“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.” (Santiago 1:19)
Uno de los problemas más comunes en el hogar no son los gritos, sino los silencios. Silencios cargados de heridas, palabras no dichas, emociones guardadas y corazones cerrados. Muchas veces convivimos bajo el mismo techo, pero vivimos lejos unos de otros.
En la pareja, la falta de comunicación apaga el afecto. Entre padres e hijos, crea muros invisibles que con el tiempo se vuelven difíciles de derribar. Dios no diseñó el hogar para que sea un lugar de distancia, sino de cercanía, comprensión y amor.
La Biblia nos recuerda que escuchar es tan importante como hablar. Cuando dejamos de escuchar, dejamos de comprender. Y cuando dejamos de comprender, comenzamos a juzgar, a herir o a alejarnos.
“La blanda respuesta quita la ira…” (Proverbios 15:1)
Cuántos conflictos se habrían evitado con una palabra dicha a tiempo, con una conversación sincera, con una actitud humilde. El silencio prolongado no sana; al contrario, profundiza las heridas.
Dios es un Dios que se comunica. Él habla, pero también escucha. Nos llama a imitar Su carácter en nuestros hogares: hablar con amor, corregir con sabiduría y escuchar con paciencia.
“Si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer.” (Marcos 3:25)
Un hogar sin comunicación se debilita espiritualmente. Pero cuando Cristo gobierna nuestras palabras, la unidad se restaura y la paz vuelve a reinar.
Es bueno preguntarnos:
¿Estoy escuchando verdaderamente a mi cónyuge o a mis hijos?
¿He permitido que el orgullo o el enojo me lleven al silencio?
¿Qué conversación necesito tener hoy con amor y humildad?
Hoy es un buen día para abrir el corazón y cerrar la puerta al distanciamiento.

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