La parábola nos habla acerca de un personaje a quien se le conoce como el Buen Samaritano. Se destaca en él la misericordia que usó sobre un hombre que fue asaltado por ladrones, que lo dejaron herido en el camino y de quien nadie se compadecía. Habla de la indiferencia e insensibilidad de los hombres frente al dolor humano. El ejemplo del Samaritano expresa asimismo el amor de Dios por la humanidad caída y herida por el pecado.
Un intérprete quería probar a Jesús, si
nosotros queremos probar a Dios al final seremos los que aprenderemos de Él.
Este intérprete pensaba que la vida eterna se obtenía por algún esfuerzo humano,
quería indagarlo de Jesús mismo.
Jesús quería saber su comprensión acerca
del tema y el hombre pues respondió acertadamente. Muchos creyentes saben y
conocen las Escrituras, el Señor entiende esto también, pero no es suficiente
porque no es simplemente conocer acerca de la Biblia que no es malo, sino que a
Dios le interesa que lo que aprendemos de ella lo pongamos en práctica. Como se
dice “del dicho al hecho hay un buen trecho”. Debemos solicitar a Dios que nos
dé entendimiento para que comprendamos lo que nos quiere decir y la sabiduría
para saber aplicarlo.
Por otro lado, el ser humano tiene la
tendencia a querer justificar sus actos, como este intérprete, que se vio
exhortado por el Señor, y de alguna forma quería limpiarse las manos. Es
curioso que no supo quién era su prójimo a pesar que las Escrituras hablan
sobre él, o probablemente quería hacerse el tercio y esperaba otro tipo de
explicación por parte del Señor.
Es entonces cuando Jesús, empieza el
relato, le dice que el que descendía de Jerusalén a Jericó era un judío que fue
atacado por ladrones dejándolo medio muerto. Me parece que es así como el Señor
nos ve a nosotros, moribundos por el pecado y requerimos de ayuda.
Se percibe la indiferencia del ser
humano ante la desgracia ajena, la insensibilidad del hombre frente a la
miseria espiritual de su prójimo y de sí mismo, no puede ser otra cosa, sino
que el producto del pecado que cauteriza nuestra conciencia ante Dios, y está
vívidamente representado por el sacerdote y el levita.
El samaritano es un personaje que no era
agradable ante el judío, era considerado casi como un enemigo, pero
extrañamente éste ayudó al judío herido. Ante Dios por causa del pecado nosotros
somos como sus enemigos, pero Él también fue movido a misericordia y nos
bendijo con la salvación.
El aceite y el vino que usó para curar
al herido son símbolos del Espíritu Santo y de la sangre de Cristo que fue
derramada por nosotros. Llevar al mesón y cuidar del herido implica que Cristo
se compromete a darnos refugio y guardarnos ahora de todo mal. El samaritano
pagó por el herido del mismo modo que Cristo pagó con su vida tu salvación.
La pregunta final que le hizo Cristo al
intérprete de la ley fue: “¿Quién fue el prójimo del que cayó en manos de los
ladrones?” La respuesta era obvia, y aunque siempre la sabía este hombre, esta
vez no pudo justificarse. El problema de nosotros los hombres es que, aunque
nos justifiquemos delante de Dios, no tiene validez cuando faltamos a nuestro
deber.
El hombre al dar su respuesta atinó en
decir lo correcto. Y Jesús se va a remitir a su primera exhortación: “Vé y haz
tú lo mismo”. Siempre Jesús nos va a amonestar a hacer el bien a los demás, a
ser como Él es: generoso, bueno y preocupado por los demás. No existe
justificación para dejar de servir a los demás. Si sólo quieres buscar tu
propio beneficio, entonces no entendiste lo que implica el servir a los demás y
que a veces significa el sacrificio.

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