En la vida cristiana, Dios levanta a hombres y mujeres para servirle en diversos ministerios, y cuando ese servicio es fiel y fructífero, suele venir acompañado de reconocimiento, aprobación e invitaciones. Sin embargo, este escenario, aunque legítimo en apariencia, encierra un serio peligro espiritual: que el corazón del siervo desvíe su mirada de Cristo hacia sí mismo, permitiendo que el aplauso humano alimente la soberbia y transforme el llamado al servicio en una búsqueda de exaltación personal. La Biblia advierte con claridad sobre este riesgo y nos llama a examinar nuestras motivaciones para que, en todo, solo Cristo sea glorificado.
1. El llamado original del siervo: glorificar a Cristo, no a sí mismo
La Escritura es clara: todo don y ministerio tiene un solo propósito: la gloria de Dios.
“Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo” (1 Pedro 4:11)
Cuando el siervo comienza a buscar aplausos, aprobación o fama, el enfoque se desplaza del trono de Cristo al ego humano. El ministerio deja de ser servicio y se convierte en plataforma personal.
2. El peligro del aplauso: la gloria robada
La Biblia muestra que la aceptación del hombre puede convertirse en una trampa espiritual.
“¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?”(Juan 5:44)
Muchos comienzan bien, pero el reconocimiento constante adormece la vigilancia espiritual. El aplauso es peligroso cuando reemplaza la aprobación de Dios.
Un ejemplo contundente es Herodes:
“El pueblo aclamaba gritando: ¡Voz de dios, y no de hombre! Al momento un ángel del Señor lo hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios” (Hechos 12:22–23)
Dios no comparte su gloria (Isaías 42:8).
3. La soberbia: antesala de la caída ministerial
La Escritura advierte repetidamente sobre el orgullo espiritual: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu”
(Proverbios 16:18)
Cuando el siervo se engríe:
deja de rendir cuentas
se vuelve irreprensible
confunde autoridad con autoritarismo
ya no pastorea, controla
4. Liderazgo bíblico vs. dictadura espiritual
Jesús fue muy claro en este punto: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas… mas no así vosotros” (Lucas 22:25–26)
Y Pedro exhorta a los líderes: “Apacentad la grey de Dios… no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:2–3)
El liderazgo cristiano no se mide por:
cuántos obedecen
cuántos aplauden
cuántos temen
Sino por cuánto se parece el líder a Cristo.
5. Cristo: el modelo supremo de humildad ministerial
Jesús, siendo Dios, rehusó exaltarse:
“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29)
“El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45)
Si el Maestro lavó pies, ningún siervo tiene derecho a levantar un trono para sí mismo.
6. La prueba del ministerio no es el éxito, sino la humildad
Pablo, a pesar de su grandeza ministerial, dijo:
“¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías?” (1 Corintios 4:7)
El verdadero siervo entiende que:
el don no lo hace superior
el llamado no lo hace intocable
el fruto no lo hace dueño de la iglesia
El aplauso del hombre es pasajero, pero la aprobación de Dios es eterna.
Cuando un siervo se engríe, el ministerio deja de crecer y comienza a corromperse.
Dios exalta a los humildes, pero resiste a los soberbios (Santiago 4:6).
“Humillaos bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo” (1 Pedro 5:6)

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