obra de Cristo?

Cuando llegamos a las enseñanzas apostólicas encontramos un énfasis muy significativo: la generosidad, la disposición del corazón y la libertad cristiana. Pablo dice en 2 Corintios 9:7: “Cada uno dé como propuso en su corazón; no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”.

Observemos las palabras: “como propuso en su corazón”, “no con tristeza” y “ni por necesidad”. El principio no es simplemente cuánto dinero entrega una persona, sino con qué corazón lo entrega.

Incluso cuando Jesús habló del diezmo, no presentó el dinero como la esencia de la espiritualidad. En Mateo 23:23 reprendió a los religiosos de su época porque eran cuidadosos en diezmar, pero descuidaban “lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe”. Es una advertencia muy seria: podemos ser extremadamente rigurosos con una práctica religiosa y, al mismo tiempo, estar descuidando lo que Dios considera más importante.

Por eso debemos preguntarnos: ¿qué ocurre cuando una iglesia comienza a medir la fidelidad de sus servidores principalmente por sus aportes económicos?

¿DIEZMAR ES UN REQUISITO PARA SERVIR?

Aquí encontramos un punto especialmente importante. Cuando Pablo establece los requisitos para quienes ejercen liderazgo en la iglesia, en 1 Timoteo 3 y Tito 1 menciona cualidades como tener buen testimonio, ser irreprensible, prudente, sobrio, hospedador, apto para enseñar, no ser amante del dinero, gobernar bien su casa y tener buena reputación.

Pero hay algo que llama poderosamente la atención: no encontramos el diezmo entre los requisitos establecidos para obispos, ancianos o diáconos.

Esto no significa que un líder pueda ser irresponsable con sus recursos, avaro o indiferente ante las necesidades de la obra de Dios. Al contrario, la Biblia condena el amor al dinero y llama a los creyentes a ser generosos.

Pero una cosa es enseñar la fidelidad financiera y otra convertir el diezmo en una condición indispensable para tener un ministerio.

Si una persona deja de diezmar, podríamos preguntarle por qué. Tal vez está atravesando dificultades económicas. Tal vez tiene deudas. Tal vez está desempleada. Tal vez está sosteniendo a familiares. Tal vez simplemente tiene dudas sobre la enseñanza del diezmo y necesita estudiar la Biblia.

¿Deberíamos quitarle automáticamente la posibilidad de servir? La Biblia no establece semejante procedimiento.

EL PELIGRO DE CONFUNDIR DINERO CON ESPIRITUALIDAD

Existe además un peligro mucho mayor: que una congregación termine transmitiendo, consciente o inconscientemente, la idea de que el que más da es más espiritual y el que da menos es menos fiel.

Pero Jesús mostró algo diferente.

En Marcos 12:41-44 encontramos a una viuda pobre que echó en el templo dos pequeñas monedas. Desde una perspectiva económica, su aporte era insignificante. Sin embargo, Jesús declaró que aquella mujer había dado más que todos los demás, porque los otros daban de lo que les sobraba, mientras ella daba desde su pobreza.

Esto nos enseña algo fundamental: Dios no mide nuestras ofrendas solamente por la cantidad; mira el corazón.

Por eso, una persona con abundantes recursos puede dar grandes cantidades y no necesariamente ser más espiritual que otra que, con mucho sacrificio, entrega una pequeña cantidad.

El problema aparece cuando los hombres comienzan a hacer mediciones que solamente Dios puede hacer.

¿Y QUÉ PASA CON EL SOSTENIMIENTO DE LA OBRA?

Alguien podría preguntar: “Si no exigimos el diezmo, ¿cómo se sostiene la iglesia?”

La respuesta bíblica no es eliminar la generosidad. Todo lo contrario: la iglesia debe enseñar a sus miembros a dar.

Pablo enseñó a los creyentes a participar económicamente en la obra de Dios. En 1 Corintios 16:2 habló de apartar una cantidad “según haya prosperado”. En 2 Corintios 8 y 9 encontramos una amplia enseñanza sobre la generosidad cristiana.

También encontramos el principio de que quienes trabajan en la obra pueden recibir apoyo de la iglesia (1 Corintios 9:13-14; 1 Timoteo 5:17-18).

Por tanto, el problema no es hablar de dinero. El problema aparece cuando el dinero deja de ser una expresión de gratitud y se convierte en una herramienta de presión, control o exclusión.

Una iglesia puede enseñar a diezmar. Puede animar a sus miembros a ser generosos. Puede explicar Malaquías, Mateo, Hebreos y las enseñanzas apostólicas. Puede tener su propia posición doctrinal respecto al diezmo.

Pero debemos tener mucho cuidado antes de afirmar que “si no diezmas, no puedes servir a Dios”, porque esa afirmación requiere un fundamento bíblico que no encontramos expresamente establecido como requisito ministerial.

SERVIMOS POR GRACIA, NO PORQUE HEMOS PAGADO

Hay algo todavía más profundo. El servicio cristiano nace de la gracia de Dios. Pedro dice:

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.” — 1 Pedro 4:10

El ministerio es una administración de la gracia y de los dones que Dios ha dado. Nadie compra con dinero el derecho a servir a Dios.

Tampoco podemos pensar que porque alguien diezma puntualmente ya está automáticamente capacitado para dirigir, enseñar, pastorear o ejercer autoridad espiritual.

Una persona puede diezmar y carecer de carácter cristiano. Puede dar mucho dinero y vivir en pecado. Puede sostener económicamente una congregación y, sin embargo, no reunir las condiciones espirituales para ejercer liderazgo.

