sábado, 10 de octubre de 2026

CUANDO EL EGO SE APODERA DEL LIDERAZGO

 


Todos tenemos que luchar, en mayor o menor medida, contra nuestro ego. Ese deseo de ser reconocidos, admirados, escuchados y considerados importantes forma parte de las luchas del corazón humano. Sin embargo, esta lucha puede volverse especialmente peligrosa cuando una persona alcanza una posición de autoridad, porque el poder, el reconocimiento y la influencia pueden alimentar la idea de que merece un trato especial o de que está por encima de los demás. Lo que comenzó como un deseo legítimo de servir puede transformarse, poco a poco, en una necesidad de controlar, imponer la propia voluntad y recibir reconocimiento constante. El problema no está necesariamente en tener autoridad, sino en lo que permitimos que esa autoridad produzca dentro de nosotros.

¿Qué lleva a una persona que ha alcanzado una posición elevada a dejarse dominar por su ego? En muchos casos, el éxito puede hacerle olvidar sus limitaciones, mientras que los elogios de quienes la rodean pueden debilitar su capacidad de reconocer sus propios errores. Cuando una persona se acostumbra a que todos la obedezcan, la feliciten y aprueben sus decisiones, puede comenzar a interpretar cualquier desacuerdo como una ofensa y cualquier corrección como una amenaza. Poco a poco deja de escuchar, se vuelve intolerante con las opiniones diferentes y comienza a creer que su posición le concede derechos que los demás no tienen. Así, la autoridad deja de ser una responsabilidad y se convierte en un instrumento para alimentar el orgullo.

La Biblia nos advierte claramente sobre este peligro. Proverbios 16:18 declara: «Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu». La soberbia puede crecer silenciosamente hasta hacer que una persona pierda la perspectiva de quién es y olvide que toda capacidad, oportunidad o posición de influencia conlleva una responsabilidad. El rey Uzías, por ejemplo, comenzó bien, pero cuando se hizo fuerte, su corazón se enalteció y actuó con infidelidad delante de Dios (2 Crónicas 26:16). Su historia nos recuerda que los logros no garantizan humildad y que una trayectoria positiva no inmuniza a nadie contra el orgullo. Precisamente cuando más alto llegamos, más necesitamos vigilar nuestro corazón.

Este peligro es particularmente serio en el liderazgo cristiano. Un pastor, un maestro, un dirigente o cualquier persona que ejerce autoridad espiritual debería recordar que no ha sido llamado a construir un trono para sí mismo, sino a servir al pueblo de Dios. Sin embargo, cuando el ego domina el corazón del líder, puede comenzar a utilizar su posición para exigir obediencia incuestionable, silenciar las críticas, manipular las conciencias o hacer sentir culpables a quienes no comparten sus decisiones. Puede llegar a pensar que cuestionarlo equivale a cuestionar a Dios, como si su autoridad humana fuera infalible. En ese punto, el liderazgo espiritual corre el riesgo de convertirse en abuso de poder, y el nombre de Dios puede ser utilizado para justificar actitudes que contradicen el carácter de Cristo.

Jesús estableció un principio que debería gobernar todo liderazgo cristiano: «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:26). El Señor no negó que existieran responsabilidades o diferencias de función entre sus discípulos; les enseñó que la grandeza en el Reino de Dios no se mide por la capacidad de dominar a otros, sino por la disposición de servirlos. Cristo mismo, siendo el Señor, lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:3-15). ¡Qué contraste con quienes necesitan recordar constantemente a los demás su cargo, su título o su autoridad! Quien ha comprendido el corazón de Cristo no necesita humillar para demostrar que dirige, ni manipular para conseguir obediencia, ni despreciar a otros para sentirse superior.

