“Que te echarán de entre los hombres, y con las bestias
del campo será tu morada, y con hierba del campo te apacentarán como a los
bueyes, y con el rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre
ti, hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los
hombres, y que lo da a quien él quiere” (Dn.4: 25).
A veces nos cuesta aceptar que no somos dueños de nada.
Que todo lo que tenemos realmente no nos pertenece, que simplemente somos
administradores de lo que tenemos. Y es cierto, si Dios te bendice en tu
trabajo, en tu negocio, y el dinero y las posesiones materiales aumentan,
corres el peligro de aferrarte a todo eso y olvidarte de Dios; de no
reconocerlo en todos tus caminos, o probablemente de reconocerlo sólo en el
ámbito espiritual, pero no en el material y puedes llegar a decir: “¡Mis
posesiones nadie las toca!”
Sabes el rey Nabucodonosor fue tremendamente bendecido
por Dios, el Señor lo puso para que fuera un azote contra los grandes imperios
de su tiempo, los asirios, los sirios, los egipcios, y los tirios, no pudieron
resistirlo. Y claro, Dios lo puso también para que castigara a su pueblo que
lamentablemente cayó en la idolatría y se olvidó de su pacto. La ciudad de
Jerusalén fue arrasada por los caldeos y el templo, un emblema de la espiritualidad
de la nación judía, fue destruido. Es
decir, Dios cumplió su propósito de sancionar a su querido pueblo usando a un
rey pagano, idólatra y cruel como fue el rey de Babilonia. Ahora cuando este
soberano monarca logró consolidar sus dominios, creyó que todo lo que había logrado era
gracias a su inteligencia y astucia para la guerra. Este lenguaje te puede
resultar familiar, porque hay gente que cree que todo lo que ha logrado en la
vida pues se debe a lo mismo, no toman en cuenta a Dios, no quieren aceptar que
el Creador los ha dotado de las capacidades y dones para hacer las riquezas. La
nación de Israel olvidó lo que Dios le dijo: “Sino acuérdate de Jehová tu Dios,
porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto
que juró a tus padres, como en este día”, (Dt. 8:18). El poder que tenemos, la
inteligencia que tenemos, las cualidades y habilidades para hacer las riquezas
y lograr mejorar nuestro status económico no son de manufactura humana, nacimos
con ellos, y Dios nos dotó de ellos para que tengamos éxito.
El rey Nabucodonosor, lamentablemente no lo entendió así
y su ego se infló de tal manera que ofendió a Dios, a pesar de que le dio la
oportunidad de arrepentirse y reconocer al Altísimo como el dueño de todo,
siguió manteniéndose en lo mismo y finalmente se cumplió la sentencia contra el
rey para poder corregir su soberbia: “Todo esto vino sobre el rey
Nabucodonosor. Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia,
habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran
Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para
gloria de mi majestad? Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino
una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino ha sido quitado
de ti; y de entre los hombres te
arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes
te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el
Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él
quiere. En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue
echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se
mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y
sus uñas como las de las aves” (Dn. 4: 28-33). El más grande monarca del mundo
de ese entonces experimentó una rara enfermedad, algunos dicen que fue una
especie de “monomanía”, convivió con los animales del campo y se alimentó igual
que ellos por siete años, hasta que aprendió que el que gobierna realmente el
mundo es Dios y que su dominio es permanente y que Dios a quien quiere lo
exalta y a quien quiere lo humilla. Pero hay que entender bien, el dominio es
de Dios y lo comparte como “Él quiere”, no como tú quieres.
