En los últimos años se ha vuelto cada vez más evidente una tensión creciente entre la fe cristiana y el pensamiento secular contemporáneo. Pastores, maestros, líderes y creyentes que explican la vida desde una cosmovisión bíblica son con frecuencia etiquetados como “fanáticos”, “retrógrados” o “intolerantes”. Especialmente en temas sensibles como la defensa de la vida, muchos cristianos que ocupan espacios públicos son objeto de crítica y ridiculización por sostener convicciones basadas en su fe.
Ante este escenario, surge una pregunta necesaria: ¿Qué nos dice la Biblia cuando la fe es cuestionada o ridiculizada?
1. La burla hacia Dios no es algo nuevo
La Escritura nos enseña que el rechazo hacia Dios y sus principios ha estado presente a lo largo de la historia humana.
El Salmo 2 declara: “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra… contra Jehová y contra su Ungido.”
Asimismo, 2 Pedro 3:3 advierte: “En los postreros días vendrán burladores…”
La burla no es un fenómeno moderno. Desde tiempos antiguos, cuando el hombre decide vivir sin referencia a Dios, tiende a cuestionar, minimizar o ridiculizar lo sagrado. Esto no debe sorprender al creyente.
2. Jesús advirtió el rechazo hacia sus seguidores
Cristo fue claro respecto a lo que experimentarían quienes decidieran seguirle: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros” (Juan 15:18).
La oposición no es necesariamente señal de error. Muchas veces es consecuencia de vivir conforme a principios que contrastan con la cultura dominante.
Jesús incluso llamó bienaventurados a quienes fueran vituperados por causa de Él (Mateo 5:11). Esto no significa buscar conflicto, sino entender que la fidelidad puede tener un costo.
3. El valor de la vida desde la perspectiva bíblica
Uno de los temas más debatidos actualmente es la defensa de la vida. Desde la cosmovisión bíblica, la vida humana posee un valor intrínseco porque proviene de Dios.
El salmista declara: “Tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre” (Salmo 139:13).
Jeremías escuchó de Dios: “Antes que te formase en el vientre te conocí” (Jeremías 1:5).
Para el creyente, la vida no es simplemente un proceso biológico, sino una obra divina. Por ello, muchos cristianos consideran que defender la vida, especialmente la más vulnerable, es una expresión de obediencia a principios bíblicos.
Proverbios 31:8-9 exhorta: “Abre tu boca por el mudo… defiende al pobre y al necesitado.”
Esta convicción no nace del odio ni de la imposición, sino de la comprensión de que toda vida tiene dignidad porque refleja la imagen de Dios.
4. Cómo debe responder el cristiano
La Biblia no autoriza una respuesta agresiva ni despectiva hacia quienes piensan distinto.
1 Pedro 3:15 enseña: “Estad siempre preparados para presentar defensa… pero con mansedumbre y reverencia.”
Aquí encontramos el equilibrio: firmeza sin violencia, convicción sin arrogancia, verdad sin odio.
El cristiano está llamado a hablar, pero también a amar. A defender sus principios, pero sin perder el carácter de Cristo.
Efesios 4:15 resume este espíritu: “Siguiendo la verdad en amor…”
5. Un llamado a la madurez espiritual
En tiempos donde las opiniones se polarizan con facilidad, el creyente debe evitar dos extremos:
Callar por temor.
Responder con ira o desprecio.
La madurez cristiana consiste en permanecer firmes en la Palabra, pero mostrando el fruto del Espíritu: amor, paciencia, dominio propio y bondad (Gálatas 5:22-23).
No todo desacuerdo es persecución, pero tampoco toda burla debe desanimarnos. La iglesia primitiva enfrentó oposición, y aun así avanzó con integridad y esperanza.
El secularismo puede intentar excluir a Dios del debate público, pero no puede borrar la convicción profunda de quienes han decidido vivir bajo su autoridad.
La fe cristiana no se sostiene por aprobación cultural, sino por verdad eterna. Y aunque haya momentos de crítica o ridiculización, el llamado bíblico sigue siendo el mismo:
Permanecer firmes.
Hablar con sabiduría.
Amar incluso en el desacuerdo.
Y confiar en que Dios sigue siendo soberano.
Porque al final, la historia no la escribe la cultura del momento, sino el Dios eterno.

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