Vivimos tiempos distintos. No necesariamente más fáciles, pero sí profundamente distintos.
Las distancias se han acortado por la tecnología, pero muchos corazones siguen lejos del consuelo, de la comunión y de la esperanza.
En medio de este escenario, Dios no ha quedado en silencio. Él sigue llamando, sigue reuniendo y sigue edificando su iglesia… aun cuando no haya un templo de por medio.
La iglesia nunca fue ladrillo ni cemento. Desde el principio fue personas reunidas en el nombre de Cristo, compartiendo la Palabra, perseverando en la oración y cuidándose unos a otros. La iglesia primitiva se reunió en casas, caminos y lugares improvisados, y aun así el evangelio se extendió con poder.
Hoy, esos “lugares” han cambiado. Ahora existen salas virtuales, pantallas, cámaras y conexiones digitales. Y lejos de ser una amenaza, se han convertido en puertas abiertas para muchos que, de otra manera, jamás se acercarían.
La iglesia virtual no reemplaza la fe; la canaliza.
No enfría la comunión; la acerca.
No limita la obra de Dios; la expande más allá de los muros.
Para el cansado, es descanso.
Para el que vive lejos, es oportunidad.
Para el que fue herido, es refugio.
Para el que busca, es un primer paso.
Dios no habita en edificios hechos por manos humanas; Él habita en corazones rendidos. Y cuando esos corazones se conectan con sinceridad, aun a través de una pantalla, el Espíritu Santo sigue obrando con la misma autoridad y gracia.
Quizá algunos vean lo virtual como algo temporal.
Pero Dios lo está usando como respuesta eterna para esta generación.
Porque cuando dos o tres se reúnen en su nombre —sea en una casa, en una cueva o en una reunión virtual— Él prometió estar en medio de ellos.
Que no despreciemos los medios que Dios usa hoy.
Que no limitemos su obra a formas antiguas.
Que aprendamos a reconocer que, en tiempos modernos, la iglesia también renace sin muros.

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