jueves, 5 de marzo de 2026

CUANDO LA MALDAD SE CONVIERTE EN NORMA

 


Vivimos en una generación donde muchos hablan del progreso humano como si fuera una escalera ascendente sin fin. Se afirma que la humanidad está evolucionando, que cada época es moralmente superior a la anterior, que las nuevas formas de pensar representan un despertar colectivo. Sin embargo, cuando observamos el panorama espiritual y moral a la luz de la Escritura, el diagnóstico es muy distinto. La Biblia no presenta un mundo que mejora moralmente con el paso del tiempo, sino una humanidad que, al apartarse de Dios, experimenta un deterioro progresivo en su carácter.

El apóstol Pablo advirtió en 2 Timoteo 3 que en los postreros días vendrían tiempos peligrosos, describiendo hombres amadores de sí mismos, avaros, soberbios, desobedientes a los padres, sin afecto natural, amadores de los deleites más que de Dios. No se trata de una simple lista antigua; es un retrato sorprendentemente actual. La raíz del problema no es cultural ni tecnológica, sino espiritual. Cuando el hombre desplaza a Dios del centro, inevitablemente se coloca a sí mismo en el trono, y el ego se convierte en la medida de todas las cosas.

En Romanos 1, Pablo de Tarso explica el proceso de degradación: habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios. El resultado fue una mente entenebrecida y una sociedad entregada a pasiones desordenadas. El texto muestra un patrón claro: rechazo de la verdad, distorsión de la moral y finalmente una normalización de lo que antes se consideraba incorrecto. La descomposición moral no ocurre de un día para otro; es el fruto de una decisión persistente de vivir sin la referencia divina.

Algunos sostienen que todo esto es parte del proceso evolutivo de la humanidad, que estamos simplemente atravesando cambios necesarios hacia una nueva etapa. Pero la Biblia no llama evolución a la rebelión. Desde Génesis, el problema del hombre no ha sido falta de capacidad intelectual, sino inclinación al pecado. La tecnología puede avanzar, la ciencia puede desarrollarse, pero el corazón humano, sin transformación espiritual, no cambia su naturaleza. El progreso material no garantiza progreso moral.

El mismo Jesucristo anunció en Mateo 24 que, en los tiempos finales, la maldad se multiplicaría y el amor de muchos se enfriaría. No habló de una humanidad cada vez más solidaria y espiritualmente elevada, sino de un enfriamiento interior. Esa frialdad espiritual es una de las marcas más visibles de nuestra época: se relativiza la verdad, se redefine el bien y el mal, y se exalta la autonomía humana por encima de cualquier autoridad divina.

Sin embargo, este panorama no debe producir desesperanza en el creyente. La creciente corrupción no significa que Dios haya perdido el control de la historia. Al contrario, confirma que los acontecimientos avanzan hacia el cumplimiento de su propósito. La Biblia presenta la historia humana no como un ciclo interminable ni como una evolución indefinida, sino como una línea que se dirige hacia un punto culminante: la manifestación gloriosa de Cristo.

La descomposición moral de la sociedad es, en ese sentido, una señal. No una señal para el pánico, sino para la vigilancia. No para el conformismo, sino para la santidad. Cuando la maldad se normaliza, la Iglesia está llamada a brillar con mayor claridad. Cuando la verdad se relativiza, el creyente debe afirmarse con mayor convicción en la Palabra. Y cuando el amor se enfría, el pueblo de Dios debe reflejar el carácter de Aquel que es amor.

Más que un proceso evolutivo, estamos presenciando el desenlace de una humanidad que insiste en caminar sin Dios. Pero también estamos acercándonos al día en que Cristo se manifestará para establecer justicia definitiva. Por eso, lejos de ceder al pesimismo, el creyente vive con esperanza activa. La oscuridad puede intensificarse, pero la luz que viene es mayor. La historia no se dirige hacia el caos final, sino hacia el cumplimiento del plan eterno de Dios.


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