Vivimos tiempos inquietantes. La sociedad avanza tecnológicamente, pero retrocede moral y espiritualmente. Los valores que durante generaciones sirvieron como fundamento para la familia, la justicia y la convivencia hoy son cuestionados, redefinidos o descartados. Lo que antes era considerado verdad ahora se llama intolerancia; lo que era pecado ahora se celebra como progreso. El profeta Isaías lo expresó con claridad cuando dijo que vendrían días en que a lo malo llamarían bueno y a lo bueno malo. Esa inversión moral no es simplemente un fenómeno cultural; es una señal espiritual profunda.
La Escritura nos advirtió que en los postreros tiempos vendría la apostasía. En 1 Timoteo 4:1 se nos dice que algunos apostatarán de la fe, escuchando doctrinas engañosas. La apostasía no es ignorancia, es abandono consciente. No se trata solo de personas que nunca conocieron a Dios, sino de aquellos que, habiendo oído la verdad, deciden apartarse de ella. Es un enfriamiento progresivo del corazón, una sustitución de la verdad eterna por ideas pasajeras.
Hoy vemos cómo en distintas naciones templos se cierran por falta de congregantes. Iglesias que en otro tiempo estuvieron llenas ahora permanecen vacías. Pero más preocupante que los edificios cerrados son los corazones cerrados. Jesús advirtió en Mateo 24:12 que por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriaría. Ese enfriamiento espiritual es evidente: la fe se vuelve superficial, el compromiso se debilita y la prioridad ya no es buscar a Dios sino satisfacer deseos personales.
Las ideologías de turno prometen libertad, identidad y realización, pero excluyen deliberadamente a Dios. Se presenta una espiritualidad sin arrepentimiento, una moral sin absolutos y una verdad moldeable según la conveniencia. El apóstol Pablo fue claro al afirmar en 2 Tesalonicenses 2:3 que antes del día del Señor vendría la apostasía. No estamos viendo algo inesperado; estamos presenciando el cumplimiento progresivo de lo que ya fue anunciado.
Al mismo tiempo, la presión cultural intenta silenciar la voz bíblica. Defender principios cristianos ahora puede ser motivo de rechazo o burla. Sin embargo, estas circunstancias no deben producir temor en el creyente, sino firmeza. La profecía no fue dada para asustarnos, sino para prepararnos. Cuando vemos el deterioro moral y la confusión espiritual, debemos recordar que la Palabra de Dios permanece firme.
Los días actuales se parecen a los días de Noé, como también lo señaló Jesús en Mateo 24:37: una generación distraída, ocupada en sus propios asuntos, indiferente a la advertencia divina. La sociedad puede ignorar las señales, pero la Iglesia no debe hacerlo. Más que nunca, se requiere una fe genuina, una convicción profunda y una vida coherente con el evangelio.
La falta de valores no es simplemente una crisis social; es una manifestación del alejamiento del corazón humano respecto a Dios. Pero en medio de la apostasía, siempre habrá un remanente fiel. Siempre habrá hombres y mujeres que decidan mantenerse firmes, que no negocien la verdad y que perseveren hasta el fin. La oscuridad puede aumentar, pero también es oportunidad para que la luz brille con mayor intensidad.
Estos tiempos confirman que la historia avanza hacia el cumplimiento final del propósito divino. No estamos llamados a la desesperanza, sino a la vigilancia y a la perseverancia. La apostasía puede crecer, pero la fidelidad también puede fortalecerse. Y mientras el mundo redefine sus valores, la Iglesia está llamada a sostener la verdad eterna, recordando que Dios sigue siendo soberano y que su Palabra jamás dejará de cumplirse.

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