1 Juan 1:8 “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.”
Existe un peligro silencioso dentro de la iglesia: creer que ya hemos llegado, que ya no fallamos, que somos “espiritualmente superiores”. Este pensamiento no nos acerca a Dios; al contrario, nos aleja de la verdad.
La Biblia no presenta a los creyentes como personas perfectas, sino como personas en proceso, sostenidas cada día por la gracia. Cuando alguien se cree sin errores, deja de mirarse a sí mismo y comienza a señalar con dureza a los demás, especialmente a los más débiles.
Jesús fue claro al advertirnos sobre este espíritu:
“¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu propio ojo?” — Mateo 7:3
El problema no es amar la santidad, sino olvidar la misericordia. Cuando la santidad se predica sin amor, se convierte en carga; cuando la verdad se proclama sin gracia, hiere en lugar de sanar.
El apóstol Pablo nos recuerda el camino correcto:
“Restauradle con espíritu de mansedumbre; considerándote a ti mismo.” — Gálatas 6:1
El creyente maduro no aplasta al que cae; lo levanta. No grita desde un pedestal, sino que se inclina desde la humildad, recordando que también depende cada día del perdón de Dios.
Es bueno preguntarse:
¿Estoy corrigiendo con amor o juzgando con orgullo?
¿Uso la Palabra para restaurar o para condenar?
¿He olvidado de dónde me sacó el Señor?
La cruz nos recuerda que nadie llega por méritos propios. Todos necesitamos gracia, todos necesitamos perdón, todos necesitamos a Cristo.
La verdadera espiritualidad no se demuestra señalando errores, sino reflejando el carácter de Cristo.

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