Hoy más que nunca existe la tendencia a la capacitación, a
la preparación teológica en los seminarios, institutos bíblicos, universidades
cristianas y no digo que está mal, pues esto siempre fue así, desde la
aparición de la escritura el hombre siempre ha tenido el deseo de conocer, de
leer, estudiar y ampliar el bagaje de conocimientos que tiene, y desde que el
creyente tiene la biblia siempre su deseo de conocer a su creador lo llevará a
examinar y escarbar en las profundidades de ella. Además, todo lo que redunde para el bien y progreso
del evangelio de nuestro Señor Jesucristo pues es plausible. Ahora aquellos que
han tenido la bendición de obtener una preparación teológica y tienen sus
títulos como licenciaturas, maestrías, doctorados, etc, han ocupado los cargos
eclesiásticos que tienen y sirven al Señor en un puesto en donde no sólo deben
demostrar su capacitación bíblico-teológica, sino que a su vez deben demostrar
el carácter santo que se espera de un hombre llamado por Dios. Y digo esto
porque existen también aquéllos que
ostentan títulos simplemente por llamar la atención, por realzar el ego
que requiere de aprobación, o porque es el costo de oportunidad que la sociedad
elaboró para un sistema en que sólo los estudiados tienen derecho a ser oídos y
triunfar, sin tomar en cuenta el llamado solemne de Dios. Ahora, desde el punto
de vista positivo, el deseo de aprender, de conocer la biblia, de indagar y
profundizarnos en ella es lo que nos ha permitido elaborar las diversas teologías
y todo tipo de literatura bíblica que existen y que están puestos a nuestro
alcance para que podamos beneficiarnos de ellos también. El problema está
cuando usted se encuentra con uno de esos “señores suficientísimos”, como diría
Spurgeon, que por hacer ostentación de su título bien o mal ganado en un liceo
o universidad, pues piensa que tiene la
autoridad debida para emitir juicios con respecto a temas bíblicos. Claro, que
usted dirá, “¿pero es que acaso uno no se prepara para eso?” ¡Sí, en lo
absoluto!, nadie lo duda, y creo que son necesarios, sin embargo, la escuela
del carácter no necesariamente está en un seminario o instituto bíblico, uno
aprende a desarrollar el carácter santo que Dios requiere en la comunión
profunda, personal, devocional, y diaria con Él. El profeta Oseas habla al
pueblo de Israel en nombre del Señor, se dirige al “pueblo del libro” como diría Mahoma de los
judíos, porque sabía que la fe de ellos estaba basada en la ley mosaica que
tenían, de la cual se derivaba el conocimiento que tenían de Dios, y les va a
decir: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto
desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la
ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (Os. 4:6). Se puede tener
teología en la cabeza, se puede saber mucho de homilética, hermenéutica, y
otros estudios más, pero si no tenemos el conocimiento íntimo de Dios, que
adquirimos en nuestro diario trato con Él, seremos como “metal que resuena o
címbalo que retiñe” (1 Co. 13:1). Los
títulos sólo nos dicen que hemos estudiado en un centro teológico, pero no es
garantía del llamado, los seminarios no
fabrican pastores, los forman, los adiestran, y capacitan al que tiene el
llamado de servir en el área pastoral, enseñanza, misiones, etc. Debe ser una
cosa terrible que alguien que no tiene el llamado de servir a Dios se anime a
ser pastor, o misionero, sería como mandar a uno que tiene miedo a las
alturas a ser astronauta, es algo
desnaturalizado. Sólo el que es llamado por Dios, y tiene las evidencias de
ello debe acceder a capacitarse y disponerse a dar lo mejor de sí en el
ministerio. Una cualidad que me parece se está perdiendo en estos tiempos
finales que nos toca vivir, y enfatizo sobre el carácter, es la humildad, ésta
como define un diccionario es la actitud de la persona que no presume de sus
logros, reconoce sus fracasos y debilidades y actúa sin orgullo. Hoy existe una
generación de “pastores, apóstoles y profetas”, si se les puede llamar así, que
dicen que a Dios tienes “que reclamarle tus derechos” casi, casi exigirle que te bendiga, por ser su hijo y “coheredero
juntamente con Cristo”, de las riquezas celestiales. Los pastores de Mamón, los
señores de la prosperidad son los que lamentablemente tendrán que responder
ante Dios por haber engañado a tantos incautos con su recetas baratas que
contienen fármacos de avaricia, pero desprovistos de la sana gracia de la
humildad característica de un siervo piadoso de Dios. Tenemos que decir como el
salmista: “Salva, oh Jehová, porque se acabaron los piadosos; porque han desaparecido los fieles de entre
los hijos de los hombres” (Sal. 12:1). Y esto debido a la mala enseñanza de la
palabra de Dios, ¿estamos acaso creando una generación de mercaderes de la fe
que se escudan en el nombre de Cristo para lograr sus mezquinas pretensiones? Y
es que se está cumpliendo lo que dice el apóstol Pedro: “y por avaricia harán
mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo
tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme” (2 P.2:3). No
nos engañemos, ni nos lavemos las manos como Pilato, mucha de la distorsión
teológica viene de aquéllos que sin ser llamados por Dios se aventuraron a
meterse al ministerio con el fin de lucrar, son los discípulos de Simón el mago
que fue duramente reprendido por Pedro cuando le dijo: “Tu dinero perezca
contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes
tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de
Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu
maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu
corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás” (Hch.
8:20-23). Aquéllos que tienen el título de apóstol, profeta, pastor, misionero
o maestro de la biblia deben cuidarse de caer en la jactancia y la vanagloria
carnal que ofende a Dios y recordar lo que dice Pablo: “….El conocimiento
envanece, pero el amor edifica (1 Co. 8:1). Debes conocer la biblia , claro que
sí, pero debes servir al que te llamó por amor, no por amor a las prebendas, o
al dinero, a la fama y a las cosas materiales, y si todo esto es tu motivación,
te sugeriría que dejes el ministerio, porque te estás haciendo un gran daño y
estarías deshonrando al que te llamó; el autor de Hebreos dice: “Y nadie toma
para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón” (He.
5:4), tu llamamiento está por encima de tus títulos y pretensiones egoístas, el
carácter santo que debes tener es como la corona de tu llamamiento que debes
mostrar como credencial de ser un hijo y siervo de Dios. Y como dice Pablo “y
para esto ¿quién es suficiente?” (2 Co. 2:16). Nuestra suficiencia viene del
cielo, nuestra fuerza y poder emanan del Príncipe de los pastores, tengamos
presente siempre esto cuando subamos al púlpito.

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