martes, 19 de mayo de 2015

PUEDES SER SALVO TÚ Y TU CASA



Nadie es perfecto, tú tampoco. Tenemos errores de carácter, de conducta, tenemos fallas en nuestras relaciones interpersonales. Seguramente que hay gente que no te cae bien, tienes que soportarlos en el trabajo, en la universidad, puede que sean vecinos que te hacen la vida imposible. Bueno, en realidad me he dado cuenta que hasta en la iglesia no toda la gente nos cae bien, y probablemente no le caemos bien a todos. Sin embargo, cuando todo esto pueda sucederte, no significa que debas resentirte u odiarlos. Recuerda que en Cristo tenemos que procurar estar bien con todos, y tratar de llevar “la fiesta en paz”, porque nuestro Señor nos enseña a amar a todos. Dice la biblia: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Jn. 4:20). O sea según la biblia no tengo licencia para resentirme contra nadie. Al único que debo odiar y con todo mi corazón es al diablo, sobre éste descarga toda tu ira, pero al fin de cuentas tampoco te ocupes mucho de él, porque ya está condenado. Pero lo que puede ser aún más complicado es que en donde generalmente libramos nuestras grandes luchas de carácter y fe, pues es en el hogar. Algunos tienen como enemigo acérrimo a su esposa o esposo. Conozco parejas que se pelean por años, el amor parece que se extinguió del corazón y todos los días descargan su artillería de insultos, maltratos, golpes, humillaciones haciendo que se desestabilice el hogar y los paganos de toda esta tragedia sean los niños. Un hogar donde Dios no existe es un campo de batalla sangriento. Y claro debe ser terrible ver esto también en un hogar que se dice ser “cristiano”. A aquellos que claudicaron de su fe, y negaron a su Salvador, no puede venirles cosa peor que el daño moral y espiritual que se infligen los cónyuges sin darse tregua y en donde los hijos pueden convertirse en el pertrecho humano que salvaguarda el orgullo y el egoísmo de los padres. Es verdad, no somos perfectos, pero podemos ser perfectibles en las manos de Dios, si permites que Cristo entre en tu vida. El Señor no sólo desea restaurarte a ti y a tu cónyuge, quiere sanar las heridas del alma que esto produjo también en tus hijos. Pablo y Silas le dijeron al carcelero de Filipos: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hch. 16:31). Y es cierto porque esa noche este hombre y su familia creyeron en Jesús y lo aceptaron como Señor y Salvador y fueron salvos. Muchos dicen que esto no es una promesa, claro que no lo es, pero si Cristo pudo salvar el hogar del carcelero, ¿no podrá hacer lo mismo con tu hogar si creyeras en Él? Pienso que sí, y la práctica ha demostrado que cuando uno se convierte a Cristo de corazón puede hacer que su familia también lo haga. ¿Por qué ser parte de las centenas de divorcios que cada año registra nuestro país al no tomar en cuenta a Dios? Si te amas a ti mismo, a tu esposa y a tus hijos, entonces busca la solución a la tragedia de tu hogar en Cristo, déjale a Él, que sea parte de tu vida y de tu familia. Jesús dijo: “ He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3:20). Sí, prueba a Cristo, sólo Él puede convertir tu noche tormentosa en una apacible y serena, sólo Cristo puede convertir tu tristeza en alegría, puede enjugar las lágrimas de tus ojos y dibujar una sonrisa en tu rostro. Él, puede cambiar tu noche en día, pero debes dejar que entre en tu corazón. Si vives cargado, preocupado, hastiado, angustiado, atormentado, desalentado porque la mañana soleada de tu hogar se convirtió en un día gris y triste, pues es hora de decirle a Jesús que se haga cargo de todo. Haz caso a su invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).

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