
J. N. Armstrong
El mundo de hoy día casi no conoce nada acerca del cristianismo no denominacional. Para muchos es difícil dar cabida a la idea de que uno puede ser solamente cristiano. Apenas uno afirma que es cristiano, la pregunta que invariablemente le hacen es esta: «¿A cuál denominación pertenece usted?». Se niega incluso la idea de que una persona puede ser cristiana sin pertenecer a denominación alguna. Si uno osa afirmar que es cristiano y niega tener afiliación denominacional alguna, le impondrán un nombre denominacional.
Suponga que una docena de tales cristianos comenzaran a trabajar y a adorar como lo haría una congregación de creyentes, y que ellos afirmaran no tener comunión con ninguna de las denominaciones existentes. Aun si afirmaran ser cristianos y nada más que cristianos, que solamente son miembros de la iglesia de Cristo, si no se les investiga, sucedería lo inevitable: Se les calificaría
de denominación.
Muchos consideran imposible que los cristianos sean solamente cristianos, y que una iglesia sea solamente una iglesia de Cristo. Supongo que nadie le negaría tal honor y distinción a la iglesia que estaba en Jerusalén en los días en que los hombres hablaban por el Espíritu de Dios. Los primeros siete capítulos del libro de Hechos hacen un relato de la organización y obra inicial de esta congregación. Aunque tenía miles de miembros, todos estos creyentes eran solamente cristianos. Ninguno de ellos afirmaba ser algo más que discípulo de nuestro Señor. Todo individuo, al ser salvo, era añadido por el Señor a la iglesia —¿a cuál iglesia? ¿A cuál denominación pertenecían todos
estos cristianos? En ese tiempo no había ninguna denominación sobre la faz de la tierra, a la cual ellos podrían haber pertenecido. Si miles de hombres y mujeres que había en Jerusalén llegaron a ser discípulos de Cristo, fueron salvos y añadidos a la iglesia —sin pertenecer ninguno de ellos a una denominación, sino que solamente a «la iglesia»— ¿por qué no pueden miles de hombres y mujeres hoy día hacer y ser lo mismo? ¿Por qué se nos niega el privilegio de ser nada más que los cristianos, discípulos y personas salvas que fueron ellos? Si ellos pudieron ser salvos, vivir la vida cristiana, y trabajar para Dios y adorarlo sin ser nada más que discípulos y miembros de «la iglesia», ¿por qué no puedo hacerlo yo? ¿Qué me lo impide? Si estas personas fueron
añadidas a «la iglesia», siendo guiadas por los apóstoles mismos de nuestro Señor, ¿no podemos nosotros tener la seguridad, la completa seguridad, de ser lo que ellos fueron? De hecho, ¿no es más bien exponerse a mucho peligro el hacer caso omiso de este santo ejemplo del Espíritu en los apóstoles? «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Romanos 8.14). El no seguir este ejemplo de los primeros discípulos equivale sin duda alguna a no seguir la guía del Espíritu de Dios, y el no seguir al Espíritu de Dios equivale a no ser hijos obedientes de Dios. La única manera como podemos ser hijos fieles de Dios es por medio de seguir de modo explícito al Espíritu Santo; y el seguir al Espíritu Santo equivale a no pertenecer a denominación alguna, y a ser nada más que discípulos, nada más que cristianos, salvos, y añadidos a Su iglesia porque somos salvos. ¿Acaso no es suficiente la religión de nuestro Señor, que fue dada al mundo por medio de Sus apóstoles y profetas inspirados? ¿Acaso le falta pureza? ¿Osamos proponerle mejoras?
Suponga que alguien toma el Nuevo Testamento de nuestro Señor, se esmera en estudiarlo, y se somete totalmente al Cristo del cual habla, obedeciendo de corazón los mandamientos de este Señor. Si tal persona se esfuerza constantemente por hacer y ser lo que este Cristo del Nuevo Testamento le enseña —y rehúsa hacer o ser otra cosa excepto lo que Cristo le señala— ¿en qué se convertirá, y qué llegará a ser? Llegará a ser sin duda un discípulo de Cristo, encontrará sin duda la salvación y será añadido sin duda a «la iglesia».
De hecho, será en gran manera semejante a los discípulos que estaban en Jerusalén. Ahora suponga que un centenar de tales personas amantes de la religión viven en una misma ciudad. Si se reúnen para adorar a Dios tal como lo haría una congregación, sin conocer a ningún otro Señor excepto a Jesús, y ninguna otra iglesia excepto la iglesia a la cual el Señor los añadió al ser salvos, ¿qué iglesia constituirían ellos en tal ciudad? ¿A cuál denominación pertenecerían? A ninguna, por supuesto; pertenecerían sencillamente a la iglesia establecida por Cristo. ■
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