Después de la experiencia del COVID-19, la posibilidad de una nueva pandemia ya no parece algo lejano o propio de las películas. La ciencia reconoce que los brotes de enfermedades infecciosas pueden aparecer nuevamente y que, en algún momento, el mundo tendrá que enfrentar otra pandemia. De hecho, el director general de la Organización Mundial de la Salud afirmó en septiembre de 2026 que la cuestión no es solamente si habrá otra pandemia, sino cuándo ocurrirá. Al mismo tiempo, esto no significa que exista actualmente evidencia de que una nueva pandemia sea inminente. La misma vigilancia científica distingue entre la existencia de amenazas potenciales y el comienzo real de una pandemia. (Organización Mundial de la Salud)
Uno de los ejemplos que recibe especial vigilancia es la influenza aviar H5N1. Este virus ha infectado a animales y ocasionalmente a seres humanos, por lo que los científicos estudian cuidadosamente su comportamiento. Sin embargo, la OMS señala que actualmente no se ha observado una transmisión sostenida de persona a persona. En su evaluación de marzo de 2026, la OMS indicó que el riesgo general para la salud pública de los virus de influenza A conocidos en la interfaz entre animales y seres humanos permanecía bajo. (Organización Mundial de la Salud) Esto nos enseña algo importante: debemos tomar en serio las advertencias científicas, pero no convertirlas en pronósticos alarmistas. La ciencia trabaja con vigilancia, probabilidades, evidencias y escenarios posibles; no puede decirnos con certeza cuándo aparecerá una determinada pandemia ni exactamente qué características tendrá.
La Biblia, por su parte, nos presenta una realidad que muchas veces olvidamos: vivimos en un mundo frágil. Jesús habló de guerras, hambres, terremotos y diversas situaciones difíciles que formarían parte de un mundo marcado por el sufrimiento. En Mateo 24:4-8 encontramos estas palabras: «Mirad que nadie os engañe... oiréis de guerras y rumores de guerras... habrá hambres y terremotos en diferentes lugares». Y Jesús añade algo particularmente importante: «Todo esto será principio de dolores» (NVI). El propósito de estas palabras no parece ser proporcionar a sus discípulos un calendario para identificar cada acontecimiento mundial, sino enseñarles a permanecer despiertos, firmes y preparados.
Por eso debemos tener cuidado con relacionar automáticamente una futura pandemia con una profecía específica. La Biblia no menciona el COVID-19, ni habla explícitamente de una futura pandemia mundial provocada por un virus determinado. Tampoco nos autoriza a afirmar que cada epidemia, desastre natural o crisis internacional constituye necesariamente el cumplimiento directo de una profecía. Hacerlo puede producir temor donde la Escritura llama a tener discernimiento. La profecía bíblica debe estudiarse respetando lo que realmente dice el texto, no utilizando las noticias para forzar interpretaciones.
Pero eso no significa que los acontecimientos mundiales sean irrelevantes para la fe. Una pandemia puede recordarnos algo profundamente bíblico: nuestra vida es limitada y nuestra seguridad terrenal no es absoluta. Santiago 4:14 pregunta: «¿Qué es su vida? Ustedes son como la neblina, que aparece por un momento y luego se desvanece» (NVI). El ser humano puede desarrollar vacunas, hospitales, sistemas de vigilancia y tecnologías extraordinarias, pero continúa siendo una criatura vulnerable. La ciencia puede ayudarnos enormemente a enfrentar las enfermedades, pero no puede eliminar la fragilidad esencial de nuestra existencia.
Aquí aparece un equilibrio que el cristiano necesita conservar. Por un lado, no debemos vivir dominados por el miedo. Por otro, tampoco debemos actuar con irresponsabilidad diciendo que, como confiamos en Dios, no necesitamos escuchar a los científicos, cuidar nuestra salud o tomar medidas preventivas. La prudencia también es un principio bíblico. Proverbios 22:3 dice: «El prudente ve el peligro y lo evita; el inexperto sigue adelante y sufre las consecuencias». Prepararse ante una posible emergencia sanitaria no significa falta de fe. Puede ser precisamente una expresión de responsabilidad hacia nuestra propia vida y hacia nuestro prójimo.
La experiencia del COVID-19 también dejó otra enseñanza: una enfermedad puede comenzar en un lugar determinado y, en un mundo interconectado, alcanzar rápidamente otras regiones. Por esa razón, actualmente existen sistemas internacionales de vigilancia, intercambio de información y preparación ante futuras amenazas. La OMS utiliza herramientas específicas para evaluar virus de influenza con potencial pandémico y estudiar tanto la posibilidad de que desarrollen transmisión sostenida entre seres humanos como el impacto que podrían producir. (Organización Mundial de la Salud) La existencia de estos sistemas no demuestra que una pandemia esté por comenzar; demuestra que el mundo ha aprendido que la preparación es necesaria.
Desde una perspectiva bíblica, quizá la pregunta más importante no sea solamente «¿cuándo llegará otra pandemia?», sino «¿cómo estamos viviendo mientras esperamos el futuro?». Jesús dijo: «Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor» (Mateo 24:42, NVI). La vigilancia cristiana no consiste en vivir obsesionados con las noticias, calcular fechas o interpretar cada enfermedad como una señal definitiva del fin. Consiste en vivir preparados espiritualmente, con una fe auténtica, con una vida coherente y con los ojos puestos en Cristo.
Una nueva pandemia podría llegar algún día. También podrían aparecer nuevas guerras, crisis económicas, desastres naturales u otras situaciones que hoy ni siquiera podemos anticipar. No sabemos cuándo ni de qué manera ocurrirán. Lo que sí sabemos, desde la perspectiva bíblica, es que nuestra esperanza no puede descansar en que el mundo permanezca siempre estable. Nuestra esperanza está en Dios. «Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia» (Salmo 46:1, NVI).
Por eso, frente a la posibilidad de una nueva pandemia, el cristiano no necesita caer ni en el pánico ni en la indiferencia. Puede informarse sin alarmarse, prepararse sin vivir con miedo, utilizar responsablemente los recursos que Dios ha permitido que el ser humano desarrolle y, sobre todo, recordar que nuestra seguridad definitiva no se encuentra en las circunstancias cambiantes de este mundo. La ciencia puede advertirnos de los peligros; la prudencia puede ayudarnos a enfrentarlos; pero la fe nos recuerda dónde está nuestra esperanza.
Quizá una futura pandemia vuelva a mostrarnos, como ocurrió con el COVID-19, que aquello que parecía seguro puede cambiar en cuestión de días. Entonces volveremos a comprender una verdad que la Biblia ha repetido durante siglos: la vida humana es temporal, pero Dios permanece. Por eso, más que intentar adivinar cuándo llegará la próxima gran crisis, debemos preguntarnos si estamos preparados para vivir fielmente hoy. Porque la verdadera preparación cristiana no comienza cuando aparece una emergencia mundial; comienza ahora, viviendo cada día con fe, sabiduría, amor al prójimo y esperanza en Jesucristo.

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