La Biblia enseña que el arrebatamiento es para todos los que verdaderamente pertenecen a Cristo, no sobre la base de una clasificación entre “creyentes buenos” y “creyentes malos”, sino sobre la base de su relación real con Él. En pasajes como 1 Tesalonicenses 4:16–17 se declara que “los muertos en Cristo resucitarán primero” y luego “nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos”, y en 1 Corintios 15:51–52 Pablo afirma que “todos seremos transformados”, refiriéndose a los que están en Cristo. La Escritura no enseña dos arrebatamientos ni una selección entre creyentes más dignos y menos dignos, sino que el requisito es estar “en Cristo” (Romanos 8:1); sin embargo, también advierte que no todos los que se llaman creyentes lo son verdaderamente (Mateo 7:21), y que la carnalidad es una condición de inmadurez que trae disciplina y pérdida de recompensas, pero no necesariamente la pérdida de la salvación (1 Corintios 3:15). Por lo tanto, el arrebatamiento incluye a todos los redimidos genuinos, tanto los maduros como los inmaduros, porque es un acto de gracia basado en la obra de Cristo y no en el mérito humano, aunque la fidelidad determinará las recompensas y no la participación en ese evento glorioso.
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