miércoles, 16 de septiembre de 2026

¿APÓSTOLES Y PROFETAS HOY: LLAMAMIENTO BÍBLICO O MODA RELIGIOSA?

 


“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios.” — 1 Juan 4:1

En los últimos años ha surgido con mucha fuerza dentro del mundo cristiano una tendencia que merece nuestra atención: cada vez encontramos más personas que se presentan públicamente como apóstoles y profetas. Algunos colocan estos títulos delante o después de sus nombres, los utilizan en sus redes sociales, en conferencias, iglesias y ministerios, y en determinados casos se les atribuye una autoridad espiritual extraordinaria. Ante esta realidad surge una pregunta que la iglesia no debería tener temor de formular: ¿tiene esta práctica un fundamento claro en las Escrituras o estamos ante una tendencia religiosa que ha adquirido popularidad en nuestros días?

Esta pregunta no debe responderse desde la tradición, desde la simpatía personal ni desde lo que está de moda dentro del cristianismo contemporáneo. Tampoco debemos responderla simplemente observando cuántas personas utilizan estos títulos o cuántos seguidores tiene determinado ministerio. El criterio debe ser mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más exigente: ¿qué enseña la Palabra de Dios?

Antes de entrar en cualquier cuestionamiento, debemos reconocer algo que no podemos negar: la Biblia sí habla de apóstoles y profetas. Pablo escribe en Efesios 4:11: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. Asimismo, en 1 Corintios 12:28 dice: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros”. Por lo tanto, sería incorrecto afirmar que los conceptos de apóstol y profeta son invenciones modernas. Están claramente presentes en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, reconocer que la Biblia menciona apóstoles y profetas no significa automáticamente que cualquier persona que adopte estos títulos en la actualidad tenga la misma autoridad, función o llamamiento que aquellos hombres que aparecen en las Escrituras. Aquí es donde necesitamos hacer una distinción que muchas veces se pierde.

La palabra apóstol está relacionada con la idea de alguien enviado. En el Nuevo Testamento encontramos de manera especial a los doce apóstoles escogidos por Jesucristo. Lucas 6:13 dice: “Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles”. Después de la muerte de Judas, cuando fue necesario ocupar su lugar, Pedro explicó que debía tratarse de alguien que hubiera acompañado a los discípulos y que pudiera ser testigo de la resurrección de Cristo. Hechos 1:21-22 dice: “Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros… sea hecho testigo con nosotros de su resurrección”.

Pablo constituye un caso particular y extraordinario. Él no pertenecía originalmente a los Doce, pero fue llamado directamente por Jesucristo y recibió el encargo de anunciar el evangelio. Por eso podía escribir: “Pablo, apóstol, no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre” (Gálatas 1:1). Su apostolado estuvo relacionado con un llamamiento extraordinario y con el encuentro con Cristo resucitado. Incluso Pablo habla de “las señales de apóstol” en 2 Corintios 12:12.

Esto nos lleva a una pregunta inevitable: ¿podemos simplemente colocarnos hoy el título de apóstol porque sentimos que Dios nos ha llamado a un ministerio? La respuesta no puede darse de manera superficial. El Nuevo Testamento presenta el apostolado de una manera mucho más seria que simplemente como un título de reconocimiento ministerial.

Uno de los textos más importantes para comprender esto es Efesios 2:20, donde Pablo dice que la iglesia está “edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. La palabra “fundamento” merece especial atención. Un fundamento se coloca para establecer una construcción. En este sentido, los apóstoles y profetas desempeñaron una función fundamental en el establecimiento y transmisión del mensaje sobre el cual fue edificada la iglesia.

Esto no significa que hoy no existan personas llamadas por Dios para predicar, plantar iglesias, evangelizar, enseñar, discipular o realizar labores misioneras. Por supuesto que las hay. Pero debemos tener cuidado de no confundir el hecho de ser un enviado o un obrero del evangelio con la pretensión de poseer la misma autoridad apostólica de aquellos que tuvieron una función fundacional en la iglesia primitiva.

Algo semejante ocurre cuando hablamos de los profetas. El Nuevo Testamento sí presenta personas ejerciendo el ministerio profético. Hechos 13:1 dice: “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros”. También encontramos a Agabo, a quien Hechos 21:10 identifica como profeta. Por lo tanto, tampoco sería correcto decir que el Nuevo Testamento desconoce el ministerio profético.

