Estar libre del dominio del pecado no significa alcanzar una perfección absoluta, sino vivir una transformación interior donde el pecado ya no gobierna las decisiones ni define la identidad de la persona. Es pasar de una vida dominada por impulsos, hábitos destructivos o egoísmo, a una vida guiada por la conciencia, la fe y el deseo sincero de hacer lo correcto. Implica una lucha constante, pero también una victoria progresiva: ya no se es esclavo, sino alguien que, con ayuda espiritual, puede elegir el bien. Es experimentar una libertad profunda, donde el corazón deja de estar atado a aquello que lo alejaba de Dios y comienza a caminar en una nueva dirección, marcada por la gracia, la verdad y un propósito más elevado.
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