A lo largo de la historia, muchas personas han cuestionado el actuar de Dios en el Antiguo Testamento. Algunos críticos sostienen que el Dios que aparece allí parece severo, especialmente cuando se narran juicios contra naciones paganas donde murieron hombres, mujeres y niños. Según esta perspectiva, ese actuar parecería incompatible con la imagen de amor y misericordia que se presenta de Dios en el Nuevo Testamento. A partir de esto surge una pregunta frecuente: ¿cambió el carácter de Dios?, ¿son dos dioses distintos el del Antiguo y el del Nuevo Testamento?, ¿debió Dios mostrar más compasión hacia aquellas naciones? Sin embargo, cuando la Biblia se estudia en su totalidad, se descubre que Dios no cambia y que su carácter es perfectamente coherente a lo largo de toda la Escritura.
La Biblia afirma claramente que Dios es inmutable. En Malaquías 3:6 Dios declara: “Porque yo Jehová no cambio”. De igual manera, Hebreos 13:8 afirma que Jesucristo es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Esto significa que el Dios del Antiguo Testamento es el mismo del Nuevo Testamento. Su carácter incluye amor, pero también justicia, santidad y verdad. Cuando algunas personas perciben una diferencia entre ambos testamentos, generalmente se debe a que observan solo un aspecto del carácter de Dios y no su totalidad.
En el Antiguo Testamento Dios es presentado como un Dios lleno de misericordia y paciencia. En Éxodo 34:6 se describe a Dios como “misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad”. A lo largo de siglos, Dios soportó la maldad de muchas naciones antes de ejecutar juicio. Un ejemplo claro se encuentra en Génesis 15:16, cuando Dios le dice a Abraham que su descendencia regresaría a la tierra prometida después de cuatro generaciones, “porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo”. Esto muestra que Dios no actuaba de manera impulsiva ni cruel; al contrario, daba tiempo para el arrepentimiento.
Las naciones que fueron juzgadas por Dios practicaban actos profundamente perversos según el testimonio bíblico y la evidencia histórica. Entre estas prácticas estaban la idolatría extrema, la inmoralidad sexual ritual, la violencia y, especialmente, el sacrificio de niños a sus dioses, como se menciona en Deuteronomio 12:31 y Levítico 18:21. Estas prácticas no solo corrompían a esas sociedades, sino que también amenazaban con contaminar espiritualmente al pueblo de Israel, que había sido llamado a ser un pueblo santo para revelar a Dios al mundo. Los juicios divinos contra esas naciones tenían también el propósito de frenar la expansión de esa corrupción moral y religiosa.
Otro aspecto importante es que Dios siempre mostró misericordia incluso hacia los paganos. La Biblia presenta numerosos ejemplos de personas no israelitas que recibieron la gracia de Dios. Rahab, una mujer cananea de Jericó, fue salvada junto con su familia por haber creído en el Dios de Israel. Rut, una mujer moabita, llegó a formar parte del linaje del rey David y finalmente del Mesías. El libro de Jonás muestra a Dios enviando un profeta a la ciudad pagana de Nínive para advertirles y darles oportunidad de arrepentirse. Cuando los ninivitas se humillaron, Dios tuvo compasión de ellos y no los destruyó. Estos ejemplos revelan que la misericordia de Dios nunca estuvo limitada a una sola nación.
Además, el Nuevo Testamento también presenta a Dios como juez. Muchas veces se olvida que Jesús habló con claridad sobre el juicio final, el infierno y la condenación del pecado. En Mateo 25 se describe el juicio de las naciones, y en Apocalipsis se anuncian juicios divinos sobre el mundo. Esto demuestra que el Dios del Nuevo Testamento sigue siendo justo y santo. La diferencia principal es que, con la venida de Cristo, Dios manifestó de manera plena su plan de salvación, ofreciendo gracia y perdón a todos los pueblos mediante la obra redentora de Jesús.
Por lo tanto, no existen dos dioses distintos ni un cambio en el carácter divino. El mismo Dios que juzgó el pecado en el Antiguo Testamento es el que ofrece salvación en el Nuevo Testamento. Su amor no elimina su justicia, y su justicia no contradice su amor. Ambos atributos forman parte de su naturaleza perfecta. Cuando Dios ejecutó juicio contra ciertas naciones, lo hizo como juez santo frente a la maldad persistente, después de largos periodos de paciencia. Y cuando ofrece salvación al mundo en Cristo, lo hace movido por el mismo amor que siempre ha tenido por la humanidad.
La Biblia, en su conjunto, presenta un mensaje coherente: Dios es santo y no puede tolerar el pecado indefinidamente, pero también es misericordioso y desea que las personas se arrepientan y vivan. Como dice 2 Pedro 3:9, Dios “no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. Así, los juicios del pasado y la gracia ofrecida en el presente no son contradicciones, sino expresiones de un mismo Dios justo, santo y lleno de amor.

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