Cuando el éxito te deslumbra y embelesa, cuando la fama te sonríe
y ves que todo el mundo se fija en ti, pues debes tener la sabiduría para saber
cómo manejar todo eso. Cuando las circunstancias te son favorables y todo te
sale color de rosa, entonces es el momento para doblar rodillas y agradecerle a
Dios por esa buena ventura. El problema del exitoso es que cuando tiene todo
esto se olvida de Dios, se olvida de aquellos que lo ayudaron, de las personas
que lo encaramaron a la cumbre de la cual disfrutan. La naturaleza humana es
así, solemos solazarnos y engreírnos con el éxito y nos volvemos egoístas,
mezquinos y olvidadizos. La fama no te acompañará siempre, cuando no tengas
nada de lo que tienes ahora te quedarás solo y tal vez olvidado así como
olvidaste a los que te dieron la mano. Tienes que aprender a manejar el éxito y
ser humilde, de lo contrario él te manejará a ti. Busca a Dios.

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