Vivimos en una época marcada por una profunda confusión moral. Cada día somos testigos de situaciones que hace algunos años habrían provocado indignación, pero que hoy son presentadas como normales. La violencia, la corrupción, la mentira, la inmoralidad, el desprecio por la autoridad, la falta de respeto, la ruptura de la familia y el rechazo de principios que durante generaciones fueron considerados fundamentales forman parte de una realidad que parece avanzar sin detenerse.
Lo más preocupante no es solamente que exista maldad. La maldad siempre ha estado presente en la historia de la humanidad. Lo verdaderamente preocupante es cuando el mal comienza a ser aceptado, justificado y hasta celebrado, mientras que aquello que la Biblia llama bueno es presentado como anticuado, intolerante o equivocado.
La Escritura ya había advertido que esta situación podía llegar a producirse. El profeta Isaías declaró: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz!” (Isaías 5:20).
Estas palabras describen una inversión de valores. No se trata simplemente de que las personas pequen, sino de que se llegue al punto de cambiar las categorías morales: llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno. Cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer el pecado, también pierde una de las principales barreras que pueden llevarla al arrepentimiento.
EL PECADO NO SIEMPRE SE PRESENTA COMO PECADO
Uno de los grandes peligros de nuestro tiempo es que el pecado ya no siempre aparece como algo que debe evitarse. Muchas veces se presenta como libertad, derecho, realización personal o una simple expresión de la identidad y de los deseos humanos.
La Biblia, sin embargo, nos recuerda que el corazón humano tiene una profunda tendencia a justificar sus propios caminos.
“Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12).
El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos “¿qué dice Dios?” y comenzamos a preguntarnos solamente “¿qué pienso yo?”, “¿qué siento yo?” o “¿qué quiere la sociedad?”
Cuando el ser humano se coloca a sí mismo como máxima autoridad moral, inevitablemente termina construyendo sus propios criterios sobre el bien y el mal. Lo que hoy se considera correcto puede cambiar mañana, porque los valores humanos están sujetos a las modas, las ideologías, las circunstancias y las opiniones. Pero la verdad de Dios no cambia con las tendencias de una época.
“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8).
LA MALDAD PUEDE LLEGAR A ENFRIAR EL AMOR
Jesús habló de esta realidad cuando describió las características de los últimos tiempos: “Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12).
Observemos que Jesús no dijo solamente que habría maldad, sino que dijo que se multiplicaría. Y señaló una consecuencia: el enfriamiento del amor.
Cuando una sociedad se acostumbra a la violencia, se vuelve menos sensible al sufrimiento. Cuando se acostumbra a la mentira, la verdad comienza a perder valor. Cuando la corrupción se vuelve habitual, muchas personas dejan de indignarse. Cuando la inmoralidad se normaliza, la conciencia puede comenzar a endurecerse.
El peligro es que aquello que primero nos escandalizaba termine pareciéndonos cotidiano. Y esto también puede ocurrir dentro de la Iglesia.
Un creyente puede comenzar rechazando determinadas conductas, después acostumbrarse a ellas, luego justificarlas y finalmente practicarlas. Por eso Pablo exhorta: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2).
La palabra “conformarse” expresa precisamente la idea de tomar la forma del ambiente que nos rodea. El cristiano está llamado a vivir en el mundo, pero no a permitir que el mundo determine la forma de su pensamiento.
CUANDO LA CONCIENCIA SE ACOSTUMBRA AL PECADO
La conciencia es un regalo de Dios que nos permite reconocer que determinadas acciones son incorrectas. Pero la conciencia puede ser endurecida cuando una persona insiste repetidamente en aquello que sabe que está mal.
Pablo habló de personas que habían llegado a tener “cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:2). Es una imagen muy fuerte, una conciencia cauterizada pierde sensibilidad.
Algo semejante puede ocurrir en una sociedad. Lo que en una generación provocaba vergüenza puede llegar a ser entretenimiento en otra. Lo que antes se ocultaba puede llegar a exhibirse públicamente. Y cuando el pecado deja de producir vergüenza, la sociedad pierde una importante señal de alarma.
Por eso el deterioro moral no ocurre necesariamente de un día para otro. Muchas veces ocurre gradualmente. Primero se cuestiona un principio. Después se relativiza. Más adelante se ridiculiza. Finalmente se considera intolerante a quien todavía intenta defenderlo.
UNA SOCIEDAD SIN REFERENCIA ABSOLUTA
Una de las grandes preguntas de nuestro tiempo es: ¿quién determina lo que está bien y lo que está mal?
Si la respuesta es simplemente “cada persona”, entonces no existe un criterio moral verdaderamente común. Cada individuo puede construir su propia verdad y considerar que nadie tiene derecho a cuestionarla.
Pero la perspectiva bíblica es diferente. Dios es el Creador y, por tanto, tiene autoridad para establecer los principios por los cuales debemos vivir. La moral cristiana no depende de las preferencias de una generación, sino del carácter de Dios y de su revelación.
Por eso David podía decir: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).
La Palabra de Dios funciona como una luz en medio de la oscuridad. No elimina automáticamente la oscuridad del mundo, pero permite al creyente saber por dónde caminar.
