jueves, 19 de febrero de 2026

LA VOZ DEL NECIO ENTRE LOS SABIOS



La frase que dice que “en la reunión de los sabios está la voz del necio” encierra una verdad profundamente humana: la sabiduría colectiva no está exenta de error. A lo largo de la historia, consejos formados por hombres instruidos, preparados y reconocidos han tomado decisiones equivocadas. La Biblia no idealiza a los sabios como seres infalibles; al contrario, presenta un panorama realista donde la sabiduría humana, cuando se desconecta de Dios, puede convertirse en necedad.

En el libro de Proverbios se afirma que “en la multitud de consejeros hay seguridad”, pero esta afirmación no significa que toda multitud tenga razón, sino que el consejo debe estar fundamentado en el temor de Dios. La Escritura establece que el principio de la sabiduría no es el conocimiento académico ni la experiencia acumulada, sino el temor reverente al Señor. Sin esa base, incluso los expertos pueden errar gravemente.

La historia bíblica ofrece ejemplos claros. En tiempos del rey Roboam, hijo de Salomón, los ancianos le aconsejaron actuar con mansedumbre para conservar unido el reino. Sin embargo, el rey prefirió escuchar a los jóvenes inexpertos que le aconsejaron dureza y arrogancia. El resultado fue la división del reino de Israel. Allí vemos que la presencia de consejeros no garantiza decisiones correctas; todo depende del corazón que escucha y del espíritu que guía la decisión. A veces el necio no es el que habla más fuerte, sino el que decide ignorar la prudencia.

También encontramos que grandes asambleas religiosas fallaron gravemente. El concilio que condenó a Jesús estaba compuesto por líderes instruidos en la Ley. Eran hombres conocedores de las Escrituras, pero su conocimiento no se tradujo en discernimiento espiritual. La sabiduría intelectual sin humildad puede volverse ceguera. Como escribió el apóstol Pablo en 1 Corintios, “la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios”. Esto revela que existe una diferencia radical entre la sabiduría humana y la sabiduría divina.

La Biblia enseña que el verdadero problema no es la presencia del necio en la reunión, sino la ausencia de la guía de Dios. El libro de Eclesiastés declara que “hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos”, mostrando la complejidad de la vida bajo el sol. La realidad no siempre responde a la lógica humana, y por eso la prudencia debe ir acompañada de discernimiento espiritual.

Además, la Escritura advierte que el orgullo precede a la caída. Cuando un grupo de sabios confía exclusivamente en su propia capacidad, corre el riesgo de cerrarse a la corrección. El sabio bíblico es, ante todo, humilde y enseñable. Está dispuesto a escuchar, a examinar, a orar. La necedad no siempre se manifiesta en ignorancia; muchas veces se esconde en la autosuficiencia.

Por eso, la enseñanza bíblica no desacredita la sabiduría ni el consejo colectivo, pero sí establece un filtro: toda decisión debe alinearse con la voluntad de Dios. La voz del necio puede infiltrarse en cualquier reunión, incluso en las más eruditas, pero el temor del Señor actúa como guardián del discernimiento. La verdadera seguridad no está en la cantidad de títulos ni en la experiencia acumulada, sino en la dependencia del Espíritu y en un corazón sometido a la verdad divina.

Así, la reflexión final es clara: la Biblia no confía ciegamente en los hombres sabios, sino en Dios como fuente de toda sabiduría. Donde Él no es consultado, hasta los doctos pueden errar; pero donde Él es honrado, aun el sencillo puede hablar con entendimiento.



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