miércoles, 28 de enero de 2026

ESTOY ROBÁNDOLE LA GLORIA A DIOS?

 


“Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria.” (Isaías 42:8)

Dios no comparte su gloria con nadie. No porque sea egoísta, sino porque solo Él es digno. Todo lo que somos, hacemos y logramos proviene de su gracia.

Sin embargo, el corazón humano es engañoso. Aun en el servicio a Dios, existe la tentación de buscar reconocimiento, aplausos y admiración. A veces no se dice con palabras, pero se manifiesta en actitudes: cuando nos molesta no ser reconocidos, cuando disfrutamos más el elogio que la presencia de Dios, o cuando comenzamos a creer que sin nosotros la obra no avanzaría.

El púlpito, el ministerio y el servicio cristiano no son plataformas para la exaltación personal. Son lugares sagrados donde Cristo debe ser el centro.

Juan el Bautista entendió una verdad que todo creyente necesita recordar: “Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe.” (Juan 3:30)

Cuando el “yo” crece, la gloria de Dios se reduce en nuestra vida. Pero cuando Cristo ocupa el primer lugar, todo fluye conforme a su voluntad.

La Biblia nos muestra que Dios toma muy en serio su gloria. Herodes aceptó la adoración del pueblo y no corrigió el error. El resultado fue juicio inmediato (Hechos 12:22-23).

Esto nos recuerda que aceptar la gloria que le pertenece a Dios trae consecuencias espirituales.

Dios honra a los humildes, pero resiste a los soberbios.

Preguntémonos hoy, con sinceridad delante del Señor:

¿A quién quiero agradar: a Dios o a las personas?

¿Cómo reacciono cuando no recibo reconocimiento?

¿Se recuerda más mi nombre o el nombre de Cristo cuando sirvo?

Servir a Dios con un corazón humilde protege nuestra relación con Él y mantiene viva Su presencia en nuestra vida.

Cuando Dios recibe la gloria, el siervo recibe la paz.

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