El verdadero llamado al servicio no nace de una institución religiosa, de una denominación ni del reconocimiento de los hombres; nace de Dios. Las instituciones pueden capacitar, acompañar, ordenar y reconocer públicamente a quienes sirven, pero ninguna institución puede fabricar un llamado que Dios no ha puesto en el corazón. En las Escrituras vemos que Dios llamó a personas muy diferentes y en circunstancias diversas: llamó a Abraham para salir de su tierra, a Moisés para liberar a Israel, a Samuel desde su juventud, a los profetas para anunciar su Palabra y a los apóstoles para seguir a Cristo. El llamado siempre tuvo su origen en Dios.
Por eso, cuando Dios llama, nuestra respuesta debe ser de obediencia y no de conveniencia. No servimos al Señor solamente cuando recibimos un cargo, un título, una posición o el reconocimiento de una organización; le servimos porque hemos entendido que Él nos ha llamado. Puede haber momentos en los que nadie reconozca nuestro trabajo, pero eso no significa que Dios no lo vea. «No nos cansemos, pues, de hacer bien» (Gálatas 6:9). El verdadero servidor no necesita vivir buscando la aprobación de los hombres, porque sabe para quién está trabajando.
También debemos entender que el llamado de Dios viene acompañado de una convicción que va creciendo en nuestro corazón. Esto no significa que nunca tendremos dudas, temores o dificultades, pero sí que Dios puede darnos la seguridad necesaria para caminar en aquello que Él nos ha encomendado. Cuando tenemos la certeza de que Dios nos está guiando, podemos avanzar en paz, sin necesidad de forzar puertas ni buscar desesperadamente la aprobación de otros. «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tesalonicenses 5:24). Si Dios llama, también es capaz de sostener, preparar, abrir caminos y proveer lo necesario para cumplir aquello que ha puesto en nuestras manos.
Por eso, no debemos confundir el llamado con el cargo, ni la posición con el propósito, ni el reconocimiento humano con la aprobación de Dios. Una denominación puede abrir una puerta, pero Dios es quien llama; una institución puede otorgar un título, pero Dios es quien da una misión; los hombres pueden reconocer nuestro servicio, pero es Dios quien finalmente conoce nuestro corazón. Si Él nos ha llamado, caminemos con humildad, obediencia y paz, confiando en que Aquel que comenzó la obra también será fiel para llevarla adelante.

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