viernes, 10 de julio de 2026

CUANDO EL SISTEMA CHOCA CON LA VOLUNTAD DE DIOS

 


Todos formamos parte de distintos sistemas establecidos por la sociedad. Vivimos bajo gobiernos, trabajamos en empresas, pertenecemos a instituciones, estudiamos en centros educativos e incluso participamos en organizaciones religiosas. La Biblia no presenta estos sistemas como algo necesariamente malo; por el contrario, enseña que el orden y la autoridad cumplen un propósito dentro del plan de Dios. Sin embargo, también deja claro que toda autoridad humana es limitada y nunca debe ocupar el lugar que solo le corresponde al Señor.

Mientras un sistema promueva la justicia, el respeto y principios que no contradigan la voluntad de Dios, el creyente está llamado a ser un ciudadano responsable, un trabajador íntegro y una persona que contribuya al bien común. Las Escrituras nos exhortan a respetar a las autoridades, orar por ellas y cumplir nuestras responsabilidades con honestidad. Pero la pregunta decisiva surge cuando un sistema exige aquello que Dios prohíbe o prohíbe aquello que Dios manda. En ese momento aparece la verdadera prueba de nuestra fidelidad.

La Biblia nos ofrece numerosos ejemplos de hombres y mujeres que enfrentaron ese dilema. Daniel prefirió seguir orando a Dios antes que obedecer un decreto injusto. Sus amigos se negaron a adorar la estatua del rey, aun sabiendo que serían arrojados al horno de fuego. Los apóstoles, cuando se les prohibió predicar el nombre de Jesucristo, respondieron con firmeza: "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres". En todos estos casos, la fidelidad al Señor estuvo por encima de cualquier presión política, social o religiosa.

Esto no significa que el cristiano deba vivir en una actitud de rebeldía permanente contra toda autoridad. La desobediencia civil, desde una perspectiva bíblica, es una excepción y no la regla. Solo tiene lugar cuando obedecer a una autoridad humana implica desobedecer claramente a Dios. Aun en esas circunstancias, el creyente debe actuar con respeto, humildad y disposición para asumir las consecuencias de su decisión, confiando en la soberanía del Señor.

En un mundo donde los sistemas, las ideologías y las corrientes de pensamiento cambian constantemente, la lealtad del cristiano debe permanecer inalterable. Nuestra identidad principal no está en un partido político, una institución, una cultura o una organización humana, sino en Jesucristo. Los sistemas de este mundo son temporales; el reino de Dios es eterno. Por eso, cuando llegue el momento de elegir entre la aprobación de los hombres y la obediencia al Señor, el verdadero discípulo recordará que su fidelidad pertenece, por encima de todo, a Dios, quien es la autoridad suprema y el único digno de nuestra obediencia absoluta.

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