Y también puede suceder lo contrario: un creyente puede estar pasando por una situación económica difícil y, sin embargo, poseer un corazón sincero, un buen testimonio, amor por Dios y capacidades que pueden ser utilizadas para servir. El dinero no sustituye el carácter.

LA IGLESIA DEBE CORREGIR, PERO CON CRITERIO BÍBLICO

Ahora bien, tampoco debemos caer en el extremo contrario.

Si un líder utiliza deliberadamente los recursos de la iglesia para beneficio personal, es deshonesto, ama el dinero, manipula las ofrendas o se niega irresponsablemente a contribuir mientras exige que los demás den, estamos ante un problema serio de carácter.

Pero incluso en ese caso, el problema no sería simplemente “no diezma”, sino la avaricia, la falta de integridad, la hipocresía o el mal testimonio.

Eso sí tiene una importancia directa en los requisitos bíblicos para el liderazgo. Por eso, antes de retirar a alguien de un ministerio, deberíamos preguntarnos:

¿Qué principio bíblico está violando realmente?

¿Es falta de generosidad?

¿Es avaricia?

¿Es deshonestidad?

¿Es mal testimonio?

¿Es rebeldía?

¿Es inmoralidad?

¿Es incapacidad para ejercer el cargo?

¿O simplemente no está cumpliendo una norma financiera establecida por la institución?

No son necesariamente lo mismo.

UNA IGLESIA QUE ENSEÑA A DAR, PERO NO OBLIGA A DAR

La madurez cristiana no consiste en que alguien dé porque teme perder su ministerio. La verdadera madurez consiste en que el creyente pueda decir:

“Señor, todo lo que tengo procede de ti. Quiero honrarte con mis bienes y ayudar a tu obra y a quienes tienen necesidad, no porque alguien me está vigilando, sino porque te amo.”

La generosidad que nace del temor puede producir dinero. Pero la generosidad que nace del amor produce adoración.

Por eso Pablo no dice: “Cada uno dé para conservar su cargo”.

Dice: “Cada uno dé como propuso en su corazón... porque Dios ama al dador alegre.”

CONCLUSIÓN

El diezmo es un tema que merece ser estudiado seriamente en toda la Biblia. No debemos despreciarlo ni convertirlo en un asunto irrelevante. Pero tampoco debemos utilizarlo como una medida absoluta de espiritualidad ni como una condición que la Biblia no establece para que una persona pueda servir.

La iglesia está llamada a enseñar fidelidad, generosidad, responsabilidad y mayordomía. Los líderes deben dar ejemplo y administrar correctamente los recursos. Pero el valor de un servidor no se determina por cuánto dinero entrega, sino por su carácter, su fidelidad a Cristo, su testimonio y la manera en que utiliza los dones que Dios le ha dado.

Porque al final, Dios no necesita nuestro dinero para ser Dios; nosotros necesitamos aprender a administrar lo que Él puso en nuestras manos.

Y quizá la pregunta más importante no sea:

“¿Cuánto estás dando?” Sino: “¿Qué lugar ocupa Dios en tu corazón?”

Porque donde está nuestro tesoro, allí también estará nuestro corazón. — Mateo 6:21


domingo, 30 de agosto de 2026

LA VEJEZ NO ES EL FINAL DEL PROPÓSITO

 


Cuando llegamos a cierta etapa de la vida, podemos comenzar a sentir que ya no somos tan necesarios como antes. Las oportunidades laborales disminuyen, algunas puertas parecen cerrarse y quizá hasta las personas dejan de buscarnos como lo hacían en otros tiempos. Entonces pueden aparecer pensamientos como: “Ya estoy viejo”, “ya no tengo mucho que ofrecer”, “mis mejores años quedaron atrás” o “quizá me queda poco tiempo”. Es fácil dejarse llevar por pensamientos negativos cuando miramos nuestras limitaciones en lugar de mirar a Dios. Sin embargo, la Biblia nunca presenta la vejez como el final de una vida útil ni como la cancelación del propósito de Dios.

El Salmo 92:14 declara: “Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes”. ¡Qué hermosa promesa! Dios no dice que en la vejez tendremos las mismas fuerzas de la juventud, sino que todavía podemos fructificar. Quizá ya no podamos hacer todo lo que hacíamos antes, pero podemos hacer otras cosas que solamente la experiencia, los años y las pruebas nos han enseñado. Podemos aconsejar, enseñar, orar, escribir, evangelizar, animar a otros, compartir nuestra experiencia y transmitir la fe a las nuevas generaciones. Nuestra productividad puede cambiar de forma, pero no tiene por qué desaparecer.

También debemos reconocer que la vejez puede traer temores. Podemos preocuparnos por la salud, por el futuro económico, por la soledad o incluso pensar: “¿Cuánto tiempo me quedará?”. Pero nuestra vida no está finalmente determinada por nuestras circunstancias ni por nuestros temores. Nuestros tiempos están en las manos de Dios. Como dice el Salmo 31:15: “En tu mano están mis tiempos”. Por eso, en lugar de vivir anticipando el final, debemos aprender a agradecer por el día que Dios nos concede y preguntarnos: “Señor, ¿qué puedo hacer hoy con la vida que todavía me has dado?”

No permitamos que la edad nos robe las ganas de servir. No necesitamos demostrar que todavía somos jóvenes; necesitamos demostrar que todavía somos fieles. Tal vez nuestras fuerzas sean menores, pero nuestra experiencia es mayor. Tal vez algunas puertas se hayan cerrado, pero todavía existen otras que Dios puede abrir. Y aunque los hombres ya no reconozcan nuestro trabajo como antes, Dios no se olvida de quienes le sirven.

