lunes, 2 de marzo de 2015

DIOS ES EL DUEÑO DE TODO, NO TU



“Que te echarán de entre los hombres, y con las bestias del campo será tu morada, y con hierba del campo te apacentarán como a los bueyes, y con el rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere” (Dn.4: 25).
A veces nos cuesta aceptar que no somos dueños de nada. Que todo lo que tenemos realmente no nos pertenece, que simplemente somos administradores de lo que tenemos. Y es cierto, si Dios te bendice en tu trabajo, en tu negocio, y el dinero y las posesiones materiales aumentan, corres el peligro de aferrarte a todo eso y olvidarte de Dios; de no reconocerlo en todos tus caminos, o probablemente de reconocerlo sólo en el ámbito espiritual, pero no en el material y puedes llegar a decir: “¡Mis posesiones nadie las toca!”
Sabes el rey Nabucodonosor fue tremendamente bendecido por Dios, el Señor lo puso para que fuera un azote contra los grandes imperios de su tiempo, los asirios, los sirios, los egipcios, y los tirios, no pudieron resistirlo. Y claro, Dios lo puso también para que castigara a su pueblo que lamentablemente cayó en la idolatría y se olvidó de su pacto. La ciudad de Jerusalén fue arrasada por los caldeos y el templo, un emblema de la espiritualidad de la nación judía,  fue destruido. Es decir, Dios cumplió su propósito de sancionar a su querido pueblo usando a un rey pagano, idólatra y cruel como fue el rey de Babilonia. Ahora cuando este soberano monarca logró consolidar sus dominios,  creyó que todo lo que había logrado era gracias a su inteligencia y astucia para la guerra. Este lenguaje te puede resultar familiar, porque hay gente que cree que todo lo que ha logrado en la vida pues se debe a lo mismo, no toman en cuenta a Dios, no quieren aceptar que el Creador los ha dotado de las capacidades y dones para hacer las riquezas. La nación de Israel olvidó lo que Dios le dijo: “Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día”, (Dt. 8:18). El poder que tenemos, la inteligencia que tenemos, las cualidades y habilidades para hacer las riquezas y lograr mejorar nuestro status económico no son de manufactura humana, nacimos con ellos, y Dios nos dotó de ellos para que tengamos éxito.
El rey Nabucodonosor, lamentablemente no lo entendió así y su ego se infló de tal manera que ofendió a Dios, a pesar de que le dio la oportunidad de arrepentirse y reconocer al Altísimo como el dueño de todo, siguió manteniéndose en lo mismo y finalmente se cumplió la sentencia contra el rey para poder corregir su soberbia: “Todo esto vino sobre el rey Nabucodonosor. Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia,  habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino ha sido quitado de ti;  y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere. En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves” (Dn. 4: 28-33). El más grande monarca del mundo de ese entonces experimentó una rara enfermedad, algunos dicen que fue una especie de “monomanía”, convivió con los animales del campo y se alimentó igual que ellos por siete años, hasta que aprendió que el que gobierna realmente el mundo es Dios y que su dominio es permanente y que Dios a quien quiere lo exalta y a quien quiere lo humilla. Pero hay que entender bien, el dominio es de Dios y lo comparte como “Él quiere”, no como tú quieres.
Me preocupa la manera como hoy en día algunos  nos hacen creer que “todo lugar que pisare la planta de tu pie te será dado.” Cuando uno hace un análisis contextual descubre que esa promesa se la da Dios a su pueblo Israel, no significa que necesariamente sea para ti. Tú sabes que sacar un texto fuera de su contexto puede ser un gran pretexto. Me canso de escuchar a los falsos maestros de la biblia que te embaucan haciéndote creer que tú puedes ser dueño de toda posesión aferrándote a textos y promesas de la biblia que no son necesariamente de aplicación universal, porque muchas de ellas son dadas a la nación de Israel. De ser cierto lo que nos enseñan estos fraudulentos profetas de mamón entonces pensaríamos que los apóstoles deben haber sido los hombres más adinerados de su tiempo, y no fue así, sino ¿cómo interpretar lo que dice Pedro?: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”, (Hch. 3:6). ¿Crees que por ser hijo de Dios debes ser merecedor de todas las riquezas del mundo, o por lo menos de las riquezas de tu localidad? No. Entonces eso explica porque muchos creyentes que viven con la ilusión nabucodonosorina, si se puede emplear este término, de creer que son los dueños absolutos de todo finalmente tengan que ser humillados simplemente con nada, y es mejor que no reciban nada antes que reciban la locura que experimentó el rey babilonio. Primero mi querido hermano, el dueño de todo es Dios, segundo, Dios le da las riquezas y la exaltación a quien Él quiere, tercero, tú no tienes derecho a reclamar nada de Dios simplemente por ser su hijo, si Él quiere te lo da y si no quiere no te da nada. Me pregunto si tú seguirías amando a Dios aunque no te dé nada. Piensa que aquellos que te meten ilusiones  falaces usando la biblia, sólo quieren despertar en ti el espíritu de la avaricia, para que te avoques a usar la fe con fines materiales antes que espirituales y debes tener mucho cuidado con esto. Si Dios humilló la arrogancia y el atrevimiento de Nabucodonosor, ¿no podrá hacer lo mismo contigo? Imagínate lo que les hará a los profetas de la prosperidad cuyo corazón ama el tintineo de las monedas que caen en el plato de las ofrendas, y no sólo les encanta el ruido de las monedas, sino de los billetes también, que tú y yo no los escuchamos, pero ellos sí. Son aquellos que como dice el apóstol Pedro: “por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme”, (2 P.2:3). La soberbia tiene su sanción por parte de Dios, el no reconocerlo a Él ,como el dueño absoluto de todo y encima querer que Dios nos dé todo lo que le pedimos, sin importarnos si es que quiere o no hacerlo, tomando los textos bíblicos que nos convienen para sustentar esa herética enseñanza es una actitud típica del arrogante que no quiere buscar agradar a Dios, sino agradarse a sí mismo. Y si no terminas en la locura, pues sí en el caos espiritual que finalmente te ayudará a alejarte completamente de Dios. Nabucodonosor al final de su desvarío cuando recobró la razón descubrió que efectivamente es Dios el dueño de todo y dice lo siguiente: “Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Dn. 4:35). Dice “Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra”, no dice que Dios hace tu voluntad, la voluntad de Dios prevalece sobre la tuya y hará contigo según sus planes y propósitos, no según los tuyos. ¿Estás dispuesto a amar a ese Dios que no te complacerá en todos tus gustos, que no te dará todos tus caprichos, que no te dará lo que quieres, sino lo que necesitas? Espero que después de leer esto sigas amando a Dios, caso contrario entonces tú no te has convertido realmente, sino que te acercaste a Dios por interés. En tal caso deberías revisar tu salvación porque probablemente no está fundada en la palabra de Dios, sino en la palabra de los hombres, haz caso a lo que dice Pablo: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Co. 13:5). Antes de usar tu fe para asegurarte un buen status económico, asegúrate que no estés reprobado.

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