domingo, 2 de agosto de 2026

EL PELIGRO DE CREAR UN DIOS A NUESTRO GUSTO

 


A lo largo de la historia, muchas personas han afirmado creer en Dios, pero la verdadera pregunta no es simplemente si creemos en Él, sino en qué Dios creemos. La Biblia revela al único Dios verdadero, quien se ha dado a conocer por medio de las Escrituras y, de manera suprema, en la persona de Jesucristo. Sin embargo, existe la tendencia humana a moldear la imagen de Dios según las propias preferencias. Algunos lo llaman Jehová, Jesús, el Dios de Israel o el Todopoderoso, utilizan un lenguaje bíblico e incluso reconocen parte de la verdad, pero rechazan aquellas enseñanzas que confrontan su manera de vivir. Así terminan creyendo en un dios adaptado a sus gustos, uno que aprueba lo que ellos desean y que no exige arrepentimiento, santidad ni obediencia.

Esta actitud no es nueva. En el Antiguo Testamento, Israel cayó repetidamente en la idolatría, no solo adorando dioses paganos, sino también deformando la adoración al Dios verdadero según sus propios criterios. En el Nuevo Testamento, Jesús reprendió a quienes lo honraban de labios mientras su corazón estaba lejos de Él. Además, afirmó que no todo el que le dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de su Padre. Estas enseñanzas muestran que una fe meramente intelectual o una profesión verbal no son suficientes; la verdadera fe se expresa en una vida de obediencia y de sumisión a la voluntad de Dios.

Creer en Dios "a mi manera" suele significar aceptar únicamente aquello que resulta cómodo y rechazar lo que exige renuncia, transformación o compromiso. Pero el Dios de la Biblia no puede ser redefinido por las opiniones humanas. Él permanece inmutable, y su verdad no cambia con las modas ni con la cultura. No somos nosotros quienes establecemos cómo debe ser Dios; es Él quien, por medio de su Palabra, revela quién es y cómo desea que vivamos. El llamado del evangelio no consiste en adaptar a Dios a nuestra vida, sino en rendir nuestra vida a Dios.

Por eso, todo creyente debe examinar constantemente si su fe está fundamentada en las Escrituras o en una imagen de Dios construida según sus propios deseos. La fe genuina no solo reconoce la existencia de Dios, sino que se somete a su autoridad, ama su verdad y procura obedecer su voluntad. Solo cuando dejamos que la Palabra de Dios transforme nuestra mente y nuestro corazón conocemos realmente al Señor tal como Él se ha revelado y experimentamos la vida abundante que ha prometido a quienes le siguen con fidelidad.

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