Pablo, acercándose al final de su vida, pudo decir: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7). Qué hermoso sería que, cualquiera que sea nuestra edad, podamos llegar al final diciendo lo mismo. No se trata de vivir sin errores ni de pretender que somos fuertes todo el tiempo. Se trata de reconocer nuestras debilidades, pedir perdón cuando fallamos, buscar la gracia de Dios y seguir caminando con Él.

Por eso, si eres una persona mayor, no te rindas. Quizá el mundo te considere menos productivo, pero Dios todavía puede utilizar tu vida. Mientras tengas aliento, todavía puedes ser de bendición para alguien. Sigue orando. Sigue aprendiendo. Sigue enseñando. Sigue escribiendo. Sigue sirviendo. Sigue creyendo. La vejez puede ser una etapa de cosecha, no una etapa de abandono.

Y cuando aparezcan pensamientos negativos, recuerda: no sabemos cuánto tiempo nos queda, pero sabemos quién tiene nuestros tiempos en sus manos. No desperdiciemos el presente preocupándonos excesivamente por el futuro. Agradezcamos a Dios por el día de hoy, pidamos su gracia para mañana y sigamos adelante.

Porque la edad puede cambiar nuestras fuerzas, pero no puede cancelar el propósito de Dios. Mientras Dios nos permita vivir, todavía hay algo que podemos hacer para su gloria.

“Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes.” — Salmo 92:14

viernes, 28 de agosto de 2026

¿POR QUÉ EL MUNDO SE HA VUELTO MÁS CRUEL?

 


La maldad parece no tener freno. Cada día escuchamos noticias de violencia, asesinatos, corrupción, abusos, guerras y una creciente indiferencia frente al sufrimiento de los demás. Ante esta realidad, muchos analistas se preguntan: ¿Qué hicimos mal? ¿Falló la educación? ¿Falló el sistema? ¿Hemos perdido los valores? Sin duda, existen problemas en la educación, en las instituciones y en la sociedad, y la pérdida de principios morales tiene consecuencias; pero la Biblia nos lleva mucho más profundo. Jesús dijo que «del corazón salen los malos pensamientos» (Mateo 15:19), señalando que el problema fundamental de la humanidad no está solamente en las estructuras externas, sino en el corazón del ser humano. Desde la entrada del pecado, el hombre ha experimentado una progresiva corrupción moral y espiritual. Pablo describe una humanidad que, al apartarse de Dios, termina entregándose a pensamientos reprobables y a conductas cada vez más alejadas de su voluntad (Romanos 1:21-32). Por eso, podemos mejorar leyes, fortalecer instituciones y educar mejor, pero ninguna transformación social será suficiente si el corazón permanece dominado por el pecado. La Biblia también advierte que en los últimos tiempos habrá hombres «amadores de sí mismos», sin dominio propio, crueles y alejados de la verdadera piedad (2 Timoteo 3:1-5). Esto debería llevarnos no solamente a preguntarnos qué está fallando en nuestra sociedad, sino también qué está ocurriendo en el corazón humano. El mundo necesita justicia, educación y mejores instituciones, pero por encima de todo necesita volver a Dios. Solo el evangelio puede producir una transformación profunda del corazón, porque donde el ser humano ve solamente un problema social, Dios ve una humanidad que necesita reconciliarse con su Creador. La respuesta definitiva a la maldad no está en una nueva ideología ni en un sistema humano perfecto, sino en Jesucristo, quien transforma vidas y llama al hombre al arrepentimiento, a la fe y a una vida nueva.


📖 Esta reflexión también nos lleva a considerar el peligro de la apostasía y el progresivo alejamiento de la verdad bíblica. Sobre este tema he desarrollado mi libro LA GRAN APOSTASÍA, una invitación a reflexionar sobre los tiempos que vivimos y la necesidad de permanecer firmes en la fe.

lunes, 24 de agosto de 2026

LOS POLÍTICOS NECESITAN A DIOS

 


La política tiene una enorme influencia sobre la vida de una sociedad, porque quienes gobiernan toman decisiones que pueden afectar la justicia, la economía, la seguridad y el bienestar de millones de personas. Sin embargo, los políticos también son seres humanos que necesitan a Dios, aunque algunos no quieran reconocerlo. La Biblia enseña que «el temor del Señor es el principio de la sabiduría» (Proverbios 9:10), y que quienes ejercen autoridad necesitan actuar con justicia, integridad y responsabilidad delante de Él. Un gobernante puede tener preparación, experiencia, poder y recursos, pero si carece de principios y de temor de Dios, puede utilizar su posición para beneficio propio y causar daño a quienes debe servir. Por eso, la iglesia no solamente debe orar por quienes gobiernan, como enseña 1 Timoteo 2:1-2, sino también recordar que toda autoridad humana es temporal y que, por encima de cualquier gobierno, existe un Dios ante quien todos tendremos que rendir cuentas. Los políticos necesitan a Dios porque necesitan sabiduría para gobernar, humildad para reconocer sus límites, integridad para no corromperse y un corazón dispuesto a buscar el bien de aquellos a quienes representan.

domingo, 16 de agosto de 2026

CUANDO EL SERVICIO DEJA DE SER PARA DIOS



Servir a Dios es uno de los mayores privilegios que puede recibir un creyente, pero también es una responsabilidad que debe ejercerse con un corazón sincero y desinteresado. Lamentablemente, en ocasiones el servicio cristiano puede convertirse en una búsqueda de reconocimiento, posición, influencia o prestigio. Algunos comienzan sirviendo con humildad, pero poco a poco pueden sentirse atraídos por los aplausos, los cargos, la fama o la posibilidad de tener mayor autoridad sobre otros. Cuando esto sucede, existe el peligro de que dejemos de servir a Dios para comenzar a servir nuestros propios intereses. Jesús nos enseñó que en el Reino de Dios los valores son diferentes a los del mundo: «El que quiera ser grande entre ustedes deberá ser su servidor» (Marcos 10:43). La grandeza delante de Dios no se mide por cuántas personas nos conocen, cuánto poder tenemos o qué posición ocupamos, sino por nuestra disposición para servir con humildad y fidelidad.

