viernes, 9 de octubre de 2026

El celo ministerial: cuando servir a Dios se convierte en una competencia



Uno de los problemas que afectan a la iglesia, aunque no siempre se reconoce abiertamente, es el celo ministerial. Se manifiesta cuando un pastor, predicador o líder observa el crecimiento, los dones, la influencia o el reconocimiento que recibe otro siervo de Dios y, en lugar de alegrarse, experimenta incomodidad, rivalidad o envidia. Lo preocupante es que estas actitudes pueden esconderse detrás de un lenguaje espiritual, de aparentes preocupaciones por la obra de Dios o de argumentos que parecen defender la sana doctrina. Sin embargo, no todo celo es malo. Existe un celo legítimo por la verdad, la santidad y la fidelidad al Señor; el problema comienza cuando el servicio cristiano deja de ser una expresión de amor a Dios y se convierte en una búsqueda de reconocimiento personal.

¿Quién promueve este celo dentro de la iglesia? En ocasiones, son los propios líderes quienes lo alimentan, consciente o inconscientemente, mediante comparaciones, favoritismos, competencia entre ministerios o luchas por conservar una posición. En otras circunstancias, nace del corazón humano, cuando el orgullo, la inseguridad y la ambición personal ocupan el lugar de la humildad. Un ministro puede comenzar sirviendo con sinceridad y, con el tiempo, llegar a preocuparse más por su reputación que por la salud espiritual de las personas que tiene a su cargo. Entonces, el crecimiento de otro ministerio deja de ser motivo de alegría y se convierte en una amenaza. Se comienza a medir el éxito por la cantidad de asistentes, la popularidad del predicador, las invitaciones recibidas o la influencia que se ejerce sobre los demás. De esta manera, lo que debería ser colaboración se transforma en competencia.

La Biblia nos muestra que esta dificultad no es nueva. En Marcos 9:33-35 encontramos a los discípulos discutiendo acerca de quién era el mayor. Aunque caminaban junto a Jesús, todavía necesitaban comprender que los criterios del reino de Dios son diferentes de los criterios humanos. Jesús les enseñó que quien quisiera ser el primero debía hacerse el último y servidor de todos. Esta enseñanza confronta directamente la mentalidad de quienes desean ocupar lugares de importancia, pero no siempre están dispuestos a asumir las responsabilidades, los sacrificios y la humildad que implica servir. En el reino de Dios, la grandeza no se mide por cuántas personas nos reconocen, sino por nuestra disposición a servir con fidelidad.

Santiago también aborda este problema con palabras contundentes: «Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa» (Santiago 3:16). El apóstol no presenta los celos y la ambición personal como simples defectos de carácter sin consecuencias, sino como actitudes capaces de generar desorden y daño. Cuando estas pasiones gobiernan las relaciones ministeriales, aparecen las sospechas, las críticas destructivas, los comentarios malintencionados y los intentos de desacreditar a quienes son considerados competidores. Algunos pueden llegar incluso a obstaculizar las iniciativas de otros o a cuestionar sus motivaciones sin contar con fundamentos suficientes. El resultado es una iglesia en la que los siervos dejan de apoyarse mutuamente y comienzan a desgastarse en conflictos que desvían su atención de la misión que Dios les ha encomendado.

El apóstol Pablo también tuvo que enfrentar situaciones en las que Cristo era anunciado por algunos con motivaciones equivocadas. En Filipenses 1:15-18 menciona a quienes predicaban por envidia y contienda, movidos por intereses personales. Pablo se alegraba de que Cristo fuera anunciado, pero su actitud no significa que aprobara las intenciones incorrectas de aquellos predicadores. El pasaje nos recuerda que una actividad religiosa puede producir resultados visibles y, aun así, estar acompañada de motivaciones que necesitan ser confrontadas. No basta con preguntarnos si estamos haciendo algo para la obra de Dios; también debemos examinar por qué lo hacemos y qué hay realmente en nuestro corazón.

Frente a esta realidad, el ejemplo de Juan el Bautista resulta particularmente significativo. Cuando sus discípulos le manifestaron su preocupación porque Jesús estaba atrayendo a más personas, Juan respondió: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Juan 3:30). Qué diferente habría sido su reacción si hubiese considerado a Jesús un competidor. Juan comprendió que su misión no consistía en conservar la atención de las multitudes, sino en cumplir fielmente el propósito para el cual había sido enviado. Su actitud nos confronta con una pregunta necesaria: ¿nos alegra que Cristo sea exaltado a través de otros, incluso cuando nosotros no recibimos el reconocimiento? Quien comprende verdaderamente su lugar en la obra de Dios no necesita disminuir a otro para sentirse importante.