LA IGLESIA NO DEBE ADAPTARSE AL CAOS MORAL
Ante el deterioro de la sociedad existe una tentación peligrosa: modificar el mensaje cristiano para hacerlo más aceptable.
Algunas veces podemos sentir que, si presentamos toda la verdad bíblica, perderemos personas. Entonces podemos comenzar suavizando el mensaje sobre el pecado, el arrepentimiento, la santidad y el juicio de Dios.
Pero la Iglesia no recibió el encargo de hacer popular el evangelio. Recibió el encargo de predicarlo fielmente.
Pablo le dijo a Timoteo: “Predica la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo” (2 Timoteo 4:2). Y luego explicó por qué: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina” (2 Timoteo 4:3).
Esto es particularmente importante. La Iglesia debe estar preparada para predicar la verdad incluso cuando la verdad no sea popular. El evangelio no existe para confirmar todo lo que queremos hacer. El evangelio nos confronta, nos llama al arrepentimiento, nos muestra nuestra necesidad de Cristo y transforma nuestra vida.
PERO LA IGLESIA TAMPOCO DEBE RESPONDER CON ODIO
Defender la verdad no significa odiar a las personas que viven alejadas de Dios. Jesús nunca relativizó el pecado, pero tampoco dejó de acercarse al pecador. Él vino a buscar y salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10).
La Iglesia debe mantener juntas dos verdades que no pueden separarse: la verdad y el amor. Decir que algo es pecado no significa despreciar a la persona que está atrapada en ese pecado. Al contrario, precisamente porque amamos a las personas debemos anunciarles la verdad que puede conducirlas al arrepentimiento y a la vida nueva en Cristo.
El problema aparece cuando confundimos amor con aprobación. El amor bíblico no consiste en decirle a alguien que todo lo que hace está bien. El verdadero amor busca el bien eterno de la persona.
¿QUÉ DEBE HACER EL CREYENTE EN MEDIO DE ESTA REALIDAD?
La pregunta no debe ser solamente: “¿Qué está pasando con nuestra sociedad?” También debemos preguntarnos: “¿Qué está pasando conmigo?” Porque es muy fácil señalar el deterioro moral del mundo y no examinar nuestro propio corazón.
Jesús dijo: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Mateo 7:3).
La Iglesia necesita recuperar la santidad, la oración, el conocimiento de las Escrituras y una vida auténtica delante de Dios. No podemos pretender transformar una sociedad si nosotros mismos hemos permitido que los valores de esa sociedad entren en nuestra vida.
DEBEMOS SER LUZ EN MEDIO DE LAS TINIEBLAS
Jesús dijo: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14).
La luz tiene sentido precisamente cuando existe oscuridad. Por eso, cuanto mayor sea la confusión moral, mayor debe ser nuestro compromiso con la verdad. Cuanto más se normalice la mentira, más debemos vivir en integridad. Cuanto más se enfríe el amor, más debemos manifestar el amor de Cristo. Cuanto más se desprecie la santidad, más debemos procurar vivir en santidad.
Filipenses 2:15 nos llama a resplandecer “como luminares en el mundo”. No fuimos llamados a desaparecer de la sociedad, sino a vivir dentro de ella sin perder nuestra identidad espiritual.
NO DEBEMOS PERDER LA ESPERANZA
Al observar el deterioro moral de nuestro mundo podemos sentir preocupación, pero el creyente no debe caer en desesperación. La Biblia nunca presenta el mal como el vencedor definitivo. Cristo sigue siendo Señor.
La oscuridad puede parecer grande, pero no tiene la última palabra. La Iglesia no sabe exactamente cuánto durará este proceso de deterioro moral ni puede determinar por sí misma todos los acontecimientos futuros, pero sí sabe cuál debe ser su respuesta: permanecer fiel a Cristo.
Pablo escribió: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre” (1 Corintios 15:58). Nuestro llamado no es salvar una sociedad mediante nuestros propios esfuerzos, sino anunciar el evangelio y vivir de acuerdo con él.
EL VERDADERO PELIGRO
Quizá el mayor peligro no sea simplemente vivir en una sociedad moralmente deteriorada. El verdadero peligro es terminar acostumbrándonos al deterioro.
Que dejemos de llorar por el pecado. Que dejemos de defender la verdad. Que dejemos de enseñar a nuestros hijos los principios de la Palabra de Dios. Que comencemos a pensar como piensa el mundo. Que terminemos llamando libertad a lo que Dios llama esclavitud. Que llamemos tolerancia a lo que en realidad es indiferencia frente al pecado. Y que, poco a poco, la Iglesia deje de ser luz porque ya no puede distinguirse de las tinieblas.
Por eso necesitamos volver a la Palabra, volver a la oración, volver a la santidad y volver a poner a Cristo en el centro.
El mundo puede cambiar sus valores, pero Dios no cambia. La sociedad puede redefinir el bien y el mal, pero la verdad de Dios permanece. Y mientras la maldad aumenta, nuestra responsabilidad sigue siendo la misma: permanecer fieles a Cristo, vivir en santidad y anunciar el evangelio.
No sabemos cuánto empeorará la sociedad, pero sí sabemos cómo debemos vivir mientras estamos aquí: con los ojos puestos en Cristo, el corazón afirmado en su Palabra y nuestra vida brillando como luz en medio de un mundo que necesita desesperadamente conocer la verdad.

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