El problema no solamente está en buscar reconocimiento; también puede aparecer cuando sentimos celos o envidia porque otro recibe más atención que nosotros. Podemos alegrarnos cuando Dios utiliza a otra persona, pero también podemos comenzar a preguntarnos: «¿Por qué él tiene esa oportunidad y yo no?», «¿Por qué lo escuchan más a él?», «¿Por qué su ministerio crece y el mío no?». Esa actitud revela que nuestro corazón puede estar comparando nuestro servicio con el de los demás. La Biblia nos recuerda que cada creyente ha recibido dones diferentes y que todos somos parte del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:4-7, 12-27). No todos tendremos el mismo ministerio, la misma visibilidad ni los mismos resultados, pero todos podemos ser fieles en aquello que Dios nos ha encomendado. El siervo verdadero no necesita competir con otro siervo, porque comprende que ambos pertenecen al mismo Señor.

También debemos cuidarnos de las quejas. Servir a Dios no significa que nunca experimentaremos cansancio, dificultades o momentos de frustración. Los propios siervos de Dios experimentaron momentos de debilidad. Sin embargo, una cosa es reconocer nuestro cansancio delante del Señor y otra muy diferente es convertir el servicio en una fuente permanente de quejas, resentimiento y amargura. Pablo exhorta a los creyentes: «Háganlo todo sin quejas ni contiendas» (Filipenses 2:14). El espíritu con el que hacemos las cosas es tan importante como aquello que hacemos. Podemos realizar una actividad aparentemente correcta y, sin embargo, hacerlo con un corazón equivocado. Dios no solamente observa nuestras obras; también conoce las motivaciones con las que las realizamos.

Existe además un peligro muy sutil: pensar que el ministerio es un camino hacia la fama. Vivimos en una época en la que las redes sociales pueden convertir rápidamente a una persona en una figura pública. El número de seguidores, reproducciones, comentarios, invitaciones y reconocimientos puede llegar a confundirse con la aprobación de Dios. Pero popularidad y fidelidad no son necesariamente lo mismo. Un ministerio puede ser muy conocido y, sin embargo, estar espiritualmente vacío; mientras que un servicio aparentemente pequeño puede tener un enorme valor delante de Dios. Jesús condenó precisamente la práctica religiosa realizada para ser vista por los hombres (Mateo 6:1-6). La pregunta que debemos hacernos no es «¿Cuántas personas me están viendo?», sino «¿Estoy sirviendo para que Cristo sea visto?».

El verdadero servidor comprende que la gloria pertenece a Dios. Juan el Bautista expresó una actitud que todo ministro debería conservar: «A él le toca crecer, y a mí menguar» (Juan 3:30). Juan tenía seguidores, reconocimiento y una misión extraordinaria, pero cuando apareció Jesús no intentó competir con Él ni conservar para sí el protagonismo. Entendió que su propósito era preparar el camino para Cristo. Esta debe ser también nuestra actitud. El ministerio no existe para construir nuestro propio nombre, sino para exaltar el nombre de Jesucristo. Cuando comenzamos a preocuparnos más por nuestra reputación que por la gloria de Dios, debemos detenernos y examinar nuestro corazón.

Pedro también ofrece una enseñanza fundamental para quienes tienen responsabilidades espirituales. Exhorta a los líderes a cuidar del pueblo de Dios «no por obligación, sino de buena gana, como Dios quiere; no por ambición de dinero, sino con afán de servir» (1 Pedro 5:2). Aquí encontramos un principio extraordinario: Dios no solamente está interesado en que sirvamos, sino en cómo servimos. Podemos hacer la obra correcta con una motivación incorrecta. Podemos predicar, enseñar, dirigir, cantar, evangelizar o pastorear, pero hacerlo buscando beneficios personales. El servicio cristiano pierde su verdadero sentido cuando se convierte en una plataforma para satisfacer el ego.

Por eso debemos preguntarnos constantemente cuáles son nuestras motivaciones. ¿Servimos porque amamos a Cristo o porque queremos que otros reconozcan nuestro trabajo? ¿Nos alegramos cuando otro hermano es usado por Dios o sentimos celos? ¿Podemos servir aunque nadie nos felicite? ¿Estamos dispuestos a realizar tareas que no producen reconocimiento? ¿Seguimos sirviendo cuando los resultados son pequeños? Estas preguntas pueden revelar mucho acerca de nuestro corazón.

Jesús mismo constituye nuestro mayor ejemplo. Él, siendo Señor y Maestro, tomó la posición de un siervo y lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:1-17). Aquella escena destruye cualquier concepto de liderazgo basado exclusivamente en poder, superioridad o prestigio. El Hijo de Dios no consideró indigno servir a otros. Si nuestro Señor estuvo dispuesto a humillarse de esa manera, ¿cómo podemos nosotros considerar demasiado pequeño algún servicio realizado para Él?

