Cuando leemos el libro de los Hechos encontramos una expresión que aparece varias veces y que describe una característica importante del ministerio de los primeros discípulos: “señales y prodigios”. Hechos 2:43 dice: “Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles”. Más adelante, Hechos 5:12 declara: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo”. Estas expresiones nos muestran que la expansión de la iglesia primitiva estuvo acompañada por manifestaciones extraordinarias del poder de Dios. Los apóstoles no solamente anunciaban el evangelio con palabras; Dios también confirmaba su mensaje mediante obras sobrenaturales.
Pero ¿qué debemos entender realmente por “señales y prodigios”? Una señal es algo que apunta hacia otra realidad. Cuando vemos una señal de tránsito que indica una dirección, nuestra atención no debe quedarse en la señal misma, sino dirigirse hacia aquello que ella indica. De manera semejante, los milagros realizados en el ministerio apostólico no tenían como finalidad principal llamar la atención sobre los apóstoles, sino señalar hacia Jesucristo. El milagro era una evidencia visible de una realidad espiritual mucho más grande: Cristo había resucitado, era Señor y continuaba obrando por medio de su Espíritu Santo.
Los prodigios, por otro lado, eran acontecimientos extraordinarios que causaban asombro en quienes los presenciaban. Una persona enferma que era sanada, alguien que había nacido con una discapacidad y comenzaba a caminar, una liberación sobrenatural o una intervención extraordinaria de Dios provocaban admiración y temor reverente. Sin embargo, el propósito de ese asombro no era producir solamente una reacción emocional. Dios utilizaba esas manifestaciones para abrir el corazón de las personas al mensaje del evangelio. El milagro podía llamar la atención, pero la atención debía conducir a la verdad; la maravilla podía producir asombro, pero el asombro debía conducir a la fe.
Un ejemplo muy claro lo encontramos en Hechos capítulo 3. Pedro y Juan encontraron a un hombre que había sido cojo desde su nacimiento y que era llevado diariamente a la puerta del templo para pedir limosna. Cuando aquel hombre pidió dinero, Pedro le respondió: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. El hombre fue sanado inmediatamente. Sus pies y tobillos recibieron fuerza, comenzó a caminar, saltar y alabar a Dios. La gente quedó maravillada y corrió hacia Pedro y Juan. Podría parecer que aquel era el momento perfecto para que Pedro recibiera reconocimiento y admiración. Sin embargo, Pedro hizo exactamente lo contrario. Preguntó: “¿Por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?”. Pedro rechazó cualquier atribución de gloria personal y dirigió la mirada de la multitud hacia Jesús.
Aquí encontramos una enseñanza fundamental. El verdadero milagro bíblico no termina en el milagro; el milagro debe conducir a Cristo. Pedro aprovechó aquella oportunidad para predicar a Jesús, hablar de su muerte, de su resurrección y del poder de su nombre. La sanidad del hombre fue extraordinaria, pero el propósito final era mucho más profundo: que las personas reconocieran quién era Jesús y se arrepintieran de sus pecados.
Esto nos ayuda también a comprender por qué la Biblia utiliza la palabra “señal”. Una señal tiene valor precisamente porque dirige nuestra atención hacia algo más importante que ella misma. Si una persona se queda contemplando una señal y nunca sigue la dirección que indica, ha entendido mal su propósito. De la misma manera, cuando las manifestaciones sobrenaturales se convierten en el centro de nuestra atención y dejamos de mirar a Cristo, hemos perdido el sentido bíblico de las señales.
La iglesia primitiva experimentó el poder de Dios de una manera extraordinaria. Hechos 4:33 dice que “con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús”. Observemos la relación: había poder, pero ese poder estaba al servicio del testimonio de Cristo. Las señales no sustituían la predicación; acompañaban la predicación. Los milagros no reemplazaban la Palabra; confirmaban el mensaje que los apóstoles anunciaban. El centro seguía siendo Jesucristo.
Esto también nos lleva a una reflexión necesaria para la iglesia contemporánea. Vivimos en una época en la que muchas personas sienten una gran fascinación por lo espectacular. Las redes sociales han aumentado todavía más esa tendencia. Lo llamativo obtiene atención, lo extraordinario genera visualizaciones y aquello que provoca emociones fuertes suele difundirse rápidamente. Incluso dentro del ámbito cristiano existe el peligro de valorar más la manifestación que el mensaje, más el espectáculo que la verdad, más al instrumento que al Dios que utiliza al instrumento.
