La Biblia nos enseña que debemos respetar a las autoridades, pero nuestra lealtad suprema pertenece siempre a Dios. Esto incluye también a las autoridades eclesiásticas, porque ninguna posición humana puede ocupar el lugar que solamente le corresponde al Señor. Cuando los apóstoles fueron ordenados a dejar de predicar en el nombre de Jesús, respondieron: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29). Cristo tampoco llamó a sus discípulos a convertirse en hombres serviles que buscan agradar a quienes tienen poder, sino en siervos que sirven por amor y obediencia a Dios: “El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mateo 20:26). Existe una gran diferencia entre servir con humildad y trabajar para agradar a los hombres, buscando reconocimiento, privilegios, favores o una posición. Pablo incluso preguntó: “¿Busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?” (Gálatas 1:10). El verdadero servidor no trabaja solamente cuando lo están observando ni hace las cosas para recibir aprobación; sirve con integridad porque sabe que su verdadero Señor está en los cielos. Por eso, nuestra fidelidad no debe depender de quién ocupa un cargo, de qué beneficios podemos obtener ni de qué opinión tienen de nosotros quienes ejercen autoridad. Podemos respetar, honrar y colaborar con nuestros líderes sin convertirlos en el centro de nuestra lealtad. Cuando la obediencia a una autoridad humana entra en conflicto con la obediencia a Dios, nuestra primera fidelidad debe ser al Señor. Al final, no será la aprobación de los hombres la que determine el valor de nuestro servicio, sino la mirada de Aquel a quien verdaderamente servimos.

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