Servir sin condiciones significa estar dispuestos a obedecer aunque no recibamos reconocimiento, aunque otros no comprendan nuestro esfuerzo y aunque algunas veces nuestro trabajo parezca invisible. Dios ve lo que los hombres no ven. Hebreos 6:10 declara que Dios no es injusto para olvidar el trabajo y el amor demostrado en su nombre. Quizá nadie conozca nuestras lágrimas, nuestras oraciones, nuestros sacrificios o las horas que hemos dedicado al servicio; pero Dios sí las conoce. Por eso no necesitamos vivir buscando constantemente la aprobación de las personas.

El verdadero siervo también aprende a aceptar que puede haber temporadas diferentes en su ministerio. Algunas veces Dios nos permitirá tener mayor visibilidad y otras veces nos llevará a lugares donde nadie nos conoce. Algunas etapas estarán llenas de oportunidades y otras parecerán silenciosas. Pero nuestra fidelidad no debe depender de la cantidad de personas que nos siguen. El valor de nuestro servicio no está determinado por su popularidad, sino por nuestra obediencia a Dios.

Pablo exhortó a los creyentes a hacer todo «de corazón, como para el Señor y no como para los hombres» (Colosenses 3:23). Esta perspectiva transforma completamente nuestra manera de servir. Cuando servimos para los hombres, necesitamos constantemente su aprobación; cuando servimos para el Señor, podemos permanecer fieles incluso cuando nadie nos aplaude. El reconocimiento humano es temporal y cambiante, pero la recompensa de Dios es eterna.

Por eso, debemos pedir al Señor que examine nuestras motivaciones y purifique nuestro corazón. Que podamos servir sin celos cuando otros son reconocidos, sin envidia cuando otros prosperan, sin quejas cuando el trabajo se vuelve difícil y sin condiciones cuando no recibimos lo que esperábamos. Que podamos servir con ánimo pronto, con alegría, humildad y fidelidad. Al final, no seremos evaluados por cuánto brillo tuvimos delante de los hombres, sino por nuestra fidelidad delante de Dios. El verdadero servicio cristiano no busca construir una plataforma para nosotros mismos, sino levantar una plataforma para que Cristo sea conocido, amado y glorificado. Porque cuando el propósito del servicio deja de ser Cristo y comienza a ser nuestro propio nombre, aquello que parecía ministerio puede terminar convirtiéndose en una búsqueda de gloria personal. Pero cuando servimos con un corazón humilde y sincero, aun la tarea más pequeña puede convertirse en una ofrenda agradable delante del Señor.

jueves, 6 de agosto de 2026

¿POR QUÉ MUCHAS PERSONAS NO QUIEREN IR A LA IGLESIA?



En muchas partes del mundo se escucha la misma frase: "Creo en Dios, pero no quiero ir a la iglesia". Detrás de estas palabras suele haber historias de desilusión, heridas y malas experiencias. Algunos fueron rechazados cuando más necesitaban apoyo; otros vieron divisiones, conflictos o escándalos entre quienes se llamaban cristianos. También están quienes esperaban encontrar amor, humildad y compasión, pero en su lugar percibieron críticas, hipocresía o indiferencia. Sin duda, existen personas que simplemente no desean comprometerse con Dios y utilizan cualquier excusa para justificar su decisión. Sin embargo, también hay quienes se alejaron porque el testimonio que encontraron no correspondía con el evangelio que escuchaban predicar.

La Biblia nos recuerda que el problema nunca ha sido el poder de Dios. Jesucristo sigue transformando vidas, restaurando familias y salvando pecadores. El evangelio conserva el mismo poder que tenía en el primer siglo. El problema aparece cuando quienes representan a Cristo dejan de reflejar su carácter. Jesús dijo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:35). Cuando ese amor desaparece y es reemplazado por el orgullo, las rivalidades o la falta de misericordia, el testimonio de la iglesia se debilita y muchos observadores llegan a conclusiones equivocadas sobre el cristianismo.

Una ilustración puede ayudarnos a comprender esta realidad. Imaginemos a un médico extraordinario que descubre el tratamiento perfecto para una enfermedad mortal. El problema no está en el medicamento, sino en que algunos de sus asistentes lo administran de manera incorrecta o tratan mal a los pacientes. Sería injusto rechazar el tratamiento por culpa de quienes no lo aplicaron como debían. De la misma manera, el evangelio de Cristo sigue siendo perfecto, aunque quienes lo anuncian sean personas imperfectas que, en ocasiones, fallan gravemente.

Otra ilustración es la de un faro en medio de la noche. La función del faro es guiar a los navegantes hacia un lugar seguro. Pero si el cristal está cubierto de suciedad o la luz pierde intensidad, los barcos tendrán más dificultad para orientarse. La luz no ha perdido su capacidad de iluminar; simplemente necesita volver a brillar con claridad. Así también la iglesia está llamada a reflejar la luz de Cristo. Cuando su testimonio es coherente con el evangelio, muchas personas encuentran esperanza; cuando no lo es, algunos tropiezan y se desaniman.

Esto no significa que debamos abandonar la iglesia por las faltas de algunos creyentes. En la Biblia encontramos que incluso entre los doce discípulos hubo un traidor, Pedro negó al Señor y las iglesias del Nuevo Testamento enfrentaron conflictos, divisiones y problemas doctrinales. Aun así, los apóstoles nunca enseñaron que la solución fuera apartarse del cuerpo de Cristo, sino llamar al arrepentimiento, corregir el error y perseverar en la comunión de los creyentes. La iglesia no es un museo de personas perfectas, sino un hospital donde Dios restaura a pecadores que están siendo transformados por su gracia.