La Biblia, sin embargo, nos enseña a mantener el orden correcto. El centro no debe ser el hombre, sino Cristo. No debemos buscar señales para alimentar nuestro ego, aumentar nuestra popularidad o demostrar que somos superiores espiritualmente. El poder de Dios jamás fue entregado para convertir a sus siervos en celebridades religiosas. Cuando Dios utiliza a una persona, esa persona debe disminuir para que Cristo sea exaltado.
Juan el Bautista expresó este principio de manera extraordinaria cuando dijo acerca de Jesús: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). Ese debería ser también el espíritu de todo ministerio cristiano. Si Dios nos usa para predicar, debemos procurar que las personas recuerden a Cristo y no a nosotros. Si Dios utiliza nuestras palabras para consolar, debemos llevar a las personas hacia Cristo. Si Dios responde una oración, debemos darle la gloria a Él. Y si Dios realiza un milagro, debemos reconocer que nosotros somos instrumentos y que la gloria pertenece exclusivamente al Señor.
También debemos recordar que los apóstoles no realizaban señales y prodigios por iniciativa propia ni porque poseyeran un poder independiente de Dios. El poder estaba en Cristo. Pedro no dijo al hombre: “Por mi autoridad personal, levántate”. Dijo: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. El nombre representa la autoridad y la persona de Cristo. Los apóstoles eran instrumentos; Jesucristo era el verdadero Señor de la obra.
Por eso, cuando hablamos de señales y prodigios, debemos evitar dos extremos. El primero es negar que Dios pueda actuar sobrenaturalmente. El Dios que encontramos en las Escrituras es un Dios poderoso, capaz de intervenir en la vida humana y realizar obras que están más allá de nuestras posibilidades. El segundo extremo es convertir la búsqueda de milagros en el centro de la vida cristiana. Nuestra fe no debe depender de estar viendo constantemente manifestaciones extraordinarias. Nuestra confianza está en Dios y en su Palabra, tanto cuando vemos un milagro como cuando atravesamos una circunstancia en la que el milagro que esperábamos no ocurre.
Los apóstoles entendieron que el mayor milagro no era simplemente que un enfermo recuperara la salud física, sino que un pecador fuera reconciliado con Dios por medio de Jesucristo. Una persona puede recibir sanidad física y algún día volver a enfermar y morir; pero quien recibe la salvación en Cristo recibe una esperanza eterna. Por eso, aunque las señales eran importantes en el ministerio apostólico, el mensaje central siempre fue Cristo crucificado y resucitado.
Cuando vemos entonces que “por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios”, debemos maravillarnos, pero también debemos preguntarnos: ¿hacia quién apuntaban esas señales? Apuntaban hacia Jesús. ¿Quién recibía la gloria? Dios. ¿Cuál era el propósito? Confirmar el testimonio apostólico, llamar la atención de las personas y conducirlas hacia el evangelio.
La verdadera pregunta para nosotros hoy no debería ser solamente: “¿Dónde están las señales y los prodigios?”, sino también: “Cuando Dios manifiesta su poder, ¿hacia quién estamos dirigiendo la mirada de las personas?” Porque una iglesia puede hablar mucho de milagros y, sin embargo, colocar al hombre en el centro. Puede hablar mucho de poder y poco de arrepentimiento. Puede exaltar las experiencias y dejar en segundo plano la Palabra. Pero el modelo de Hechos es diferente: el poder de Dios acompañaba la proclamación del evangelio y las señales conducían a Cristo.
Las señales son importantes, pero Cristo es infinitamente más importante que las señales. Los prodigios pueden causar asombro, pero Jesús debe producir transformación. Un milagro puede hacer que una persona levante sus ojos al cielo por un momento, pero el evangelio busca que esa persona entregue toda su vida al Señor. Por eso, cuando Dios nos permita ver su poder, no nos quedemos contemplando solamente la obra; levantemos nuestros ojos hacia el Obrador. No adoremos la señal; adoremos al Dios que está detrás de ella. No exaltemos al instrumento; glorifiquemos al Señor. Y sobre todo, recordemos que las verdaderas señales de Dios siempre deben llevarnos a Cristo, porque Él es el centro, el mensaje y la razón de nuestra fe.

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