Pienso que al tocar este tema pues debo ser cuidadoso porque también predico la palabra y debo confesar que cuando hablaba desde el púlito he visto a más de uno que se dormía, pero también lo he apreciado en otros predicadores a quienes también he escuchado y cuyas prédicas la verdad, me daban sueño. Por eso me pregunto ¿a qué se debe esto?
La Biblia afirma con claridad que “la palabra de Dios es viva y eficaz” (Heb 4:12). Si la Palabra es viva, ¿por qué a veces su exposición parece producir cansancio, distracción o incluso sueño? La respuesta no está en la Palabra misma, sino en cómo es presentada, recibida y vivida.
1. No toda prédica larga es profunda, ni toda prédica corta es ungida
La Escritura no mide la eficacia del mensaje por su duración, sino por su claridad y propósito. Eclesiastés 12:9–10 dice que el Predicador “procuró hallar palabras agradables y escribir rectamente palabras de verdad”. Hay predicaciones que edifican, pero no conectan; enseñan, pero no capturan; informan, pero no transforman. Cuando el mensaje carece de dirección clara, el oyente se pierde, se fatiga y su mente divaga.
Pablo exhorta: “Si la trompeta da sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” (1 Co 14:8). Una prédica sin enfoque, aunque bíblica, puede volverse pesada.
2. La falta de pasión espiritual se transmite
En Lucas 24, los discípulos de Emaús escucharon una explicación extensa de las Escrituras, pero al final dijeron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba…?” (Lc 24:32). El problema no era la duración del mensaje, sino que estaba cargado de vida, propósito y revelación.
Cuando el predicador habla solo desde la información y no desde la convicción, cuando el mensaje no ha pasado primero por su propio corazón, es difícil que despierte el corazón de otros. La unción no se improvisa; fluye de una vida encendida delante de Dios (Ro 12:11).
3. El peligro de predicar para cumplir y no para edificar
Ezequiel 33:32 describe a un pueblo que escuchaba con agrado, pero sin obediencia: “Tú eres para ellos como cantor de amores… oyen tus palabras, pero no las ponen por obra”. Paradójicamente, hoy también ocurre lo contrario: oyen, pero se cansan, porque perciben que el mensaje no tiene una carga pastoral real.
Cuando la prédica se vuelve rutina —domingo tras domingo— pierde frescura. Malaquías 1:13 habla del fastidio en el servicio: “¡Oh, qué fastidio es esto!”. A veces no lo decimos, pero se nota en el tono, en la estructura y en la falta de expectativa.
4. También hay una responsabilidad del oyente
No todo el peso recae sobre el predicador. Jesús dijo: “El que tiene oídos para oír, oiga” (Mr 4:9). Hay corazones cansados, distraídos o endurecidos que llegan al culto sin hambre espiritual. Hechos 20:9 menciona a Eutico, que se durmió incluso mientras Pablo predicaba. El texto no condena a Pablo, sino que muestra la fragilidad humana.
Sin embargo, esto no exime al predicador de examinarse: ¿estoy ayudando al oyente a mantenerse atento o lo estoy dejando solo en su lucha?
5. La prédica bíblica debe ser fiel y comunicable
Nehemías 8:8 dice que los levitas “leían el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura”. Predicar no es solo decir la verdad, sino hacerla entendible, cercana y aplicable. La Biblia no glorifica la confusión, sino la edificación (1 Co 14:26).
Las prédicas que “dan sueño” no siempre carecen de verdad, pero muchas veces carecen de vida comunicada, de enfoque claro o de pasión espiritual. La Palabra nunca es aburrida; lo que puede volverse pesado es nuestra manera de presentarla o de recibirla.
Como pastores y predicadores, estamos llamados no solo a ser fieles al texto, sino también responsables del corazón del oyente. Predicar con verdad, con amor, con claridad y con fuego. Y como oyentes, acercarnos con hambre, expectativa y reverencia.
Que Dios nos libre de púlpitos correctos pero sin llama, y de oyentes presentes pero ausentes de corazón.
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