lunes, 2 de noviembre de 2026

EL MINISTERIO NO ES UN NEGOCIO



SERVIR A DIOS NO ES SERVIR AL DINERO

¿Qué puede motivar el corazón de una persona que afirma haber sido llamada por Dios para servirle? Esta es una pregunta necesaria, especialmente en tiempos en los que algunos parecen haber convertido el ministerio cristiano en una oportunidad para alcanzar prosperidad económica, reconocimiento y riqueza personal. Es legítimo que quien dedica su vida al servicio del Señor reciba el sustento necesario para vivir. La misma Escritura enseña que «el trabajador merece que se le pague su salario» (1 Timoteo 5:18, NVI). Pablo también defendió el derecho de quienes anuncian el evangelio a recibir apoyo material. Sin embargo, una cosa es recibir dignamente el sustento por el trabajo ministerial y otra muy distinta es convertir la obra de Dios en un instrumento de enriquecimiento personal. El problema no está en recibir una remuneración, sino en hacer del dinero la motivación principal del servicio.

Jesús fue muy claro cuando habló del asalariado que, al no ser el pastor verdadero, abandona las ovejas cuando ve venir al lobo (Juan 10:12-13). El contraste no se refiere simplemente a recibir un salario, sino a la falta de amor, compromiso y responsabilidad hacia el rebaño. El verdadero pastor no ve a las ovejas como una fuente de ganancias, sino como personas que Dios ha puesto bajo su cuidado. De igual manera, el apóstol Pedro exhortó a los ancianos de la iglesia a pastorear el rebaño de Dios «no por ambición de dinero, sino con afán de servir» (1 Pedro 5:2, NVI). Esta instrucción no deja espacio para utilizar la fe de las personas como un medio para satisfacer ambiciones económicas. El ministerio es una responsabilidad espiritual, no una plataforma para explotar la necesidad, la generosidad o la vulnerabilidad de los creyentes.

La Palabra de Dios también advierte que el amor al dinero puede convertirse en una raíz de muchos males (1 Timoteo 6:10). Cuando el deseo de enriquecerse domina el corazón, el mensaje puede terminar acomodándose a los intereses del predicador; las necesidades de la congregación pasan a un segundo plano y las ofrendas dejan de ser una expresión voluntaria de adoración para convertirse en instrumentos de presión y manipulación. Es especialmente preocupante cuando se prometen milagros, prosperidad o bendiciones a cambio de determinadas cantidades de dinero, como si la gracia de Dios pudiera comprarse. El ejemplo de Simón el mago, quien quiso adquirir con dinero el poder de Dios, nos recuerda la gravedad de pretender utilizar lo espiritual para obtener beneficios personales (Hechos 8:18-23).

Esto no significa que todo pastor que recibe un salario esté actuando incorrectamente, ni que tener recursos económicos sea en sí mismo una señal de corrupción. La Biblia reconoce el derecho al sustento de quienes trabajan en la obra del Señor. Pero también exige integridad, transparencia, generosidad y ausencia de codicia. El ministro debe administrar los recursos con responsabilidad, evitando cualquier apariencia de aprovechamiento y recordando que un día dará cuentas delante de Dios. Pablo pudo afirmar que no había codiciado la plata, el oro ni los bienes de nadie (Hechos 20:33-35), dejando un ejemplo de servicio desinteresado que sigue siendo necesario para la iglesia de hoy.

Por eso, quienes afirmamos haber sido llamados por Dios debemos examinar constantemente nuestras motivaciones. ¿Servimos porque amamos a Cristo y a las personas, o porque esperamos obtener ventajas económicas, prestigio y reconocimiento? ¿Nos duele el estado espiritual de las ovejas o nos preocupa más cuánto podemos obtener de ellas? Son preguntas incómodas, pero necesarias. El llamado ministerial exige humildad, sacrificio, fidelidad y una disposición sincera para servir, incluso cuando no hay aplausos ni grandes recompensas materiales. Jesús dijo: «Nadie puede servir a dos señores» (Mateo 6:24). El dinero puede ser un recurso necesario para sostener la obra, pero jamás debe convertirse en el señor del corazón del ministro.

Servir a Dios es un privilegio y una responsabilidad, no una oportunidad para enriquecerse a costa de la fe de otros. Quien ha sido llamado para pastorear debe recordar que las ovejas pertenecen al Señor, el evangelio no está en venta y la recompensa más grande del servicio fiel no se mide por la riqueza acumulada, sino por la aprobación de Aquel a quien servimos.

No hay comentarios: