jueves, 21 de septiembre de 2023

EL BUEN SAMARITANO

 



La parábola nos habla acerca de un personaje a quien se le conoce como el Buen Samaritano. Se destaca en él la misericordia que usó sobre un hombre que fue asaltado por ladrones, que lo dejaron herido en el camino y de quien nadie se compadecía. Habla de la indiferencia e insensibilidad de los hombres frente al dolor humano. El ejemplo del Samaritano expresa asimismo el amor de Dios por la humanidad caída y herida por el pecado.

Un intérprete quería probar a Jesús, si nosotros queremos probar a Dios al final seremos los que aprenderemos de Él. Este intérprete pensaba que la vida eterna se obtenía por algún esfuerzo humano, quería indagarlo de Jesús mismo.

Jesús quería saber su comprensión acerca del tema y el hombre pues respondió acertadamente. Muchos creyentes saben y conocen las Escrituras, el Señor entiende esto también, pero no es suficiente porque no es simplemente conocer acerca de la Biblia que no es malo, sino que a Dios le interesa que lo que aprendemos de ella lo pongamos en práctica. Como se dice “del dicho al hecho hay un buen trecho”. Debemos solicitar a Dios que nos dé entendimiento para que comprendamos lo que nos quiere decir y la sabiduría para saber aplicarlo.

Por otro lado, el ser humano tiene la tendencia a querer justificar sus actos, como este intérprete, que se vio exhortado por el Señor, y de alguna forma quería limpiarse las manos. Es curioso que no supo quién era su prójimo a pesar que las Escrituras hablan sobre él, o probablemente quería hacerse el tercio y esperaba otro tipo de explicación por parte del Señor.

Es entonces cuando Jesús, empieza el relato, le dice que el que descendía de Jerusalén a Jericó era un judío que fue atacado por ladrones dejándolo medio muerto. Me parece que es así como el Señor nos ve a nosotros, moribundos por el pecado y requerimos de ayuda.

Se percibe la indiferencia del ser humano ante la desgracia ajena, la insensibilidad del hombre frente a la miseria espiritual de su prójimo y de sí mismo, no puede ser otra cosa, sino que el producto del pecado que cauteriza nuestra conciencia ante Dios, y está vívidamente representado por el sacerdote y el levita.

El samaritano es un personaje que no era agradable ante el judío, era considerado casi como un enemigo, pero extrañamente éste ayudó al judío herido. Ante Dios por causa del pecado nosotros somos como sus enemigos, pero Él también fue movido a misericordia y nos bendijo con la salvación.

El aceite y el vino que usó para curar al herido son símbolos del Espíritu Santo y de la sangre de Cristo que fue derramada por nosotros. Llevar al mesón y cuidar del herido implica que Cristo se compromete a darnos refugio y guardarnos ahora de todo mal. El samaritano pagó por el herido del mismo modo que Cristo pagó con su vida tu salvación.

La pregunta final que le hizo Cristo al intérprete de la ley fue: “¿Quién fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?” La respuesta era obvia, y aunque siempre la sabía este hombre, esta vez no pudo justificarse. El problema de nosotros los hombres es que, aunque nos justifiquemos delante de Dios, no tiene validez cuando faltamos a nuestro deber.

El hombre al dar su respuesta atinó en decir lo correcto. Y Jesús se va a remitir a su primera exhortación: “Vé y haz tú lo mismo”. Siempre Jesús nos va a amonestar a hacer el bien a los demás, a ser como Él es: generoso, bueno y preocupado por los demás. No existe justificación para dejar de servir a los demás. Si sólo quieres buscar tu propio beneficio, entonces no entendiste lo que implica el servir a los demás y que a veces significa el sacrificio.

 


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