Pero aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué autoridad tiene hoy una persona que afirma “Dios me dijo”? ¿Debe el creyente aceptar automáticamente todo aquello que alguien presenta como una revelación divina?

La respuesta bíblica es clara: no.

La Escritura nunca enseña al creyente a aceptar ciegamente todo mensaje espiritual. Por el contrario, nos ordena discernir. Juan escribe: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (1 Juan 4:1). Pablo dice: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).

Incluso cuando Pablo habla de la profecía dentro de la iglesia, establece un principio sorprendente: “Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen” (1 Corintios 14:29). Esto significa que una palabra presentada como profética no quedaba automáticamente fuera de todo examen. Había que juzgarla.

Este principio resulta especialmente importante en nuestros días, porque existe una tendencia peligrosa a utilizar expresiones como “Dios me dijo”, “Dios me reveló”, “el Señor me mostró” o “como profeta declaro” para cerrar cualquier posibilidad de cuestionamiento. Pero ningún ser humano puede colocar sus palabras por encima de la autoridad de la Escritura.

Si alguien afirma que Dios le ha revelado algo, esa afirmación debe ser examinada. La experiencia debe someterse a la Palabra y no la Palabra a la experiencia. Isaías 8:20 establece un principio que continúa siendo fundamental: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido”.

Los creyentes de Berea nos ofrecen un ejemplo extraordinario. Hechos 17:11 dice que ellos recibieron el mensaje con solicitud, “escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así”. Y hay algo particularmente interesante: quienes predicaban eran Pablo y Silas. Aun así, los bereanos examinaban las Escrituras para comprobar lo que estaban escuchando.

Si los creyentes examinaron incluso la predicación apostólica a la luz de las Escrituras, ningún ministro contemporáneo debería considerar ofensivo que sus enseñanzas sean examinadas bíblicamente.

El problema comienza cuando el título se convierte en una fuente de autoridad personal. Una cosa es decir: “Soy un siervo de Dios llamado a predicar el evangelio”, y otra muy diferente es afirmar: “Soy un apóstol y, por tanto, nadie puede cuestionar lo que digo”. Una cosa es compartir una convicción espiritual y otra es convertir una supuesta revelación personal en una orden que los demás deben obedecer.

Jesús enseñó que el liderazgo espiritual no debía reproducir los modelos de poder del mundo. En Mateo 20:26 dijo: “Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor”. El verdadero liderazgo cristiano no consiste en construir una clase espiritual superior, sino en servir al cuerpo de Cristo.

Cristo es la cabeza de la iglesia. Colosenses 1:18 declara: “Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia”. Por tanto, ningún ministro, por importante que sea, puede ocupar el lugar que corresponde exclusivamente a Jesucristo.

También debemos recordar que un título no garantiza el llamamiento ni la fidelidad de una persona. Jesús mismo advirtió acerca de quienes realizarían determinadas obras religiosas y, sin embargo, no serían aprobados por Él. En Mateo 7:22 encontramos estas palabras: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?”. Observemos que Jesús habla de personas que afirmaban haber profetizado en su nombre. La existencia de una manifestación espiritual o de una actividad ministerial no constituye por sí misma una garantía de autenticidad.

Por eso Jesús también dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). El ministerio cristiano debe ser examinado no solamente por lo que dice, sino también por su doctrina, su carácter, su conducta y sus frutos.

Otro aspecto fundamental es determinar hacia quién dirige la atención el ministerio. Pablo escribió en 2 Corintios 4:5: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor”. Esta debería ser una de las características fundamentales de todo ministerio cristiano auténtico.

El centro no debe ser el ministro.

El centro no debe ser su título.

El centro no debe ser su plataforma.

El centro no debe ser su número de seguidores.

El centro debe ser Jesucristo.

Juan el Bautista expresó este principio de una manera extraordinaria cuando dijo acerca de Cristo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). Esa frase debería permanecer delante de todo aquel que sirve a Dios.

Ahora bien, ¿podemos decir que toda persona que actualmente utiliza el título de apóstol o profeta lo hace simplemente por moda? No deberíamos hacer una afirmación semejante. No podemos conocer las motivaciones del corazón de cada persona. Existen diferentes posiciones cristianas acerca de la continuidad de los dones y ministerios mencionados en el Nuevo Testamento. Algunos consideran que los ministerios de apóstol y profeta continúan de determinadas maneras; otros consideran que aquellos ministerios relacionados con el fundamento de la iglesia tuvieron una función particular e irrepetible; y también existen posiciones intermedias.