Pablo desarrolla una enseñanza semejante en 1 Corintios 3:5-7, cuando recuerda que los ministros son servidores por medio de los cuales las personas llegan a creer, pero que es Dios quien da el crecimiento. Esta verdad debería librarnos de la arrogancia y de la competencia. Ningún pastor es dueño de la iglesia, ningún predicador es propietario de los dones que ha recibido y ningún ministerio puede atribuirse la gloria que pertenece al Señor. Somos instrumentos, no protagonistas absolutos. Dios puede utilizar a personas con diferentes capacidades, estilos y oportunidades para cumplir sus propósitos. Por eso, el crecimiento de un hermano no tiene por qué representar una pérdida para nosotros. En lugar de preguntarnos quién tiene más seguidores o quién recibe mayores invitaciones, deberíamos preguntarnos si estamos siendo fieles a la responsabilidad que Dios ha puesto en nuestras manos.

Las consecuencias del celo ministerial no se limitan a los líderes. La congregación también sufre. Cuando los creyentes perciben rivalidades, divisiones y luchas de poder entre quienes deberían dar ejemplo de unidad, su confianza puede debilitarse y su crecimiento espiritual verse afectado. Algunos terminan tomando partido por uno u otro líder, mientras otros se alejan decepcionados al comprobar que quienes predican el amor no siempre saben practicarlo en sus propias relaciones. En lugar de concentrar sus esfuerzos en evangelizar, discipular, restaurar vidas y atender las necesidades de las personas, los ministros pueden terminar consumiendo sus energías en defender posiciones y responder a rivalidades. Así, la iglesia corre el riesgo de conservar una apariencia de actividad espiritual mientras descuida aspectos esenciales de su testimonio cristiano.

Esto no significa que todo desacuerdo ministerial sea producto de la envidia ni que debamos aceptar sin discernimiento todo lo que haga otro líder. La Biblia también nos llama a defender la verdad, corregir el error y ejercer el discernimiento espiritual. La diferencia está en que una corrección bíblica debe fundamentarse en la verdad, buscar la restauración y procurar el bien de la iglesia, mientras que la rivalidad busca imponerse, desacreditar o desplazar al otro. Por eso, antes de cuestionar a un hermano, es necesario examinar los hechos, nuestras motivaciones y la manera en que abordamos el problema. No podemos llamar celo por la verdad a lo que en realidad podría ser orgullo herido o una lucha por conservar nuestra influencia.

Vencer el celo ministerial requiere humildad, madurez y una evaluación sincera del corazón. Debemos aprender a reconocer los dones de otros, alegrarnos por sus frutos y trabajar unidos cuando compartimos una misma misión. También necesitamos abandonar las comparaciones innecesarias y recordar que nuestra fidelidad no se mide por la posición que ocupamos, sino por nuestra obediencia al Señor. El cuerpo de Cristo tiene muchos miembros y cada uno cumple una función diferente (1 Corintios 12:20-26). No todos predican, dirigen o sirven de la misma manera, pero todos pueden contribuir a la edificación de la iglesia. Cuando comprendemos esta verdad, dejamos de mirar al hermano como un rival y comenzamos a verlo como un colaborador en la obra de Dios.

En definitiva, el celo ministerial carnal constituye una contradicción espiritual: personas que afirman servir al mismo Señor terminan compitiendo por la atención, la influencia y el reconocimiento que deberían estar subordinados a la gloria de Cristo. La pregunta que cada pastor, predicador y líder necesita hacerse no es cuánto reconocimiento recibe en comparación con los demás, sino si su servicio está ayudando a que Cristo sea conocido y la iglesia sea edificada. Porque, si verdaderamente buscamos la gloria de Dios, no tendremos que sentirnos amenazados cuando él utilice a otros. El problema no es que nuestro hermano crezca, sino que nuestro corazón no sea capaz de alegrarse por su crecimiento. Y quizá la pregunta más profunda que debamos responder delante del Señor sea esta: ¿estamos defendiendo la obra de Dios o estamos defendiendo nuestro lugar dentro de ella?

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