Hay violencia en nuestra sociedad y nos preguntamos por qué
existe tanta. Inconscientemente nos llenamos de preguntas y tratamos de buscar
respuestas de la razón del incremento de la criminalidad, de la delincuencia,
de la corrupción moral, de las guerras, y de todo acto que tiene como objetivo
dañar o matar a nuestro prójimo. Y claro no faltan los científicos sociales, sociólogos,
sicólogos, etc, que tratan de darle una explicación “razonable”, aunque no
convincente sobre este fenómeno. Cuando nos ponemos a ver la televisión nos
damos cuenta de que las películas, las novelas, los programas cómicos, los
dibujos animados están cargados de violencia. Si leemos los periódicos y
revistas, pues también. Si compramos juguetes a nuestros hijos pues les
conseguimos de aquellos que la publicidad nos impone, es decir, los superhéroes
cuyas películas contienen violencia. Cuando salimos a las calles vemos a
nuestros pequeños que realizan juegos inofensivos de guerritas que a la larga
se convierten en peleas de pandillas que derraman sangre. Cuando tenemos que
estar ocupados, y nuestros niños “nos molestan”, pues les dejamos que jueguen
su play station cargado de sangre y crueldad o les dejamos navegar por internet
por páginas que sólo Dios sabe y ellos también qué clase de contenido tienen. Y
claro que el producto de todo esto es que la violencia se incuba en el niño y se
exterioriza en el adulto. Ahora si muchos de estos niños vienen de hogares
disfuncionales donde han sido maltratados o donde los padres han sido un pésimo
ejemplo y en donde el odio, y la inmoralidad han sido el pan de cada día. ¿Qué
esperas que salga de un hogar donde no hay autoridad ni valores? ¡Un ángel! La verdad
es que a los padres no les interesa la manera cómo forman a sus hijos, no les
interesa enseñarles valores, mucho menos hablarles de Dios. ¿Cómo le vas a
hablar de Dios a tus hijos si está ausente en tu corazón? Algunos padres les
dicen a sus hijos que vayan a la iglesia, pero ellos no van, algunos padres les
dicen a sus hijos que lean la biblia y ellos no la leen. Algunos padres les
enseñan a sus hijos principios morales, pero ellos mismo los echan a perder con
su mal ejemplo. Y todo esto a la larga se traduce en una generación sin Dios,
agnóstica, insensible, dura de corazón, cruel, rebelde en donde se forman los “hijos
sin consciencia”, dispuesta al mal, a la corrupción, a la violencia, al odio y
a adorar más al diablo que a Dios. Porque tu vida puede ser una adoración a
Dios cuando le obedeces, pero adoras al diablo cuando haces lo contrario. Y lo
que es peor todo esto lo haces sin que te des cuenta. Al diablo le conviene que
no te des cuenta, pero a Dios sí, porque te ama. ¿Tú anhelas que tu hogar
cambie, que tus hijos que están perdidos cambien, que tu esposo o esposa infiel
cambie, que tu hogar que está a punto de naufragar cambie? Todo esto es posible
si abres tu corazón y permites que Cristo entre en tu vida; Él, puede hacer lo
que tú no puedes. El mensaje de los apóstoles para el carcelero de Filipos era:
“ Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hch. 16:31). Y si
Dios pudo cambiar el hogar del carcelero, ¿podría hacerlo con el tuyo también?
¡Claro que sí! pero debes desearlo de corazón. Busca a Dios.

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