Por eso, más que entrar en una guerra de títulos, necesitamos volver a los principios bíblicos.

La pregunta no debería ser solamente: “¿Esta persona se llama apóstol?” o “¿Esta persona se llama profeta?”. La pregunta debería ser: ¿qué enseña?, ¿qué evangelio predica?, ¿qué autoridad reclama?, ¿su enseñanza está de acuerdo con la Escritura?, ¿su vida refleja el carácter de Cristo?, ¿acepta que su enseñanza sea examinada?, ¿conduce a las personas hacia Jesucristo o hacia sí misma?

Pablo fue categórico cuando escribió en Gálatas 1:8: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”. El criterio no era la fama del predicador, su posición ni sus manifestaciones. El criterio era la fidelidad al evangelio.

Esto es especialmente importante en una época dominada por las redes sociales. Hoy una persona puede crear una plataforma, conseguir miles de seguidores, realizar transmisiones, publicar profecías, organizar congresos y adquirir reconocimiento ministerial en poco tiempo. Pero la popularidad no constituye una prueba bíblica de autoridad espiritual.

No debemos confundir popularidad con aprobación divina, cantidad de seguidores con autoridad espiritual, manifestaciones con verdad, títulos con llamamiento, emociones con revelación ni éxito ministerial con fidelidad bíblica.

La Biblia incluso nos advierte que pueden existir señales y manifestaciones asociadas con el engaño espiritual. Jesús dijo en Mateo 24:24: “Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios”. Por eso, una manifestación sobrenatural, por impresionante que parezca, nunca debe sustituir el discernimiento doctrinal.

La iglesia necesita discernimiento.

Necesita volver a las Escrituras.

Necesita conocer profundamente el evangelio.

Necesita enseñar a los creyentes a pensar bíblicamente.

Necesita recordar que ninguna experiencia personal puede convertirse en una nueva autoridad doctrinal por encima de la Palabra de Dios.

Por eso, quizá la pregunta más importante no sea simplemente si existen apóstoles y profetas en nuestros días. La pregunta más importante es si estamos dispuestos a someter cualquier ministerio, cualquier predicación, cualquier profecía y cualquier experiencia espiritual al examen de la Palabra de Dios.

Porque si algo procede verdaderamente de Dios, no necesita esconderse del examen bíblico.

Y si algo contradice la Escritura, ningún título puede convertirlo en verdad.

La iglesia no necesita nuevas Escrituras. Necesita obedecer las Escrituras que Dios ya nos ha dado. Necesita hombres y mujeres que enseñen fielmente la Palabra, que anuncien el evangelio, que hagan discípulos, que sirvan con humildad, que vivan en santidad y que conduzcan a las personas hacia Jesucristo.

El verdadero ministerio no se demuestra principalmente por un título, una plataforma, una multitud o una manifestación extraordinaria. Se demuestra por la fidelidad a Cristo, por la fidelidad al evangelio, por el sometimiento a las Escrituras, por el carácter y por el fruto.

Por eso, frente a la creciente presencia de quienes se presentan como apóstoles y profetas, la respuesta de la iglesia no debería ser ni aceptación ciega ni rechazo superficial. Debe ser discernimiento bíblico.

No debemos dejarnos impresionar simplemente por el título.

No debemos rechazar automáticamente a una persona solamente por el título.

Debemos examinar su enseñanza.

Debemos examinar su doctrina.

Debemos examinar su fruto.

Debemos comparar todo con las Escrituras.

Y debemos mantener nuestros ojos puestos en Cristo.

Porque los títulos pueden impresionar a los hombres, las plataformas pueden atraer multitudes y las manifestaciones pueden despertar emociones; pero al final de todo, permanece la Palabra de Dios.

“Examinadlo todo; retened lo bueno.”

1 Tesalonicenses 5:21

Y esa sigue siendo una de las mejores actitudes que la iglesia puede adoptar frente a cualquier nueva tendencia espiritual: examinarlo todo a la luz de la Palabra y retener solamente aquello que permanece fiel a la verdad de Dios.

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