Una Reflexión Bíblica sobre el Perú”
En los últimos años, Perú ha vivido una inestabilidad política profunda, marcada por la sucesión constante de presidentes. Esta rotación constante en el poder no solo ha generado incertidumbre política, sino también consecuencias sociales y económicas que afectan a millones de ciudadanos. La desconfianza en las instituciones, la polarización ideológica y los intereses particulares parecen haber debilitado la estabilidad del país. Frente a este panorama, surge una pregunta necesaria: ¿qué nos puede decir la Biblia ante una crisis como esta?
La Escritura enseña que la división debilita a cualquier nación. Jesús afirmó que todo reino dividido contra sí mismo no puede permanecer. Cuando los intereses personales, las ambiciones políticas y las ideologías se colocan por encima del bienestar común, el resultado inevitable es fragmentación. Lo que observamos no es solamente un problema administrativo o partidario; es el reflejo de una fractura más profunda en el tejido moral y espiritual de la sociedad. La crisis política suele ser el síntoma visible de una crisis interior.
La Biblia también declara que “la justicia engrandece a la nación, mas el pecado es afrenta de las naciones”. La estabilidad de un país no descansa únicamente en su constitución o en su sistema democrático, sino en los valores que sostienen a sus líderes y ciudadanos. Cuando la corrupción, la ambición desmedida o la falta de integridad dominan la vida pública, el deterioro institucional es inevitable. Ningún sistema político puede sostenerse si los principios morales se debilitan. La historia bíblica muestra repetidamente que cuando el liderazgo se aparta de la justicia, el pueblo sufre las consecuencias.
Sin embargo, la Biblia va más allá de señalar culpables; apunta al corazón humano. El profeta Jeremías describe el corazón como engañoso y propenso al error. Esto significa que el problema no se limita a un partido o a una corriente ideológica específica. El verdadero conflicto es espiritual. Mientras el corazón del hombre no sea transformado, la rotación de autoridades no resolverá la raíz del problema. Cambiar presidentes no cambia automáticamente la condición moral de una nación.
En medio de esta realidad, el creyente no está llamado a la desesperanza, sino a la responsabilidad espiritual. La Palabra exhorta a orar por las autoridades, a buscar la paz de la ciudad y a vivir con integridad. La crisis nacional también es una oportunidad para que la iglesia sea luz en medio de la incertidumbre. En tiempos de confusión política, el testimonio cristiano debe destacarse por su equilibrio, respeto, oración y compromiso con la verdad.
Finalmente, la Biblia recuerda que Dios sigue siendo soberano sobre la historia. El libro de Daniel afirma que Él quita y pone reyes. Esto no significa que apruebe la injusticia, sino que su propósito trasciende los acontecimientos temporales. La inestabilidad humana no anula el gobierno eterno de Dios. Cuando las estructuras terrenales tambalean, el creyente encuentra seguridad en la certeza de que el Señor no cambia.
La situación que vive Perú es lamentable y preocupante, pero también invita a una reflexión profunda. Más que una simple crisis política, puede ser un llamado a revisar los fundamentos espirituales de la nación. La verdadera estabilidad no nace solamente de reformas institucionales, sino de corazones transformados, de líderes justos y de un pueblo que vuelva sus ojos a Dios. Allí comienza el cambio que ninguna coyuntura política puede producir por sí sola.

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