A veces pensamos que la felicidad está en nosotros mismos y
debemos exteriorizarla, otros presumen que la felicidad se construye y que es
posible lograrla con esfuerzo. Claro que no faltan aquellos que consideran que
la felicidad es una acción colectiva, es la suma de esfuerzos humanos que
beneficia obviamente a unos pocos. Si fuera cierto todo esto, entonces pensaríamos
que la felicidad está en la realización humana, es decir, el hombre puede
forjarse un destino bueno y dichoso. Sin embargo, la historia de la humanidad
nos ha demostrado que no es así, la felicidad no se encuentra en las manos del
hombre, por el contrario, el hombre sólo ha dejado destrucción, miseria y
muerte a lo largo de los siglos, y al parecer esto no ha cambiado. Algunos
llegan a tener una “falsa felicidad” que es egoísta y no la comparten con
nadie, pero hay otros que sí, pero es de manufactura imperfecta, no satisface
ni llena el alma del hombre. El único que no se equivoca y nos puede dar no solo
la felicidad sino la dicha eterna es nuestro Señor Jesucristo. No existe
felicidad sin vida, y hay que estar locos para pensar que en la muerte podemos
encontrarla. Recuerda, Dios no es Dios
de muertos sino de vivos, Él quiere que tengas vida y vida en abundancia. Jesús
dijo: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me
envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a
vida” (Jn. 5:24)

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