Una verdad bíblica que pocos entienden
La expresión “haz un pacto con Dios” se ha vuelto común en algunos contextos cristianos, especialmente cuando se asocia con la idea de recibir bendición, prosperidad o una respuesta específica de parte de Dios. A primera vista puede parecer bíblica, pero cuando se examina con cuidado el testimonio de las Escrituras, surge una realidad más profunda y también más desafiante: en la Biblia, los pactos verdaderos no nacen de la iniciativa del hombre, sino de la soberana voluntad de Dios.
Desde el principio, los pactos bíblicos son establecidos por Dios. Él es quien decide relacionarse con el ser humano bajo ciertos términos, revelando su propósito y comprometiéndose con promesas específicas. Así ocurre en el pacto con Noé, donde Dios promete no volver a destruir la tierra con un diluvio; en el pacto con Abraham, donde le asegura descendencia, tierra y bendición; y en el nuevo pacto, consumado por medio de Jesucristo. En todos estos casos, el patrón es claro: Dios habla, Dios establece, Dios garantiza. El hombre no negocia esos pactos ni los propone; simplemente los recibe o los rechaza.
Un ejemplo contundente se encuentra en Génesis 15, donde Dios ratifica su pacto con Abraham. En la ceremonia antigua, ambas partes debían pasar entre los animales partidos como señal de compromiso mutuo. Sin embargo, en este caso, solo Dios pasa entre ellos, mientras Abraham permanece pasivo. Esto muestra que el cumplimiento del pacto depende enteramente de Dios. Abraham participa por medio de la fe, no como un socio que define condiciones, sino como alguien que confía en la promesa divina.
Esto no significa que el hombre no pueda responder a Dios. La Biblia sí registra momentos donde personas hacen votos o promesas personales, como Jacob cuando dice que el Señor será su Dios si lo guarda en su camino, o Ana cuando promete dedicar a su hijo. Sin embargo, estos actos no constituyen pactos en el sentido bíblico estricto. No establecen un acuerdo soberano ni obligan a Dios; más bien, son respuestas humanas, muchas veces motivadas por necesidad o gratitud. De hecho, las Escrituras advierten que hacer votos es algo serio y no debe tomarse a la ligera, pues compromete al hombre, no a Dios.
El problema surge cuando la idea de “hacer un pacto con Dios” se convierte en una especie de transacción: el hombre ofrece algo —dinero, sacrificio, compromiso— esperando que Dios responda con bendición material o prosperidad. Este enfoque distorsiona la naturaleza del carácter divino y la esencia del evangelio. Dios no es un negociador ni un deudor del ser humano. Su gracia no se compra ni se activa mediante fórmulas humanas. La bendición de Dios fluye de su voluntad, no de acuerdos iniciados por el hombre.
En el Nuevo Testamento, esta verdad se hace aún más clara. El nuevo pacto no fue propuesto por la humanidad, sino anunciado por Dios y cumplido en Jesucristo. Es un pacto basado en gracia, no en méritos. El ser humano no entra en este pacto negociando condiciones, sino creyendo. La fe es la respuesta adecuada, no el intento de establecer términos. Por eso, la invitación del evangelio no es “haz un pacto con Dios”, sino “arrepiéntete y cree”.
En definitiva, aunque la expresión pueda sonar espiritual, puede llevar a una comprensión equivocada si no se define correctamente. El hombre no inicia pactos con Dios en el sentido bíblico; Dios es quien toma la iniciativa. Lo que sí puede hacer el ser humano es responder con fe, obediencia y entrega. Más que buscar “hacer un pacto”, la Escritura nos llama a confiar en los pactos que Dios ya ha establecido y a vivir dentro de ellos con un corazón rendido. Allí no hay negociación, pero sí hay gracia abundante, fidelidad segura y una relación verdadera con el Dios que siempre da el primer paso.

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