viernes, 25 de septiembre de 2026

PARTIR Y ESTAR CON CRISTO

 


Cuando el apóstol Pablo escribió a los filipenses desde una situación de sufrimiento y encarcelamiento, expresó unas palabras que han llamado la atención de muchos creyentes a través de los siglos: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1:21-23). A primera vista, alguien podría pensar que Pablo estaba simplemente cansado de vivir y deseaba morir para escapar de sus problemas. Sin embargo, el contexto presenta una realidad mucho más profunda. Pablo no dice que desea morir porque la vida sea insoportable, sino que desea partir y estar con Cristo. La razón de su deseo no era principalmente la muerte, sino Cristo mismo.

Pablo había experimentado sufrimientos que pocos de nosotros podríamos imaginar. Había sido azotado, encarcelado, perseguido, golpeado, apedreado y expuesto repetidamente al peligro por causa del evangelio. En 2 Corintios 11:23-28 describe una larga lista de padecimientos: cárceles, azotes, naufragios, peligros, hambre, sed, frío y muchas otras aflicciones. Su ministerio no había sido un camino de comodidad. Sin embargo, resulta significativo que, después de hablar de todas esas dificultades, Pablo no diga simplemente: “Estoy cansado de sufrir y quiero terminar con todo”. Su lenguaje es diferente: “deseo partir y estar con Cristo”. El objeto de su anhelo no era dejar de existir, sino estar en la presencia de Aquel a quien amaba.

Esto nos ayuda a comprender la profundidad de su relación con Cristo. Para Pablo, Cristo no era solamente una doctrina que había aceptado, ni un personaje histórico al que admiraba. Cristo era el centro mismo de su existencia. Por eso pudo decir: “para mí el vivir es Cristo”. Su vida encontraba sentido en Él y, por eso mismo, su muerte significaba ganancia. Si permanecía en este mundo, podía seguir sirviendo a Cristo y ayudando a la Iglesia; si partía, estaría con Cristo de una manera plena y definitiva. Desde cualquiera de las dos posibilidades, Cristo seguía siendo el centro.

Hay algo particularmente hermoso en las palabras de Pablo: “estar con Cristo”. El apóstol no describe la muerte simplemente como el final de la existencia humana, sino como el paso a una realidad en la que estaría con su Señor. Esta esperanza aparece también en otras partes de sus escritos. A los corintios les dijo que estar “ausentes del cuerpo” significaba estar “presentes al Señor” (2 Corintios 5:8). Y a los tesalonicenses les enseñó que los creyentes estarían para siempre con el Señor (1 Tesalonicenses 4:17). La esperanza cristiana, por tanto, no consiste simplemente en dejar atrás los sufrimientos de este mundo; consiste en estar con Cristo.

Esto también nos permite distinguir entre el deseo cristiano de estar con Cristo y un deseo de morir provocado por la desesperanza. Pablo no está expresando un rechazo de la vida ni una voluntad de ponerle fin por sus propios medios. De hecho, inmediatamente reconoce que permanecer en la carne era necesario por causa de los creyentes. Dice: “Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe” (Filipenses 1:25). Esto demuestra que Pablo no estaba despreciando la vida. Estaba dispuesto a continuar viviendo y sirviendo mientras Dios tuviera una misión para él.

Lo que encontramos en Pablo, entonces, es una tensión espiritual muy profunda: por un lado, deseaba estar con Cristo porque sabía que eso era muchísimo mejor; por otro, estaba dispuesto a permanecer en este mundo porque todavía tenía una tarea que cumplir. No buscaba decidir por sí mismo cuándo terminaría su vida. Su existencia estaba en las manos de Dios. Mientras Dios quisiera que permaneciera, viviría para servir; cuando llegara el momento de partir, partiría para estar con Cristo.

Quizá aquí encontramos una de las expresiones más elevadas de lo que significa amar verdaderamente al Señor. Pablo había llegado a valorar tanto la presencia de Cristo que estar con Él después de esta vida era para él algo incomparablemente superior a cualquier cosa que pudiera encontrar en este mundo. No sabemos exactamente qué experimentaba Pablo en su comunión personal con Dios, y sería exagerado afirmar que estaba literalmente “embelesado” por alguna experiencia sobrenatural concreta que el texto no describe. Pero sí podemos afirmar que su amor por Cristo era tan profundo que consideraba estar con Él como algo muchísimo mejor que permanecer en esta vida.

Y esto nos confronta. Podemos preguntarnos: ¿qué significa Cristo para nosotros? ¿Es solamente Aquel a quien acudimos cuando tenemos problemas, o es verdaderamente el centro de nuestra vida? Pablo no decía simplemente: “morir es mejor porque dejaré de sufrir”. Decía, en esencia: “partir y estar con Cristo es muchísimo mejor”. Su esperanza estaba dirigida hacia una Persona.

También nosotros podemos atravesar momentos de sufrimiento, enfermedad, soledad, pérdidas o dificultades. Pero la esperanza cristiana no consiste en desear escapar de la vida, sino en aprender a vivir sabiendo que nuestra vida pertenece a Cristo y que nuestra esperanza final está con Él. Mientras estemos aquí, tenemos una misión; cuando llegue el momento que Dios ha determinado, tendremos la bendita esperanza de estar con nuestro Señor.

Pablo podía decir: “para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” porque había aprendido algo que transforma completamente la manera de enfrentar la vida y la muerte: si vivimos, vivimos para Cristo; y si partimos de este mundo, vamos al encuentro de Cristo. Por eso, su anhelo más profundo no era simplemente morir, sino estar con Aquel que había conquistado su corazón. Y quizá esa sea una de las expresiones más hermosas de una fe madura: no amar la muerte, sino amar tanto a Cristo que estar con Él sea considerado, como dijo Pablo, “muchísimo mejor”.

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