jueves, 12 de marzo de 2015

DIOS Y LA LEY CIVIL



Si vamos a aceptar la homosexualidad, la bisexualidad, el lesbianismo, y la transexualidad como formas de conducta sexual normales y encima queremos darles visos de legalidad, entonces tendríamos que pensar también que los que practican la pedofilia, la zoofilia, la necrofilia y las diversas parafilias pues también tienen “conductas normales”. Y no estoy exagerando porque en algunos países de “mente abierta” están yendo hacia esos nuevos horizontes de perversión.  Los que practican las diversas parafilias desean tener el aval legal para que no se considere delito a sus nefastas prácticas. No me extrañaría que si en el Perú se aprueba la ley civil como se espera, pues también en el transcurso del tiempo se legalicen también las perversiones sexuales que ahora rechazamos. Escuché a un señor que decía que Dios ama a los homosexuales, a los bisexuales, etc, y que la biblia no los condena. La verdad no sé qué biblia estará leyendo ese señor, pero sería bueno que analice lo que dice el libro de Romanos 1:26-27: “Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”. Si la biblia llama “hechos vergonzosos” a estos actos impuros, entonces ¿por qué legalizaremos los hechos vergonzosos? ¿Somos más sabios que Dios? ¿Le vamos a decir que se equivocó en sus concepciones de género y que ahora debe cambiar de opinión? Si el señor Bruce y todos sus allegados, que apoyan la ley civil profesan la fe cristiana, y la verdad que tengo mis dudas al respecto, pues entonces ¿sobre qué fundamento bíblico esgrimen su argumento de la aprobación de la ley civil? Es obvio, que no creen en Dios, ni les interesa, porque no hay sustento bíblico para la ley civil. Al no tenerlo pues recurren a argumentos humanistas, jurisprudencias humanas, y que, según ellos tienen más valor que las Escrituras. Y esto en realidad es la reacción típica del hombre posmoderno, que no quiere aceptar la autoridad de Dios sobre su vida y se ha levantado en desafío abierto a Él, como diciéndole: “Dios, yo sé más que tú, y por favor, no te metas en este asunto. Por otro lado, me preocupa que haya algunos “seudo pastores”, que están resentidos de su verdadera fe y que no salen abiertamente a confesar su apego y simpatía a esta ley civil, por no perder su status, o reputación de “hombres de Dios” mal ganada por cierto, ya que no están honrando al Dios verdadero, sino que, en pro de intereses políticos, o prebendas económicas, y por su deseo megalómano de hacerse famosos,  están dispuestos a claudicar de su llamado, si es que han sido llamados, ya que deshonran a su Dios porque en realidad sus argumentos no se ajustan a la ortodoxia bíblica. Los defensores de la ley civil deben aprender a perder, y claro están en todo su derecho de seguir intentando su contumaz y rebelde argumentación no bíblica para que se apruebe esa ley que sólo legalizará la perversión sexual y sumirá en el caos moral a las nuevas generaciones. A los creyentes en Dios y defensores de la familia natural no nos toca defender a Dios, pues Él sabe hacerlo solo, y de hecho que lo hará, porque la biblia dice: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor, (Ro.12:19). Así que tarde o temprano estos señores tendrán que presentarse ante Dios y como dice la biblia: “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (He. 10:31), sólo Dios los juzgará y ante Él, nada se ocultará.  Y no digo esto porque quiera amedrentar con este argumento del juicio, que existe claro, sino que así como ellos intentan establecer un tipo de justicia que va en desacuerdo con la voluntad divina, pues conocerán al verdadero juez, que los juzgará de acuerdo a su justicia verdadera expresada por su palabra, y veremos si en el juicio ante el gran trono blanco (Ap. 20), tendrán el mismo valor que tienen en la tierra para seguir argumentando lo mismo. Esperemos que antes que esto suceda pues recapaciten en lo que están intentando hacer y se arrepientan, caso contrario, ya saben lo que les espera.

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