Por ello, antes de preguntarnos por qué muchas personas no quieren asistir a la iglesia, quizá debamos hacernos otra pregunta: ¿Qué clase de iglesia estamos mostrando al mundo? Si quienes nos observan encuentran amor, integridad, humildad, servicio y fidelidad a la Palabra de Dios, estaremos reflejando el carácter de Cristo. Pero si encuentran una vida que contradice el mensaje que proclamamos, difícilmente creerán que el evangelio tiene poder para cambiar al ser humano.

La respuesta no consiste en cambiar el mensaje del evangelio para hacerlo más atractivo, sino en vivirlo con autenticidad. El mundo necesita iglesias donde Cristo sea exaltado, la verdad sea anunciada con amor y las personas encuentren una comunidad que refleje la gracia de Dios. Solo así podremos ser, como dijo Jesús, la luz del mundo y la sal de la tierra. Cuando la iglesia vive conforme al evangelio que predica, su testimonio se convierte en una de las evidencias más poderosas de que Jesucristo sigue transformando vidas hoy.

miércoles, 5 de agosto de 2026

¿HACIA DÓNDE SE DIRIGE EL CRISTIANISMO EN EL MUNDO?

 


El cristianismo continúa siendo la religión con mayor número de seguidores en el mundo, con aproximadamente 2.300 millones de personas. Sin embargo, las estadísticas más recientes muestran una tendencia que merece nuestra atención. Un amplio estudio del Pew Research Center, basado en miles de censos y encuestas de 201 países, revela que entre 2010 y 2020 el número de cristianos aumentó en unos 122 millones de personas; no obstante, ese crecimiento fue menor que el de la población mundial. Como consecuencia, la proporción de cristianos descendió del 31 % al 28,8 % de la población global. Mientras tanto, el islam fue la religión que más creció en términos absolutos y relativos, impulsado principalmente por una población más joven y mayores tasas de natalidad. Al mismo tiempo, aumentó el número de personas sin afiliación religiosa, en parte porque muchos, especialmente en Occidente, dejaron de identificarse como cristianos. Además, el centro geográfico del cristianismo ha cambiado: África subsahariana ya alberga más cristianos que Europa, reflejando un crecimiento vigoroso de la iglesia en esa región. (Pew Research Center)

Estos datos no significan que el evangelio haya perdido su poder ni que la iglesia de Cristo esté destinada a desaparecer. El mismo Señor prometió: «Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18). Sin embargo, sí constituyen un llamado a la reflexión. En muchas naciones se observa un alejamiento de la fe cristiana, una disminución del compromiso con las Escrituras y una creciente aceptación de ideas contrarias a la enseñanza bíblica. Desde la perspectiva de la profecía bíblica, esto no debería sorprendernos, pues la Palabra de Dios anuncia que antes del regreso de Cristo habría un tiempo de apostasía, engaño espiritual y proliferación de falsas doctrinas (2 Tesalonicenses 2:3; 1 Timoteo 4:1; Mateo 24:10-12). Las estadísticas describen una realidad demográfica; la Biblia nos ayuda a discernir su dimensión espiritual.

Por ello, más que alarmarnos por las cifras o entrar en competencia con otras religiones, la respuesta de la iglesia debe ser renovar su fidelidad a Cristo. El desafío de nuestro tiempo no es solo que existan otras creencias con un crecimiento demográfico importante, sino que muchos que alguna vez confesaron la fe han dejado de perseverar en ella. Esto nos llama a fortalecer el discipulado, predicar con fidelidad la sana doctrina y vivir un cristianismo auténtico que refleje el carácter de Cristo. La historia demuestra que Dios sigue obrando aun en medio de los tiempos difíciles; por eso, el creyente no debe vivir con temor, sino con esperanza, permaneciendo firme en la verdad y anunciando el evangelio hasta que el Señor vuelva.

lunes, 3 de agosto de 2026

CAER NO SIGNIFICA HABER FRACASADO

 


La vida cristiana es un camino de fe, crecimiento y transformación, no un estado de perfección alcanzado desde el primer día. Cuando Dios nos llama a seguir a Cristo, no ignora nuestras debilidades, nuestras luchas ni nuestras limitaciones. Él conoce mejor que nadie nuestra naturaleza y sabe que, mientras vivamos en este mundo, enfrentaremos tentaciones, fracasos y momentos de desánimo. Sin embargo, el Señor nunca nos invita a rendirnos, sino a perseverar. La Biblia está llena de ejemplos de hombres y mujeres que fallaron, pero encontraron en la gracia de Dios una nueva oportunidad. David cayó gravemente, pero se arrepintió y fue restaurado. Pedro negó al Señor, pero fue perdonado y llegó a ser uno de los principales líderes de la iglesia. Estos testimonios nos enseñan que una caída no tiene por qué marcar el final de nuestra vida espiritual cuando existe un arrepentimiento sincero y una disposición a volver a Dios.

Uno de los mayores peligros para el creyente es creer que, después de fallar, ya no hay esperanza. El enemigo procura sembrar culpa, vergüenza y desánimo para alejarnos del Señor, haciéndonos pensar que ya no somos dignos de acercarnos a Él. Pero el evangelio nos recuerda que nuestra salvación y nuestra permanencia en la fe descansan en la gracia de Dios y no en nuestros propios méritos. Esto no significa que el pecado sea algo sin importancia, sino que Dios ofrece perdón, restauración y fortaleza a quienes se acercan a Él con humildad. Su propósito no es dejarnos donde estamos, sino continuar la obra que comenzó en nosotros, moldeando nuestro carácter para que cada día reflejemos más a Cristo.