El apóstol Pedro también advirtió a los ancianos de la iglesia que pastorearan el rebaño de Dios, no como quienes se enseñorean de aquellos que les habían sido confiados, sino siendo ejemplos para la congregación (1 Pedro 5:2-3). La autoridad espiritual, por tanto, no es una licencia para imponer caprichos personales ni un privilegio que coloca al líder fuera del alcance de toda corrección. Es una responsabilidad que debe ejercerse con humildad, integridad, amor y temor de Dios. Un líder maduro no es aquel que nunca se equivoca, sino aquel que puede reconocer sus errores, escuchar una observación sincera y corregir su conducta sin sentirse amenazado en su posición.

También debemos comprender que el ego no siempre se manifiesta mediante actitudes abiertamente arrogantes. A veces se esconde detrás de una aparente espiritualidad. Puede manifestarse en la necesidad de recibir elogios por cada servicio, en la competencia por ocupar los primeros lugares, en el resentimiento cuando otra persona recibe reconocimiento o en la tendencia a apropiarse de los logros de los demás. Incluso puede llevar a un líder a rodearse únicamente de personas que lo aplauden, evitando a quienes podrían ayudarlo a reconocer sus errores. Cuando esto sucede, la persona ya no busca solamente hacer la voluntad de Dios; también busca proteger su imagen, preservar su influencia y alimentar su propia importancia.

Por eso, todos necesitamos examinarnos delante del Señor. No basta con señalar el orgullo de otros mientras ignoramos el nuestro. Podemos preguntarnos: ¿cómo reacciono cuando alguien me corrige? ¿Me alegro cuando otra persona recibe reconocimiento? ¿Puedo escuchar una opinión diferente sin sentir que mi autoridad está siendo atacada? ¿Estoy dispuesto a servir cuando nadie me ve ni me agradece? ¿Utilizo mi posición para levantar a otros o necesito que los demás me hagan sentir superior? Estas preguntas pueden resultar incómodas, pero son necesarias, porque el ego rara vez se reconoce a sí mismo con facilidad.

La solución bíblica no consiste en fingir humildad ni en menospreciarnos, sino en aprender a vivir conscientes de nuestra dependencia de Dios y de nuestra responsabilidad hacia los demás. Filipenses 2:3 nos exhorta a no hacer nada por egoísmo o vanagloria, sino a considerar humildemente a los demás. Esto no significa renunciar a nuestras convicciones, abandonar toda autoridad o permitir cualquier conducta dañina; significa ejercer nuestras responsabilidades sin convertirlas en instrumentos de exaltación personal. La verdadera humildad puede tomar decisiones firmes, corregir errores y poner límites, pero no necesita humillar, manipular ni buscar venganza.

En el ámbito eclesial, además, la humildad debe ir acompañada de rendición de cuentas. Un líder no debería considerarse intocable ni interpretar toda pregunta como una rebelión espiritual. La iglesia necesita autoridades responsables, pero también relaciones sanas, transparencia y mecanismos apropiados para abordar las faltas. La espiritualidad auténtica no protege el abuso para conservar una reputación; procura la verdad, la justicia, la restauración cuando es posible y la protección de quienes pueden resultar afectados.

Al final, el ego nos invita a preguntar cuánto reconocimiento merecemos, mientras que Cristo nos enseña a preguntarnos cuánto estamos dispuestos a servir. El ego quiere ocupar el centro; el amor procura el bien del prójimo. El ego se resiste a la corrección; la sabiduría aprende de ella. El ego utiliza la autoridad para elevarse; el liderazgo cristiano la utiliza para edificar. Nadie está completamente libre de esta lucha, y por eso nadie debería dejar de vigilar su corazón. Cuanto mayor sea nuestra influencia, mayor debe ser nuestra responsabilidad de caminar en humildad. Porque el propósito de Dios no es que levantemos nuestro propio nombre por encima de los demás, sino que nuestra vida y nuestro servicio reflejen el carácter de Jesucristo, quien nos enseñó que la verdadera grandeza no consiste en ser servido, sino en servir.

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