Cuando llegamos a cierta etapa de la vida, podemos comenzar a sentir que ya no somos tan necesarios como antes. Las oportunidades laborales disminuyen, algunas puertas parecen cerrarse y quizá hasta las personas dejan de buscarnos como lo hacían en otros tiempos. Entonces pueden aparecer pensamientos como: “Ya estoy viejo”, “ya no tengo mucho que ofrecer”, “mis mejores años quedaron atrás” o “quizá me queda poco tiempo”. Es fácil dejarse llevar por pensamientos negativos cuando miramos nuestras limitaciones en lugar de mirar a Dios. Sin embargo, la Biblia nunca presenta la vejez como el final de una vida útil ni como la cancelación del propósito de Dios.
El Salmo 92:14 declara: “Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes”. ¡Qué hermosa promesa! Dios no dice que en la vejez tendremos las mismas fuerzas de la juventud, sino que todavía podemos fructificar. Quizá ya no podamos hacer todo lo que hacíamos antes, pero podemos hacer otras cosas que solamente la experiencia, los años y las pruebas nos han enseñado. Podemos aconsejar, enseñar, orar, escribir, evangelizar, animar a otros, compartir nuestra experiencia y transmitir la fe a las nuevas generaciones. Nuestra productividad puede cambiar de forma, pero no tiene por qué desaparecer.
También debemos reconocer que la vejez puede traer temores. Podemos preocuparnos por la salud, por el futuro económico, por la soledad o incluso pensar: “¿Cuánto tiempo me quedará?”. Pero nuestra vida no está finalmente determinada por nuestras circunstancias ni por nuestros temores. Nuestros tiempos están en las manos de Dios. Como dice el Salmo 31:15: “En tu mano están mis tiempos”. Por eso, en lugar de vivir anticipando el final, debemos aprender a agradecer por el día que Dios nos concede y preguntarnos: “Señor, ¿qué puedo hacer hoy con la vida que todavía me has dado?”
No permitamos que la edad nos robe las ganas de servir. No necesitamos demostrar que todavía somos jóvenes; necesitamos demostrar que todavía somos fieles. Tal vez nuestras fuerzas sean menores, pero nuestra experiencia es mayor. Tal vez algunas puertas se hayan cerrado, pero todavía existen otras que Dios puede abrir. Y aunque los hombres ya no reconozcan nuestro trabajo como antes, Dios no se olvida de quienes le sirven.
Pablo, acercándose al final de su vida, pudo decir: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7). Qué hermoso sería que, cualquiera que sea nuestra edad, podamos llegar al final diciendo lo mismo. No se trata de vivir sin errores ni de pretender que somos fuertes todo el tiempo. Se trata de reconocer nuestras debilidades, pedir perdón cuando fallamos, buscar la gracia de Dios y seguir caminando con Él.
Por eso, si eres una persona mayor, no te rindas. Quizá el mundo te considere menos productivo, pero Dios todavía puede utilizar tu vida. Mientras tengas aliento, todavía puedes ser de bendición para alguien. Sigue orando. Sigue aprendiendo. Sigue enseñando. Sigue escribiendo. Sigue sirviendo. Sigue creyendo. La vejez puede ser una etapa de cosecha, no una etapa de abandono.
Y cuando aparezcan pensamientos negativos, recuerda: no sabemos cuánto tiempo nos queda, pero sabemos quién tiene nuestros tiempos en sus manos. No desperdiciemos el presente preocupándonos excesivamente por el futuro. Agradezcamos a Dios por el día de hoy, pidamos su gracia para mañana y sigamos adelante.
Porque la edad puede cambiar nuestras fuerzas, pero no puede cancelar el propósito de Dios. Mientras Dios nos permita vivir, todavía hay algo que podemos hacer para su gloria.
“Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes.” — Salmo 92:14

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