Hay días cuando puedes despertar desganado, no quieres ir a
trabajar, estudiar, hacer ejercicios, leer tu biblia, ni orar. Estás con una
depresión que no la puedes explicar. Bueno, si se trata de cambios hormonales o
asuntos de la edad o porque comiste algo anoche que te cayó mal y te hizo levantar
de mal humor o todo lo anterior, pues en el momento no te pones a tratar de
encontrarle alguna explicación lógica al asunto. Tampoco somos de la tendencia
de aquellos súper espirituales que desean encontrarle una explicación espiritual
a todo y que raya más en la guerra espiritual y te hacen creer que el enemigo
te está poniendo trabas o te está atacando y quitando el ánimo para que no te
acerques a Dios, o en el peor de los
casos, según ellos, se te ha metido un espíritu de sueño o de flojera o algún
tipo de espíritu que te produce todo lo que sientes. Y aunque no es malo
descartar esto último, pienso que los que tienen a Cristo en su corazón pues deben hacer caso a lo que dice Juan: “Sabemos
que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue
engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca” (1 Jn. 5:18). Si el
enemigo no me toca, entonces ¿qué me sucede? Mira en realidad no te desesperes, no creo que
todos los días amanezcamos con el mismo humor. Si Cristo todavía late en tu
corazón y tu amor por Él, no ha cambiado pues entonces no debes pensar que tu
asunto espiritual se ha complicado. Él, sabe que lo amas, que tienes una
relación que procura mejorar cada vez más, porque sabe que lo deseas y te
esfuerzas por ello. Si no leíste la biblia hoy o no oraste porque se te
complico el ánimo, no por eso debemos creer que tu salvación está comprometida.
Ahora, si la cosa se hace crónica y es de todos los días, al punto que pueden
pasar días, semanas, meses y no quisiera pensar que años, que no lees tu
biblia, ni oras ni tampoco quieres ir a la iglesia, y le has perdido todo
interés a tu comunión con Dios y el mundo te atrae más y los amigos del mundo y
sus diversiones son cada vez deseables, entonces allí sí que te pediría que
hagas un alto en el camino y te examines porque eso no es normal para tu vida
espiritual. El creyente no puede perder la pasión, el ardor por su Salvador, no
podemos dejar de alimentarnos de su palabra ni de orar, no porque se nos
obligue a ello, sino porque “es una “necesidad para nuestra alma”. En este caso
pienso que has dado lugar al mundo en tu corazón y sin darte cuenta has
permitido que el enemigo siembre dudas en tu mente que se traducen luego en ese
desgano cotidiano y si esto te alejó de
la iglesia te diría como el apóstol dijo
a los corintios: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a
vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en
vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Co. 13:5). Los vaivenes de la
espiritualidad del creyente son normales, pero lo que se hace crónico revela un
problema espiritual: un pecado no confesado, o un estilo de vida que permitimos
y que ofende a Dios. Y tú sabes que aunque somos imperfectos, requerimos ser
perfeccionados por nuestro Dios cada día. Por eso, a menos que no lo desees,
anhela ser perfeccionado cada día en cuerpo, alma y espíritu, es la garantía de
que Cristo realmente habita por la fe en tu corazón, y recuerda que Dios nunca
nos deja, generalmente somos nosotros los que lo hacemos; Él tiene un plan
contigo y no cejará hasta cumplirlo: “estando persuadido de esto, que el que
comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo…”
(Fil.1:16).

No hay comentarios:
Publicar un comentario