Por eso, nunca debemos rendirnos en la vida cristiana. Cada tropiezo debe impulsarnos a depender más del Señor, a buscar su presencia con mayor intensidad y a permitir que el Espíritu Santo transforme aquellas áreas que aún necesitan ser perfeccionadas. Dios no abandona a quienes le buscan con un corazón sincero; Él sostiene al cansado, fortalece al débil y levanta al que ha caído. La verdadera victoria no consiste en no cometer nunca errores, sino en permanecer fieles, levantándonos una y otra vez por la gracia de Dios. Quien persevera en la fe, confiando en el poder y la misericordia del Señor, descubrirá que Dios es fiel para completar la buena obra que comenzó en su vida y conducirlo con seguridad hasta el día de Cristo Jesús.

 

domingo, 2 de agosto de 2026

EL PELIGRO DE CREAR UN DIOS A NUESTRO GUSTO

 


A lo largo de la historia, muchas personas han afirmado creer en Dios, pero la verdadera pregunta no es simplemente si creemos en Él, sino en qué Dios creemos. La Biblia revela al único Dios verdadero, quien se ha dado a conocer por medio de las Escrituras y, de manera suprema, en la persona de Jesucristo. Sin embargo, existe la tendencia humana a moldear la imagen de Dios según las propias preferencias. Algunos lo llaman Jehová, Jesús, el Dios de Israel o el Todopoderoso, utilizan un lenguaje bíblico e incluso reconocen parte de la verdad, pero rechazan aquellas enseñanzas que confrontan su manera de vivir. Así terminan creyendo en un dios adaptado a sus gustos, uno que aprueba lo que ellos desean y que no exige arrepentimiento, santidad ni obediencia.

Esta actitud no es nueva. En el Antiguo Testamento, Israel cayó repetidamente en la idolatría, no solo adorando dioses paganos, sino también deformando la adoración al Dios verdadero según sus propios criterios. En el Nuevo Testamento, Jesús reprendió a quienes lo honraban de labios mientras su corazón estaba lejos de Él. Además, afirmó que no todo el que le dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de su Padre. Estas enseñanzas muestran que una fe meramente intelectual o una profesión verbal no son suficientes; la verdadera fe se expresa en una vida de obediencia y de sumisión a la voluntad de Dios.

Creer en Dios "a mi manera" suele significar aceptar únicamente aquello que resulta cómodo y rechazar lo que exige renuncia, transformación o compromiso. Pero el Dios de la Biblia no puede ser redefinido por las opiniones humanas. Él permanece inmutable, y su verdad no cambia con las modas ni con la cultura. No somos nosotros quienes establecemos cómo debe ser Dios; es Él quien, por medio de su Palabra, revela quién es y cómo desea que vivamos. El llamado del evangelio no consiste en adaptar a Dios a nuestra vida, sino en rendir nuestra vida a Dios.

Por eso, todo creyente debe examinar constantemente si su fe está fundamentada en las Escrituras o en una imagen de Dios construida según sus propios deseos. La fe genuina no solo reconoce la existencia de Dios, sino que se somete a su autoridad, ama su verdad y procura obedecer su voluntad. Solo cuando dejamos que la Palabra de Dios transforme nuestra mente y nuestro corazón conocemos realmente al Señor tal como Él se ha revelado y experimentamos la vida abundante que ha prometido a quienes le siguen con fidelidad.

jueves, 30 de julio de 2026

EL SILENCIO DE LOS LÍDERES ESPIRITUALES

 


A lo largo de la historia, muchos siervos de Dios han enfrentado un difícil dilema: guardar silencio para evitar conflictos o hablar con fidelidad a la verdad, aun cuando ello implique enfrentar oposición, críticas o sanciones. En nuestros días, no son pocos los líderes religiosos que desean expresar con libertad sus convicciones bíblicas, escribir sobre temas sensibles o señalar aquello que consideran contrario a las Escrituras. Sin embargo, el temor a perder un cargo, ser disciplinados, rechazados por su institución o incomprendidos por sus propios compañeros puede llevarlos a callar. La pregunta es inevitable: ¿debe un creyente guardar silencio cuando está en juego la verdad de Dios?

La Biblia presenta numerosos ejemplos de hombres que decidieron obedecer a Dios antes que a los hombres. Los profetas del Antiguo Testamento denunciaron el pecado del pueblo y de sus gobernantes, aun sabiendo que serían perseguidos. Juan el Bautista reprendió a Herodes por su conducta inmoral y pagó con su vida esa fidelidad. Los apóstoles, cuando las autoridades les prohibieron predicar en el nombre de Jesús, respondieron: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29). Estos ejemplos muestran que la fidelidad a Dios debe ocupar el primer lugar, aunque el costo personal sea elevado.

Sin embargo, la Biblia también enseña que la verdad debe proclamarse con sabiduría, humildad y amor. No toda confrontación honra a Dios, ni toda opinión personal tiene la misma autoridad que la Palabra de Dios. El creyente debe distinguir entre defender una preferencia personal y defender una verdad claramente revelada en las Escrituras. Cuando hablamos, nuestras palabras deben buscar la gloria de Dios, la edificación de la iglesia y el bien de quienes nos escuchan, evitando la arrogancia, el espíritu contencioso o el deseo de protagonismo.

