miércoles, 1 de abril de 2015
EL QUE MOJA CONMIGO EN EL PLATO
Estando en la última cena Jesús con sus discípulos, el Maestro hizo una declaración que fue confusa en la mente de ellos: “Y cuando se sentaron a la mesa, mientras comían, dijo Jesús: De cierto os digo que uno de vosotros, que come conmigo, me va a entregar. Entonces ellos comenzaron a entristecerse, y a decirle uno por uno: ¿Seré yo? Y el otro: ¿Seré yo? El, respondiendo, les dijo: Es uno de los doce, el que moja conmigo en el plato” (Mr. 14:18-20). Uno de sus discípulos lo traicionaría, pero ninguno de ellos sabía a ciencia cierta de qué se trataba el asunto, claro uno desconoce lo que le sucederá en el futuro, pues éste está velado a nosotros, menos a Dios. Sólo Él, puede conocer lo que te pasa y lo que te pasará, y el Señor sabía quién de los doce le sería desleal. Sin embargo la deslealtad en nuestro tiempo es diferente, no vamos a vender a Jesús por 30 piezas de plata, pero puedes serle desleal cuando tu relación con Él no es sincera, y no eres transparente. Aun cuando sabemos que a Dios nada se le esconde hay muchos que viven escondiéndose cuál Adán de la presencia de Dios, y es obvio que están haciendo algo malo, pero no lo declaran porque no quieren renunciar al pecado. La traición también se evidencia cuando tienes otras prioridades por encima de Dios. Hay cosas que te cautivan y te llaman la atención más que Él; es increíble ver cómo el mundo nos presenta cosas que pueden meterse en tu corazón y pueden regular tus prioridades. Tal vez ahora no “tienes tiempo para leer la biblia”, por lo menos es la justificación que escucho de muchos, pero tienen tiempo para chatear, para whasapear, para ir al cine, para ir a reuniones sociales, para ir a las discotecas, al fútbol, para ver la tele, pero ¿leer la biblia? ¡No hay tiempo! Me parece que traicionamos también a Jesús cuando confiamos más en nosotros mismos que en Él, y pensamos que nuestros criterios son más adecuados que los criterios bíblicos. Tácitamente es como decirle a Dios: “mejor antes de hacerlo a tu manera lo hago a la mía”. Y después esto nos lleva a hacer algo incorrecto que lo deshonra y siembra un mal testimonio por parte nuestra. Traicionamos a Jesús cuando tenemos temor de salir perjudicados por causa de Él. Jesús le dijo a Pedro: “De cierto te digo que tú, hoy, en esta noche, antes que el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres veces. Mas él con mayor insistencia decía: Si me fuere necesario morir contigo, no te negaré. También todos decían lo mismo”, (Mr. 14:30-31). Y sabemos el resultado de las declaraciones de Pedro, no siempre la vehemencia de nuestras palabras puede indicarnos que estamos obrando de acuerdo a la voluntad de Dios. Si nuestras convicciones de fe están bien arraigadas entonces esto se traduce en una vida de lealtad a nuestro Señor, caso contrario repetiremos lo que hizo Pedro, negaremos a Jesús. Definitivamente la traición es el clímax de un proceso equivocado. Si empezamos mal, terminamos mal. Si la casa está mal hecha habrá problemas, el profeta Isaías lo ilustra de esta manera: “por tanto, os será este pecado como grieta que amenaza ruina, extendiéndose en una pared elevada, cuya caída viene súbita y repentinamente”, (Is. 30:13). Es verdad, la traición no es algo que sucede fortuitamente, es un proceso donde el pecado ha ido asentándose, en donde extrañas actitudes y motivaciones han ido acomodándose en nuestro corazón y formaron parte de nuestras creencias, y se mezclaron también con las que hemos aprendido de la biblia y se produjo un caos mental y espiritual que finalmente desemboca en una actitud de deslealtad, de traición a nuestro Dios. ¿Cuántos Judas habrá en nuestras iglesias? Seguramente que muchos, incluso cualquiera de nosotros puede ser un “potencial Judas”, si descuidamos nuestra vida espiritual y nos ajustamos a cualquiera de las condiciones anteriormente descritas. ¿Tú mojas también en el plato con tu Salvador? ¿Mantienes una comunión profunda e íntima con Él? No está mal, y que esa comunión se mantenga transparente y limpia siempre, si es que no permites que elementos extraños la perjudiquen. Que Dios te ayude y nos ayude a todos a meditar en nuestros actos y tener el valor del salmista de examinarnos siempre, cuando decía: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24).
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