Cada año, cuando llega Halloween, vemos por las calles a numerosos niños acompañados por sus padres, disfrazados de personajes terroríficos y repitiendo la conocida expresión “trick or treat” (dulce o travesura). Para muchos, se trata simplemente de una diversión infantil, una oportunidad para compartir dulces y pasar un momento agradable en familia. Sin embargo, detrás de esta práctica aparentemente inofensiva existe una simbología relacionada con la muerte, el ocultismo y las tinieblas que no debería pasar inadvertida. El problema no consiste solamente en los disfraces o los dulces, sino en la progresiva normalización de elementos que representan aquello que la Palabra de Dios nos llama a rechazar. Cuando una sociedad convierte en entretenimiento lo que antes reconocía como oscuro o peligroso, corre el riesgo de perder sensibilidad espiritual y de trivializar realidades que merecen ser tomadas con seriedad.
La Biblia nos advierte claramente: «No participen en las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denúncienlas» (Efesios 5:11, NVI). También nos exhorta a examinarlo todo y retener lo bueno (1 Tesalonicenses 5:21). Como cristianos, no debemos dejarnos llevar por la corriente cultural sin preguntarnos qué estamos celebrando, qué valores estamos transmitiendo a nuestros hijos y qué influencia pueden ejercer estas prácticas en su formación. No se trata de vivir con miedo, condenar a quienes participan por desconocimiento ni afirmar que todo niño disfrazado está involucrado en el ocultismo. Se trata de ejercer discernimiento y comprender que no todo lo que parece divertido es espiritualmente saludable. Los padres tienen la responsabilidad de orientar a sus hijos y enseñarles a distinguir entre lo que agrada a Dios y aquello que contradice sus principios.
El mayor peligro aparece cuando las personas se acostumbran a convivir con símbolos y mensajes que desplazan poco a poco la sensibilidad hacia las cosas de Dios. El enemigo no siempre presenta el mal de una manera abiertamente amenazante; muchas veces lo disfraza de entretenimiento, moda o tradición, hasta conseguir que deje de producir preocupación. Por eso, la iglesia necesita levantar una voz de orientación, no desde el sensacionalismo ni el temor, sino desde la verdad de las Escrituras. Nuestra responsabilidad no es simplemente rechazar una celebración, sino enseñar a las nuevas generaciones a amar lo bueno, apartarse de las tinieblas y vivir de una manera que honre a Cristo. No todo lo que la sociedad considera inofensivo conviene a quienes hemos sido llamados a vivir en la luz.

No hay comentarios:
Publicar un comentario