martes, 2 de junio de 2026

CUANDO LA POLÍTICA ECLIPSA EL TESTIMONIO CRISTIANO

 


En tiempos electorales suele hacerse más evidente la diversidad de opiniones que existe dentro de la iglesia. Algunos creyentes encuentran afinidad con propuestas identificadas con la izquierda política, mientras que otros consideran que las propuestas de la derecha representan mejor sus convicciones sobre la sociedad. La existencia de estas diferencias no debería sorprendernos, pues los cristianos viven en contextos históricos, culturales y sociales distintos, y pueden llegar a conclusiones diferentes sobre cuál es la mejor manera de enfrentar los problemas de una nación. Sin embargo, lo que sí debería preocuparnos es la forma en que muchos creyentes se relacionan con quienes no comparten sus preferencias políticas.

Con frecuencia observamos que las discusiones electorales se llenan de palabras agresivas, burlas, descalificaciones, acusaciones temerarias e insultos. Lo más lamentable es que estas expresiones no provienen únicamente de quienes no conocen a Cristo, sino también de personas que profesan seguirlo. En la pasión de la confrontación política, algunos terminan identificándose más con una ideología que con los valores del Reino de Dios. El resultado es un lenguaje que hiere, humilla y desprecia a otros seres humanos creados a imagen de Dios.

La Biblia nos enseña que el carácter cristiano debe manifestarse también en la manera en que hablamos. El apóstol Pablo exhorta a que ninguna palabra corrompida salga de nuestra boca, sino únicamente aquella que contribuya a la edificación de quienes escuchan. Del mismo modo, enseña que nuestras palabras deben estar siempre acompañadas de gracia. Estas exhortaciones no pierden vigencia cuando hablamos de política. Por el contrario, es precisamente en los momentos de mayor tensión cuando más se evidencia si nuestras convicciones están siendo gobernadas por el Espíritu Santo o por las pasiones de este mundo.

El problema no radica en tener una posición política definida ni en expresar desacuerdo con determinadas propuestas. La Escritura no exige uniformidad ideológica entre los creyentes. Lo que sí exige es que toda diferencia sea tratada con amor, respeto y dominio propio. Un cristiano puede cuestionar ideas, analizar programas de gobierno y debatir con firmeza, pero nunca tiene licencia para despreciar a las personas. La firmeza en las convicciones no debe confundirse con agresividad, y la defensa de una causa no justifica el abandono de las virtudes cristianas.

La carta de Santiago contiene una advertencia especialmente pertinente para estos tiempos. Allí se señala la incoherencia de usar la misma lengua para bendecir a Dios y para maldecir a seres humanos hechos a su semejanza. Cuando un creyente participa en cadenas de insultos, difunde mensajes humillantes o se expresa con odio hacia quienes piensan diferente, no solo afecta la convivencia social; también daña su propio testimonio. Quienes observan desde fuera pueden llegar a preguntarse qué diferencia existe entre un discípulo de Cristo y cualquier persona arrastrada por la polarización política.

Es importante recordar que ninguna ideología, partido o candidato ocupa el lugar central que pertenece únicamente a Jesucristo. Los gobiernos son temporales, las campañas electorales terminan y las coyunturas políticas cambian constantemente. El Reino de Dios, en cambio, permanece para siempre. Cuando la identidad política se vuelve más importante que la identidad cristiana, el creyente corre el riesgo de justificar actitudes que la Palabra de Dios condena claramente. La pasión partidaria puede llegar a convertirse en un ídolo que desplaza la obediencia a Cristo y el amor al prójimo.

Por esta razón, la iglesia está llamada a ofrecer un testimonio diferente en medio de una sociedad dividida. Mientras otros responden con insultos, los cristianos deben responder con respeto; mientras otros alimentan el odio, los cristianos deben promover la verdad acompañada de amor; mientras otros buscan humillar al adversario, los cristianos deben recordar la dignidad de toda persona. Esto no significa renunciar a las convicciones ni dejar de participar responsablemente en la vida pública, sino hacerlo de una manera coherente con el evangelio.

El Señor Jesús afirmó que el mundo reconocería a sus discípulos por el amor que se tienen unos a otros. En tiempos electorales, esta enseñanza adquiere una relevancia especial. La credibilidad de nuestro testimonio no depende solamente de lo que creemos, sino también de cómo tratamos a quienes discrepan con nosotros. Por ello, cada creyente debería examinar cuidadosamente sus palabras, sus publicaciones y sus conversaciones. Antes de escribir un comentario ofensivo o compartir un mensaje cargado de desprecio, conviene preguntarse si aquello refleja el carácter de Cristo y contribuye a la gloria de Dios.

Las elecciones pasarán y las circunstancias políticas seguirán cambiando. Lo que permanecerá será nuestra responsabilidad de vivir como embajadores de Cristo en medio de la sociedad. Que nuestras palabras no sean recordadas por la agresividad con la que defendimos una posición política, sino por la gracia, la verdad y el amor que caracterizan a quienes han sido transformados por el evangelio.

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