Pensamos que creer en Dios
es un esfuerzo intelectual, un asentimiento mental que nos permite convencernos
de nuestra fe. Otros creen que es una especie de autosugestión, es lavarse el
cerebro conscientemente para así creer que Él, está en nuestra mente. En realidad,
creo que la fe es más que eso, la fe en Dios involucra todo tu ser: alma, mente
y cuerpo. La fe que es integral permite que estés
dispuesto a darlo todo por tu Salvador, caso contrario tú mismo te desengañarás.
Pablo dice en 2 Co. 13:5: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe;
probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo
está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” Y es cierto, es necesario que
uno esté seguro de su salvación, la seguridad de ella es bíblica y Dios quiere
que tú sepas que le perteneces, que ahora eres propiedad suya, y no debes
dejarte avasallar por las dudas que el mundo, el diablo y tú mismo puedes meter
en la cabeza. El apóstol Juan dice en 1 Jn. 5:13: “Estas cosas os he escrito a
vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis
vida eterna” Si Dios quiere que sepas que tienes vida eterna, entonces ¿què
sentido tiene que tengas que autosugestionarte? ¿què razón tendría que tengas
que martillarte la cabeza constantemente de que eres hijo de Dios? No dudo de
que algunas veces uno puede tener crisis de fe y se le meten ciertas dudas en la
cabeza que te pueden llevar a pensar: “¿Realmente soy salvo?” Esto sucede
cuando uno llega a cometer pecados que lo sumen en la nebulosa del cuestionamiento,
y pone en duda sus creencias. Sin embargo, aún cuando puedas haber llegado a
cometer pecados que despiertan una señal de alerta sobre tu conducta y tu salvación,
si eres verdadero hijo de Dios, inmediatamente debes acudir al trono de la
gracia y hacer confesión ante Él, porque tenemos la sublime promesa en 1 Jn.
1:9: “Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los
pecados y para limpiarnos de toda maldad.” Pero por otro lado, es cierto que un
creyente que lleva una vida de pecado constante, y no lucha, ni tiene el sentir
de cambiar, que no hace cuestionamientos sobre su mal proceder, y le da igual
ser santo o no, pues en este caso, animaría a tal persona a que examine su corazón
a la luz de la Biblia,
porque puede que realmente no sea salvo; la Biblia dice en 1 Jn. 3:9: “Todo aquel que es
nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en
él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” Debes procurar tener una vida
limpia de pecado, renunciar a aquellas prácticas pecaminosas que deshonran a tu
Salvador, y esforzarte por llevar una vida de pureza y santidad, es más, debes
amar llevar una vida de obediencia, y sentirte mal cuando pecas, porque el
creyente que ama a Dios tiene la conciencia limpia, caso contrario te alejarás
de Dios como dice 1 Ti. 1:19: “manteniendo la fe y buena conciencia, desechando
la cual naufragaron en cuanto a la fe algunos.” El que naufraga en la fe es
porque dañó su conciencia y se corrompió nuevamente con el pecado. Se esclavizó
otra vez a la tiranía de su viejo hombre y dejó a Dios. ¿Cuántos creyentes
abandonaron a Dios? ¿Cuántos cristianos claudicaron de su fe por no saber
guardar su comunión con Èl? Mi querido
hermano, no seas como Esaù que vendió su primogenitura por un plato de
lentejas, no seas como Saúl que prefirió buscar desobedecer a Dios para ser
honrado por el pueblo de Israel y fue desechado luego. La desobediencia es el producto del corazón
soberbio y que no quiere sujetarse a la voluntad de Dios, huye de esto, es la
actitud luciferina que subyace en los conceptos de libertad religiosa,
liberalismo moral y el ateísmo tan característicos en nuestros tiempos. Recuerda
que ninguna ofrenda o esfuerzo humano pueden agradar a Dios frente a la
desobediencia en la vida del creyente, como dice Samuel en 1 S. 15:22: “¿Se
complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la
voz del Señor? He aquí, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar
atención, que la grosura de los carneros.” Si crees en Cristo, sigue con Él,
eres su siervo y su discípulo, no tienes que convencerte a ti mismo que lo
eres, tenemos la mejor garantía de que es así, y es la milenaria palabra de
Dios. Creer en Él, y obedecerle, son las mejores evidencias de un creyente
renacido, de uno que se dice ser hijo de Dios.

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