Me preocupa la manera como hoy en día algunos nos hacen creer que “todo lugar que pisare la
planta de tu pie te será dado.” Cuando uno hace un análisis contextual descubre
que esa promesa se la da Dios a su pueblo Israel, no significa que
necesariamente sea para ti. Tú sabes que sacar un texto fuera de su contexto
puede ser un gran pretexto. Me canso de escuchar a los falsos maestros de la
biblia que te embaucan haciéndote creer que tú puedes ser dueño de toda
posesión aferrándote a textos y promesas de la biblia que no son necesariamente
de aplicación universal, porque muchas de ellas son dadas a la nación de
Israel. De ser cierto lo que nos enseñan estos fraudulentos profetas de mamón entonces
pensaríamos que los apóstoles deben haber sido los hombres más adinerados de su
tiempo, y no fue así, sino ¿cómo interpretar lo que dice Pedro?: “No tengo
plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret,
levántate y anda”, (Hch. 3:6). ¿Crees que por ser hijo de Dios debes ser
merecedor de todas las riquezas del mundo, o por lo menos de las riquezas de tu
localidad? No. Entonces eso explica porque muchos creyentes que viven con la
ilusión nabucodonosorina, si se puede emplear este término, de creer que son
los dueños absolutos de todo finalmente tengan que ser humillados simplemente
con nada, y es mejor que no reciban nada antes que reciban la locura que
experimentó el rey babilonio. Primero mi querido hermano, el dueño de todo es
Dios, segundo, Dios le da las riquezas y la exaltación a quien Él quiere,
tercero, tú no tienes derecho a reclamar nada de Dios simplemente por ser su
hijo, si Él quiere te lo da y si no quiere no te da nada. Me pregunto si tú
seguirías amando a Dios aunque no te dé nada. Piensa que aquellos que te meten
ilusiones falaces usando la biblia, sólo
quieren despertar en ti el espíritu de la avaricia, para que te avoques a usar
la fe con fines materiales antes que espirituales y debes tener mucho cuidado
con esto. Si Dios humilló la arrogancia y el atrevimiento de Nabucodonosor, ¿no
podrá hacer lo mismo contigo? Imagínate lo que les hará a los profetas de la
prosperidad cuyo corazón ama el tintineo de las monedas que caen en el plato de
las ofrendas, y no sólo les encanta el ruido de las monedas, sino de los
billetes también, que tú y yo no los escuchamos, pero ellos sí. Son aquellos
que como dice el apóstol Pedro: “por avaricia harán mercadería de vosotros con
palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda,
y su perdición no se duerme”, (2 P.2:3). La soberbia tiene su sanción por parte
de Dios, el no reconocerlo a Él ,como el dueño absoluto de todo y encima querer
que Dios nos dé todo lo que le pedimos, sin importarnos si es que quiere o no
hacerlo, tomando los textos bíblicos que nos convienen para sustentar esa
herética enseñanza es una actitud típica del arrogante que no quiere buscar
agradar a Dios, sino agradarse a sí mismo. Y si no terminas en la locura, pues
sí en el caos espiritual que finalmente te ayudará a alejarte completamente de
Dios. Nabucodonosor al final de su desvarío cuando recobró la razón descubrió
que efectivamente es Dios el dueño de todo y dice lo siguiente: “Todos los
habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad
en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien
detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Dn. 4:35). Dice “Él hace según su
voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra”, no dice
que Dios hace tu voluntad, la voluntad de Dios prevalece sobre la tuya y hará
contigo según sus planes y propósitos, no según los tuyos. ¿Estás dispuesto a
amar a ese Dios que no te complacerá en todos tus gustos, que no te dará todos
tus caprichos, que no te dará lo que quieres, sino lo que necesitas? Espero que
después de leer esto sigas amando a Dios, caso contrario entonces tú no te has
convertido realmente, sino que te acercaste a Dios por interés. En tal caso
deberías revisar tu salvación porque probablemente no está fundada en la
palabra de Dios, sino en la palabra de los hombres, haz caso a lo que dice
Pablo: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros
mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a
menos que estéis reprobados?” (2 Co. 13:5). Antes de usar tu fe para asegurarte
un buen status económico, asegúrate que no estés reprobado.

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