A lo largo de la historia, muchos siervos de Dios han enfrentado un difícil dilema: guardar silencio para evitar conflictos o hablar con fidelidad a la verdad, aun cuando ello implique enfrentar oposición, críticas o sanciones. En nuestros días, no son pocos los líderes religiosos que desean expresar con libertad sus convicciones bíblicas, escribir sobre temas sensibles o señalar aquello que consideran contrario a las Escrituras. Sin embargo, el temor a perder un cargo, ser disciplinados, rechazados por su institución o incomprendidos por sus propios compañeros puede llevarlos a callar. La pregunta es inevitable: ¿debe un creyente guardar silencio cuando está en juego la verdad de Dios?
La Biblia presenta numerosos ejemplos de hombres que decidieron obedecer a Dios antes que a los hombres. Los profetas del Antiguo Testamento denunciaron el pecado del pueblo y de sus gobernantes, aun sabiendo que serían perseguidos. Juan el Bautista reprendió a Herodes por su conducta inmoral y pagó con su vida esa fidelidad. Los apóstoles, cuando las autoridades les prohibieron predicar en el nombre de Jesús, respondieron: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29). Estos ejemplos muestran que la fidelidad a Dios debe ocupar el primer lugar, aunque el costo personal sea elevado.
Sin embargo, la Biblia también enseña que la verdad debe proclamarse con sabiduría, humildad y amor. No toda confrontación honra a Dios, ni toda opinión personal tiene la misma autoridad que la Palabra de Dios. El creyente debe distinguir entre defender una preferencia personal y defender una verdad claramente revelada en las Escrituras. Cuando hablamos, nuestras palabras deben buscar la gloria de Dios, la edificación de la iglesia y el bien de quienes nos escuchan, evitando la arrogancia, el espíritu contencioso o el deseo de protagonismo.
Por ello, si un líder cristiano siente que Dios lo llama a defender una verdad bíblica, no debería dejarse gobernar únicamente por el temor a las consecuencias. Al mismo tiempo, debe examinar cuidadosamente sus motivaciones, asegurarse de que lo que enseña está firmemente fundamentado en las Escrituras y actuar con respeto, prudencia y amor. La iglesia necesita hombres y mujeres con convicciones firmes, que no acomoden el mensaje para agradar a las personas, pero que tampoco hablen movidos por el orgullo. La fidelidad a Cristo siempre será más importante que la aprobación humana, porque al final será delante del Señor, y no de los hombres, donde cada uno dará cuenta de su ministerio y de la manera en que administró la verdad que le fue confiada.

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