A veces preferimos esconder lo que no queremos que se sepa.
Aparentamos estar bien, guardamos las formas debidas para que nadie sospeche
que algo anda mal dentro de nosotros porque sentimos vergüenza de que se sepa
lo mal que estamos. Tal vez hay muchos que viven así y se atormentan al tener
que siempre fingir lo que no son. Sabes puedes esconderte de los demás, puedes
ocultarte como la tortuga dentro de su caparazón cuando ves el peligro y así
pensar que estás seguro, pero nunca te podrás esconder de Dios. Él sabe que
estás mal, que mientras te mantengas así te estás haciendo un terrible mal moral
y espiritual. La biblia dice: “Así que, no los temáis; porque nada hay
encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse”
(Mt. 10:26). Es verdad, nada se le oculta al que es Omnisciente, y mientras
mantengas oculto tu pecado te estás indisponiendo cada día delante de Él.
Tienes que acercarte con sinceridad a Dios y confesarle tu falta, si es que
deseas hallar paz para tu alma y tu conciencia, de otro modo la vida siempre
será un escenario de máscaras y fingimientos donde el temor te mantendrá a la defensiva porque te cuesta ser sincero. Y
la falta de sinceridad contigo y con los demás tiene no sólo efectos
espirituales negativos, sino emocionales y hasta físicos, si te amas a ti mismo
entonces hazle caso a Dios y obedécelo. La paz interior nunca la lograrás si
Cristo no entra en tu corazón, sólo Él, te puede dar un nuevo corazón. “Y les
daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el
corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para
que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean
por pueblo, y yo sea a ellos por Dios”, (Ez. 11:19-20).

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