La Paradoja del Creyente ante la Muerte
En el corazón del creyente existe una aparente contradicción: confiesa con seguridad que tiene vida eterna, pero en ciertos momentos piensa en la muerte con inquietud o incluso con temor. ¿Es esto una señal de debilidad espiritual? ¿Revela falta de confianza en las promesas del Señor? ¿O es simplemente una expresión natural de nuestra condición humana?
La Escritura afirma con claridad que el creyente posee vida eterna. En el Evangelio de Juan 11:25, Jesús declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. No es una metáfora poética, es una promesa firme. Más aún, en Juan 5:24 se nos dice que el que cree “ha pasado de muerte a vida”. La vida eterna no comienza después del sepulcro; comienza en el momento de la fe. Desde la perspectiva divina, la muerte física no es el final, sino una transición. El apóstol Pablo lo confirma en 2 Corintios 5:8 al expresar que estar ausentes del cuerpo es estar presentes con el Señor. La doctrina es clara: para el creyente, la muerte no es condenación, sino encuentro.
Sin embargo, la experiencia humana es más compleja que una afirmación doctrinal. La muerte representa separación de los seres amados, la posibilidad del sufrimiento físico, el abandono de lo conocido y la confrontación con lo invisible. No tememos necesariamente el destino eterno, sino el proceso, el momento, la incertidumbre. Y eso no siempre equivale a incredulidad. La Biblia misma reconoce la realidad del temor. En Hebreos 2:14-15 se nos dice que Cristo vino para librar a los que por el temor de la muerte estaban sujetos a servidumbre. El texto no condena la existencia del temor; más bien revela que es una experiencia humana común, de la cual Cristo nos libera progresivamente.
Incluso Jesús, en su humanidad, manifestó profunda angustia antes de la cruz. En el Evangelio de Mateo 26:38 leemos que dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”. Él sabía que resucitaría, sabía que vencería el sepulcro, pero experimentó el peso real del sufrimiento que enfrentaba. Esto nos enseña que sentir angustia ante la muerte no es necesariamente falta de fe; puede ser simplemente la expresión legítima de nuestra humanidad.
El problema no es que exista una emoción de temor momentáneo, sino cuando ese temor se convierte en desconfianza permanente en el carácter de Dios. La madurez espiritual no consiste en la ausencia total de emociones humanas, sino en permitir que la verdad de Dios gobierne sobre ellas. Pablo podía decir en Filipenses 1:21: “Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”, pero también reconocía la tensión entre partir y permanecer por amor a los hermanos. No era una fe fría ni insensible, sino una esperanza que había aprendido a descansar en la soberanía divina.
La paradoja del creyente, entonces, no es señal de hipocresía espiritual, sino evidencia de que vivimos entre dos realidades: ya poseemos vida eterna, pero todavía habitamos en un cuerpo frágil. Somos ciudadanos del cielo, pero caminamos en la tierra. Sabemos que la muerte ha sido vencida, pero aún enfrentamos su sombra. El crecimiento cristiano no elimina instantáneamente el temor; lo transforma. La confianza en las promesas del Señor va desplazando poco a poco la ansiedad natural, hasta que la esperanza se vuelve más fuerte que el miedo.
Pensar en la muerte no siempre revela falta de confianza; a veces revela conciencia de nuestra dependencia. Y esa dependencia nos lleva a aferrarnos con mayor fuerza a la promesa de Cristo. El creyente puede sentir temor, pero no está dominado por él. Puede experimentar inquietud, pero no desesperación. Porque su certeza no descansa en su valentía, sino en la fidelidad de Aquel que prometió vida eterna.

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