Por ello, si un líder cristiano siente que Dios lo llama a defender una verdad bíblica, no debería dejarse gobernar únicamente por el temor a las consecuencias. Al mismo tiempo, debe examinar cuidadosamente sus motivaciones, asegurarse de que lo que enseña está firmemente fundamentado en las Escrituras y actuar con respeto, prudencia y amor. La iglesia necesita hombres y mujeres con convicciones firmes, que no acomoden el mensaje para agradar a las personas, pero que tampoco hablen movidos por el orgullo. La fidelidad a Cristo siempre será más importante que la aprobación humana, porque al final será delante del Señor, y no de los hombres, donde cada uno dará cuenta de su ministerio y de la manera en que administró la verdad que le fue confiada.

martes, 28 de julio de 2026

FALSOS PROFETAS: LA ADVERTENCIA QUE SIGUE VIGENTE

 


Uno de los peligros más constantes a lo largo de la historia del pueblo de Dios ha sido la presencia de falsos profetas. En el Antiguo Testamento, estos hombres afirmaban hablar en nombre del Señor, pero en realidad transmitían mensajes nacidos de su propia imaginación o inspirados por el engaño. Prometían paz cuando el pueblo vivía en rebeldía, minimizaban el pecado, rechazaban el llamado al arrepentimiento y, en muchos casos, conducían a Israel hacia la idolatría y la desobediencia. Profetas como Jeremías, Ezequiel y Miqueas denunciaron con firmeza a estos falsos mensajeros, porque su influencia alejaba al pueblo de la verdadera adoración y lo llevaba al juicio de Dios.

Esta realidad no terminó con el Antiguo Testamento. Jesús advirtió que surgirían falsos profetas que engañarían a muchos, y los apóstoles también alertaron sobre falsos maestros que introducirían doctrinas destructivas dentro de la misma comunidad cristiana. Al igual que en tiempos antiguos, muchos de ellos utilizan un lenguaje bíblico, hablan de Dios y de Jesucristo, pero alteran el mensaje del evangelio para acomodarlo a los deseos del hombre o para obtener poder, prestigio o beneficios personales. En lugar de llamar al arrepentimiento, a la santidad y a la fidelidad a Cristo, presentan un mensaje centrado en el éxito, las emociones o las experiencias, dejando de lado las verdades fundamentales de las Escrituras.

Por esta razón, el creyente no debe aceptar cualquier enseñanza sin examinarla. La Biblia nos llama a probar los espíritus, a comparar toda doctrina con la Palabra de Dios y a desarrollar discernimiento espiritual. La verdad no depende del carisma del predicador, del tamaño de su ministerio ni de su popularidad, sino de su fidelidad a las Escrituras. Así como Dios levantó profetas fieles para confrontar el error en el Antiguo Testamento, hoy sigue llamando a su iglesia a permanecer firme en la sana doctrina. En tiempos de confusión espiritual, nuestra mayor seguridad no está en seguir a un líder humano, sino en permanecer unidos a Jesucristo y a la verdad revelada en su Palabra, porque solo ella puede preservar nuestro corazón del engaño y conducirnos por el camino de la vida eterna.

Si deseas profundizar en este tema y comprender cómo la Biblia describe el avance del engaño espiritual, los falsos maestros y la apostasía en los últimos tiempos, te invito a leer mi libro LA GRAN APOSTASÍA. Encontrarás un estudio bíblico fundamentado en las Escrituras que te ayudará a fortalecer tu discernimiento y a permanecer firme en la verdad de la Palabra de Dios.

domingo, 26 de julio de 2026

LOS FALSOS CRISTOS: EL ENGAÑO DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS

 


Cuando Jesús advirtió que surgirían falsos cristos, no estaba hablando únicamente de personas que afirmarían ser el Mesías de manera abierta, sino también de engañadores que buscarían ocupar el lugar que solo le corresponde a Cristo, desviando a las personas de la verdad del evangelio. En su discurso sobre los últimos tiempos, el Señor advirtió que aparecerían falsos cristos y falsos profetas capaces de realizar grandes señales y prodigios para engañar, si fuera posible, aun a los escogidos. Su objetivo no sería acercar a las personas a Cristo, sino atraerlas hacia sí mismos o hacia un mensaje diferente al revelado en las Escrituras.


Estos engañadores no suelen presentarse como enemigos de la fe, sino que muchas veces surgen desde el mismo ámbito religioso. Conocen el lenguaje cristiano, citan la Biblia y pueden tener una apariencia de piedad, pero interpretan las Escrituras de manera torcida para respaldar sus propias ideas, obtener poder, fama o beneficios personales. El apóstol Pablo también advirtió que vendría un tiempo en el que muchos no soportarían la sana doctrina y preferirían escuchar mensajes que satisfagan sus propios deseos. Por eso, el mayor peligro no siempre proviene de quienes atacan abiertamente el cristianismo, sino de aquellos que conservan una apariencia de verdad mientras alteran el mensaje del evangelio.


Frente a esta realidad, la Biblia llama a los creyentes a desarrollar discernimiento espiritual. No basta con escuchar un mensaje que mencione el nombre de Jesús; es necesario examinar si ese mensaje está en armonía con el conjunto de las Escrituras y exalta verdaderamente a Cristo. El verdadero evangelio conduce al arrepentimiento, a la santidad, a la obediencia y a la gloria de Dios, mientras que el falso evangelio suele centrarse en el hombre, sus deseos o sus intereses. La mejor protección contra el engaño es permanecer firmes en la Palabra de Dios, cultivar una relación íntima con el Señor y permitir que el Espíritu Santo nos guíe a toda verdad. En tiempos de creciente confusión espiritual, la fidelidad a Cristo y a su Palabra será la diferencia entre quienes permanecen en la verdad y quienes son arrastrados por el error.


Este tema lo desarrollo ampliamente en mi libro LA GRAN APOSTASIA. Si deseas más información del mismo, escríbeme.