Nadie es perfecto, tú tampoco. Tenemos errores de carácter,
de conducta, tenemos fallas en nuestras relaciones interpersonales. Seguramente
que hay gente que no te cae bien, tienes que soportarlos en el trabajo, en la
universidad, puede que sean vecinos que te hacen la vida imposible. Bueno, en
realidad me he dado cuenta que hasta en la iglesia no toda la gente nos cae
bien, y probablemente no le caemos bien a todos. Sin embargo, cuando todo esto
pueda sucederte, no significa que debas resentirte u odiarlos. Recuerda que en
Cristo tenemos que procurar estar bien con todos, y tratar de llevar “la fiesta
en paz”, porque nuestro Señor nos enseña a amar a todos. Dice la biblia: “Si
alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que
no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha
visto?” (1 Jn. 4:20). O sea según la biblia no tengo licencia para resentirme
contra nadie. Al único que debo odiar y con todo mi corazón es al diablo, sobre
éste descarga toda tu ira, pero al fin de cuentas tampoco te ocupes mucho de
él, porque ya está condenado. Pero lo que puede ser aún más complicado es que
en donde generalmente libramos nuestras grandes luchas de carácter y fe, pues
es en el hogar. Algunos tienen como enemigo acérrimo a su esposa o esposo.
Conozco parejas que se pelean por años, el amor parece que se extinguió del
corazón y todos los días descargan su artillería de insultos, maltratos,
golpes, humillaciones haciendo que se desestabilice el hogar y los paganos de
toda esta tragedia sean los niños. Un hogar donde Dios no existe es un campo de
batalla sangriento. Y claro debe ser terrible ver esto también en un hogar que
se dice ser “cristiano”. A aquellos que claudicaron de su fe, y negaron a su
Salvador, no puede venirles cosa peor que el daño moral y espiritual que se
infligen los cónyuges sin darse tregua y en donde los hijos pueden convertirse
en el pertrecho humano que salvaguarda el orgullo y el egoísmo de los padres.
Es verdad, no somos perfectos, pero podemos ser perfectibles en las manos de
Dios, si permites que Cristo entre en tu vida. El Señor no sólo desea
restaurarte a ti y a tu cónyuge, quiere sanar las heridas del alma que esto
produjo también en tus hijos. Pablo y Silas le dijeron al carcelero de Filipos:
“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hch. 16:31). Y es
cierto porque esa noche este hombre y su familia creyeron en Jesús y lo
aceptaron como Señor y Salvador y fueron salvos. Muchos dicen que esto no es
una promesa, claro que no lo es, pero si Cristo pudo salvar el hogar del
carcelero, ¿no podrá hacer lo mismo con tu hogar si creyeras en Él? Pienso que
sí, y la práctica ha demostrado que cuando uno se convierte a Cristo de corazón
puede hacer que su familia también lo haga. ¿Por qué ser parte de las centenas
de divorcios que cada año registra nuestro país al no tomar en cuenta a Dios? Si
te amas a ti mismo, a tu esposa y a tus hijos, entonces busca la solución a la
tragedia de tu hogar en Cristo, déjale a Él, que sea parte de tu vida y de tu
familia. Jesús dijo: “ He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi
voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3:20).
Sí, prueba a Cristo, sólo Él puede convertir tu noche tormentosa en una
apacible y serena, sólo Cristo puede convertir tu tristeza en alegría, puede
enjugar las lágrimas de tus ojos y dibujar una sonrisa en tu rostro. Él, puede
cambiar tu noche en día, pero debes dejar que entre en tu corazón. Si vives
cargado, preocupado, hastiado, angustiado, atormentado, desalentado porque la
mañana soleada de tu hogar se convirtió en un día gris y triste, pues es hora
de decirle a Jesús que se haga cargo de todo. Haz caso a su invitación: “Venid
a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt.
11:28).

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